martes 5 de agosto de 2008

16 - PARTÉNOPE





Hay sueños de oro y plata, sueños de espuma y sal, sueños de viento y remolinos, y sueños imposibles con los que por mucho que queramos no podremos nunca soñar. Este último vivía Estela, sólo que no se trataba un sueño. Era realidad.
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El palacio, excavado en rosácea roca pulida con ligeras vetas blancas, parecía sacado de un fantasioso cuento como los de “Las mil y unas noches”. El vano de entrada, alto y sin puertas, se abría a una enorme sala de elevada bóveda y columnas en los laterales, todo hecho de la misma piedra. En la parte superior unos cuantos ventanales dejaban pasar la luz, una luz clara, difusa, llena de reflejos de peces y otros animales acuáticos. Y en el centro tenía una piscina rectangular que ocupaba gran parte de la sala y en la que había gente bañándose, ajenos a su presencia.
El agua debía de estar caliente, porque de su superficie salían nubes de vapor que humedecían el ambiente convirtiéndolo en tibia bruma. Bruma que al tocar las paredes y las columnas se transformaba en pequeños regueros de agua que se deslizaban gota a gota, lentamente, y caían desde lo alto con hipnotizador sonido. "Plic" "Plic" "Plic".
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—Aproxímate y déjame que te vea de cerca, querida, a mis años ya voy perdiendo vista —resonó en la sala una grave voz.
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La joven entrecerró los ojos para ver de dónde procedía, y al no descubrirlo caminó despacio hasta el borde de la piscina.
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—Es cierto lo que dicen. Eres igualita a tu madre.
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—¿Mi madre? —lanzó Estela la pregunta sin saber a quién. Seguía sin ver a nadie más que bañistas entre la cálida bruma—. ¿Es que la conoció?
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—Tutéame, cariño, tutéame —le dijo nuevamente la ronca voz—. Dime, ¿te apetece un bañito?
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Estela negó con la cabeza. Y hacerlo descubrió al fondo de la sala una escalinata compuesta por siete escalones. Cuatro de ellos se internaban en la piscina, y los tres siguientes sobresalían formando una pequeña grada en la que una exótica anciana yacía tumbada de medio lado. Echada sobre mullidos cojines de pálidos colores, tenía cubierto la mayor parte de su cuerpo con delicadas gasas. Su pelo, completamente blanco, largo y ondulado, estaba adornado con pequeñas caracolas que igualmente llevaba en los brazos, engarzadas en finas pulseras.
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—Ven, ven y siéntate a mi lado —le invitó la mujer.
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La joven se acercó bordeando la piscina, y al llegar frente a ella permaneció de pie, con rodillas temblonas.
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—Entonces ¿es cierto que la conoció?
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—El tuteo querida, no olvides el tuteo, es muy importante. Soy una anciana, pero aún me queda mucha coquetería con la que convivir. Y ahora volvamos a lo de tu madre. Conocer no es la palabra adecuada. Ambas éramos grandes amigas. Venía a menudo a visitarme. Nos encantaba charlar. charlar.
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Estela cerró los ojos un instante.
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—No, no puede ser la misma persona de la que hablamos. Mi madre era muda.
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—¿Muda? —soltó una carcajada la anciana haciendo que se removieran las nubes de cálido vapor—. Qué cosas tienes, querida. Poseía un carácter dulce a la vez que divertido. Nos reíamos mucho juntas. Solía contar historias sumamente ingeniosas, con gran sentido del humor.
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Su tono de voz se agravó.
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—Hasta que un mal día desapareció. Fue una tragedia. La perdimos tras el ritual que se celebra en la superficie en honor a Sothis. Se desencadenó una terrible tormenta. Al tratarse de una Embajadora supusimos que regresaría en caso de que el accidente no hubiera tenido un desenlace fatal. Y por lo que veo me alegra comprobar que no lo tuvo, pues estaba embarazada y aquí estas tú, entre nosotros, con lo que aún quedan esperanzas de que regrese, ¿no es así?
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¿Su madre contando historias? ¿Ritual en la superficie? ¿Sothis? Las palabras bailaron en la mente de Estela intentando cobrar sentido.
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—Sí, efectivamente sobrevivió. Fue a parar a la costa. La recogió un farero y...
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—¡Oh!, ya imagino, ya. No me digas más -le interrumpió la anciana alborozada, cubriéndose con el chal que a ratos se le escurría por los hombros desnudos. Luego calló y se puso seria—. Perdona mi torpeza, querida. Dices que se quedó muda. ¿Y ahora, qué es de ella?
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A Estela le salió un hilo de voz.
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—Desapareció cuando yo era pequeña.
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—¿Desaparecer? —repitió la anciana en un susurro con gesto apenado—. ¿Desaparecer dices?
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Alzó los ojos hacia el techo de la alta bóveda, allá donde se veían los peces pasar a través de una amplia cristalera, permaneció así unos instantes, y después volvió a mirarla con iris vidriosos.
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—Vaya. Lo siento. No sabía nada. Perdona mi torpeza. ¿Muda? ¿Tú pequeña? Entonces no pudo contarte quién eres. ¡Oh, querida, has debido de sentirte tan sola y desamparada! ¡Tan perdida!
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La adolescente notó una oleada de calor invadirle los ojos.
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—Siéntate, siéntate —le dijo con dulzura, como si se dirigiera a una niña pequeña, golpeando con la mano repetidas veces en las gradas—. Tenemos mucho de qué hablar tú y yo.
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Ella obedeció, y la mujer comenzó:
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—Antes vivíamos todos juntos ¿sabes? Aunque yo no existía en esa época. No. Sucedió hace muchos, muchísimos siglos, y no soy tan vieja, no creas —apostilló coqueta—. Los mares rodeaban el mundo, y esos mares estaban todos unidos entre sí como también lo estaban los ríos y las aguas subterráneas. Todo se comunicaban. Todo formaba uno. Al igual que los seres que poblábamos la Tierra compartíamos comida y trabajo —Carraspeó haciendo una pausa—. Pero permíteme, querida, permíteme que comience por el principio.
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La exótica mujer de pelo cano y caracolas en el pelo y los brazos se arrellanó entre los cojines, hizo memoria y comenzó:
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—En el origen de los tiempos el universo fue creado basándose en el equilibrio. En un equilibrio de energía opuesta pero complementaria que daría continuidad a la vida gracias a un incesante movimiento: el Orden Sagrado, el Círculo Perfecto. Así fue como nació el sol y la luna, la noche y el día, el verano y el invierno. Y cuando le llegó el turno a la humanidad fueron divididos en...
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Miró interrogante a Estela, quien respondió:
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—En hombres y mujeres.
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—Sí, en hombres y mujeres, como tú bien dices —corroboró la anciana—. Pero dentro de ellos en algo mucho más importante aún, en Seres de Tierra y Seres de Agua.
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Se hizo el silencio. Silencio en el que la adolescente se vio trasladada a su habitación del faro, años atrás, donde oyera hablar por primera vez sobre extrañas criaturas con ese mismo nombre, a esa edad de inocencia y confianza ciega en la que todavía creía en leyendas. Y recordó cómo entonces se embebía de lo que el farero le contaba sentado a los pies de la cama, su versión de los hechos. Pues bien, ahora había llegado el momento de escuchar la versión de un Ser de Agua. Y no con la misma pureza que antaño, pues eso es imposible, pero intentando poner la mente en ello, y los sentidos, y el corazón, se dispuso a escucharla.
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La anciana había cogido en una mano una piedra, en la otra agua de la piscina improvisando un cuenco, y extendiéndolas se los mostraba.
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—Míralos bien, e incluso si lo deseas puedes tocarlos. Ambos completamente distintos entre sí pero ambos igualmente necesarios. Lo uno rígido, palpable, físico, terrenal; lo otro imprevisible, amoldable, escurridizo, acuático.
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Los dejó a un lado y clavó sus pupilas en Estela.
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—Esas mismas características nos definen a los de una y otra raza, así como nos definen muchas más. Unos todo exterior, los otros volcados hacia dentro. Unos fortaleza, llenos de energía, los otros delicados, sutiles. Unos necesitados de leyes, de normas, los otros de libertad, de emociones. Unos viviendo a través de la razón, los otros del sentimiento. Unos rigiendo su vida por el sentido del deber, los otros por disfrutar de cada momento. Unos viviendo a través de la lógica, los otros de la sensibilidad. Pero ambos igualmente necesarios, como ya te dije, las dos caras de una misma moneda, los tonos altos y bajos de una canción, el mutuo complemento. El mundo sería imposible si brillara siempre la luna, si siempre fuera de día o luciera siempre el sol. Es tan necesario el científico como el poeta, el trabajo que la contemplación.
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Sus exóticos ojos, casi carentes de párpados, se nublaron de tristeza.
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—En aquella época todos vivían unidos, compartiendo, respetando, aprendiendo, hasta que llegó el día en que los Seres de Tierra decidieron aprisionar las aguas construyendo pantanos y diques, dirigiendo el cauce de los ríos, ahogando manantiales, alzando muros tras los que se refugiaron rechazando a los que pensaban de otra manera. Fueron tiempos duros. Hubo una terrible matanza. Los pocos supervivientes que lograron escapar se escondieron, y lo hicieron en el lugar que sus atacantes más temían, el mar.
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Alzó la voz, ronca, llena de dolor, que retumbó en la enorme sala impregnada de vapor.
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—Quisieron someternos como sometieron a las aguas, aprisionarnos, imponernos sus autoritarias ideas. Y a los Seres de Agua, que amamos la libertad por encima de todo, no nos quedó más remedio que alejarnos. Sólo a un loco se le ocurriría separar la luz de la oscuridad, el calor del frío. Desde entonces la Tierra está en desequilibrio, enferma, y camina lentamente hacia su destrucción.
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Estela se quedó impresionada.
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—Qué horror —no pudo evitar exclamar. Y su reacción no se hizo esperar.
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—Sí, fue terrible. Pero nosotros no juzgamos, sólo observamos. Y desde nuestra posición neutral comprendemos que era lo único que podían hacer los Seres de Tierra. O mejor dicho que sabían hacer, dado el nivel de crecimiento interior en el que se encontraban en ese momento.
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—Pero, ¿por qué lo hicieron?
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—Por ignorancia, querida. O si prefieres llámalo miedo. Miedo a lo desconocido, a lo que no veían, miedo al futuro. Pretendían controlarlo todo creyendo, gran error, que así evitarían el sufrimiento, que nada les pillaría desprevenidos. Olvidando que la vida es una sucesión de hechos en su gran mayoría imprevisibles. Su afán por dominar les llevó a explorar tierra firme clasificando cada palmo de terreno, inventando las leyes que les convenían y colocándolas por encima de las naturales, manipulando ciclos y cuerpos, queriendo domar el universo. Pero el mar les fue imposible y no lo pudieron soportar. El mar les asustó porque es ingobernable, profundo, misterioso, y arremetieron contra él y lo que más se le parecía, los Seres de Agua.
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—Pero en realidad ¿somos tan distintos unos de otros? —preguntó la adolescente sin saber qué pensar—. Me refiero a la forma de vivir, al día a día.
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—Tú misma podrás comprobarlo. No tenemos religión y sin embargo poseemos una mente religiosa, pues honramos en todo momento al espíritu que hay tras cada acto y tras cada cosa. Entre nosotros no existen las normas, aunque impera el respeto como modo de vida. No formamos familias, pero cuidamos todos de todos por el mero hecho de estar vivos. Y en cuanto a la enfermedad, ellos atacan al cuerpo con sustancias devastadoras para sanar una parte de él, mientras que nosotros le decimos a la parte afectada lo importante que es en nuestro sistema, lo mucho que la necesitamos, que haremos todo lo posible para que se cure, escuchamos lo que esa enfermedad nos quiere decir, pues las enfermedades se producen por algo, lo corregimos, y luego ayudamos al organismo a que recupere su equilibrio con productos beneficiosos que activen su sistema defensivo en lugar de destrozarlo.
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Calló y sin embargo no se hizo el silencio. De fondo se oía el agradable chapotear de las gentes en la piscina de aguas transparentes y cálidas, las risas de los adultos y los pequeños, las gotas que de cuando en cuando caían del techo y se entremezclaban con el canto, allá afuera, de las ballenas y los delfines. Y cuando habló de nuevo parecía como si se lo estuviera diciendo a sí misma.
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—Nadie debe decir lo que hemos de pensar o hacer. La mente ha de estar libre, no atada, al igual que el agua, que estancada termina por empobrecerse y ensuciarse mientras que la del río, en constante movimiento, es clara y limpia. Sólo así encontraremos cada uno nuestro camino. Sólo así hallaremos la verdad. Esa verdad que está en un centro y a la que hemos de acceder cada uno por su propio sendero. No, al mar no hay que temerlo, sino respetarlo. El mar significa libertad, sentir, soñar —musitó evocadora—. Horizontes interminables, espacios carentes de límites, de autoridad y de rumbo, salvo el que uno quiera trazarse.
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—Pero, ¿y el Consejo de Ancianos? ¿No son la autoridad aquí?
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Parténope volvió en sí.
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—¿El Consejo de Ancianos? Oh, no, querida, no. Ellos toman las decisiones rápidas, detalles en los que urge una determinación. Pero para lo importante, lo decisivo para la comunidad, se convocan reuniones.
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—Y gana la mayoría, claro.
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—No. La mayoría no tiene siempre por qué tener razón.
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—Entonces, ¿cómo lo hacéis?
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La anciana sonrió.
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—Ya lo irás aprendiendo, ya. Para qué dictar leyes cuando el universo tiene las suyas propias. ¿Cómo crees si no que funciona el cosmos? Y esas leyes no varían con el paso del tiempo ni se modifican según intereses, porque son eternas. No cambian dependiendo de uno u otro lado, de unas personas u otras. Siempre son las mismas, siempre. Y hablan del respeto a la vida y lo vivo. De no interferir en la naturaleza. De no hacer las cosas por el resultado sino porque sientas que así deben ser. De que a cada acción le sigue una consecuencia. De que quien da recibe. De aprender del silencio. Y en especial de algo sumamente importante, el particular propósito de cada uno, su razón de ser.
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Suspiró.
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—Es muy curioso, los Seres de Tierra hablan mucho de leyes y leyes, pero no tienen en cuenta una de las principales: no robarle a nadie la tranquilidad, no alterar su paz personal, no interferir en la vida de los demás. Curioso, ¿verdad?
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Estela también suspiró al comprender todo lo que desconocía. Y la anciana, que comprendió su inquietud, continuó:
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—Pero relájate, querida, y dale tiempo al tiempo. Estás aquí con objeto de elegir entre uno u otro mundo. Algo complicado a la vez que excitante, pues se trata del lugar en el que te criaste o el de tus orígenes, de lo que conoces o lo desconocido pero que forma parte de tu naturaleza, y eso es lo único que ahora debe importarte. Somos distintos una y otra raza, querida, sí, pero en definitiva todos anhelamos lo mismo, ser felices y que nos quieran, así como todos tememos lo mismo, el sufrimiento y el dolor. Lo único que nos diferencia a unos y a otros es la manera en que lo conseguimos o lo evitamos, y eso es lo que ellos nunca entendieron.
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Hizo una pausa, miró al techo melancólica y luego se volvió hacia la joven.
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—Tras la matanza quedaron algunos rezagados que no pudieron huir y que acabaron mezclándose con los moradores de tierra firme ocultando sus habilidades y su forma de ser, como si se tratara de un secreto, para pasar inadvertidos. Y esos rezagados con el tiempo tuvieron hijos, y estos a su vez hijos también, de manera que sus genes se fueron introduciendo poco a poco en la otra raza. Por eso, de cuando en cuando, entre los Seres de Tierra nace una criatura dotada de una particular manera de ver la vida, de rebeldía, de sensibilidad, de creatividad. Un espíritu indomable.
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—Entonces, es cierto que hay Seres de Agua allá arriba —musitó Estela.
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La anciana sonrió orgullosa.
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—Hay Seres de Agua, querida. De muchos tipos y de muchas clases, tantas como seres habitan en el mar, así como también hay tantas clases de Seres de Tierra como seres vivos habitan en tierra firme. Pero de la misma forma en que estos últimos dirigen y ordenan como si el planeta fuera suyo, los Seres de Agua sobreviven sintiéndose incomprendidos, perdidos, menospreciados en muchas ocasiones por el resto de la sociedad que interpreta equivocadamente su delicadeza como debilidad, su manera de ser como rareza. Tu caso es bastante particular. Tus padres eran ambos Seres de Agua, una situación singular en la superficie, donde la mayoría de los que son como nosotros nacen en familias de Seres de Tierra, lo que causa gran desconcierto y extrañeza. Y es que los genes están allí, como ya te dije, entremezclándose cada vez más y más en la raza contraria. Lo que explica por qué en un mundo que se rige por la ambición, las prisas y el dinero, hay quienes poseen una especial sensibilidad, imaginación, amor por la belleza. Por qué causan tanto pudor los sentimientos. Por qué avergüenza ser sensible.
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Parténope respiró hondo, tomo aire y musitó una letanía que lleno la sala de una hermosa sonoridad. Sonoridad que se extendió por entre las columnas rosáceas, por el alto techo acabado en cristalera por la que se veían pasar los peces nadando, por el cálido vapor ambiental.

Y en cada surco una frase,
y en cada brillo un sentimiento,
y en su sonido,
la sabiduría perdida de los antiguos,
el palpitar del universo.

—La sabiduría perdida de los antiguos —repitió la joven extrañada.
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—Sí querida, ese saber ancestral y eterno que proviene del alma —respondió la exótica mujer mirando a lo lejos-. Y cuando digo alma me refiero a lo que todos llevamos dentro, muy dentro por mucho que algunos lo nieguen o lo quieran ignorar, a la esencia, al espíritu que habita en nuestro interior y nos conecta con la fuente del universo. No se aloja en ninguna parte del cuerpo, no podemos tocarla ni tiene ubicación, está más hondo que la personalidad. Pero sin embargo es ese alma lo que realmente somos, lo que da sentido a nuestra vida, lo que nos orienta cuando no sabemos qué hacer ni qué camino tomar. Es como tener un sueño y quererlo realizar. Un sueño que nos hace crecer interiormente, querernos superar. Cuando no actuamos por culpa, ni por obligación, ni necesidad, sino porque algo nos motiva de verdad, una oleada de energía nos impulsa a seguir y seguir hacia adelante. Ésa es la mejor prueba de que estamos en el sendero del alma. Y si cierras los ojos y no te aferras a los pensamientos, si respiras hondo, a veces la podemos sentir. A veces.
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Se volvió hacia Estela. Su pelo cano. Sus dedos finos y largos. Su piel arrugada e intensamente pálida oliendo a jabón.
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—Hay quien te dirá que eres muy joven para pensar en esas cosas. Pero yo te aseguro que no existe edad para empezar a buscar la verdad, para decidir lo que es realmente importante.
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—¿Y qué es realmente importante?
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Parténope se tomó su tiempo antes de responder.
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—Eso tendrás que descubrirlo tú. Ante algo pregúntate si es necesario o no. Y desde luego, si puedes prescindir de ello, no es importante.
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Inspiró lentamente.
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—El cántico que antes entoné significa que nosotros, los Seres de Agua que habitamos en el mar, enviamos caracolas a los de la superficie para que no olviden quienes son. Y ellos, que aunque no lo sepan hablan el lenguaje del alma, reciben el mensaje y pese a que no lo entiendan en su corazón sienten que hay algo más. Algo más tras ese lejano, acuoso horizonte azulado que les estremece, que tanto les atrae y con el que a veces, sin saber por qué, se sienten identificados.
Estela permaneció callada. Acababa de descubrir realmente por qué se aferraba a cientos de ejemplares con ese afán desde pequeña, por qué buscaba a todas horas por la playa un olor tan característico. Por qué le hablaban las caracolas. Y con el descubrimiento el tiempo se quedó detenido. El cosmos parado. No había prisa, no corrían los minutos. Tenía la sensación de que no venía de ninguna parte, de que no iba a ninguna parte. De que estaba en el lugar perfecto y en el instante perfecto, siendo una con el universo, sintiendo su palpitar dentro de sí. Ese saber que habita en nosotros desde el origen de los tiempos y que no habla de nombres y de fechas, sino de armonía y paz, de ser sencillamente, de hacerlo lo mejor que sabemos en cada momento, de encontrarnos con nosotros mismos.
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La voz de la vieja sirena le hizo volver en sí.
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—¿Estás a gusto aquí, en nuestro mundo?
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La adolescente se lo pensó antes de contestar.
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—No sé —dijo despacio, todavía hechizada por el mágico momento—. Llevo tan sólo horas.
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—Es por tu compañera, ¿verdad?
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—Algo así.
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—Dale tiempo, querida, dale tiempo. Los Seres de Agua no fingimos afectos. Tardamos en abrirnos. Pero te aseguro cuando lo hacemos nos convertimos en amigos de verdad.
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Parténope alzó la vista hacia la entrada. Allí estaba Dhana, de pie junto a las columnas, sin atreverse a interrumpir.
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—Pasa, pasa, muchachita, no te quedes ahí -le dijo alzando la mano y moviendo los dedos hacia adelante y hacia atrás—. Me encanta el respeto que impongo —bromeó golpeando ligeramente con el codo a Estela, y después se dirigió de nuevo a Dhana:— Tu pupila es muy interesante. He pasado un rato realmente agradable en su compañía. Incluso sorprendente, diría yo, tratándose de la primera cita. Me gustaría mantener otra charla con ella mañana.
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Dhana asintió con una leve inclinación de cabeza, indicó a Estela que le siguiera y retrocedió hasta la salida.
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—Por lo que veo le has caído bien —le dijo mientras descendían los escalones que conducían a la plaza.
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—Sí, eso parece —musitó ella, y añadió deteniéndose intrigada—. Pero lo que no entiendo es por qué le llaman “la vieja sirena”.
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Y entonces, al volverse, lo comprendió. Las gasas que Parténope llevaba por encima, tapándole el cuerpo, habían resbalado a un lado dejando al descubierto lo que ni en sus más remotas fantasías hubiera imaginado jamás. Tenía cola de pez en vez de piernas.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por seguir publicando. me encanta la historia

Paloma dijo...

Gracias a ti por estar ahí, anónimo o anónima. Prometo seguir con ella, y si me retraso algo ten paciencia. Se me acumula el trabajo. Ahora mismo estoy escribiendo cuentos infantiles. Un beso fuerte.

Verónica dijo...

Estaría bien encontrarse con un Ser de Agua, uno de esos que no fingen afectos. Con mucho, tal vez sea lo que más difícil se me hace de entender: fingir querer a alguien. Querer en el sentido general, me refiero.

Un bonito mundo el que planteas, un mundo especial. No sé si resultaría sencillo o no vivir en el, tal vez, nos hemos acostumbrado demasiado a la deshonestidad como para ser capaces de habitar en un día a día siendo realmente uno mismo.

Estaría bien poder comprobarlo .... (Suerte con tus libros, ya nos iremos enterando).

amaia dijo...

tengo leido todo el libro y es el mas bonito qe e visto jamas me gustaria qe me dijerais los titulos de la saga de estela por favor
graciass

Paloma dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Paloma Puya dijo...

Tienes razón Verónica, nos hemos acostumbrado a la deshonestidad, y no sólo a eso, sino también a lo material por encima de todo. Puedes decir que has hecho la burrada más grande, que la gente lo entenderá y lo verá como normal. Pero lo que no entienden es que se hable de los sentimientos ni de lo no material, es decir de lo concerniente al espíritu, a la energía que nos rodea. Mis libros tienen una gran parte de fantasía, pero otra muy de verdad. Vivimos tiempos confusos. Desequilibrados.

Y respecto a lo de encontrarte con un Ser de Agua... ¡ojo! porque los hay por todas partes aunque ellos no lo sepan. E incluso te diría más, quizá tú seas uno de ellos. Un placer haberte conocido.

Paloma Puya dijo...

Muchas gracias, Amaia por lo que me dices. ¡Me encanta que te haya gustado!

Las navidades pasadas salió el segundo libro, que se llama "LOS SERES DE AGUA". Es de la misma editorial, y si quieres más información puedes verla en esta dirección de Internet: http://companiaorientaldelatinta.blogspot.com

Si no lo encuentras con facilidad, ahí te dice quien lo distribuye dependiendo de dónde vives, para que lo encargues en la librería.

Espero que también te guste, me salió romántico y heróico, una combinación maravillosa. Besos.