martes 24 de junio de 2008

14 - VIAJANDO A LAS PROFUNDIDADES





El arrepentimiento es una de las acciones más características del ser humano. En cuanto hacemos algo suele suceder que, acto seguido, nos entren unas irresistibles ganas de cambiarlo. Somos pura duda y tendemos a pensar qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos elegido un camino diferente.
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Pero hay hechos que lamentablemente no tienen vuelta atrás, y ésa era la situación en la que se encontraba Estela. Hubiera dado lo que fuera por retroceder días, incluso semanas en el tiempo para que todo volviera a la normalidad, si es que podía llamarse así a la vida que vivía en su faro. Sin embargo era imposible y lo sabía. Y sabía aún más, que no tenía ni idea de dónde estaba, que no conocía la manera de cómo salir de allí, y que estaba metida en un lío.
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Dos semanas, se consoló a sí misma para intentar tranquilizarse, son sólo dos semanas. Al menos eso le habían dicho. El grupo a quienes llamaban el Consejo de Ancianos se había marchado y ella se sentía en esa tétrica cueva fuera de lugar, pero la esperanza de encontrar a su madre mantenía su ánimo. Mirando a su alrededor murmuró con gesto de rechazo que si alguna vez creyó en la existencia de un paraíso bajo las aguas se había equivocado, y descubrió que estaba nuevamente sola, como lo había estado siempre a lo largo de su vida. Sola y perdida.
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Por eso se sorprendió cuando escuchó una voz a su lado:
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—Te ves ridícula. ¿No te lo parece?
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Se volvió y descubrió a una chica con la mano apoyada en la cadera.
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—Lo digo por las ropas que te han prestado. Un poco antiguas, ¿no crees? Por cierto, me llamo Dhana y me han nombrado tu guía. A partir de ahora estás bajo mi tutela.
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¿Bajo su tutela? El rostro de la adolescente se llenó de rabia. Ella no necesitaba la tutela de nadie. Y mucho menos de alguien de su edad.
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De casi su estatura, poseía el pelo más negro y liso que hubiera visto jamás. Le caía hasta el final de la espalda, y en la frente estaba rematado por un original flequillo. Sus ojos, rasgados y de un intenso color dorado, destacaban en el rostro pálido como el mármol resaltando sus pómulos perfectos, su graciosa nariz así como sus perfilados labios. Llevaba un vestido corto y ajustado en el torso, con aberturas laterales y sujeto con tiras a uno de los hombros, ropa tras la que se advertía un cuerpo delgado pero fuerte y flexible. También iba descalza y lucía en los antebrazos, a modo de adorno, el atrevido tatuaje de unas serpientes enroscadas. Lo cierto es que era guapa, guapa a rabiar, o al menos así se lo pareció a Estela. Aunque se comportaba también con rabiosa frialdad, como si estuviera hecha de hielo.
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—Sígueme —le dijo la muchacha dándose la vuelta y echando a andar con paso decidido—. Veré qué puedo hacer contigo.
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A la joven no le gustaron ni su tono de voz ni sus palabras.
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—No pareces muy contenta de ser mi guía —murmuró mientras le seguía de cerca temiendo extraviarse en esa oscuridad.
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—¿Por qué iba a estarlo? A nadie le gusta perderse un campeonato de tiro al arco, especialmente cuando va ganando —argumentó su compañera—. De todas formas no te preocupes, haré mi trabajo lo mejor posible.
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—¿Trabajo? —repitió la adolescente ofendida—. Puedes renunciar y librarte de mí. Sería así de fácil.
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Se hizo el silencio. Como si le hubiera dedicado el peor de los insultos la muchacha se detuvo en seco, se volvió y clavándole una fría mirada que atravesó la negritud respondió:
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—He dado mi palabra y aquí eso es sagrado. No como de donde tú vienes.
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—¿Qué sabrás tú cómo es la gente de donde yo vengo? —clamó ella indignada deteniéndose también—. ¿Es que acaso has estado allí alguna vez?
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—No, nunca he estado —dijo Dhana con indiferencia—. Pero no me hace falta, para eso están las Embajadoras. Se cuelan en tu mundo, lo observan todo y luego regresan para contárnoslo.
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Eso dijo, y Estela calló. Así llamaron los ancianos a su madre, Embajadora. Frunció el ceño, apoyó la mano en la pared más cercana y tomó resuello. Había vivido demasiadas cosas últimamente. Demasiadas emociones. Demasiados desengaños. Demasiadas aventuras. Y por un momento creyó que no podía más. El corazón le palpitó desacompasado.
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—Suyo es el Medallón Sagrado. Suyo el poder formar parte de los dos mundos. Suya la posibilidad de cruzar con libertad la Puerta del Mar —continuó Dhana, y como la adolescente no dijera nada añadió:— ¿Qué pasa, es que no sabías que allá arriba hay Seres de Agua?
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La joven volvió en sí.
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—No puede ser —exclamó brusca rechazando lo absurdo de la situación al tiempo que se quitaba el pelo de la cara—. Es imposible. Los Seres de Agua no existen.
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—Oh, sí, sí que existen —oyó que le decían—. Delante tuya tienes a uno. Y por lo visto tú también lo eres.
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—Seres de Agua, ya —repitió ella con sorna no sabiendo qué pensar—. Entonces, ¿cómo es que somos de carne y hueso, como todo el mundo?
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Por un momento pareció que su compañera iba a sonreír, pero en su lugar hizo una mueca.
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—Por lo que veo tienes mucho que aprender —exclamó moviendo de lado a lado la cabeza—. Tendré que llevarte a que conozcas a Parténope.
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El extraño nombre llamó su atención.
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—¿Y esa quién es?
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—La más vieja de las sirenas.
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Atravesaron túneles y cavernas, más cavernas y pasadizos interminables, y al final la improvisada guía le condujo hasta una estrecha sala donde les esperaba un peculiar vehículo. Redondeado y hecho de un raro material, parecía una pequeña barca salvo porque tenía techo. Apenas cabían las dos en él, pero pese a ello se introdujeron en su interior. Dhana echó el respaldo de su asiento hacia atrás y, poco antes de cruzar los brazos sobre el pecho y estirar las piernas, accionó una palanca.
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—Ponte cómoda, tardaremos en llegar —masculló, y ante la cara que ponía su compañera añadió:— No te preocupes, nos llevará hasta casa él solito. Se mueve impulsado por la fuerza de las olas. Ya sabes —señaló con el dedo índice hacia arriba, y luego cerró los ojos—. Así es que tranquila, ¿vale?
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No, Estela no estaba tranquila. ¿Cómo podía estarlo en una situación así? El artilugio no tenía ruedas, pero comenzó a deslizarse lentamente sobre algo parecido a un raíl hasta coger poco a poco velocidad. Pronto les envolvió la oscuridad. Tanta, que la joven no sabía si el túnel por el que iban era estrecho o ancho, si subían o bajaban, si se dirigían hacia la izquierda o la derecha. Hasta que al cabo de un rato, cansada y aburrida, imitó a su compañera y se quedó dormida.
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Le despertó un leve codazo en el costado.
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—Despierta.
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Abrió los ojos pero siguió sin ver nada más que oscuridad a su alrededor. Gimió. Sentía todos los músculos del cuerpo agarrotados aparte de doloridos.
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—¿Ya hemos llegado? —farfulló casi sin voz.
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La oscuridad le respondió.
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—Aún no, pero no quiero que te lo pierdas.
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Siguieron a oscuras un rato. Poco después Estela divisó un punto claro y distante a lo lejos, que fue aumentando de tamaño conforme avanzaban hasta convertirse en una enorme luz hiriente, cegadora. Habían salido del túnel. Entrecerró instintivamente los ojos, y cuando los abrió nuevamente enmudeció de asombro.
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Estaban en lo alto de un acantilado, y sobre sus cabezas había una gigantesca e irregular mampara transparente y rugosa no mucho más alta que el lugar en el que se encontraban pero sí extensa, tan extensa que se perdía más allá de lo que alcanzaba a divisar con la mirada, abarcando montes y llanuras, colinas y valles. Separaba el territorio del mar, de un mar tremendamente azul intenso que hacía las veces de cielo. Verticales haces plateados en forma de abanico lo cruzaban, y entre ellos se movían todo tipo de animales acuáticos con tanta suavidad, que en lugar de nadar parecía que estuvieran volando.
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Sin que nadie lo ordenara los bancos formados por miles de diminutos y llamativos atunes de lomo amarillo giraban como tornados compactándose, abriéndose, cerrándose, variando su rumbo al tiempo para ceder el paso a una gigantesca manta raya de lento navegar y elegante cadencia. Una familia de delfines listados se movían ágiles picoteando con su fino morro lapas adosadas a los caparazones de grandes tortugas, los calamares alargaban sus tentáculos huyendo de un grupo de hambrientos calderones, y una Yubarta también llamada ballena jorobada, la reina del baile, movía con envidiable delicadeza sus largas aletas pectorales. Y sobre todos ellos planeaba la temible sombra de un tiburón.
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—Entonces es cierto, estamos en... —dejó inacabada la frase Estela, cautivada por la belleza que le rodeaba. Frase que su compañera remató:
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—Oceania, el Reino de las Profundidades.

1 comentarios:

Verónica dijo...

Me ha gustado mucho la frase con la que empiezas este capítulo. El arrepentimiento. Ahí es nada. ¿Quien no se ha arrepentido alguna vez de algo en su vida? Sí, somos pura dura, y, mira que molesta (al menos a mí, claro). Uno puede meditar y meditar antes de hacer algo, pero, es inevitable, una vez tomada la decisión, parece que siempre la contraria parecía más adecuada ....

Estela tomó la decisión que tuvo que tomar en su momento, y, desde ahí, no le queda otra que aceptarlo y tirar para delante. Como nos ha pasado a todos. Como volverá a pasarnos, si seguimos moviéndonos por aquí.

Pero, efectivamente, es muy difícil eso de no caer en el arrepentimiento, en el "¿y si?" tan famoso. Se nos olvida, en esos instantes, que ya da igual como pudiera haber sido porque, desde donde estamos, no queda otra que avanzar.

(He vuelto, por decirlo de alguna manera. De a poquitos me voy reenganchando ... La vida, como a Estela, también nos marca los tiempos. Y, en eso estamos, en aceptarlo. Me iré poniendo al día en tus avances ... Un beso para el entreacto, entre capítulos)