
aaaIrrumpió en el faro con el corazón latiéndole desbocado, dispuesta a encontrar respuestas. El farero estaba en la cocina, sentado a la mesa, con la mirada perdida en el vacío y la cabeza apoyada sobre una mano. En la otra, sin fuerza y como sin vida sobre el mantel, su pipa favorita, aquella que mordisqueaba sin cesar cuando no estaba trabajando en lo alto de la torre. Frente a él una botella de vino.
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aaa—Necesito saber qué está pasando —exigió la adolescente agarrándose al pomo de la puerta. Apenas podía respirar de lo rápido que había llegado. Le faltaba el aliento.
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aaaSu padre volvió en sí con gesto despistado.
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aaa—¿Y qué está pasando? —preguntó a su vez.
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aaaEstela le miró confundida, sin saber por dónde empezar.
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aaa—Lo de que la abuela de Ulises y tú sois hermanos —tomó aliento temiendo por la relación con su amigo—. Lo de la habitación cerrada en lo alto del faro. La caracola que escondes.
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aaaEl farero arqueó las cejas. No se lo esperaba. Observó a su hija durante unos segundos, callado, en silencio. Hasta que algo en su interior le dijo que ya no podía seguir ocultándoselo más, que ya no era una niña, que había crecido y tenía derecho a saber la verdad. Arrastrando la silla hacia atrás, se puso lentamente en pie, se dirigió al fogón y comenzó a manipular con torpeza una vieja cafetera. Estaba nervioso. La luz de una desnuda bombilla le dio de lleno en el rostro. Tenía el gesto desencajado.
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aaaHubo una pausa. La necesaria para que el hombre pusiera en orden sus ideas. No era fácil lo que tenía que decirle.
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aaa—Apareció una madrugada desmayada en la playa tras la tormenta, procedente de un naufragio.
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aaa—¿Aparecer una madrugada? —preguntó extrañada la adolescente aún junto a la puerta—. ¿Un naufragio? ¿Una tormenta? ¿De quién hablas?
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aaaEl farero se volvió en redondo.
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aaa—De Marina.
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aaa—¿Marina? —los ojos de la adolescente se abrieron de par en par. ¿Marina procedente de un naufragio?—. No entiendo nada —musitó confusa. Ella estaba convencida de que sus padres eran de Portamaris.
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aaaReaccionó con rebeldía.
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aaa—Qué pasa, ¿es que ahora tampoco es cierto que fuera de aquí? —preguntó con sorna, y harta de tantos misterios exageró:— No, si ahora también resultará que no era mi madre.
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aaaLas palabras del hombre sonaron como un mazazo en la mente de Estela, llegándole hasta el corazón.
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aaa—Ella sí era tu madre. Soy yo el que no es tu verdadero padre. Cuando la encontré estaba embarazada. Meses después naciste tú.
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aaaSe hizo el silencio. Nadie habló. Nadie dijo nada. Afuera el viento golpeaba con fuerza contra los cristales y los postigos del viejo faro, las olas contra las rocas sobre las que se asentaba el torreón. Los muros crujían.
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aaa—Pero... —farfulló la adolescente acercándose a la mesa y desplomándose sobre una silla.
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aaaEl farero se acercó a ella y le puso la mano en el hombro.
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aaa—Sé que es duro enterarse así, de repente —le dijo compadeciéndola—. Déjame que te lo explique. Yo estaba solo, y ella apareció en mi vida cambiándola de tal manera que temí perderla. Pero no sucedió así. Se quedó a mi lado. Era hermosa, terriblemente hermosa y alegre, cariñosa, con una sensibilidad que le hacía ser muy especial. Lo tenía todo menos voz, lo que no fue impedimento para que nos comprendiéramos, y mucho más aún, para que nos quisiéramos. Sin embargo lo mejor fue lo que me enseñó, algo de un valor incalculable: a amar la vida y lo que eso significa, como es apreciar los pequeños momentos, disfrutar día a día con lo que nos rodea, reconocer el milagro que es estar vivos. Y cuando viniste al mundo nos convertimos en una familia, una familia dichosa, completa, feliz.
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aaaUna sombra de tristeza le cruzó el rostro, tras lo que lanzó una queja llena de amargura:
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aaa—Hasta que se la llevaron.
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aaa—Hasta que murió, querrás decir —le corrigió la adolescente luchando contra sí misma. Ella también quería creer que estaba viva. Su sueño allá arriba en el desván, la aureola de luz, el gesto para que la siguiera.
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aaaEl hombre se sentó en la silla situada frente a la joven y la miró fijamente.
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aaa—No murió —dijo lacónico, las manos largas y huesudas, crispadas, la barba desaliñada, el cuerpo enjuto—. Nunca apareció su cadáver ni nada que confirmara el fatal desenlace. Fueron ellos. Ellos se la llevaron.
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aaa—¿Ellos? —la adolescente se sobresaltó. Era la segunda vez que oía la misma palabra esa noche, pero en él sonaba a amenaza—. ¿Y quienes son ellos?
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aaaEl farero no dudó.
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aaa—Los Seres de Agua.
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aaaEstela le contempló como quien contempla a un loco.
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aaa—Los Seres de Agua no existen. No eran más que leyendas que me contabas de pequeña para que me alejara de la playa y no estuviera todo el día por ahí, vagando sola. Pero ya he crecido, ya no hace falta. Ni tampoco existe el Reino de las Profundidades, ni la Puerta del Mar, ni...
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aaa—¡Sí, sí que existen! —golpeó el farero bruscamente la mesa con el puño y acto seguido, tras levantarse, se dirigió a la ventana desde donde señaló hacia afuera—. Y la entrada está allí, en el islote de la Piedra Santa.
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aaaLa adolescente le miró con recelo.
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aaa—¡Basta ya de mentiras! —gritó furiosa, harta de que jugaran con sus sentimientos—. ¡Quiero saber lo que ocurrió de una vez por todas!
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aaa—Lo entiendo hija, lo entiendo —quiso tranquilizarle su padre acercándose a ella—. Déjame que te lo cuente.
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aaa—¡¿Qué me cuentes?! ¡¿Qué me cuentes qué?! ¡¿Otra leyenda más?!
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aaa—Que te cuente la verdad.
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aaaEl hombre se dirigió al fogón, cogió la cafetera que hacía rato hervía, vertió el humeante y negruzco líquido en una taza, la rodeó con ambas manos como si quisiera calentar el frío que sentía en su interior y volvió a la mesa. Allí se sentó de nuevo, dio un pequeño sorbo y comenzó a hablar con voz trémula:
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aaa—Se trata de la historia de la que te hablé una vez, la del héroe llamado Ulises, el rey de Ítaca.
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aaa—Esa historia ya me la sé.
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aaa—No, te aseguro que no. Verás. Cuando las enredadoras fueron expulsadas del océano por haber fallado en su misión de atraparle con sus cantos, éste decidió quedarse un tiempo a su lado, reclamando para ellas justicia. Incapaz de soportar los abusos gritó a los cielos que les permitieran volver, bramó, chilló, hasta que días después la superficie del mar tembló. Un tremendo rugido salió de sus entrañas y las aguas se abrieron dando paso a una gigantesca columna de humo, roca y cenizas. Había nacido una isla. Entonces el guerrero entendió que allí se hallaba la puerta que permitiría a esas mujeres regresar a su reino sumergido. Mandó construir un castillo y dejó a un grupo de entre sus hombres para que vigilaran la entrada a las profundidades e indicaran el camino a las sirenas que se hubieran perdido.
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aaaDio un sorbo al negro, amargo líquido y continuó:
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aaa—Los hombres se llamaron a sí mismos sacerdotes y con el tiempo formaron un pueblo y una estirpe. Orgullosos, sólo ellos y sus descendientes varones se encargaban de proteger el acceso. Relegadas a un segundo plano las mujeres vivían en la costa engendrando hijos que cuidar hasta que, llegados a cierta edad y pasar una serie de pruebas, los elegidos eran separados de sus madres. Niños que tras acceder a la isla permanecían el resto de sus vidas alejados de la civilización, aprendiendo artes ocultas con las que defenderse de los posibles enemigos que pudieran alcanzaran la rocalla, además de otras muchas cosas más que ahora no vienen al caso.
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aaaCarraspeó intentando centrarse en lo que realmente importaba en ese momento.
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aaa—Hasta que un día, siglos más tarde, hubo un maremoto. Murieron todos ahogados entre gigantescas olas. Nadie se salvó. Nadie excepto los que vivían en tierra firme, unas pocas mujeres y chiquillos que terminaron desperdigándose por el resto de la comarca olvidando qué les retenía allí, a qué se dedicaban. Desde entonces la isla está vacía, abandonada. Y desde entonces el secreto del lugar exacto en el que se encuentra la Puerta del Mar y cómo se abre está perdido. Sólo ellos lo saben. Los únicos que pueden entrar y salir cuando quieren.
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aaaOtra vez ellos.
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aaa—¿Cómo puedes saber algo que el resto del mundo desconoce?
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aaa—Siempre hay quien escribe lo que ha vivido, y siempre hay quien lo encuentra y lo lee por mucho tiempo que medie entre una cosa y otra. ¿Qué crees si no que he estado haciendo durante tantos años rebuscando en todos los anticuarios, librerías y mercados de viejo que existen cerca de aquí? Seguir el rastro de esa sociedad oculta como el ballenero persigue sin desfallecer a la ballena herida hasta alcanzarla.
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aaaComenzó a llover. El viento aulló furioso y la lluvia, racheada, repiqueteó con fuerza contra los cristales mientras Estela, sentada junto a la mesa de una lúgubre, triste cocina de un olvidado faro, tiritaba. La historia le parecía terriblemente cruel. Los niños arrancados de sus madres a temprana edad. Atrapados de por vida en una rocalla solitaria en mitad del mar. Rodeados para siempre de agua e incapaces de regresar. Y por un momento la joven se sintió como uno de ellos, y vivió su angustia y su dolor. El corazón se le aceleró. Notaba una fuerte opresión en el pecho. Y en su cabeza resonaba el susurro procedente del islote: “Ven, ven con nosotros, te estamos esperando”. ¿Quién la llamaba? ¿Quién?
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aaaLa voz del farero le hizo volver en sí.
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aaa—Pero déjame que te siga contando. La abuela de tu amigo Ulises, es decir mi hermana, y yo, soñábamos con pisar el islote cuando éramos pequeños, nos fascinaba pensar qué podía haber allí. Una mañana la bajamar descendió tanto que asomó el camino de losas por siempre oculto. No lo dudamos y nos internamos en él creyendo que lo podríamos conseguir. Fue una locura —sonrió con rudeza—, porque con la marea baja a veces suceden cosas extrañas. Recuerdo que el oleaje formado por la peligrosa tormenta que se desencadenó repentinamente poco después nos obligó a retroceder. Nos refugiamos en el acantilado. Por lo visto ya sabes lo que sucedió más tarde y cómo nos salvamos.
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aaaEstela sintió de pronto que se ahogaba. Confusa, le preguntó lo único que tenía un poco de sentido común en esa extraña conversación:
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aaa—¿Y para qué se iban a llevar a mi madre los Seres de Agua? —quiso encontrarle una razón lógica a la historia, algo que le confirmara que Marina no se había ahogado.
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aaa—No sé, no sé —gimió el farero—. Eso es algo que todavía no he conseguido descubrir. Pero te juro que lo haré. Por mi vida que lo haré.
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aaaHubo una pausa. Y Estela, al ver lo mucho que el hombre sufría, quiso darle un respiro.
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aaa—Al menos sabrás decirme por qué si Ronda y tú sois hermanos no os veis nunca.
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aaaÉl cogió la apagada pipa, apretó las manos alrededor y musitó:
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aaa—Aunque es mucho mayor que yo siempre nos llevamos bien. Me crió cuando nos quedamos huérfanos. Me sacó adelante. Me educó. El problema surgió al aparecer tu madre. Dijo que era una locura que la acogiera en casa, que me traería más desdichas que alegrías, que me arrepentiría. Y cansado de sus consejos le indiqué que se alejara de mi vida, cosa que hizo.
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aaaVolvió a crispar las manos en torno a la ajada pipa.
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aaa—Sé que no me guarda rencor, ella no es de ésas. Sólo hay entre ambos un pacto de silencio. Espera que vaya a verla y levante la prohibición, lo que no he hecho por estúpido orgullo.
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aaaEchó la mano al bolsillo trasero de su pantalón, sacó de su cartera una desvaída foto en blanco y negro y se la enseñó. Era una niña de pelo castaño, melena corta, sonrisa inocente y vestido de volantes.
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aaaEstela palideció. La misma imagen que creyó ver en la cabaña del puerto.
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aaa—Entonces, ¿es cierto que la tienes? —consiguió farfullar a duras penas.
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aaa—¿Si tengo el qué?
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aaa—La caracola que busco.
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aaa—¿La caracola? ¿Pero por qué rayos te preocupa tanto esa caracola? Tienes cientos y cientos de ellas allá arriba, pegadas en la pared de tu cuarto —replicó el hombre. Y la adolescente calló. Ni ella misma sabía por qué estaba tan obsesionada con ese ejemplar, pero algo le decía que era la clave de todo ese misterio. La profunda mirada que le dirigió el farero poco después le hizo entender que la historia aún no había acabado.
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aaa—La caracola que buscas estuvo aquí, en esta casa durante años, sobre la repisa de una estantería —confesó el atormentado farero—. No sé cómo vino a parar. Debió traerla tu madre de alguno de sus muchos paseos. Tú misma jugabas con ella cuando eras pequeña. Lo habrás olvidado.
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aaaLa joven apretó los puños. Por eso le parecía tan familiar.
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aaa—¿Era de color crema, con el cuerpo adornado por finas costillas y una mancha junto a la boca? —preguntó con el corazón a punto de salírsele del pecho.
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aaaAunque no hacía calor en la habitación, por la frente del hombre comenzaron a deslizarse gotas de sudor. Se las secó con la mano.
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aaa—No lo recuerdo bien. Sucedió hace mucho tiempo.
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aaaEstela contempló su afilado rostro, sus sienes canosas, los surcos hundidos en torno a sus ojos, en sus pómulos. Ya no era joven, pero aún así el imparable paso del tiempo se había cebado en él dejándole crueles huellas que transmitían sufrimiento y soledad.
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aaa—Déjame que vuelva a lo de tu madre —alzó el farero la mirada con una mezcla de orgullo y desconsuelo. Orgulloso de haber enamorado a esa increíble mujer, desconsolado por haberla perdido—. Como te decía fuimos felices, tremendamente felices hasta que un día sucedió. En un principio creímos que había sido un accidente, pero no hallamos rastro alguno que lo confirmara. Entonces me negué a aceptar que ya no estaba, no lo podía creer. Desesperado, cogí la caracola y la arrojé al mar desde aquí mismo, desde esta misma ventana, junto con un montón de objetos más que tenían que ver con Marina o con el océano. Fue un arrebato, entiéndelo. Quería deshacerme de todo lo que me la recordara. Incluso cerré con candado la habitación en la que pasabais las dos las tardes dibujando. Creía que con eso olvidaría el pasado y te ahorraría que sufrieras el calvario que yo padecí. No saber qué había sido de ella. Y el medallón —resopló—. El medallón lo tiré dentro del cuarto, más que nada por si servía de prueba. Pero fue una estupidez, como bien imaginarás, porque los guardacostas nunca creyeron mi teoría.
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aaa—¿El medallón? —repitió Estela extrañada de que nombrara algo que supuestamente nadie sabía y de lo que ella no había hablado con nadie. Ni siquiera con su amigo Ulises.
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aaa—Sí, una pieza de plata con un gran agujero en el centro y un hermoso relieve alrededor. El que les entregó el dios del mar a las sirenas siglos atrás tras expulsarlas del mar para que pudieran regresar de su exilio. La llave que abre la puerta del Reino de las Profundidades. Lo encontré en la playa tras la desaparición de tu madre, justo por donde solía pasear.
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aaaLa joven desfalleció. En otra ocasión hubiera pensado que lo oído era una leyenda más salida de la mente de un enfermo necesitado de encontrar una explicación a la misteriosa pérdida de su esposa. Desvaríos de un hombre atormentado por la soledad y el esfuerzo de mantener en pie un olvidado faro, que el océano junto con las tormentas le intentaban arrebatar. Mentiras y más mentiras. Pero en lugar de replicarle dio un ahogado grito, metió la mano bajo la camiseta, a la altura del cuello, cogió el amuleto encontrado en el desván y se lo enseñó.
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aaa—¿Es esto?
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aaa—El farero lo observó con atención. Y sus palabras se entrecruzaron con las de Estela.
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aaa—¿Cómo lo has encontrado?
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aaa—¿Cómo es que...?
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aaa—Lo siento, hija —tomó la palabra el adulto—Siento no haberte dicho antes lo de la habitación llena de recuerdos de tu madre. Siento su desaparición. Y siento tantas y tantas cosas ocurridas y que ya no tienen vuelta atrás —comenzó a sollozar.
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aaa—Descubrí el candado del desván quitado el otro día. Me extrañó porque siempre estaba cerrado y...
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aaa—Fui yo —le cortó el farero—. Necesitaba ver de nuevo sus cosas —se excusó—. Necesitaba... Necesitaba...
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aaa—No importa —dijo ella mientras le observaba con una mezcla entre compasión y desconfianza, como le hablaría a un ser querido que hubiera perdido la cabeza. Y señalando al medallón musitó—: Viéndolo así cualquiera diría que realmente puede abrir una puerta.
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aaaEl adulto golpeó la mesa con el puño.
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aaa—¡Y la abre! ¡Te juro que la abre aunque no sepa cómo! —gritó, y luego continuó algo más calmado:—Eso quisiera saber yo. Y me lo sigo preguntando hace años junto con dónde está esa puerta. Y sobre todo, la manera de llegar a ese maldito islote por otro medio que no sea esa endemoniada trampa de resbaladizas losas que aparece cuando le viene en gana. No, no puedo decírtelo pese a lo mucho que me gustaría hacerlo. Tú lo has visto. No he hecho otra cosa desde que tu madre desapareció que cumplir con mis obligaciones y rebuscar en todos los manuscritos comprados durante el poco rato que me queda libre.
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aaaSe puso de pie llevado por una revelación.
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aaa—Pero hija mía, escucha ahora lo que te voy a decir. Todos tenemos una misión en esta vida, y esa misión se nos muestra a lo largo de los años a través de señales. He tenido que pasar por muchas cosas para comprenderlo, para entender que tu madre llegó a mí porque era su destino y el nuestro que nos encontráramos, que nos conociéramos, que tú nacieras y crecieras en esta casa. Y ahora quiero que me prometas que si algún día llegan hasta ti señales que te indican claramente una senda, no lo dudes y síguela. Síguela pase lo que pase. ¿Lo harás?
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aaaTomó aire, y aún sin que Estela le contestara continuó:
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aaa—Mi sitio está aquí, en este viejo y olvidado faro. No sé si para salvar vidas o para guiar al que se pierda, pero he encontrado mi lugar en este mundo. Ahora te toca descubrir el tuyo. Y te repito, al hacerlo no dudes. Sea el que sea lo entenderé o al menos intentaré hacerlo. Y que sepas que para ello cuentas con toda mi confianza y apoyo.
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aaaEso dijo el hombre. Y lo hizo con tanta seguridad, con tanta fuerza e inusitada lucidez que Estela le miró asombrada. ¿Por qué le hablaba así? Su mutismo habitual había desaparecido. Si antes estuviera cabizbajo, ahora se le veía lleno de energía; si loco, ahora más cuerdo que nunca; si encerrado en sí mismo, de repente abierto, revelándole sus más íntimos pensamientos como ella siempre quiso que hiciera y jamás consiguió. Se sintió perdida. Él no solía comportarse así. ¿Qué le pasaba?
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aaa—Pero yo no quiero irme de aquí, no quiero dejarte solo —se quejó sin saber qué pensar.
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aaa—Escucha de nuevo —insistió el hombre—. No me dejarás jamás porque siempre te llevaré dentro de mí. Otra cosa es que no estemos juntos, pero eso es distinto, nos une un cariño y unos lazos invisibles que impedirán que nos olvidemos el uno del otro. Es lo que sucede con tu madre. Noto a diario su presencia, como si nunca nos hubiera dejado. No, no estaré solo. Pase lo que pase siempre estaréis las dos conmigo.
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aaaSe aproximó a la joven.
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aaa—Tenía tu mismo color de ojos y de pelo, tus mismos gestos, tu misma mirada. Por eso, a veces, ni te hablo ni quiero estar a tu lado, por no verla en ti —le dijo emocionado. Y la estrechó entre sus brazos abrazando no a su hija, sino a un doloroso recuerdo.
2 comentarios:
Todos tenemos secretos. Mejor, todos tenemos algún secreto. Uno puede pensar que, los que guarda, no son importantes, pero no se puede tener la seguridad plena. La importancia de los secretos depende de quien los guarda y de aquellos que le rodean. Las cosas más nimias pueden ser transcendentales, dependiendo del quién, el cuándo y el para quién.
El padre de Estela (porque padre es quien te acuna, te ayuda a crecer, te acompaña y te anida) guardaba un secreto. Inmenso. Importantísimo. Fundamental. Pero, llegado el momento, sabe contarlo. Con sus pocas palabras. Con su poco tacto. Con sus miedos a cuestas. Lo cuenta. Y se lo cuenta a quien tiene que contárselo, además.
De niña me hubiera gustado que me contaran los secretos. Lo hubiera necesitado. Hoy, seguro, sería otra distinta de quien soy, si tal cosa hubiera sucedido. Pero no todo el mundo sabe hacerlo, puede o quiere. Es difícil abrir el arcón y dejar salir lo que, durante mucho tiempo, se ha escondido bajo nueve llaves. Nunca se encuentra el momento, se le quita importancia, total, a quién le afecta, nadie se acuerda, ya no tiene sentido hablar.
Y la gente calla, sigue callándose, aunque se le reclame a gritos, aunque se le pida por favor, aunque se le llore por ello.
Estela ha tenido suerte. La tuvo desde el momento en que el farero se tropezó con su madre, en realidad. Ahora tiene por delante una situación difícil, complicada, no saber de dónde viene uno desestabiliza, pero, saldrá adelante. La verdad siempre ayuda, aunque, en el instante justo, no nos lo parezca.
Me ha gustado mucho este capítulo, Paloma. Siento aparecer menos por aquí de lo que desearía, pero, insisto, sigue siendo un inmenso placer leerte.
Todos guardamos algún secreto, efectivamente Verónica, todos pasamos por tragedias que queremos ocultar pues fueron tan dolorosas que preferimos negarlas. Pero el problema en sí no es la tragedia que nos sacudió sino, cuando se piden explicaciones (ya sea porque las pides tú o te las piden), negarse a hablar de ello, simular que no pasó, intentar sepultarla para siempre. Y las cosas no se olvidan, o te enfrentas a ellas y las comprendes, y las aceptas, o se pudren en tu interior revolviéndote el alma.
Todos hemos pasado lamentablemente por tragedias. Unos más que otros. Y hubo un momento en que yo también pensé como tú, si me hubieran dicho, si aquello no hubiera sucedido... Todo sería ahora muy distinto. Lo más seguro es que vería el mundo de manera diferente. Quizá esas debilidades no estarían ahí.
Pero con el paso del tiempo he llegado a una conclusión muy distinta, (y permíteme que te incluya pues creo que nos unen muchas cosas): es porque no nos conformamos con las mentiras que nos decían y preferimos enfrentarnos a la verdad aunque doliera, porque no nos dejamos someter y nos rebelamos contra lo que creímos injusto y luchamos por nuestros derechos, porque por aquel entonces buscamos respuestas en otro lado y todavía las seguimos buscando, por lo que somos como ahora somos. Es decir que gracias a lo que pasamos y a las batallas libradas nos hemos convertido, con heridas o no, eso es lo de menos, en personas sinceras con nosotras mismas y con nuestros sentimientos, lo que para mí es digno de admiración. Y ahora “le doy la vuelta a la tortilla” y te pregunto: ¿seríamos igualmente así de honestas en la actualidad de no haber pasado por esas dolorosas experiencias?
Un placer que vengas a verme. Un inmenso placer leerte a ti también.
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