miércoles 2 de julio de 2008

15 - OCEANIA



Existen peces depredadores que persiguen a sus presas y peces carroñeros que esperan impasibles a que la comida caiga de las alturas. Pero también existe un extraño ejemplar, del tamaño de la palma de una mano, que se nutre de la fina capa de verdín que crece sobre un material más extraño todavía, succionándola con su boca plana de ventosa. Y ese ejemplar es el que mantenía libre de plantas y pequeños animales la cubierta del reino sumergido. Una descomunal, extensa e irregular mampara transparente parecida al cristal solo que burda, gruesa y rugosa, que lo mismo podía tocarse de lo cercana que se hallaba del suelo como que se perdía de vista en lo alto.
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Protegía un peculiar ecosistema de las aguas saladas. Ecosistema en el que no había carreteras, ni edificios, ni nada que delatara la presencia de vida inteligente. El paisaje en su interior se extendía a lo lejos formado por canales, valles, colinas, desfiladeros, montañas y altas mesetas, como cualquier otro de la superficie. Todo ello en una tonalidad color tierra que la tamizada luz convertía en zonas en dorado, salpicado de pequeños matojos verdes parecidos a juncos o algas. Y por cielo tenía un inmenso océano azulado.
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Las jóvenes descendieron por una rampa hasta lo que parecía ser una plaza, donde se les acercó una chica algo menor que ellas.
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—Dhana, ¿tú por aquí? Te creía compitiendo en los Juegos Istmicos —exclamó con admiración.
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—Tenemos una invitada entre nosotros —dijo Dhana, y después se volvió hacia Estela para darle una explicación—. Los Juegos Istmicos son una serie de pruebas deportivas que se celebran cada tres años —comentó con frialdad, y luego añadió en tono más bajo:— Es la primera vez que admiten el tiro al arco.
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Estela percibió amargura en su voz.
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—Siento que te lo hayas perdido, me temo que no he llegado en el momento más oportuno —se disculpó, y como la muchacha echara a andar sin responderle insistió:— He dicho que lo siento. ¿Es que eso no significa nada aquí?
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Dhana se volvió hacia ella furiosa.
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—Sí, significa que si los del Consejo me mandaron llamar es porque soy la mejor para realizar este trabajo, según su criterio. Han confiado en mí y eso es un honor, así es que debería estar agradecida por haber sido elegida entre todos para ser tu guía, ¿no crees?
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No, Estela no creía nada. No tenía ni idea de qué hacia en realidad allí ni quién era toda esa gente, ni siquiera por qué se había metido en tan descabellada aventura. Y ya iba a replicar cuando varios niños corrieron hacia ella y le tiraron riendo de la túnica.
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—Y ahora vamos a cambiarte esa horrible ropa o tendrás a toda la chiquillería detrás tuya —masculló Dhana severa.
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El canal por el que discurrían les condujo a una pequeña plazoleta donde, como por arte de magia, un muchacho surgió de la nada y otro de improviso desapareció. Pero al fijarse con más detenimiento la joven comprendió que no se debía a ningún hechizo. Salían y entraban de la misma roca, de la que colgaban telas de idéntico color. En el interior del muro estaban sus casas, pasando tan inadvertidas que desde una distancia prudencial sería imposible descubrirlas de lo integradas que estaban en el paisaje.
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Se introdujeron en una de ellas. La estancia era pequeña y de paredes redondeadas, adornadas con sencillos pero exquisitos bajorrelieves de enormes conchas. Tenía por todo mobiliario una estantería, un banco y una pequeña mesa, sacados de la misma piedra. La luz provenía de una abertura en el techo. Al fondo otra cortina escondía una habitación del mismo tamaño y con las paredes igualmente llenas de relieves, aunque al contrario que la primera poseía una cama y una pequeña fuente de la que manaba sin cesar agua.
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Estela se dirigió rápidamente a ella.
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—Ni se te ocurra beberla, procede del mar —explicó Dhana escueta—. Me dijeron que estuviste enferma unos días, así es que imagino que estarás cansada. Pronto anochecerá. ¿Tienes hambre?
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La joven negó con la cabeza.
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—Está bien, vendré a por ti mañana. Te traeré ropa decente y comida—exclamó y luego, dándose la vuelta, se marchó dejándola sola.
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Se hizo el silencio. La roca amortiguaba cualquier ruido exterior haciendo que la tranquilidad en el dormitorio fuera absoluta salvo por el rumor del agua al caer. Estela se tumbó sobre la cama, y entonces sonrió por primera vez en días. Le recordaba al sonido del mar que solía escuchar desde su habitación en lo alto del faro, allá arriba. Inhaló en profundidad. Incluso olía a sal. A sal y a yodo.
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Creyó no tener sueño. Había estado durmiendo hasta llegar a ese extraño lugar. Sin embargo, en el mismo instante en que posó la cabeza sobre la almohada volvió a dormirse, pero esta vez con los ojos llenos de mar.
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Le despertó un pálpito.
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“Hay personas que tienen una forma muy distinta de ver la vida, una sensibilidad que les hace ser capaces de sentir cosas que la mayoría no sienten, de percibir lo que los demás ni siquiera sospechan. Y es que su poder les viene de dentro, de muy adentro. Tal vez del corazón. O quizá del alma.”
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Estas hermosas palabras las decía un muchacho moreno y de piel curtida mirando al mar, mientras sus ojos gris verdosos se nublaban de tristeza. Hay heridas en el cuerpo y heridas en el corazón, pero todas necesitan igualmente curarse.
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Se removió inquieta. Le estaban buscando. Pero ¿Ulises?, ¿también Ulises?, se dijo sintiendo su dolor. No, no podía ser, él no debería saber de su desaparición, estaba embarcado y no volvería hasta dentro de un año. Pero aún así notaba su desazón.
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Las lágrimas acudieron a sus ojos. Limpiándoselas alzó la mirada. Una suave claridad entraba por la pequeña ventana del techo. Ya era de día. Se incorporó llena de remordimientos. Había sido una locura precipitarse a la aventura como hizo. Lo sentía. Lo sentía muchísimo. Y aparte de sentirlo confiaba en que tanto el farero como su amigo pudieran alguna vez perdonarle. Tenían que entenderle, que comprender que no le había quedado más remedio que hacerlo, que necesitaba saber qué había sido de su madre, pues pese a que el llamado Consejo de Ancianos le dijera que no estaba allí, no había perdido la esperanza. Su corazón se lo decía. Y llevaba tanto tiempo haciéndole tanto caso que incluso empezaba a dudar si la razón no le habría abandonado.
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Se levantó echando de menos un ligero peso en el hombro, a la altura del cuello, así como el contacto de un húmedo hocico a modo de saludo. Una punzada le atenazó la boca del estómago. ¿Dónde estaría Glis? ¿Qué habría sido de ella?
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—Es un animal salvaje —se respondió a sí misma para tranquilizarse—. Salvaje y listo, acostumbrado a buscarse la vida. Está bien. Está bien. Y pronto volveré a verla. Lo sé. Lo sé.
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Con estos pensamientos se dirigió a la habitación principal donde alguien le había dejado ropa nueva así como una bandeja con comida de aspecto poco apetitoso.
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Supuso que era el desayuno, y no se equivocaba. Lo observó con desconfianza. Se componía de un vaso lleno de un líquido verde claro y algo parecido a unas tostadas con una sustancia irreconocible encima. Dispuesta a probarlo, se sentó en el banco de piedra y dándole un bocado a lo que le recordaba a una tostada lo saboreó. No le resultó tan malo como creía, incluso le agradó, por lo que le dio otro y otro más hasta dar buena cuenta de ello, acompañándolo con la bebida. Luego escogió entre las ropas un vestido que parecía de su talla y se lo puso.
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De color gris perla y hecho con un extraño material, el vestido se ajustaba agradablemente al torso sin apretarle lo más mínimo, permitiéndole la libertad de movimientos. Llevaba tirantes en vez de mangas, y la falda era ancha y corta. Se sintió cómoda en él. Miró extrañada a todos lados, tampoco esa vez le habían dejado ningún tipo de calzado. Sin embargo se percató de que a través de la planta de los pies le llegaba un agradable cosquilleo. La arena que pisaba era uniforme, suave y templada, proporcionándole una reconfortante sensación.
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Unas risas procedentes del exterior llamaron su atención. Descorrió la cortina que hacia las veces de puerta y asomó la cabeza. Afuera unos chiquillos jugaban a perseguirse.
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—¡Mirad, es Dhana con los delfines! —gritó uno de ellos, y todos dejaron lo que estaban haciendo y desaparecieron juntos tras unas rocas.
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La adolescente fue tras ellos. Despistada por la luz indirecta del ambiente alzó la mirada en busca del sol, pero no lo encontró. Había a cambio una brillante luminosidad que provenía del incidir de sus rayos en el agua, que al traspasarla quedaban convertidas en gruesos haces azul claro, amarillo pálido, plata. Haces que de cuando en cuando cruzaban nadando los peces, las mantas rayas, las ballenas.
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Acostumbrada a la brisa marina a la joven también le extrañó su ausencia así como el olor a sal, sin embargo agradeció la tibieza que emanaba la tierra alejando cualquier resquicio de humedad. El subsuelo era volcánico, no había duda. Un paraje situado en mitad del océano, a una distancia prudencial de la superficie y por lo integrado de las viviendas en el paisaje, completamente camuflado. El escondite perfecto.
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Tras buscar con la mirada a los niños los encontró junto a la burda e irregular pared transparente que mantenía alejado el mar, observando lo que sucedía al otro lado. Observó ella también. Como habían dicho allí estaba Dhana, nadando entre delfines. Eran dos, moteados, un adulto y un pequeño, y la muchacha se movía en el agua con tanta soltura como ellos, asiéndose de cuando en cuando a la aleta de alguno para dejarse arrastrar o, abrazada a otro, imitando el movimiento ondulante con el que se desplazan. Verles era todo un espectáculo.
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Un chico de aproximadamente su misma edad se unió al grupo. Era moreno, con el pelo rizado, y llevaba tatuado en la frente el dibujo de un tritón. Los delfines parecieron reconocerle y le acogieron con agrado. También nadaba con soltura. Era envidiable. Por lo visto todos allí lo hacían.
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Sin embargo la encantadora escena se volvió repentinamente chocante a ojos de Estela. Algo extraño ocurría. Algún detalle se le había pasado por alto, pero no caía en qué podía ser. Los observó atentamente. Ambos, el muchacho y Dhana, llevaban el pelo suelto y unos ajustados bañadores tapándoles el cuerpo por entero salvo los pies, la cabeza y las manos, seguramente con objeto de protegerles del frío y permitirles permanecer más tiempo en el agua.
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—De eso se trata —gritó para sí excitada—. Del tiempo que llevan en el agua sin necesidad de respirar.
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Volvió a observarlos impresionada. Nadaban sin bombonas de oxígeno a la espalda, ni tampoco aletas ni gafas. Nada les incomodaba. Nada les impedía moverse con toda naturalidad. A tono con la fauna que les rodeaba buceaban ligeros, dejándose arrastrar de cuando en cuando por las corrientes submarinas, por la fuerza de los cetáceos, por el impulso que se daban. Y los peces se arremolinaban entre ellos tratándoles de igual a igual.
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Pasado un rato se hicieron señas entre ellos, se dirigieron a unas rocas y salieron a un estanque situado cerca de Estela, escondido entre algo similar a juncos, precedidos por grandes burbujas.
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—Ha sido fantástico —reía Dhana mientras subía despacio las escaleras de piedra—. ¿Te has fijado en cómo la hembra disfrutaba al vernos nadar con su pequeño?
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—Llevan viniendo varios días seguidos. Si acudimos mañana seguro que nos los encontramos otra vez —repuso excitado su compañero sacudiéndose las gotas que le caían por la cara—. En verdad Dhana, eres la mejor entrenadora de delfines que conozco.
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La muchacha respondió con una amplia sonrisa de felicidad. Felicidad que se esfumó al ver a Estela.
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—¿Cómo lo habéis hecho? —les preguntó ella.
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—¿Hacer qué? —dijeron los dos a la vez.
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—Respirar bajo el agua.
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El muchacho moreno de pelo rizado miró a la joven sin comprender su pregunta, y acto seguido se volvió hacia Dhana con gesto inquisitivo.
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—Tranquilo Thuro, es nueva —exclamó ésta, y añadió como toda respuesta:— No te preocupes, aprenderás a hacerlo a su debido tiempo.
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A Estela le dolió su frialdad. Sin embargo el muchacho llamado Thuro se mostró amable.
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—Si te acercas mañana también tú podrás volver a verlos —le aseguró. Después acarició levemente el hombro de su amiga, y tras un “nos vemos” se marchó.
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—¿Qué tal el desayuno, fue de tu agrado? —se volvió Dhana hacia ella.
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—Pues sí —respondió la adolescente resuelta—. Muchísimas gracias por tu interés. Hacía tiempo que quería probar el zumo de algas y he de decir que está realmente delicioso. Y ahora, ¿me vas a contar de una vez por todas cómo lo hacéis?
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La muchacha echó a andar por un estrecho canal parecido a una trinchera, cuyos laterales le llegaban a la altura de cintura. Y a Estela no le quedó más remedio que seguirla.
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—No tiene ningún mérito. Nacemos con los pulmones parecidos a los que poseen otros mamíferos acuáticos como las ballenas o las orcas —le dijo—. No es que respiremos bajo el agua, no, es que aguantamos más tiempo sin necesidad de hacerlo a base de administrar sabiamente el oxígeno. Tú también aprenderás, es sólo cuestión de entrenamiento. No sufras. Yo te voy a enseñar.
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—¿Que no sufra? —murmuró Estela para sus adentros caminando unos pasos tras ella, convencida que en vez de enseñarle le ahogaría.
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Caminaron en silencio junto a una pared de roca que fue ganando en altura hasta alcanzar unos cincuenta metros. Aproximadamente en su mitad el muro poseía una delgada abertura, de no más que una zancada de ancho, que daba paso a un angosto desfiladero el cual serpenteaba hacia un lado y otro impidiendo ver lo que escondía en su final. Dhana se detuvo frente a él.
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—Cuando me cambie vendré a recogerte —le dijo de improviso.
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—¿Y qué hago yo mientras tanto? —musitó ella.
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—Seguir el camino —le respondió su compañera señalando hacia el desfiladero, y después se dio media vuelta y retrocedió por donde habían venido.
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La adolescente se quedó quieta, sin moverse. Hasta que al cabo de un rato, llevada por la curiosidad, terminó asomando la cabeza por la grieta, y lo que vio no le gustó nada. Le parecía la mandíbula ladeada de un gigantesco tiburón. Un tiburón hambriento que fuera a engullirla de un momento a otro. Pero aún así suspiró hondo y se introdujo en ella.
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Caminó despacio y en silencio. Un paso tras otro, uno tras otro con la vista alzada y mirando cómo las paredes se perdían de vista en lo alto mientras en su base parecían quererla aprisionar. De color almagre rayado, estaban formadas por finas franjas superpuestas unas sobre otras componiendo ondas de piedra. Cóncavas a un lado y convexas al otro, quedaba un espacio libre entre medias, como si fuera un mar ocre que se hubiera vuelto pétreo y abierto para dejarla pasar. Su superficie mostraba cortes bruscos aunque limpios, dando la impresión que había sido separado de forma repentina y por una enorme fuerza, como un terremoto.
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El cañón cambiaba de colorido según avanzaba, y tras zigzaguear repetidas veces se abrió a una pequeña plazoleta también de roca, pero minuciosamente pulida y de tonalidad rosácea. Estela estaba impresionada. Por todas partes había columnas y escalinatas talladas directamente en la piedra, haciendo que el resultado fuera exótico debido al color, pero majestuoso en cuanto a la forma. Y la suma de los dos grandioso, espectacular.
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En el centro de la plaza un grupo de personas charlaban de pie, tranquilamente. Eran altos y delgados, con aspecto delicado y pálida piel, como aquellos que su madre dibujara. Una niña pequeña salió de entre ellos, se acercó a la adolescente y le tiró del vestido. Tenía el pelo blanco, los ojos de un verde casi transparente y vestía con un sencillo pareo a modo de falda.
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—Sígueme —susurró con timidez—. Ella te está esperando.
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—¿Y quién es ella? —le preguntó Estela intrigada.
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—Parténope —respondió la niña con vocecita infantil—. La más vieja de las sirenas.

5 comentarios:

Paloma Puya dijo...

Cuando me planteé la existencia de un lugar oculto bajo el mar, no quise que fuera de ficción, una cúpula perfectamente redondeada con una ciudad idealizada en su interior. No. Mi mundo, el mundo en el que se metía Estela, era un mundo como quien dice real, posible, y en otro de los libros cuenta cómo se formó. No voy a desvelarlo aquí, ya saldrá más adelante, la cosa es que se trata de un mundo como el terrestre salvo porque unas extrañas circunstancias hicieron que estuviera bajo el agua, separado de ésta por una cúpula irregular de un material parecido al cristal pero burdo, bruto. Con sus montañas, sus valles, sin edificación alguna, un paisaje salvaje pero con el océano por cielo. Y en cuanto a la ciudad oculta en el desfiladero...

Para ello me inspiré en un lugar en el que nunca he estado físicamente. Al que me encantaría ir alguna vez pero es imposible pues lo querría para mí, sin turistas cerca, sin guías ni tiendas de souvenirs, sin hoteles, con toda su magia. Un lugar con el que a menudo he soñado ya sea dormida o despierta: Petra de los nabateos.

Y para quien no sabe lo que es, lo cuento aquí. Se trata de un impresionante conjunto de palacios tallados en roca rosa con grandes columnas, gigantescos pórticos y escalinatas, escondida en mitad del desierto de Jordania, al que se accede a través de un estrecho desfiladero de altos muros. Fue construida en el siglo VII a C por su emplazamiento estratégico en la ruta de las especias, y descubierta para el mundo moderno en el siglo XIX.

Verónica dijo...

Es curiosa la relación que llegamos a tener con los lugares, los conocidos y los ignorados, los fantaseados y los ambicionados. Hay algunos que nos llaman poderosamente la atención pero a los que no queremos acudir porque sabemos que, tal y como son, perderían todo su misterio, al estar en ellos ...

En mi caso, hay un sólo lugar, hoy en día, al que acudo en sueños y me acuna. Un lugar muy chiquito, tan solo un rincón, pero, está clarísimo, es mi lugar. Una casa haciendo esquina (si es que nadie la ha tirado todavía, hace cosa de siete años que no confirmo que continua su existencia), un lavadero, una fuente, y, verde, mucho verde. Y, por encima de todo eso, un olor peculiar, único, indescriptible: el olor de la infancia, de la pureza, de los cuentos infantiles, de mi abuela.

Cuando las cosas vienen mal dadas y necesito un refugio, un sitio en el que esconderme mentalmente, al menos, hasta que recupero las fuerzas, allí es dónde acudo. Nunca me ha fallado, hasta ahora. Me acuna de tal manera que, cuando regreso a mi día a día, todo me parece más llevadero.

Un placer, como siempre, Paloma.

Anónimo dijo...

no hay mas capitulos? no creo que no vayan a terminar el libro.

Paloma dijo...

Es curioso, Verónica, yo también tengo muy presente en mi memoria a mi abuela, el olor de los jazmines del sur, a donde íbamos a veranear, el verde. Ahora cada vez menos lugares me atraen, están demasiado explotados, pero los que sí, se rodean de ese color.

Y en cuanto al refugio, no sé qué sería de nosotros sin la imaginación.

Paloma dijo...

Anónimo, sí hay más capítulos, sí, pero el calor me ha derretido el cerebro y llenado de pereza las manos. Es lo que tiene el verano. Pronto, de verdad, pronto...