martes 10 de junio de 2008

12 - EL CAMINO POR SIEMPRE OCULTO


Cosas extrañas suceden cuando baja la marea, cuenta el farero de una olvidada y abrupta costa. La bajamar roba el alma a los moribundos y se la lleva lejos, muy lejos, para no devolvérsela jamás.
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Estela no iba a morir, pero se sentía igualmente mal. Un fuerte dolor le atenazaba el pecho. De pie, en la orilla de la playa, estrujaba el mítico medallón contra el corazón mientras un cántico celestial inundaba el ambiente. De repente alzó instintivamente los ojos hacia el océano presagiando que algo extraño iba a ocurrir. Y ocurrió. Las aguas comenzaron a bajar repentinamente tanto, que un estrecho sendero de losas cubiertas por algas y verdín asomó partiendo en dos el espacio acuoso entre la rocalla situada en mitad del mar y el acantilado. La isla de la Piedra Santa había quedado unida a tierra firme.
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La joven retrocedió asustada ante la invitación, y diciéndose que no, que era una locura aceptarla, quiso huir a refugiarse en el faro. Pero de improviso sintió como si unos dedos invisibles se introdujeran en su boca, le robaran el aliento, y con cada retraerse de las olas se lo llevaran hacia alta mar. Y lo vio irse. Una alargada y blanquecina nube. Una tenue vaharada.
No pudo hacer otra cosa. E ignorando que sus pies se internaban en el peligroso sendero de losas recién aparecido, y que la brisa se transformaba en viento, corrió y corrió tras él.
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Y corrió aún más cuando creyó vislumbrar entre las rocas de islote a una esbelta mujer de porte altivo y melena rojiza. Era Marina. Marina que le llamaba.
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Saltó sobre charcos dando grandes zancadas, sobre resbaladizo verdín, sobre algas y remolinos. Había perdido el juicio, lo sabía. Pero ante el peligro, acechante como aleta de escualo, sólo le importó una cosa, sujetar con fuerza el medallón que pendía de su cuello en el que una bella sirena plateada envolvía su cola en torno a una media luna con una caracola entre ambas: la llave de un reino escondido. Y mientras tanto iba diciendo:
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—Madre, allá voy.
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El retumbar de un trueno la hizo volver en sí. Se detuvo en seco con un escalofrío recorriéndole la espalda. El cielo se había oscurecido como si fuera de noche, el viento tiraba con furia de su cuerpo y al frente, a lo lejos, se alzaban las sombrías ruinas del castillo maldito. Las miró con recelo, y arrepentida intentó regresar. Pero al volver la vista atrás, sobrecogida, comprobó con sus propios ojos lo que ya intuía, el oleaje producido por la tormenta había acelerado el ascenso de las aguas convirtiendo la angosta lengua de piedra en la que se hallaba en una trampa de encrespadas olas. El camino por siempre oculto comenzaba a desdibujarse, engullida por una masa de espuma que avanzaba y avanzaba implacable hacia ella sin dejar lugar a arrepentimientos. Ya era tarde.
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Presa del pánico miró nuevamente al frente intentando razonar. Se encontraba en mitad del océano, a medio camino entre la costa y la rocalla, mientras el vendaval iba en aumento y ya no había ninguna esbelta mujer llamándole, sino tierra negra, tierra negra junto con tenebrosas ruinas como única posibilidad de salvación. Y sabiéndolo echó a correr hacia adelante con la certeza de que en breves instantes el camino desaparecería bajo el mar.
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Como era de esperar la lluvia apareció, y lo hizo en forma de densa cortina que impedía toda visibilidad. Con la muerte pisándole los talones e incapaz de ver dónde ponía los pies, la joven alzó la mano para retirar el mojado mechón que le cubría el rostro, y al parpadear tropezó y cayó sobre las resbaladizas losas de piedra.
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El mar le golpeó con furia la cara y de sus arañadas rodillas brotaron regueros carmesí. Pero no fue eso lo que le asustó, al incorporarse descubrió horrorizada que sus pies se hallaban de continuo bajo el agua, y que a su alrededor los pequeños remolinos y las olas le asediaban a uno y otro lado del camino ansiando engullirla. Tenía que darse prisa.
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Chapoteó avanzando lo más rápido que pudo los últimos metros que le separaban del islote con el mar llegándole a los tobillos, a las rodillas, a las caderas, hasta que al fin alcanzó una roca a la que trepó. Y entonces, deteniéndose, miró jadeando a su alrededor. El remanso era pequeño y de oscura arena, más allá se encontraban las ruinas. Tomó aliento y se dirigió hacia ellas en busca de un techo en el que guarecerse, pero al no encontrarlo se dejó caer sobre una gruesa capa de musgo. Sentía frío. Sus ropas estaban completamente empapadas tanto de agua dulce como salada.
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—Qué más da el sabor —se dijo a sí misma perdiéndose en un mundo de sensaciones.
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El destello de nuevos rayos seguidos de truenos le hicieron apartarse de sus pensamientos y volver bruscamente a la dura realidad.
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—¿Cuándo diablos dejará de llover? ¿Cuándo? ¿Cuándo? —gimió al comprender que estaba en serios apuros. Los dientes le castañeteaban. Necesitaba entrar en calor.
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Intentando paliar el frío comenzó a dar pequeños saltos, a frotarse con insistencia las piernas, los brazos, los hombros, sin conseguir resultado alguno. Aprensiva, alzó los ojos para contemplar las piedras que le rodeaban. Las sentía dotadas de una escalofriante irradiación luminosa. La energía de aquéllos que las habitaron vibraba en el aire tornándolo denso pese a que el viento las azotaba. La oscuridad iba en aumento.
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Apartó la vista. Y estaba sopesando las ínfimas posibilidades que tenía de salir con vida de allí, cuando creyó ver al otro lado del islote una barcaza que subía y bajaba entre las olas luchando por dirigirse a puerto.
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Corrió profiriendo gritos hasta cruzar al otro lado del pedazo de tierra rocoso en el que se hallaba y, presa de excitación al creer que podía ser rescatada, al llegar al límite del islote incluso se precipitó por las resbaladizas rocas descendiendo y cometiendo la osadía de meter de nuevo los pies en el agua.
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—¡Eh, los del barco! ¡Socorro! ¡Estoy aquí! —bramó situándose sobre una plataforma que a ratos barría con fuerza el mar. Pero al apenas oírse a sí misma dada la fuerza de la tormenta, calló comprendiendo que en esas condiciones era imposible que le pudieran escuchar.
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Entonces se le ocurrió una idea. Un sonido agudo, como el de un silbido, se oiría con mayor facilidad. Llevándose los dedos a la boca sopló, pero no pasó nada, los nervios le estaban jugando una mala pasada. Tensó la mandíbula. Tenía que buscar rápidamente otra manera de llamar la atención. Asió el medallón que colgaba de su cuello, lo apretó con fuerza y le dedicó un susurro esperanzador: no me falles, por favor, por favor. Luego posó los labios en un borde concreto del círculo de plata, como hiciera en la playa y expulsó aire con fuerza.
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Y como antes ocurriera, un maravilloso sonido llenó el ambiente de sentimiento y musicalidad. Volvió a repetirlo una y otra vez, una y otra vez hasta que al no ver más que un fuerte oleaje en el horizonte la joven paró. Su esfuerzo había sido en vano. El barco había pasado de largo. Un río de aterradas lágrimas brotó de sus ojos. La tormenta iba en aumento y el nivel de las aguas no paraba de subir. Estaba atrapada.
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El romper de una ola contra sus piernas le recordó que debía ponerse a salvo. Se giró, y al querer retroceder sobre sus pasos contempló boquiabierta una abertura a su espalda, entre las rocas. Intrigada, apoyó las manos en los bordes y se asomó al interior jurando que no estaba antes. Se trataba de una pequeña cueva. Desde dentro dos robustos seres con el torso desnudo y retorcidas colas de pez en lugar de pies le observaban con frías miradas. Eran esculturas de piedra. Y formaban sendas columnas.
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Tritones, murmuró la adolescente incapaz de creer su descubrimiento, y olvidando la peligrosa situación en la que se encontraba se acercó a contemplarlas. Entre ambas había una enorme y pulida losa vertical de extraño material. Atraída por su suave textura aproximó lentamente la mano y la deslizó con delicadeza sobre su superficie. Vítrea, de gran dureza y aspecto pesado, era de color negro intenso mezclado con un ligero tono verde oscuro.
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—Obsidiana. Es obsidiana —gritó la joven al reconocer la piedra volcánica. ¿Qué hacía allí?
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Hipnotizada por el brillo azabache que desprendía se aproximó y, como si tuviera por delante todo el tiempo del mundo, la recorrió despacio con los dedos de un extremo a otro. No tenía incisión alguna ni ranuras. Sin embargo, con tan sólo la delicada presión, la pesada hoja de piedra se abrió hacia un lado dando paso a un profundo túnel que desaparecía en las entrañas de la tierra. Y al retirar la mano, la puerta retornó a su anterior posición, como si nunca hubiera sido movida.
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Estela miró al exterior para comprobar, horrorizada, que la fuerza del viento había aumentado haciendo que el oleaje golpeara cada vez con más furia. Pero de repente descubrió, más horrorizada todavía, que las rocas de entrada a la cueva se iban cerrando poco a poco con cada embestida del mar.
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Una repentina ola le golpeó el rostro arrebatándole lo que le quedaba de cordura. Y entonces la adolescente ignoró que era una insensatez meterse en el túnel, que quizá fuera una trampa y no condujera a ninguna parte, que también podía anegarse con la subida de las aguas. Sólo pensaba en la historia que le contó el farero sobre los niños atrapados en el islote, en la vez que se desencadenó un temible temporal que lo arrasó todo, en el gigantesco oleaje que los engulló. Y se sintió uno de ellos. Y los niños le trasmitieron su angustia al ser conscientes de la muerte que se les venía encima. Y obcecada, empujó la losa de obsidiana y echó a correr hacia las profundidades.
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La confusión le hizo tropezar. Comenzó a deslizarse por una rampa mientras intentaba asirse a algún saliente que le detuviera. No había ninguno, sino una inacabable traquea negra que le engullía más y más. Hasta que por fin, tras lo que pareció una eternidad, el terreno se estabilizó y ella dejó de moverse. Fue cuando le asaltaron los más terribles pensamientos. Había caído en un pozo del que jamás saldría con vida. Nadie sabía dónde se encontraba. Nadie tenía conocimiento de que estuviera allí. Estaba claro que no lo contaría. Y mareada, cerró los ojos y se abandonó a su suerte.
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Le asaltó un profundo sopor. Su consciencia se desvaneció en un mundo de oscuras imágenes. Y estando así soñó con el farero, aquel que le había criado aunque no fuera su verdadero padre. Con Ulises, nombre que le puso a su amigo de niños olvidando cómo se llamaba en realidad. Con Ronda, la peculiar anciana del puerto que le confesó el parentesco que guardaba con su padre adoptivo. Y también soñó con su madre, la misteriosa mujer que apareció un día de tormenta tendida sobre la playa sin que nadie supiera de dónde había salido.
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Y de tanto soñar y soñar con gentes que no eran lo que parecían Estela se preguntó, también en sueños, qué había de real en su vida, a qué podía aferrarse que no fuera secreto, imaginado o inventado, sino verdad, pues todo parecía una farsa y ella un títere que se moviera sin saber a dónde iba. Y mientras se hacía esa pregunta aparecieron a su lado unos extraños seres.
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Creyó sentir cómo la alzaban entre varios, la llevaban a una estancia donde le cubrían con ropa seca y le daban de beber, mientras le tranquilizaban susurrándole que se encontraba en su verdadero hogar. Y entonces supo que eso sí era verdad, que era auténtico. Aunque desconocidos ésa era su gente, y entre ellos estaba a salvo. A salvo de la mentira que había sido hasta ahora su vida.

2 comentarios:

Verónica dijo...

No he podido evitarlo: de la mano de Estela he vuelto a mi pasado, ese pasado tan lejano ya que supone la última etapa de la niñez y la adolescencia.

En aquel entonces sentía que mi vida no era verdad, que lo que ocurría a mi alrededor no podía ser aquello que yo estaba destinada a vivir. Inmersa en las historias de los libros, me fabrica otra vida, diferente, ajena a aquella en la que me sentía engullida, sin salida, sin futuro.

No tuve mucha suerte, o sí, depende de como se mire desde el ahora, pero, no entonces. No encontré a nadie que me dijera eso de que me encontraba en mi verdadero hogar, ni siquiera entre susurros. Hubiera dado la vida, aquella que tenía y no me gustaba, por haber encontrado algo diferente, algo que, realmente, me hiciera sentir en casa.

No sé hacia dónde va Estela, pero, si tengo claro que, vaya donde vaya, está viviendo su aventura, y, esa, a esa edad, además, es lo único que merece la pena.

Me quedo esperando ansiosa, ya sabes, un pacto es un pacto, aunque tenga muy a mano la posibilidad, este camino lo recorreré a tu lado.

Paloma dijo...

Agradezco, Verónica, tu compañía. Sé de muchos que están leyendo este libro a través de Internet, sé también de los mensajes que me llegan a mi email particular, comentarios en otros blogs, sin embargo pocos se atreven a dejarlos a la vista. Imagino que la franqueza con la que jugamos no invita a ello. Con los años hemos avanzado mucho, aunque está claro que no en compartir sentimientos.

Y admiro tu paciencia, y he de decirte que si lo deseas cuentas con mi absoluto apoyo para que leas el libro de un tirón (yo lo haría), y continuar comentándolo conmigo capítulo a capítulo como si tal cosa. Dejo esa opción a tu total elección.

Y en cuanto a lo demás, creo que hay que tener mucho valor para detenerse, volver la vista atrás y mirar atentamente la vida de uno. Muy pocos lo hacen. Y entender qué pasó y ser honestos con nosotros mismos, observar al desnudo nuestros sentimientos. Solemos engañarnos, olvidar, distorsionar a nuestro antojo lo sucedido por miedo a aceptar la verdad, duele tanto que difícilmente podemos asumirla, y los hay que ni se atreven a intentarlo y se inventan un pasado que poco tiene que ver con la realidad. Con esa realidad que cada uno tiende a ver a su manera. Y la disfrazan de mil formas, y construyen encima. Encima de una mentira.

Es complicado arrasar esa construcción que otros crearon a nuestro alrededor, pero creo que es también la única manera sana de liberarnos del pasado para poder construir nuestro propio futuro y continuar con nuestras vidas.