
Abrió los ojos lentamente, le pesaban, y mientras lo hacía le invadió un olor a especias igual que el de la cabaña de Ronda cuando echaba hierbas secas en la chimenea. ¿Estaba allí?, pensó.
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Instintivamente se llevó la mano a la cabeza, y al intentar tocarla palpó un emplasto que tenía en la frente. Se lo quitó y miró extrañada a su alrededor. No había más que oscuridad por todas partes, lo que le hizo sentirse encerrada y oprimida.
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Le invadió el desconcierto. Yacía tumbada sobre un jergón colocado en el suelo de una habitación grande, con paredes de roca desiguales incluso en el techo, lo que le daba aspecto de cueva. Una cueva húmeda de pedregosos muros por los que caían finos hilos de agua. A través de una débil penumbra verdosa que iluminaba algunos rincones, Estela pudo vislumbrar a una mujer agachada manipulando algo sobre piedras candentes que desprendían un intenso fulgor rojizo.
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Al verla despierta la mujer se acercó.
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—Nos tenías preocupados —dijo con acento extraño entregándole un cuenco lleno de líquido—. He preparado para ti un nuevo caldo. Bébelo. Te aliviará.
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Un caldo, sí, murmuró agradecida la adolescente recordando vagamente entre la niebla que ofuscaba su mente haber bebido algo hace mucho, mucho tiempo, algo que le transmitió tranquilidad y sueño. Cogió el cuenco, le dio un pequeño sorbo y tras comprobar que no quemaba se lo bebió hasta apurarlo todo. Estaba caliente y ella tenía el frío metido en el cuerpo. Le reconfortó. Al momento notó una oleada de calor recorriéndole la garganta, y desde allí se extendió hasta los músculos desentumeciéndolos y aportándoles energía. La necesitaba más que nunca. Estaba muy cansada.
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—Llegaste a nosotros enferma, tenías fiebre y delirabas —se expresó la mujer con dificultad, como si ése no fuera su idioma habitual—. Pero por lo que veo ya estás mejor. El Consejo te espera reunido hace horas. Puedes asearte aquí y vestirte —le señaló un barreño y ropa amontonada sobre una roca. Luego se dio la vuelta y desapareció en las verdosas tinieblas.
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¿El Consejo reunido? ¿Hace horas?, se preguntó Estela sorprendida incapaz de saber a qué se refería. ¿Es que nadie iba a decirle qué diablos hacía allí?
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De repente se acordó de lo sucedido en el islote mientras se desencadenaba una terrible tormenta, el crecer desmesurado de las olas, el pozo estrecho y lúgubre en el que cayó y la intensa sensación de desamparo y muerte que la acometió. Y entonces suspiró. Al menos ahora estaba viva. Un estremecimiento le recorrió la espalda. Viva y en un lugar desconocido.
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El ambiente le resultaba agobiante, sí. Sin embargo, estando en ese pozo tuvo también la sensación de estar a salvo, se dijo extrañada, como en casa. Y acto seguido sacudió la cabeza sin saber qué pensar.
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—Glis, Glis —llamó con angustia a su mascota tanteando con la mano el jergón, pero el animal no apareció. Se tocó el cuello. Tampoco estaba el medallón. Y al acordarse de ambos, y más aún, de la charla mantenida días a tras con el farero, observó todo con recelo. El corazón le palpitó furioso. ¿Dónde estaba?
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Apartó a un lado la manta que le cubría y se levantó de golpe. Las piernas le flaquearon, pero eso fue lo que menos le importó. Estaba desnuda. Tampoco le habían dejado ningún calzado pese a que el suelo era rocoso y húmedo. De prisa se lavó la cara, se puso la ropa con la que se suponía debía vestirse, una burda túnica de manga larga parecida a un saco, y se dirigió envuelta en tinieblas al otro extremo de la estancia, al lugar por donde había desaparecido la mujer. No quería quedarse sola.
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Pero no lo estaba. Tras cruzar un pequeño arco y dar unos cuantos pasos al frente, la oscuridad le hizo tropezar con algo duro a la altura del abdomen. Se inclinó hacia adelante llevada por el dolor. Y al entornar los ojos descubrió, sentados en una larga mesa de piedra, a un grupo de personas que la observaban fijamente en silencio.
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Se sobresaltó. Serían unos doce o trece, hombres y mujeres, ancianos todos ellos. Tenían la tez blanca, como si nunca les hubiera dado el sol, y también facciones exóticas, el pelo largo y cano, y ropa como la suya. Gentes con las que soñó en su supuesta enfermedad, en su delirio.
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Al verla, el que parecía ser el cabecilla del grupo se levantó despacio y comenzó a emitir un extraño sonido gutural al tiempo que alzaba la cabeza y los brazos. Y cuando estos alcanzaron su máxima extensión, los abrió y el sonido se convirtió en palabras que repitió varias veces, unas palabras arcanas, antiguas, de difícil pronunciación que parecían olvidadas siglos atrás y renacido de nuevo en su anciana garganta.
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Y la estancia se llenó de ecos oscuros, verdosos, como las sombras que les envolvían. Juntando las palmas una con otra el hombre las colocó en el centro del pecho, frente al esternón, y después las bajó y se sentó. Calló nuevamente, y al cabo de unos largos segundos se dirigió a ella:
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—Escuchamos tu súplica.
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Tenía acento afectado, como la mujer que le atendiera antes, y al igual que ella hablaba de forma pausada.
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—¿Mi súplica?
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—La lanzaste al mar una noche estrellada. El mar nos la trajo.
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Estela les miró incrédula. Sabía perfectamente de qué día se trataba. Fue una noche en lo alto del acantilado, tras la fiesta del pueblo. Pero no, era imposible, negó con la cabeza. Estaba sola. No había nadie cerca. Nadie salvo la abuela de Ulises, que pronto se marchó.
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Le entraron unas terribles ganas de salir de allí corriendo. Sin embargo una inesperada fuerza le infundió valor para quedarse.
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—Busco a mi madre —exclamó desafiante, y las rodillas le temblaron.
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—Tú madre —repitieron. Ahora eran ellos los incrédulos.
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Estalló un rumor de voces que el cabecilla ahogo con gesto tranquilizador, y luego se hizo el silencio. Silencio que la joven aprovechó para describirla. Una mujer alta y delgada, de pelo rojizo, de ojos claros. Y el aturdimiento que sentía, la confusión y el dolor, hizo que la lengua se le desatara y siguiera hablando y hablando sin parar. Y así fue como les contó que apareció una noche de tormenta en la playa tras un naufragio, que estaba embarazada, que meses más tarde nació ella, y que cuando era tan sólo una niña, una niña de siete años, desapareció de forma misteriosa dejándola sola. Sucedió en la costa, cerca de la isla llamada de la Piedra Santa. Y al decirlo su voz no tembló ni se extrañó por lo dicho, como si en el fondo de su ser siempre lo hubiera sospechado: que el farero no era su verdadero padre, que su madre estaba viva.
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La adolescente calló. Permanecía de pie, en esas tinieblas verdosas, rojizas y algo más cálidas a su espalda. No movía un músculo. Apenas respiraba. Sin embargo su interior bullía de sensaciones contradictorias. Las sienes le palpitaban, la gélida humedad procedente del suelo le subía por las piernas incomodándola, el miedo le atenazaba, las dudas le corroían. Quería confiar en alguien. Pero, ¿en quién?
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De nuevo se hizo el silencio en esa verdosa oscuridad y de nuevo estalló un rumor de voces, que fue interrumpido por el cabecilla.
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—Al igual que tú reclamas reclamamos nosotros también —dijo el anciano—. Perdimos hace tiempo a un miembro muy querido de nuestra comunidad. El infortunio se la llevó. Era una Embajadora. La esperamos, la buscamos, pero nunca regresó, hay hechos que lamentablemente no tienen vuelta atrás. Sin embargo, el Orden Sagrado hace que más pronto o más tarde lo roto se restaure y lo seco vuelva a brotar. Lo uno por lo otro. Lo otro por lo uno. Así es la ley universal.
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Hizo una pausa, bajó la voz, y añadió:
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—Y ahora estás tú aquí, entre nosotros. El destino te ha traído.
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Estela oía y oía hablar. El cansancio acumulado en los últimos días, entremezclado con lo extraño de su acento, hacía que le escuchara pero de manera lejana como un murmullo que no acertaba a comprender. Sin embargo las últimas palabras, y el tono en que las pronunció, no le gustaron nada. Le pareció entender que le cogían por rehén reemplazando a la persona que un día perdieron, que estaba atrapada. El corazón le palpitó furioso.
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Pero inesperadamente el tono del anciano se tornó amable.
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—Sabemos de quién nos hablas. No hubo naufragio sino tragedia. Tu madre pertenecía a nuestro pueblo. Era uno de los nuestro. Un Ser de Agua.
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¿Ser de Agua? ¿Su madre un Ser de Agua? Respiró agitada. Le faltaba el aliento. Quiso reír, pero no pudo. Le parecía una broma pesada.
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—Al igual que lo eres tú —continuó el anciano haciendo que la joven se sintiera cada vez más confundida—. Por ello, en el día de hoy te damos la bienvenida. Engendrada en nuestro mundo y llevada en el vientre de un miembro de nuestra comunidad, no hay duda que también eres de los nuestros.
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La sangre le golpeó las sienes. El estómago se le encogió. Intentó calmarse, algo imposible. Todas las historias escuchadas en su infancia, las terribles palabras con las que definiera a esos seres el farero, se agolpaban en su mente llenándosela de amenazas:
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“Cuídate de ellos, cuídate. Porque son criaturas que se camuflan en el agua y la lluvia, en el viento, en la tormenta, deslizándose entre el oleaje, invadiendo con cada restallar de la olas, con la marea. Y cuando consiguen su objetivo se escurren como la niebla y el agua entre los dedos, como la espuma, como húmeda arena arrastrada por la resaca, como si fueran espíritus. No, no son como nosotros. Son salvajes e impredecibles, indomables, inesperados, fríos, y se alimentan de almas humanas. De almas humanas”.
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Estela se miró las manos, grises en esas tinieblas. No, se equivocaban, negó con la cabeza. Ella no era un Ser de Agua. Había nacido en tierra firme. Había vivido siempre allí. Y aunque el farero no fuera su padre eso no significaba nada. No, y su madre tampoco lo era, se dijo rotunda. Aunque ahí dudó, porque en verdad no sabía nada de ella.
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Y mientras luchaba consigo misma intentando asimilar lo dicho por el anciano, éste prosiguió:
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—Comprendemos que estés desconcertada. Por ello, el Consejo ha tomado una decisión. Aunque eres hija de una Embajadora te has criado en el exterior, lo que significa que perteneces a ambos mundos. Consideramos pues que posees el derecho a decidir en cual de los dos quieres vivir. Te quedarás con nosotros un tiempo, y cuando volvamos a reunirnos escucharemos tu respuesta. Que tu decisión sea sabia.
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—Pero yo... —replicó confusa sin dejarle acabar. Esa gente no había entendido nada. Ella no quería vivir allí en resto de su vida, sino encontrar a su madre. Miró a su alrededor con un escalofrío recorriéndole la espalda. El aire estaba enrarecido, no había más que oscuridad, negras rocas, decadencia. Eran sólo cavernas, cavernas húmedas, tenebrosas, frías. Tembló.— No. No.
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Reaccionó desafiante.
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—¿Y mi mascota?
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—No venías con ningún animal.
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—¿Y mi medallón?
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—El Símbolo Sagrado no es tuyo, no te pertenece. Ha de ganarse por mérito propio así como la facultad de utilizarlo, no por haberlo encontrado.
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—Pero yo... —insistió nuevamente.
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El anciano no la dejó acabar.
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—El destino te obsequia con una ocasión única —le dijo—. Dos semanas. Te ofrecemos que permanezcas con nosotros dos semanas. Si aceptas, conocerás una forma de vida que cambiará tu visión del mundo. Pero si lo rechazas regresarás de inmediato a aquel del que vienes y no volverás a saber de nosotros nunca más. Seremos para ti tan sólo una leyenda. Piénsalo. Tú decides.
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La adolescente se miró la palma mano derecha, donde había una reciente cicatriz.
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Es la línea del destino, que se ha dividido en dos, le dijo misteriosa la anciana del puerto al verla. Como también le dijo que ahí afuera había más de lo que creíamos, más de lo que indicaba la razón, que llegaría el día que tendría que tomar una terrible decisión, y que cuando sucediera se dejara guiar por el corazón.
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Y entonces decidió.
3 comentarios:
La vida nos lleva a veces por senderos tortuosos, caminos estrechos, canales oscuros. Pero en cualquier momento nos puede sorprender con un rayo de luz.
Por un momento me he planteado lo que sería que alguien nos ofreciera una posibilidad semejante como esa con la que se enfrenta nuestra Estela. Sería estupendo, pero, también, no puedo negarlo, acojonaría un tanto. Porque, no deja de asustar eso de poder romper con todo y empezar de nuevo, en un sitio del que nada conoces; debe ser un subidón total tener acceso a otra realidad, pero, saber que, de elegir esta última, te pierdes la que conocías ....
En todos mis comentarios, me doy cuenta ahora, tiendo a ponerme en el papel de la protagonista. Quiero pensar que no se debe a un afán personal por protagonizarlo todo si no más bien a que, de alguna manera, su realidad y mi antigua realidad se parecen mucho. En el fondo, muy en el fondo, pero, se parecen.
En otra ocasión tengo que interrogarte por algo que, hasta ahora, no te he planteado. Algo así como de dónde sacaste el mundo que has creado. Tengo claro que utilizaste lecturas, leyendas, imágenes con las que habrás tropezado, e, incluso, que has compartido desde chica. Pero, un mundo imaginario tan real .... ¿de dónde surgió? Siempre me ha atraído mucho la capacidad de imaginar que tienen algunas personas, imaginar en su totalidad, quiero decir. Una, que carece de esa capacidad, añora y envidia ver como otros son capaces de crear increíbles mundos paralelos utilizando, tan sólo, su imaginación.
Como decía .... otro día te lo plantearé.
Besos bochornosos desde este Madrid agobiante.
No sé a ti, Verónica, pero a mí el calor me derrite las neuronas. Aparte de eso sonrío al leerte, porque es cierto que acojona romper con todo, pero, ¿no te lo has planteado alguna vez? Pensar aunque sea por un instante, ¿y si de repente me da la ventolera, cojo un avión y me marcho a la otra punta del planeta donde nadie me conoce y empiezo de cero? Da un vértigo tremendo, sin embargo el saber que la posibilidad está ahí, por otra parte consuela. Al menos en mi caso. Saber que hay otro mundo y otro tipo de sociedad, y que la gente sale adelante.
Y me encanta que te pongas en el papel de la protagonista, porque en el fondo se trata de eso, de que el que está leyendo la historia la sienta de tal forma que se identifique con el personaje. Cuando escribo, yo misma me voy identificando con ellos, con cada uno de los que voy sacando, y si sufren yo sufro, o mejor dicho yo sufro antes y traslado mi sufrimiento. Y si disfrutan, pues yo también. Es la forma en la que puedo plasmar lo que se siente en cada caso.
Y en cuanto a la imaginación, a veces necesito documentarme, especialmente si es sobre un tema muy concreto o quiero que la historia tenga mucha veracidad, pero por otra parte pienso que todo lo que he leído, lo vivido, y hasta lo soñado, me habrán ido dejando un poso que más pronto o más tarde termina saliendo. Y hasta llega un momento, si te concentras lo bastante en lo que estás, que los personajes cobran vida propia y tú sólo tienes que contar lo que vas viendo en tu mente. Ése momento es mágico y no siempre se llega a él, pero cuando sucede es maravilloso.
Un beso muy fuerte entre veraniegos calores.
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