
Antaño los pueblos conocían el poder del mar. Los nórdicos creían en la existencia de un manantial costero que otorgaba sabiduría. Los japoneses en el agua de la eterna juventud. Los egipcios que el planeta se formó a partir de una crecida como las producidas por el río Nilo. Los babilónicos que el hombre nació de la mezcla entre agua dulce y agua salada. Los hindúes que el aliento de un dios pez generaba los vientos. Y los finlandeses que la Madre Agua excavó con sus pies los fondos marinos, con las manos los cabos y con las caderas las orillas. Pero todos, sin excepción, creían que una inundación estuvo a punto de acabar con la raza humana. Agua, agua por todas partes desde la creación.
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Aunque sólo unos pocos hablaban del mal que padecían aquellos que dormían mecidos por las olas, que tenían como único horizonte la azulada inmensidad, que en sus noches en vela estaban acompañados por espuma y temporal. Y lo llamaron fiebre del mar. Y rumoreaban entre ellos que el mar les había hechizado, que corría en vez de sangre por sus venas, y que siempre, inevitablemente, terminaban por volver a él.
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Mientras Estela se recuperaba Ulises siguió soñando y soñando, como aquel día en la playa, tras las rocas del farallón, al amparo del viento. Y le contaba a su amiga, con ojos encendidos y la ilusión en el habla, sus enormes deseos de conocer otros mares y otras costas, de correr aventuras. Y al hacerlo sus mejillas se arrebataban y su sonrisa, ésa tan cálida y maravillosa, le iluminaba la cara. Y para cuando llegó el verano su sueño se hizo realidad.
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La mañana se levantó brumosa. La joven fue a despedirle. Un barco pesquero le llevaría hasta alta mar, donde se embarcaría en un mercante que iba a dar la vuelta al mundo. Estaría fuera meses, tal vez un año. Un largo, larguísimo año sin verle. Demasiado tiempo.
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De pie, en el muelle del puerto, la adolescente le miró desconsolada a la vez que furiosa. Desconsolada porque se iba, furiosa consigo misma. No quería que se marchara. Pero no podía decírselo. No. No tenía ningún derecho a destrozar sus sueños.
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Ulises se le acercó y le dijo suavemente al oído, a modo de despedida, que le traería caracolas, que a su regreso le contaría todo lo que viera, y que con suerte podría incluso llegarle a describir lo que se siente al nadar con delfines, uno de sus animales preferidos. Pero a la adolescente todo eso le parecieron tonterías. Tonterías comparadas con lo que sentía.
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Notó el cariñoso roce de un dedo en la mejilla, y poco después le vio subir al barco. Llevaba al hombro un petate blanco, grande, de marinero, un gorro pequeño y oscuro, y un grueso chaquetón azul marino. Y se perdió entre sus compañeros. Y el barco zarpó. Y ella bajó la mirada.
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El escuchar su nombre le obligó a levantarla de nuevo. En la popa del bajel estaba su amigo, con las manos en los bolsillos, el cuello del chaquetón subido y el gesto sonriente. Y mientras abandonaban el puerto poniendo agua de por medio, le dijo:
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—No me olvides. Los dos amamos el sabor del salitre y cada vez que la boca nos sepa a sal nos acordaremos el uno del otro.
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Y Estela le devolvió la sonrisa, pero cargada de tristeza. Y de repente se le escaparon tres palabras, que le brotaron del corazón.
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—No te vayas.
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Nunca supo si las había oído o no. Sólo vio cómo, con un mar que se ensanchaba más y más de por medio, el muchacho la miraba con gesto indefenso, desvalido. Y la joven recordó entonces la vez en que meses atrás y en una cala perdida, al abrigo de la lluvia, lamió una lágrima que resbalaba por su mejilla mezclada con agua de mar, y el beso que a cambio ella le dio. Beso de amiga. Beso de amante. Beso de amor.
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Sólo se aprecian las cosas cuando se pierden, y ella lo estaba perdiendo en ese momento. A saber cuando volverían a estar juntos. A saber cuando se volverían a ver. Contempló cómo navegaba el barco, ahora una mancha en el horizonte. Y sin quitarle la vista de encima besó la yema de sus dedos, los inclinó hacia adelante, y con dulce soplo procedente de sus labios lo envió convencida de que el viento se lo haría llegar.
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Volvió a pasear solitaria por la playa, como antes, a recorrer con su lirona como única compañía los peñascos al pie del acantilado que la marea alta rodeaba, a bañarse en las lejanas calas, a husmear entre las rocas. Y los del pueblo, al verla, murmuraban entre sí que no era normal lo que hacía, que un día ocurriría una desgracia que tendría que lamentar. Así hasta convertirla nuevamente en el tema principal de los corrillos que hacían al atardecer, mientras remendaban las redes junto a las puertas de sus casas.
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—El océano es el más voluble de los seres. Como niño caprichoso, lo mismo hace bogar los barcos suavemente sobre su superficie que los envía a lo hondo de un zarpazo. Aquellos que se internan en él están en sus manos. Puede envolverles con bruma fascinadora, mostrarles transparentes fondos arenosos, increíblemente bellas barreras coralinas o hacerles navegar con bonanza sintiendo como si una mágica ola les llevara en volandas. Pero también puede invertir el rumbo de sus naves, enloquecerles de calma chicha y enfermarles de humedad. Las posibilidades son infinitas, así como infinitas son sus aguas.
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Eso decía el más instruido de los pescadores, aquel que había estudiado carrera y visto mundo, aunque un día le pudo la añoranza y tuvo que regresar. Y los más ancianos, los que ya no salían a faenar y se dedicaban a destripar pescado sentados en un taburete con cubos entre las piernas, mascullaban entre dientes que de niño caprichoso nada, que lo que pasaba era que allí habitaban los dioses del mar, vengativos, crueles. Y los más jóvenes se reían de unos y otros exclamando que el salitre les había podrido el cerebro.
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Sin embargo todos coincidían en que no se juega con la voluntad del océano. Que aunque rescates a quien se está ahogando, arrebatándole su cuerpo al abismo, el abismo encontrará más pronto o más tarde la manera de atraparle de nuevo. Y miraban a la adolescente de soslayo y murmuraban a su paso que ya había escapado de sus garras una vez. Que no lo desafiara más. Y Estela, que les oía, hacia caso omiso de sus comentarios, les ignoraba y seguía adelante con sus costumbres que tanto extrañaban a los del lugar. A todos menos a Ronda que, desde lejos y en silencio, la observaba.
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Esa mañana, montada en bicicleta, la adolescente pedaleó sin rumbo fijo acompañada de una cálida brisa y el piar de las gaviotas. En la espalda una mochila con todo lo necesario para ir de paseo: un jersey por si tenía frío y un par de piezas de fruta. Al hombro Glis, como siempre, escondida entre su rojizo pelo. Según subía la cuesta una fina e imprevista lluvia comenzó a chispear a intervalos, cubriendo la tierra de una invisible y resbaladiza capa que poco después desaparecía ante el cálido sol. No sólo a ella se le escapan furtivas las lágrimas.
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La costumbre le llevó hasta la playa, donde se descalzó para meter las piernas en el agua. No tenía ganas de saltar ni de golpear las olas para ver cómo la superficie se llenaba de espuma, pero al final se obligó a hacerlo y minutos más tarde se dejaba caer exhausta junto a la orilla.
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Respirando agitadamente se giró y miró el faro. Pintado a gruesas franjas blancas y verdes, algo irregular y fuera de normas, semejaba un enorme pirulí, un pirulí de nata y menta tan descomunal que parecía hecho a propósito para un gigante goloso. Allí vivía ella, en esa morada incómoda y poco espaciosa de paredes húmedas. Pero era su hogar y lo amaba. Amaba su grueso y viejo portón de madera también pintado de verde, sus estrafalarios muros redondeados, su terraza llena de focos, y sobre todo la escalera de caracol que se retorcía según ascendía hacia lo alto al igual que la espiral de algunas caracolas. Y lo amaba porque era como ella, diferente, inesperada, incomprensible a los ojos de la gente.
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Después observó el horizonte. Y las ruinas, cubiertas de musgo, le observaron a su vez aposentadas sobre amenazadoras rocas. La isla de la Piedra Santa.
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—El lugar por el que las criaturas de las profundidades acceden a tierra firme —susurró como hiciera tiempo atrás, pero esta vez con tristeza—. La Puerta del Mar.
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Se sentó y, abrazándose las rodillas contempló el vertiginoso pasar de las nubes al igual que habían sido vertiginosos los últimos meses. Lo gritó. Lo gritó en voz alta. Y al oírselo decir se sintió perdida. No sabía que hacer con su vida ahora que todo había pasado, ahora que Ulises no estaba, ahora que el farero había abierto en su corazón una herida imposible de cerrar. Miró a lo alto buscando una señal, y al no encontrarla clavó sus ojos en el islote recordando la hermosa y distante melodía que un día oyera. “Ven, ven con nosotros, te estamos esperando”, le decía. Pero ¿quiénes le esperaban? ¿Quiénes le pedían que fuera?
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Poniéndose en pie vociferó encarándose a la rocalla:
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—¿Qué queréis de mí?
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No ocurrió nada. Todo continuó como estaba. Todo salvo el revolotear de unas gaviotas que, espantadas con sus chillidos, echaron a volar. Todo salvo unas pequeñas y grisáceas nubes, que comenzaron a formarse por el oeste.
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Estiró el brazo y atrajo hacia sí su mochila. Tenía frío. Y al sacar del interior un jersey para ponérselo, con el impulso algo salió despedido. Era el medallón. El misterioso medallón que encontró una mañana en lo alto del faro y que escondió semanas más tarde en su armario para no verlo más.
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—Otra vez tú—musitó desesperada, pero comprendiendo que era imposible apartarlo de su vida se lo colgó del cuello.
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En ese mismo momento una ola bañó sus pies. Notó el agua fría recorriéndole la piel. Y junto al agua el suave contacto de la espuma. Y junto a la espuma un objeto pequeño y pulido. Bajó con frialdad la mirada. A su lado, sobre la húmeda arena, había una caracola.
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No quiso cogerla. No. Sin embargo no pudo evitar contemplarla, y lo distinto de su forma y colorido llamaron su atención. Abombada, con abundantes costillas verticales, tenía el lomo de color crema mezclado con tonos pardo y una gran mancha rojiza junto a la boca.
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El corazón le latió desbocado. Era una Harpa Costata.
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Se agachó despacio y la tocó con temblorosos dedos. Y al rozarla el ejemplar le transmitió un inquietante cosquilleo que le recorrió el brazo hasta alcanzar el pecho, como antes sucedía. Y estando allí le contó de inimaginables espacios en los que nadar era como volar en un agua inmensamente azulada, de interminables laberintos de rocas y algas, de increíbles y maravillosas profundidades. Y también le contó de tantas y tantas cosas que no comprendía pero que le removían por dentro haciendo que se preguntara quién era ella y qué hacía aquí, en este mundo.
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Cerró los ojos, y cuando los abrió un irresistible impulso le hizo acercar la concha al medallón e insertarla en el hueco que tenía en el centro, en el que curiosamente quedó perfectamente encajada.
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Una gota de agua salada se deslizó por uno de los extremos del círculo de plata, en el que había una pequeña fisura, y ella no pudo resistir la tentación de arrimar los labios. Pero extrañamente esta vez, en lugar de lamerlo como tenía por costumbre, sopló.
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La columna de aire entró por el agujero, rozó la caracola y regresó a la atmósfera transformada en sonido, sonido que inundó el ambiente con una maravillosa melodía triste y fascinante al tiempo. Y la joven no pudo más que enternecerse. Jamás había escuchado nada tan conmovedor. Era el grito lastimero de quien, herido por dentro, pregonaba al viento su dolor. El lamento de un ser atrapado y perdido en un mundo que no era el suyo. El gemido que imploraba se le permitiera volver al lugar al que pertenecía. El canto de las sirenas.
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Alzó la mirada al cielo. Allá a lo lejos, en el firmamento, pese a que era de día se divisaba una delgada cuña luminosa tiñendo el mar con reflejos grises, la marea estaba bajando y soplaba una suave brisa embriagadora. Y luego miró incrédula el medallón. La misma fase lunar. El metal del mismo color que el adquirido por el océano. El pelo de la sirena extrañamente enredado al igual que se enredaba el suyo, hacia el oeste, como cuando sopla el Levante. El centro vacío esperando la llegada de algo que lo completara, ahora completo.
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Tembló. Acababa de caer en la cuenta de que el talismán era efectivamente un plano, como pensó en un principio. Pero no un plano que indicara un lugar, no, sino un momento concreto, un instante en el que todos esos fenómenos coincidían, un tiempo. Y ese tiempo acababa de llegar.
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Apretó el medallón con fuerza contra su pecho, e ignorando que la ligera brisa se estaba convirtiendo en viento, y que el Levante rolaba a Poniente, echó a correr hacia el acantilado llevada por un irresistible impulso.
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Fue la última vez que la vieron. La tormenta que se levantó poco después duró toda la tarde y gran parte de la noche. Las olas crecieron hasta convertirse en negros muros de agua, el viento arrasó demoledor y el espesor de la lluvia impidió toda visibilidad. El farero esperó y esperó, angustiado, interminables largas horas a que regresara su hija, pero no sucedió. Y a la mañana siguiente, nada más despuntar el alba, llamó a los guardacostas e iniciaron la búsqueda. Nada, no encontraron rastro alguno de la joven. Había desaparecido. Se la había tragado el mar o quizás la tierra, quién sabe. Y así lo tuvo que aceptar.
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Días más tarde la estridente sirena de un barco de pesca retumbó por la bahía, pero ninguna adolescente corrió a su encuentro pedaleando con una destartalada bicicleta. Ni sintió el cálido viento jugando con su pelo al descender la cuesta, camino del puerto. Ni se sentó en el amarre, nerviosa, a esperar mientras contemplaba el ambiente sereno y el revoloteo de las gaviotas a que un joven pescador le saludara de lejos con un guiño. Esa vez, en su lugar, había un hombre mayor, alto, enjuto, con barba desaliñada y sienes canosas quien de la mano de una anciana vestida de negro, su hermana, esperaban con tristeza la llegada del bajel. En él iba Ulises. No se embarcaba en el mercante. No iba a dar la vuelta al mundo. Había decidido regresar a casa.
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Intuyendo que algo inesperado sucedía el muchacho saltó a tierra y se acercó a ellos sin detenerse a hacer el trabajo pendiente, sin esperar a que el capitán se despistara unos instantes, sin coger el regalo que le traía a la joven, una caracola procedente de las profundidades marinas. De la boca del farero supo la trágica noticia, Estela había desaparecido. Los guardacostas registraron la región a fondo sin hallar ningún indicio de ella. Buscaron en la playa, en las calas, en las rocas, en el mar e incluso tierra adentro, entre los pasadizos del acantilado. Nada. Nadie la había visto, ni los pescadores del puerto, ni las gentes del pueblo, ni los muchachos de su edad. No cabía ninguna esperanza de que fuera encontrada. Y así se lo hicieron saber.
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Y así intentó aceptarlo el muchacho, diciéndose que el destino de los hombres estaba escrito antes de nacer y que la vida nos llevaba hacia donde quería, como la corriente desagua en el océano. Pero también que el libre albedrío del que todos disponemos hace que el ir por un sendero u otro del río sea una verdadera elección por nuestra parte, pues sólo nosotros tenemos el poder de escoger entre los muchos a seguir. Y aún así, volviéndose hacia la inmensidad azulada, se torturó preguntándole una y otra vez: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
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Y su lamento se juntó con el que horas más tarde resonó por la bahía, procedente de lo alto del faro: ¡Yo os maldigo, Seres de Agua!
4 comentarios:
Me gusta especialmente este capítulo por una de sus frases finales, la que dice: “Fue la última vez que la vieron”.
Estela desaparece. Porque la vida es así de inesperada, de sorprendente, de imprevisible, y cuando menos lo esperas te golpea con fuerte golpe de viento que cambia brutalmente el rumbo de tu nave haciéndote creer que vas a zozobrar. Pero la mayoría de esas veces, como ocurrirá en este caso, lo que en principio parece una tragedia será en verdad el comienzo de la liberación. De la verdadera aventura. De dejar atrás creencias del pasado y abrirse a otras que traerán consigo nuevos horizontes con nuevas alegrías.
Y para llegar a ellos sólo hay que dejar pasar el tiempo abrazados al mástil de la esperanza.
Lluis Llach es la música que me acompaña. Me acuna desde hace décadas cuando, un amigo que entonces era especial, me introdujo en sus canciones.
Aún hoy, que ha pasado mucho tiempo, que he llegado a verle de cerca, que he pisado en lugar en el que vive, que me sé al dedillo cada una de sus composiciones, sigo pensando lo mismo que la primera vez que escuché alguna de sus canciones: lo mejor, con todo, es el poso de esperanza de todas ellas. Da igual que el tema central sea del desamor, la muerte, la pérdida del amigo .... Siempre deja, al final, un rayo de esperanza, un "esto es así pero no pasa nada, la vida sigue, todo estará bien".
Recuerdo que, hace unos años, mientras mi madre estaba en el hospital y yo velaba sus noches, pasaba las horas canturreando sus letras, porque sólo así era capaz de decirme que todo pasaría, que en la vida había un después, que todo aquello, pese al horror que suponía, dejaría de nuevo abrir una ventana y yo estaría allí, sonriendo a la claridad.
Tu comentario me ha llevado a la música de Llach, no he podido evitarlo. No hay nada como abrazarse a ese mástil, tal vez sea a lo único que uno pueda abrazarse, al final.
Me mantengo en el suspense, siguiendo tu ritmo, aunque me cuesta. Las aventuras hay que compartirlas con el planteamiento original, en caso contrario, pierden su puntito de verdad. Así que, en cuanto tengas un hueco, ya sabes, a teclear, no puedes dejarnos en la duda.
Tuve una vez la suerte, Verónica, de poder ver a Lluis Llach en directo. Fue en Madrid, en un teatro, un amigo que lo adora y lo conocía personalmente, sacó por sorpresa las entradas y nos invitó. Yo por aquel entonces apenas le conocía. Alguna que otra canción y ya está. Pero escucharle me conmocionó.
Era la presentación de "Un pont de mar blava", un disco que todavía me sigue estremeciendo, que remueve mi interior trasladándome a tiempos ancestrales que no sé si viví o no pero siento cercanos, que escuché tantas y tantas veces nostálgica desde un acantilado sureño frente al mar cuando todavía vivía costa adentro y tenía que regresar. Y siempre que lo escucho me dan ganas de llorar. De alegría, de sensibilidad, de que conecta conmigo. Desde entonces sus discos llenan mis estanterías.
La vuelta de la feria ha sido un poco caos. Mañana continúo. Prometido.
Por cierto, siento tu paso por el hospital. El paso de todo el mundo. Es una experiencia terrible que me encantaría que no existiera y poder borrar...
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