
Pese a que era mediodía Estela no quería levantarse, se sentía confusa, desamparada, febril, y necesitada de protección se agarraba fuertemente a la almohada. No sabía si creer en lo que el farero le había contado la noche anterior o tomarlo como desvaríos de un loco. No sabía qué pensar. Esa extraña historia sobre el islote. Que no fuera hija suya. Lo de encontrar su lugar en esta vida. La versión sobre la desaparición de su madre.
Pero por lo menos podía hablar con él, se dijo, algo que en cierta manera le reconfortaba. Cogió entre sus manos el medallón hallado en el desván y comenzó a darle vueltas. Lo giró hacia un lado y otro, lo observó de frente y costado, así durante largos minutos. Hasta que de repente se levantó de la cama y se lo colgó del cuello. Había tomado una decisión.
Parpadeó, el sol entraba por la ventana. Se vistió deprisa, bajó las escaleras y salió al exterior en busca del farero. Lo encontró sentado en un banco de piedra en el jardín trasero a la atalaya, revisando concienzudo su equipo de pesca.
—Vamos al islote —exclamó resuelta acercándose a él—. Tenemos que encontrarla.
—¿Encontrarla?
El hombre levantó la mirada. Tenía las ojeras más pronunciadas que nunca, el rostro más avejentado que nunca, contraído por el insomnio y el dolor.
—Encontrar a mi madre, ya sabes, a Marina.
—Marina...—farfulló el hombre pensativo, como si estuviera ahondando en su cerebro en busca de un recuerdo que no lograba hallar. Y de improviso exclamó con rudeza llevado por el dolor y la desesperación:— Olvídalo. Olvida todo lo que te conté anoche. No, no puedo soportar desconocer qué ha sido de ella. La duda me está matando. No puedo seguir viviendo así. No puedo. No puedo.
Su voz se quebró. Le miró con ojos suplicantes y luego, bajando la mirada, exclamó en un murmullo apenas perceptible como si temiera despertar con su voz los temidos recuerdos del pasado:— Y ahora déjame solo, solo con mis fantasmas.
—¿Con tus fantasmas? —se encaró Estela desconcertada por su repentino cambio de actitud. Volvía a ser el de antes, un hombre amargado, marcado por la tragedia—. ¿Con tus fantasmas? —repitió incrédula. Y dándose media vuelta echó a correr hacia el interior del faro gritando enfurecida:— ¡Eres un cobarde! ¡Y un traidor! ¡Y un loco!
Ella también había pasado por terribles experiencias y ahí estaba, intentando superarlas. No, no volvería a llamarle padre nunca más. Subió las escaleras de dos en dos, entró en su cuarto y se lanzó llorando sobre la cama. Odiaba la vida, odiaba las caracolas, odiaba las leyendas y odiaba el mar y todo lo que tuviera que ver con él. Pero sobre todo, y por encima de todo, odiaba ese maldito medallón.
Cegada de rabia se lo arrancó del cuello, se incorporó con los ojos bañados en lágrimas y fue hacia la ventana. Y ya iba a tirarlo a la azulada superficie que se veía bajo la atalaya, como hiciera años atrás el farero con la caracola que buscaba, cuando un brillo le hizo parpadear. Se detuvo en seco. Era un simple reflejo del sol contra las olas. Sólo eso. Pero lo suficiente como para hacerle recapacitar.
No, se arrepintió abriendo la mano para contemplar la bella figura de la sirena, sus suaves formas, su cuerpo en torno a una delicada luna, el pelo enredado. Era una pena deshacerse de algo tan hermoso.
No, no iba a ser tan estúpida, resolvió, y acercándose al armario lo dejó caer entre sus ropas creyendo que el no verlo aliviaría su pesar. Pero inesperadamente una tremenda desesperación se apoderó de ella hasta el punto de sentirse agobiada entre esas circulares paredes. Necesitaba huir, necesitaba respirar aire puro, escapar. Sus piernas cobraron vida propia, y la joven se dejó arrastrar por ellas.
Con la mente ofuscada salió del faro y corrió y corrió sin parar. Sólo notaba el viento en la cara, los rayos del sol calentándole las piernas, los brazos, la piel, el salitre escociéndole en los ojos, el olor del mar. Y al cabo de horas vagando sin rumbo volvió en sí, y entonces reconoció el rítmico entrechocar de las olas contra la quilla de los barcos, contra las proas, las velas, la tranquilidad. No sabía cómo pero había llegado al puerto.
Recorrió despacio el malecón, como sonámbula, hasta encontrase frente a la entrada de una pequeña cabaña hecha de maderos traídos por el mar. La puerta estaba abierta. Entró. Parecía vacía. Y respiraba profundamente el sosegante aroma que desprendían los matojos de plantas secándose en el techo, cuando una ronca voz le hizo volver en sí.
—Has vuelto.
Estela no dijo nada. Tenía frío. Y al mirarse descubrió que estaba empapada de agua salada, rebozada en arena y aferrada a montones de caracolas que llevaba entre los brazos como cuando era pequeña. Unas gruesas lágrimas de dolor se deslizaron por sus mejillas. La anciana se acercó y se las limpió con sus arrugadas manos llenas de manchas dejadas por el sol.
—¿Por qué soy tan sensible? ¿Por qué? ¿Por qué? —sollozaba ella—. ¿Por qué no puedo ser como los demás?
—No te tortures. ¿Es que aún no sabes quién eres?
La adolescente le observó extrañada.
—Busca —le dijo en un misterioso susurro junto a su oído—, busca en las leyendas.
—Yo no creo en leyendas.
Ronda le miró compasiva.
—Las creencias han de ser como un barco en el que navegáramos, niña, y al que debemos ser capaces de abandonar en alguna ocasión o nunca seremos libres.
—Pero hay tantas que yo... —se quejó ella.
—Shhh... —le hizo callar con delicadeza la mujer mientras le frotaba los hombros ateridos de frío—. Es cierto que hay muchas leyendas, muchísimas, pero todas encierran una misma verdad. Somos humanos y muy, muy complejos. No tenemos fauces enormes ni garras con las que defendernos, pero contamos con un arma muy superior, la intuición. Utilízala. En ti es sumamente poderosa. No tengas miedo y confía en lo que te dicta tu interior. La sensibilidad no es un defecto, sino un don.
Un griterío procedente del exterior les interrumpió. Varios niños de diferentes edades se introdujeron en la cabaña y se arremolinaron en torno a la anciana tirándole de la falda.
Eran sus nietos, los hermanos de Ulises.
—Abuela, cuéntanos más cuentos de esos que tú sabes —le decían.
Y Estela se vio reflejada en ellos, de niña, esperando deseosa a que llegara la noche para que el farero le relatara historias sobre el mar y los misteriosos seres que supuestamente lo habitaban, unas criaturas despiadadas y sin embargo, a sus ojos, terriblemente atractivas.
¿Por qué amaba realmente el océano?, se preguntó sin llegar a creer del todo que fuera por el recuerdo de su madre desaparecida. ¿Por qué tenía esa obsesión por las caracolas desde pequeña? ¿Por qué la leyenda del rey Ulises le causó tanta impresión cuando la escuchó? Todo eso se preguntó la adolescente en un instante. Y al no sabérselo responder echó a correr nuevamente con rumbo desconocido.
Pasadas las semanas los días comenzaron poco a poco a alargarse, la tierra a cubrirse de flores, el cielo de gaviotas y el mar con un manto celeste y calmo que invitaba a bañarse en él. Y Estela lo hubiera hecho encantada tiempo atrás, pero no entonces. Estaba como anestesiada, dormida. La vida se le escapaba y no sabía qué hacer para evitarlo. Sentada en el suelo de su habitación con las manos en torno a las rodillas, tenía la mirada posada en el techo y el corazón vacío. No sentía nada. Las caracolas ya no le hablaban, el mar no le atraía, el islote de la Piedra Santa no le llamaba.
Y en su desconcierto una sensación, los cariñosos lametones que le daba Glis intentando que reaccionara. Y en su desorientación una frase: “Respira hondo, pase lo que pase en ti siempre hallarás un remanso de paz”.
La encontró en un libro, antes de que cayera en ese brutal estado de aislamiento. Desde su solapa unos ojos calmos le contemplaban, aquel que lo había escrito. Alguien a quien no conocía y a quien seguramente jamás conocería. Pero alguien que con sus palabras le transmitió fuerza para continuar.
Pero por lo menos podía hablar con él, se dijo, algo que en cierta manera le reconfortaba. Cogió entre sus manos el medallón hallado en el desván y comenzó a darle vueltas. Lo giró hacia un lado y otro, lo observó de frente y costado, así durante largos minutos. Hasta que de repente se levantó de la cama y se lo colgó del cuello. Había tomado una decisión.
Parpadeó, el sol entraba por la ventana. Se vistió deprisa, bajó las escaleras y salió al exterior en busca del farero. Lo encontró sentado en un banco de piedra en el jardín trasero a la atalaya, revisando concienzudo su equipo de pesca.
—Vamos al islote —exclamó resuelta acercándose a él—. Tenemos que encontrarla.
—¿Encontrarla?
El hombre levantó la mirada. Tenía las ojeras más pronunciadas que nunca, el rostro más avejentado que nunca, contraído por el insomnio y el dolor.
—Encontrar a mi madre, ya sabes, a Marina.
—Marina...—farfulló el hombre pensativo, como si estuviera ahondando en su cerebro en busca de un recuerdo que no lograba hallar. Y de improviso exclamó con rudeza llevado por el dolor y la desesperación:— Olvídalo. Olvida todo lo que te conté anoche. No, no puedo soportar desconocer qué ha sido de ella. La duda me está matando. No puedo seguir viviendo así. No puedo. No puedo.
Su voz se quebró. Le miró con ojos suplicantes y luego, bajando la mirada, exclamó en un murmullo apenas perceptible como si temiera despertar con su voz los temidos recuerdos del pasado:— Y ahora déjame solo, solo con mis fantasmas.
—¿Con tus fantasmas? —se encaró Estela desconcertada por su repentino cambio de actitud. Volvía a ser el de antes, un hombre amargado, marcado por la tragedia—. ¿Con tus fantasmas? —repitió incrédula. Y dándose media vuelta echó a correr hacia el interior del faro gritando enfurecida:— ¡Eres un cobarde! ¡Y un traidor! ¡Y un loco!
Ella también había pasado por terribles experiencias y ahí estaba, intentando superarlas. No, no volvería a llamarle padre nunca más. Subió las escaleras de dos en dos, entró en su cuarto y se lanzó llorando sobre la cama. Odiaba la vida, odiaba las caracolas, odiaba las leyendas y odiaba el mar y todo lo que tuviera que ver con él. Pero sobre todo, y por encima de todo, odiaba ese maldito medallón.
Cegada de rabia se lo arrancó del cuello, se incorporó con los ojos bañados en lágrimas y fue hacia la ventana. Y ya iba a tirarlo a la azulada superficie que se veía bajo la atalaya, como hiciera años atrás el farero con la caracola que buscaba, cuando un brillo le hizo parpadear. Se detuvo en seco. Era un simple reflejo del sol contra las olas. Sólo eso. Pero lo suficiente como para hacerle recapacitar.
No, se arrepintió abriendo la mano para contemplar la bella figura de la sirena, sus suaves formas, su cuerpo en torno a una delicada luna, el pelo enredado. Era una pena deshacerse de algo tan hermoso.
No, no iba a ser tan estúpida, resolvió, y acercándose al armario lo dejó caer entre sus ropas creyendo que el no verlo aliviaría su pesar. Pero inesperadamente una tremenda desesperación se apoderó de ella hasta el punto de sentirse agobiada entre esas circulares paredes. Necesitaba huir, necesitaba respirar aire puro, escapar. Sus piernas cobraron vida propia, y la joven se dejó arrastrar por ellas.
Con la mente ofuscada salió del faro y corrió y corrió sin parar. Sólo notaba el viento en la cara, los rayos del sol calentándole las piernas, los brazos, la piel, el salitre escociéndole en los ojos, el olor del mar. Y al cabo de horas vagando sin rumbo volvió en sí, y entonces reconoció el rítmico entrechocar de las olas contra la quilla de los barcos, contra las proas, las velas, la tranquilidad. No sabía cómo pero había llegado al puerto.
Recorrió despacio el malecón, como sonámbula, hasta encontrase frente a la entrada de una pequeña cabaña hecha de maderos traídos por el mar. La puerta estaba abierta. Entró. Parecía vacía. Y respiraba profundamente el sosegante aroma que desprendían los matojos de plantas secándose en el techo, cuando una ronca voz le hizo volver en sí.
—Has vuelto.
Estela no dijo nada. Tenía frío. Y al mirarse descubrió que estaba empapada de agua salada, rebozada en arena y aferrada a montones de caracolas que llevaba entre los brazos como cuando era pequeña. Unas gruesas lágrimas de dolor se deslizaron por sus mejillas. La anciana se acercó y se las limpió con sus arrugadas manos llenas de manchas dejadas por el sol.
—¿Por qué soy tan sensible? ¿Por qué? ¿Por qué? —sollozaba ella—. ¿Por qué no puedo ser como los demás?
—No te tortures. ¿Es que aún no sabes quién eres?
La adolescente le observó extrañada.
—Busca —le dijo en un misterioso susurro junto a su oído—, busca en las leyendas.
—Yo no creo en leyendas.
Ronda le miró compasiva.
—Las creencias han de ser como un barco en el que navegáramos, niña, y al que debemos ser capaces de abandonar en alguna ocasión o nunca seremos libres.
—Pero hay tantas que yo... —se quejó ella.
—Shhh... —le hizo callar con delicadeza la mujer mientras le frotaba los hombros ateridos de frío—. Es cierto que hay muchas leyendas, muchísimas, pero todas encierran una misma verdad. Somos humanos y muy, muy complejos. No tenemos fauces enormes ni garras con las que defendernos, pero contamos con un arma muy superior, la intuición. Utilízala. En ti es sumamente poderosa. No tengas miedo y confía en lo que te dicta tu interior. La sensibilidad no es un defecto, sino un don.
Un griterío procedente del exterior les interrumpió. Varios niños de diferentes edades se introdujeron en la cabaña y se arremolinaron en torno a la anciana tirándole de la falda.
Eran sus nietos, los hermanos de Ulises.
—Abuela, cuéntanos más cuentos de esos que tú sabes —le decían.
Y Estela se vio reflejada en ellos, de niña, esperando deseosa a que llegara la noche para que el farero le relatara historias sobre el mar y los misteriosos seres que supuestamente lo habitaban, unas criaturas despiadadas y sin embargo, a sus ojos, terriblemente atractivas.
¿Por qué amaba realmente el océano?, se preguntó sin llegar a creer del todo que fuera por el recuerdo de su madre desaparecida. ¿Por qué tenía esa obsesión por las caracolas desde pequeña? ¿Por qué la leyenda del rey Ulises le causó tanta impresión cuando la escuchó? Todo eso se preguntó la adolescente en un instante. Y al no sabérselo responder echó a correr nuevamente con rumbo desconocido.
Pasadas las semanas los días comenzaron poco a poco a alargarse, la tierra a cubrirse de flores, el cielo de gaviotas y el mar con un manto celeste y calmo que invitaba a bañarse en él. Y Estela lo hubiera hecho encantada tiempo atrás, pero no entonces. Estaba como anestesiada, dormida. La vida se le escapaba y no sabía qué hacer para evitarlo. Sentada en el suelo de su habitación con las manos en torno a las rodillas, tenía la mirada posada en el techo y el corazón vacío. No sentía nada. Las caracolas ya no le hablaban, el mar no le atraía, el islote de la Piedra Santa no le llamaba.
Y en su desconcierto una sensación, los cariñosos lametones que le daba Glis intentando que reaccionara. Y en su desorientación una frase: “Respira hondo, pase lo que pase en ti siempre hallarás un remanso de paz”.
La encontró en un libro, antes de que cayera en ese brutal estado de aislamiento. Desde su solapa unos ojos calmos le contemplaban, aquel que lo había escrito. Alguien a quien no conocía y a quien seguramente jamás conocería. Pero alguien que con sus palabras le transmitió fuerza para continuar.
Esa fuerza tan necesaria para seguir adelante cuando nuestro mundo se nos desmorona.
2 comentarios:
Si, por un momento, al colgar este nuevo capítulo, hubieras pensado en mí, estoy segura de que tendrías muy claro con qué parte del mismo me sentiría identificada. Efectivamente, las últimas líneas.
"La encontró en un libro (...). Desde su solapa unos ojos calmos le contemplaban, aquel que lo había escrito. Alguien a quien no conocía y a quien seguramente no conocería. Pero alguien que con sus palabras le trasmitió fuerza para continuar."
Aquel que no lee, que nunca ha leído, aquel que jamás ha disfrutado de la sensación de bucear entre las páginas de un libro escritas por otro ser humano, no puede llegar ni a imaginarse el placer inmenso que se siente cuando se conecta con un autor. Ese sentirte identificada, ese encontrarte en cada palabra, ese saberte, sin dudar, en el pensamiento de ese otro que, como Estela, se tiene muy claro que nunca se va a llegar a conocer. Pero, eso, no importa, lo importante es el libro, lo que te provoca, lo que te ayuda, o te hace pensar, o te reconforta, o te hace disfrutar, sonreír, llorar ...
Cuando tenía más o menos la edad de Estela mis únicos amigos eran los libros. Vivía rodeada de ellos, siempre tenía alguno entre las manos, creo que, hasta dormida, soñaba que leía. Me ayudaron a resistir, a esperar, a dejarme crecer, me mecieron con mimo cuando desfallecía y nunca me dejaron sola. No en todos pero sí en unos cuantos conseguí encontrar aquello que buscaba con ansia, me ayudó infinito darme cuenta de que otra realidad era posible, de que mis sueños podían hacerse realidad. Porque, allí, entre las páginas que tanto manoseaba, mi realidad era real, y, con eso, me bastó, al menos, hasta que tuve la edad suficiente como para enfrentarme con el mundo y conseguir alguna de las cosas que deseaba.
Si en aquellos momentos hubiera tropezado con Estela, todo hubiera sido más fácil. No pudo ser entonces, pero, como tengo imaginación suficiente para ello, aquella que fui sigue alegrándose, en esta que ahora soy, de que otra mujer a medio hacer pueda encontrarse con Estela y la tenga como compañera.
Suelo decir que hay libros que deberían ser de obligada lectura (y películas, y documentales, y ...). Para ciertos seres a medio hacer, con alto grado de sensibilidad, con realidades problemáticas, La voz antigua del mar sería uno de ellos. Espero que no te parezca mal mi comentario, suelo expresar lo que siento sin meditarlo demasiado, forma parte de mi carácter.
Un abrazo desde este interior, tan alejado del mar.
Me emociona, Verónica, tu comentario. Me emociona conectar con un ser, sea quien sea. Que mi sensibilidad le llegue a alguien. Al igual que tú, mi refugio fueron de pequeña los libros, mi manera de seguir adelante, de encontrar mi propio camino. “Apaga la luz, que es muy tarde” me decían todas las noches, y yo no podía dejar de leer y empaparme de otros mundos. Necesitaba aire nuevo. Conocer otras vidas para saber que la mía no acababa allí. Y luego crecí. Y nunca quise ser escritora. Jamás me lo planteé, pero un día ya de mayor necesité contar cosas, y lo escribí para empezar a dejar salir todo aquello que clamaba con ser “aireado”. Escribir libera. Y después me resistí a publicarlo. Me daba mucho pudor, pues como a la gran mayoría de la gente, no me gustaba hablar de sentimientos, me enseñaron a no hacerlo. Por algo me dediqué durante muchos años a la escultura, para plasmar en el barro, la madera, el bronce, lo que sentía. Sin palabras. El que quisiera entender que entendiera.
Pero la vida es como es y te lleva hacia donde quiere. Y aquí estoy ahora, aprendiendo un nuevo oficio con humildad. A veces me da por reírme y ver el mundo desde la perspectiva de Daniela Malospelos, y me lo paso genial sacando de paseo a la niña que hay en mí y relatando disparatadas historias llenas de delirios de infancia. Y otras, remuevo en mis entrañas y me enfrento a la realidad a través de la adolescente Estela. Yo no soy ella, está claro, no he pasado por sus experiencias. Sin embargo me aclara las ideas y me reconozco en sus sentimientos. Y no sabes cómo me alegra que otras personas también se reconozcan o que al menos los entiendan, y si les puede ayudar en algo como saber que no están solos en este mundo de locos, pues mejor.
Recuerdos a ese Madrid de costa adentro, al que si todo va bien no me va a quedar más remedio que ir pronto a ver. Comienza la feria del libro. Abrazos para ti también.
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