martes 12 de agosto de 2008

17 - EL APRENDIZAJE


Los días fueron sucediéndose uno tras otro y lo que en un principio era novedad pronto se convirtió en rutina, en una agradable y apacible rutina en la que todo era tranquilidad. Dhana aleccionaba a Estela en el arte de bucear enseñándole cómo utilizar las habilidades que sus pulmones poseían sin saberlo, es decir la capacidad de permanecer largo tiempo bajo el agua sin necesidad de respirar. Y después le acompañaba hasta la entrada del desfiladero tras el que vivía la Genuina Estirpe, los Seres de Agua auténticos, sin mezcla, donde desaparecía para dejarla largas horas junto a Parténope.
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Las conversaciones con la vieja sirena eran siempre muy instructivas a la par que reveladoras, lo que hacía que a Estela le pareciera que estaba aprendiendo de nuevo a vivir. Y es que sus palabras, cargadas de sabiduría y experiencia, lograban que la joven enfocara de manera diferente los acontecimientos pasados, que su vida cobrara sentido.
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Los temas variaban, pero todos resultaban igualmente interesantes. Y entre broma y broma la anciana ponía a la adolescente al corriente de la forma de vida en ese extraño mundo bajo las aguas, además de algunas de las muchas curiosidades que lo rodeaban, como que algunos habitantes de Oceania descendían de la unión de los antiguos Seres de Agua con los pescadores caídos al mar siglos atrás. Y Estela le contaba otras de la superficie, en especial esa que aseguraba que el mar estaba vivo, algo que ella también llegó a creer en alguna ocasión. Y la vieja sirena reía a grandes carcajadas que llenaban el onírico espacio de alegre sonoridad.
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—¿Vivo dices? ¿El mar vivo?
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Volvió a reírse moviendo la aleta final.
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—Pues claro que está vivo, querida mía —exclamó provocando el desconcierto en la joven—.
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Todo lo está ya que todo posee inteligencia. Una inteligencia distinta a la que estamos acostumbrados, pero que no por eso lo deja de ser. Un niño se forma en el vientre de la madre sin que nadie lo dirija, la tierra gira siguiendo una trayectoria, las mareas se suceden rítmicamente, los minerales se cristalizan en complicadas formas, las plantas crecen. ¿Acaso no es eso poseer inteligencia? ¿Acaso no es estar vivo?
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La joven reaccionó.
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—Pero yo me refiero a tener garras, y ojos, y cuerpo con forma de olas.
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Y así fue como la adolescente, mientras hacía con los pies pequeños remolinos en la piscina, le contó a Parténope las advertencias de corrían de boca en boca entre los viejos pescadores de Portamaris, junto con las que le narrara su padre de niña. Y Parténope le escuchaba atenta. A veces, llevada por la pena, se ponía seria, los ojos vidriosos, el aspecto lánguido. Y otras lanzaba al aire sonoras carcajadas, como cuando le explicó la manera en que extrañas criaturas atacaban la costa camuflándose en la lluvia y la espuma, en el temporal y la tormenta.
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Entonces la anciana le habló de cosas que la adolescente desconocía, y que abrieron su mente y su corazón. Como que si lo material que vemos en el mundo era enorme, igualmente lo era aquello que no se veía, lo carente de materia, lo espiritual. Que los Seres de Agua creían que todo estaba compuesto por energía, y esa energía se manifestaba en un campo visible y otro invisible. El visible eran las personas, los animales, las plantas, las cosas. Y el invisible, entre otras muchas, la intención. Así por ejemplo, si alguien quería mover un brazo, siempre que no hubiera ningún problema en contra el brazo se movería. Y si tenía un deseo, ese deseo podía cumplirse por la misma razón, pues para mover un brazo bastaba con dar orden al cerebro, y para conseguir un deseo verlo en la mente, sentirlo, pedirlo, identificarse con él.
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—Los niños de allá arriba pasan años y años aprendiendo a andar, a comer solos, a hablar. Todas manifestaciones físicas. Pero nadie les enseña a entrar en contacto con lo no material, a conocer el poder que tienen los pensamientos —le explicó—. Ni tampoco les enseñan a centrarse en ellos mismos y buscar su personal valía en lugar de medirse constantemente con los demás. Nuestros hijos corren libres sabiéndose observados, protegidos, pero nunca juzgados. Nadie espera que sean de una manera u otra, que sigan un cauce ya marcado, sino que descubran como son en realidad y lo que pueden hacer. No existe nada tan maravilloso como explorar las posibilidades que habitan en uno mismo. Por eso les hacemos entender que la vida es suya y sólo suya, que no tienen que contentar a nadie ni demostrar nada, que han de aprender de su propia experiencia, que el conocimiento no tiene límites.
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—Es bonito.
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—Bonito y práctico pues pronto descubren una importante ley universal, que todo lo que haces sea bueno o malo vuelve a ti como si lanzaras un boomerang, ese palo que siempre regresa. Y también otra ley más, a fiarse de las sensaciones que nos transmite el cuerpo ante algo, especialmente el corazón.
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Asimismo la anciana le explicó que los Seres de Agua no podían transformarse pero sí transmitir intenciones a través de la naturaleza, y que los Seres de Tierra, como no podían verlo ni palparlo, terminaron por negarlo y rechazarlo. Y Estela la observaba fijamente sin perderse cada detalle, cada gesto, cada inflexión de voz. Y leía en sus ojos el pasar de los años y el poso de conocimiento que éstos le habían dejado, de tranquilidad, de paz.
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—De todas formas, querida, el miedo nos hace imaginar cosas que no son. Y como ya te dije los de allá arriba tienen mucho miedo a lo desconocido y la razón, a través de la que observan todo, hace que terminen volviéndose supersticiosos o incrédulos. Tanto es así que antiguamente los Seres de Tierra creían que algunos Seres de Agua dadas sus habilidades eran sobrehumanos, y les llamaban dioses, los dioses del mar, y todo porque eran capaces de atraer a un rayito por ahí, un truenito por allá —rió, y luego se puso seria—. Pero otras les llamaban demonios.
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La boca de Estela se abrió de estupor. Las olas que tiraban de ella hacia la isla de la Piedra Santa estando en la barca. Las voces. Las sombras.
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—Vosotros me trajisteis hasta aquí —gritó entre admirada y asustada—. Fuisteis vosotros.
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—Fue tu intuición la que te hizo saltar sobre los miedos y prejuicios construidos a tu alrededor a lo largo de años —dijo la anciana—, mostrándote que hay mucho más de lo que vemos, mucho más por descubrir. Eso te trajo. Quizá nosotros ayudamos un poco, no lo niego. Pero has de saber jamás haríamos daño a nadie, y que la naturaleza sigue su curso. No somos responsables de todo lo que ocurre relacionado con el mar. No te dejes arrastrar por el temor.
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Las palabras golpearon el cerebro de Estela al igual que golpearon contra las paredes y columnas de la sala convirtiéndose en eco. En un eco conocido, como si fueran tesoros que la joven tuviera en su corazón y la anciana los fuera desenterrando uno a uno según los iba nombrando. Y entonces comprendió que la mayor parte de lo que esconde el universo no se percibe con los cinco sentidos, que la energía de la que todo está formado tiene infinitas maneras de manifestarse, que el temor a lo desconocido nos hace alzar muros mentales que quizá nos protejan pero también nos impiden ver la realidad como es.
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—La isla de la Piedra Santa no está maldita —musitó en un murmullo—. El mar está vivo por mucho que algunos lo nieguen y no como otros creen. La vida es más de lo aparenta ser. Más de lo que aparenta ser.
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—Así es —afirmó la peculiar anciana—. Todas esas historias con las que creciste, todas esas ideas cargadas de miedo, esos ideales que no eran los tuyos, limitaron tu mente confundiéndola y haciéndote ver lo que no era. Y ahora es cosa tuya liberarla y permitirla crecer. Aunque deberás ser precavida, sí, te lo aseguro, porque así como encontrarás sabiduría igualmente muchos peligros, gente que querrá engañarte, senderos de perdición. Y tú tendrás que aprender a diferenciar entre lo que es bueno para ti y lo que no. A no ir de inocente, pero tampoco a cerrarte ante la vida y lo maravillosa que puede llegar a ser.
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Estela se quedó pensativa.
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—Si yo soy un Ser de Agua, entonces ¿también puedo hacerlo?
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—¿Hacer el qué?
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—Lanzar rayos y todas esas cosas.
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Parténope sacudió las manos divertida, haciendo que sus pulseras de caracolas tintinearan al tiempo que su aleta final.
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—Bueno, las generaciones que hemos tomado el relevo de aquellos llamados dioses del mar por los Seres de Tierra sólo actuamos en casos muy concretos, para bien y nunca en nuestro propio beneficio. No es bueno alterar el ritmo de la naturaleza. Además no es tan sencillo —chasqueó la lengua risueña—, se requiere mucha experiencia y juntarse varios para conseguir la fuerza necesaria para hacer cosas tan grandiosas. ¿Contesta eso a tu pregunta?
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—Sí, claro —hizo ella una mueca—. Pero lo de generaciones relevo —repitió extrañada—. ¿No decían antiguamente que los dioses eran inmortales?
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—Oh, sí, y también decían muchas cosas más. Pero te aseguro que no, querida, ni hablar —negó la vieja sirena haciendo aspavientos con los brazos—. Envejecían y morían como moriremos todos algún día. Lo que pasa es que al ponerle a uno de sus hijos su nombre parecía que nunca les ocurría nada, que eran eternos. No, no permitas que nadie te impresione ni te dejes llevar por las apariencias. Por ejemplo aquí, en Oceania, te presentarán a personas cuyos nombres te sonarán de ciertas leyendas. Pero no te confundas, cariño. Sin ir más lejos ése es mi caso. Cuentan que Parténope, sin ir más lejos, fue la primera sirena de esa historia que van contando por ahí de que se nos expulsó del mar tras fallar en la misión de atrapar al rey Ulises a base de cantos.
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Gesticuló mientras hacía sarcásticos comentarios.
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—Y te aseguro que nadie nos expulsó. Qué tontería. ¿Cómo íbamos a expulsarnos a nosotros mismos del único lugar en el que podíamos vivir seguros? No, no permitas que unas simples palabras te engañen, escúchalas y busca lo qué hay detrás. Las palabras esconden sentimientos, intenciones, un por qué. Además, ¿no creerás que esa soy yo, verdad querida? No. Yo no le canté ninguna melodía a ese rey curiosón, aunque ahora que lo pienso me hubiera gustado hacerlo ya que por lo visto era muy apuesto y simpático —rió presumida, y la sala entera se contagió de su alegre dialogar.
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Las tardes junto a Parténope se sucedían plácidas en el palacio de piedra rosa del desfiladero. Las gentes se dedicaban a conversar en el graderío o a nadar en la cálida piscina, salpicándose entre risas y llenando el ambiente de alegría. Los había de diferentes edades, hasta recién nacidos, y todos se sentían a gusto jugando en las transparentes aguas, todos mitad pez mitad humanos. Y a cada movimiento de sus aletas el entorno se llenaba de vaporosas nubes que se perdían en los altos techos, entre las columnas, confiriendo a la estancia un aire de ensueño. A veces se sumergían y tardaban largo rato en aparecer. Entonces Estela sabía que se encontraban nadando en mar abierto, pues todas las piscinas comunicaban con el exterior. De haber salido del edificio a comprobarlo los habría visto en las alturas al otro lado de la mampara, buceando entre verdes algas y corales al igual que los restantes animales acuáticos.
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Una de esas tardes la joven se atrevió a preguntar qué separó a ambas razas. Parténope puso cara melancólica, dio un profundo suspiro y se arrellanó abatida entre los cojines.
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—Mi querida niña, la vida es un misterio apasionante, breve, eso sí, y en la que a todos se nos ha dado un alma que cuidar.
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Movió sus manos que de tan pálidas como eran parecían de nácar, esa nácar blanca con matices irisados que poseen en su interior las caracolas más hermosas, y continuó:
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—Los Seres de Tierra comenzaron a olvidarse de ese alma al centrarse nada más que en el dinero y la productividad. Trabajo y trabajo era lo único que les interesaba, poseer cada vez más, alejándose del espíritu que todos llevamos dentro, incluida la naturaleza. Y ahora que nombramos a la naturaleza, ¿no te has fijado en su belleza? ¿en su sabiduría? ¿en su poder? La naturaleza es la gran maestra. Ella nos enseña a respetar los ritmos de recogimiento y exteriorización, como sucede en las estaciones. A comprender que cada acción tiene su reacción. A aceptar que tras la tempestad siempre llega la calma y de nuevo la tempestad, porque la vida es cíclica. A entender que son necesarios tanto los días de oleaje como los de bonanza. A respetar la vida y el lugar que habitamos por encima de todo, ya que todo tiene su razón de ser en la cadena inteligente en la que estamos inmersos.
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Y mientras se lo decía, Estela asentía y asentía acordándose de lo que su madre intentaba explicarle por señas cuando era niña: que hasta lo más pequeño era importante, que era una tontería compararse con otros creyendo que por ser de una determinada manera o poseer ciertos bienes, significaba estar por encima. Gran error. Las piezas más delicadas de un engranaje son las más valoradas, las flores que duran un día las más apreciadas, y aún así todas igualmente necesarias, incluso los cactus y las malas hierbas. A veces lo menos atractivo guarda en su interior secretos de gran valor.
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Hubo una pausa.
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—Y donde nosotros veíamos prodigiosas cualidades, los Seres de Tierra sólo agua, montañas o bosques que esquilmar en su propio beneficio, a veces incluso hasta arrasarla —continuó la anciana en un habla cargada de exótico acento—. Quieren dominarla, explotarla, cuando lo lógico sería aprender de ella. Han olvidado que está viva, que siente y transmite un prodigioso saber a quienes se detienen a escucharla. Y también han perdido el juicio. No piensan que si la destruyen, ¿dónde viviremos? ¿de qué vamos a comer? No, un Ser de Agua jamás se comportaría así. Aprovecharía los bienes que nos ofrece la naturaleza, por supuesto, pero con sensibilidad. Por cada árbol talado plantaría un nuevo árbol, por cada casa construida dejaría un territorio salvaje, por cada animal capturado ayudaría a nacer a uno más, por cada día trabajado descansaría otro día. El equilibrio, querida, se trata de mantener el equilibrio, el Círculo Perfecto, el Orden Sagrado.
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Su gesto se tornó desaprobador mientras agitaba su canosa cabellera como si de una cascada de plata se tratara.
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—Quienes se dejan atrapar por el materialismo acabarán destruyendo el mundo. Esa frenética actividad que les acomete es terrible. Siempre corriendo. Siempre con prisas. ¿Cuándo juegan? ¿Cuándo contemplan lo que les rodea por el simple placer de contemplar? ¿Cuándo encuentran tiempo para soñar? —el gesto se le cambió por otro dulce—. Soñar es una de las posibilidades más maravillosas que existen. Entrar en un mundo donde hasta lo más impensable puede ser posible. ¿Y crear? ¡Ah...! Crear algo de la nada. Algo tuyo, hecho con tu cuerpo y tu mente sin límite de belleza ni imaginación. Sin límite de dimensiones, de estética o conceptos. Como quieras. Cuando quieras. Donde quieras. Pudiendo usar todo tu talento, tu inteligencia, tu genialidad. Sumirte en la inspiración. Poner en ello el alma.
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Giró el rostro hacia Estela.
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—¿No has notado la de personas allá arriba que pasan por la vida sin sentirla? ¿Que miran hacia lo alto sin ver ni las nubes? ¿Que sólo valoran el dinero? ¿Que ignoran las puestas de sol? —murmuró crispando los labios—. ¿No te has dado cuenta de la cantidad de gente que parece no tener alma?
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—Pero el dinero es necesario.
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—Sí, en su justa medida, sin embargo el respirar es más importante aún y la mayoría sólo se acuerda cuando algo les impide hacerlo, en lugar de detenerse de cuando en cuando a disfrutarlo y dar las gracias por ello. Creen que tienen derecho a estar sanos, a tener aire puro, agua, a que el mar de peces y la tierra frutos, a que salga todos los días el sol. ¿Y si llega un día en que esto deja de pasar? ¿Y si el planeta termina empobreciéndose por falta de cuidados, los ríos y mares a vaciarse, la atmósfera a envenenarse? Entonces se mirarán unos a otros y se preguntarán cuando sucedió, que estaban haciendo mientras todo eso pasaba, por qué no se dieron cuenta antes. Y yo se lo puedo contestar: porque estaban mirando hacia el lado equivocado, porque valoraban lo que realmente no era importante, porque recibían sin dar, porque observaban únicamente lo que pasaba delante de sus ojos y no el mundo en general. Y entonces será tarde.
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Cogió la mano de Estela, y la joven notó un ligero temblor.
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—No, no debemos permitir que esto ocurra. Debemos hacer algo. Tienen que reaccionar.
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Eso musitó la vieja sirena. Y luego, inesperadamente, se deshizo en cariñosas alabanzas.
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—Oh, querida, perdóname, parece que te lo estuviera diciendo a ti que posees con toda seguridad una exquisita sensibilidad heredada de tu madre. Es que me entusiasmo a tu lado sabiendo que tendrás que tomar una importante decisión, elegir entre el mundo que conoces o el que te ayudará a conocerte, entre aquel en el que vives o lo que realmente eres. Y espero que no te arrepientas.
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Se hizo el silencio, y Estela aprovechó para explicarle que en realidad ella buscaba a su madre y ya de paso, si era posible, saber quién era su padre. Y al oírla la vieja sirena permaneció en un principio confusa, pero luego soltó una risotada que hizo que los que había en la sala volvieran sus cabezas al tiempo.
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—Qué cosas tienes, querida. Imagino que te referirás a quién ha contribuido a tu existencia. Pues bien, como repuesta a eso te diré que estás aquí, y nada más tiene importancia. Somos hijos e hijas de la vida y a la vida hemos venido a vivirla, no a preguntarnos quién nos trajo. Relájate. El viaje es corto y tienes derecho a ser feliz. Deja ya de atormentarte con tus orígenes. Los lazos de sangre son importantes siempre que vayan unidos al afecto, si no, no significan nada. El caso es sentir con alguien una auténtica conexión que vaya más allá del lugar en el que naciste y de quién. Mira a tu alrededor no con los ojos del cuerpo sino con los del alma, y dime qué ves. ¿No sientes cómo la humanidad formamos una enorme y extensa familia? Si lo piensas bien todos somos hermanos y hermanas. Todos padres y madres. Todos hijos e hijas. Y lo demás son muros que erróneamente se supone que protegen cuando en realidad ahogan. Palabras y sólo palabras. Miedo. Temor. Disfruta del amor sin obligaciones ni convencionalismos. Ensancha tu corazón. Quiere de verdad.
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Un halo de tristeza nubló la mirada de Estela.
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—¿Te ocurre algo?
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La adolescente frunció el ceño.
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—Mi vida no ha sido precisamente fácil.
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—Lo sé, querida, lo sé. Pero que sepas, para tu tranquilidad, que cualquier suceso es una oportunidad para crecer. Todo depende de cómo te lo tomes. Lo que has vivido tiene un sentido. Igual tú necesitabas pasar por esa experiencia que te hizo tanto daño, pero que también te sirvió para evolucionar. Piensa que todos estamos aquí para aprender, y aunque suene terrible solemos hacerlo más fácilmente a través del dolor. Aprender a tener paciencia, a confiar en la vida, a ser compasivos y comprensivos, a ser humildes, a aceptarnos y aceptar a los demás. Y el cómo lo aprendamos da lo mismo.
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Aceptar a los demás. Estela se acordó de aquellos del pueblo con los que nunca había congeniado, los que se metían con ella de pequeña, los que rumoreaban a sus espaldas y no le dejaban en paz.
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—¿Y si tu forma de ser no coincide con la de otros? —exclamó sintiendo una punzada de dolor al recordarlo—. ¿Y si te hacen daño o te tratan mal?
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—No tenemos por qué llevarnos bien con todo el mundo —le sonrió amable la anciana haciendo que se desvaneciera su malestar—. Hay quienes actúan llevados por unos valores que chocan con los nuestros, y no hacen más que nuestro avanzar. Si es así deséales lo mejor y aléjate. Pero no les odies ni les guardes rencor. El odio te ata a ellos y hace que malgastes la energía que necesitas para continuar. Te lo explicaré mejor, hay gente que da energía y gente que la roba. Con aquellos que te apoyan y te acompañan en tu caminar tienes un mutuo intercambio que llena a ambas partes de la fuerza necesaria para progresar; y los que critican tu forma de ser te la restan impidiéndotelo. Es así de sencillo. ¿Lo entiendes?
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Estela asintió.
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—Olvídate de lo que piensen de ti y sigue adelante. El problema es que no acabamos de creernos que lo más importante de nuestra estancia en la tierra es conocernos a nosotros mismos, descubrir quienes somos realmente, encontrarnos con nuestro auténtico yo. Pero encontrarnos sin todas esas capas que nos vamos poniendo y poniendo por encima empujados por la sociedad. Ir más allá.
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La anciana suspiró, evocadora.
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—¡Ah!, y también amar. Amar a la vida y lo vivo en general. Porque el amor es lo que nos une al universo. Lo que nos hace ser.
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Carraspeó y se dirigió a ella.
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—Y siendo algo más prácticos, te diré que no tienes por qué estar con quien no te gusta, ni leer lo que no te agrada, ni pensar como los demás. Al igual que las emociones hay pensamientos que quitan energía y pensamientos que la dan. Traza el rumbo de tu vida. Si actúas en contra de tus ideales o te tragas los pensamientos de otros con los que no estás de acuerdo es igual que si ingirieras veneno, puedes acabar por enfermar. No temas decir “no” cuantas veces quieras, pero cuando pronuncies un “sí”, que sea de verdad. Lo demás es traicionarse a sí mismo.
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—Pero si haces eso, a veces te quedarás solo.
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—Puede, pero la soledad también forma parte del viaje, de crecer siempre que no la veas como algo aburrido ni terrible, sino como una oportunidad para aclararte y saber lo que quieres en realidad. Piensa que para existir no necesitas la aprobación de otros. Madurar significa tomar tus propias decisiones, eso sí, aceptando las consecuencias que vienen detrás. Y para ello ten en cuenta que cualquier cosa que hagas dejará una huella en tu alma y tu organismo. Porque todo nos afecta. Todo queda registrado. Todo construye o destruye. Por eso depende de ti que el resultado sea un hermoso edificio o la más horrorosa de las ruinas. Aunque suene extraño somos lo que comemos, lo que vemos, lo que pensamos. Si contemplas un paisaje maravilloso eres esa maravilla por unos momentos. Y si prefieres revolcarte en la rabia y la envidia, envidia y rabia serás, si en el miedo, en miedo te convertirás quedándote estancado y sin posibilidad de avanzar. Busca lo que da alegría a tu corazón. Piensa que tú y sólo tú eres responsable de tu vida y de tu alma. De tomar decisiones. De cuidarlas o no.
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—¿Y cómo se cuida el alma? —le preguntó la adolescente sacando los pies del agua y recogiéndolos hacia atrás.
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La anciana no dudó.
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—Tomándote un tiempo diariamente para hacer cosas sencillas que te enriquezcan por dentro —respondió sonriendo levemente—. Aceptándote como eres. Sintiendo las cosas de verdad. Estando de acuerdo con cada acción que emprendas, incluido lo que digas o pienses. Desarrollando el amor y la compasión. Riéndote a menudo. Viviendo sin juzgar. Preguntándote de vez en cuando hacia dónde te diriges en la vida y lo que deseas realmente hacer. Y sobre todo creando, porque crear es la voz con la que se expresa el alma.
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Hizo una pausa, para continuar:
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—Y nunca, nunca, te sientas culpable. La culpabilidad es un hondo y oscuro pozo que no lleva a ninguna parte. Si crees haber hecho algo mal, arrepiéntete y aprende de ello. Todos nos equivocamos alguna vez. Todos estamos creciendo. Era lo mejor que sabías hacer en ese momento. Y si no crees haber hecho nada malo, ¿de qué te sirve sentirla? Déjala atrás, querida. Déjala atrás.
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—¿Y cuando no hacemos lo que los demás quieren? —se quejó ella.
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La anciana reclinó a un lado la cabeza.
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—Querida, los demás pueden tener todos planes que quieran para nosotros, pero nosotros tenemos nuestros propios planes. No, no le quites el sentido a tu vida, no permitas que te desvíen por banalidades del rumbo que conduce a tu sueño, ni te conviertas en una veleta que hasta el más ligero viento mueve a placer. Tú sigue con tu navegar y que ellos sigan el suyo. Es bueno ayudarse, tenderse la mano, pero no entorpecerse, y sobre todo cuando es por capricho. Todos tenemos un camino que recorrer, cada uno el suyo propio o no nos llevará a ninguna parte, y hemos de hacerlo con apoyo o sin apoyo de los demás.
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—A mí también me gustaría encontrarlo y ser feliz —arqueó Estela las cejas.
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—En el camino ya estás. Todos estamos en algún camino. Y en cuanto a la felicidad, ya vendrá. Ten en cuenta que proviene de la armonía, en este caso de la armonía entre tu interior y tu exterior. Vive haciendo lo que crees y cree en lo que haces. Una forma de vivir tranquila, ordenada y sencilla, siendo honrada contigo misma, aceptando lo que llega y dejándolo marchar, te proporcionará felicidad. Y por supuesto pasando por alto lo que opinen los demás. Allá arriba te dirán que cultivar la mente es de egoístas, el espíritu, estar loco, ser aburrido o ir de trascendental, como si esto fuera un insulto, que sentir o hablar de los sentimientos, de sensibleros. Y cuando lo oigas no olvides que los Seres de Tierra son mayoría, y no dudes de tu forma de ser.
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Respiró lenta, pensativa, para finalizar.
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—Y recuerda, con humildad y respeto, que son el complemento a los Seres de Agua. Llegará un día en que no tendrás la necesidad de justificarte ante nadie ni te sentirás extraña, entonces te habrás aceptado.
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Eso le dijo la vieja sirena, y ella asentía y asentía. Sus palabras llenaban el cálido ambiente, y la joven notaba cómo atravesaban los poros de su piel y le iban calando poco a poco hasta lo más hondo de su ser, donde parecían que siempre habían estado y la vieja sirena simplemente se las recordara. Y su corazón se empapaba de ellas, y su mente, y su alma. Al lado de esa singular mujer se veía trasladada a un universo donde las horas corrían a distinta velocidad y su vida cobraba sentido. Donde ya no se preguntaba angustiada quién era ni por qué se comportaba de manera tan extraña para los demás. Donde ya no sentía incomprendida, temerosa o sola. Su sensibilidad había dejado de ser un problema para convertirse en una virtud. Una virtud gracias a la que poco a poco se iba descubriendo a sí misma. Y eso le gustaba.
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Sin embargo la conversación finalizaba una vez más con la llegada de Dhana quien, al igual que Cronos, el medidor del tiempo, entraba silenciosa en la sala anunciando la hora del regreso. Y como siempre sucedía la joven abandonaba el magnífico palacio de piedra rosa, excavado en la roca de Oceania, con la cabeza bullendo de preguntas sin resolver y el ardiente deseo de que pronto amaneciera para poder regresar y continuar por donde lo habían dejado. Porque el saber es inacabable, y cada pregunta encierra dentro de sí infinitas preguntas más.

3 comentarios:

Paloma Puya dijo...

Aunque parezca imposible existen mujeres como Parténope. No poseen cola de pez en vez de piernas, ni caracolas en el pelo, ni esa personalidad tan exagerada. Sin embargo tienen ese carisma y honestidad, esa diferente forma de ver el mundo, de mostrarte otros caminos que no sospechabas que existieran. Yo conocí a alguien así. Tengo esa suerte, y por ello doy gracias a la vida.

Verónica dijo...

Pues sí ... es una suerte eso que cuentas, no me sorprende que des gracias por ello.

Mostrar la posibilidad de otros caminos diferentes es fundamental en la vida, sobre todo, en ese momento inicial en el que uno empieza a verse en solitario, tal vez, por vez primera. No quiere decir esto que, aunque te los muestren, los veas, pero .... seguramente es mucho más sencillo de esa manera.

Seguimos por aquí, por si tenías dudas (el veranito y esas cosas, ya se sabe).

Paloma dijo...

Me gusta sentir cerca tu lejana compañía, Verónica. Sé que estás ahí, leyendo, aunque no dejes mensaje y por mucho que apriete el calor. ¡Y eso que tienes el libro en tu poder! (tengo pruebas de ello).

Pues sí, conocí a alguien así hace unos años, curiosamente cuando lo necesitaba (o quizá siempre se necesite a alguien así), lo único es que, con la mudanza, me la dejé en Madrid. Sigo hablando con ella por teléfono, y aunque ya no es lo mismo, su recuerdo y sus conversaciones perduran.

Y sí, tienes razón, me costó tiempo ver los nuevos caminos, pero te aseguro que una vez que te das cuenta de que existe mucho más de lo que la sociedad en la que vivimos nos muestra, no hay vuelta atrás. Besos.