lunes 25 de agosto de 2008

18 - EL ATAQUE


La vida siempre avanza y nosotros, debido a nuestra frágil condición, nos aferramos a lo que tenemos cerca pretendiendo que las cosas sigan siempre igual, que permanezcan, pues nos da seguridad. Pero es seguridad falsa. Porque la vida no se detiene y por mucho que nos agarremos, cuando menos lo esperas se revuelve poniéndolo todo patas arriba. Entonces lo conocido aunque nos desagrade nos abandona convirtiendo el viaje en incertidumbre, en una terrible desazón por lo que habrá de venir, y sintiéndonos perdidos nos amparamos en una absurda frase que dice algo así como que más vale malo conocido que bueno por conocer. Sin embargo, ¿por qué no confiar en que los cambios, pese a que parezcan en un principio amenazantes, a la larga puedan ser para mejor?
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La actitud de Dhana continuó siendo fría y distante, comportándose con desapego para dejar claro que hacía su cometido de forma obligada. Pero Estela ya se había acostumbrado y lo veía como algo normal. No le molestaba. Estaba cómoda con ella. Y se decía a sí misma que al menos le instruía a la perfección, especialmente en lo que se refiere a enseñarle a dosificar su respiración bajo el agua administrando sabiamente el oxígeno para que le durara más tiempo, al igual que a controlar a voluntad las lágrimas para impedir que sus ojos se llenaran de sal cuando los abría en el mar. Hasta que un día sucedió algo inesperado.
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Habían quedado como todas las mañanas para salir a nadar, con la enorme diferencia de que esa vez era única, una ocasión especial, su bautismo de mar. A partir de entonces, si todo iba bien, atrás quedaría el bucear con alguien al lado que le diera constantemente instrucciones. Estela respiró hondo para calmarse. Saldría sola. Dhana le estaría observando desde el interior de la mampara y no se acercaría a ella si no era absolutamente necesario. Podría hacer lo que quisiera, sumergirse durante el tiempo que creyera oportuno sin que nadie le indicara cuando debía abandonar las aguas o hacia donde ir. Todo sería responsabilidad suya.
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Pero lejos de sentirse contenta la adolescente estaba inquieta. En el aire se mascaba la sensación de que algo iba a pasar. Y sus sentidos se lo corroboraban, y su corazón, y su intuición.
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Llegado el anhelado momento se puso el ajustado traje de baño, llenó de aire los pulmones tal y como le habían enseñado, e introdujo su cuerpo en el estanque. Pronto salió a mar abierto. A ese espacio tan impresionante y conmovedor de un intenso tono azul claro cruzado de arriba a abajo por haces plateados.
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Los peces se le acercaron y nadaron a su alrededor olvidando que no era de su misma especie. Y ella, cerrando los ojos, se dejó mecer por la corriente y así permaneció un tiempo, abandonándose a un mundo de sensaciones plagado de contrastes y matices sin preocuparse de nada, ni siquiera del aliento limitador.
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Al cabo de un rato abrió de nuevo los ojos y extendió un brazo lentamente, y después el otro, y el otro de nuevo, y el siguiente otra vez. La cabeza girándola al compás haciendo que su pelo se transformara en una larga y ondulada ola cobriza. Y así fue hasta que algo llamó su atención. Flotaba a lo lejos y era grande, muy grande, plano, extenso y casi traslúcido, como un mantel robado por el viento y caído al mar.
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Se aproximó a él despacio. Y según lo hacía el mantel se fue cerrando, tomando la forma de una esfera bordeada por infinitos brazos menudos como si fuera un pequeño sol abatido. O mejor dicho un globo, un enorme y voluptuoso globo varias veces más grande que ella y relleno de agua. No parecía que estuviera vivo, por lo que Estela, fascinada, siguió acercándose lentamente.
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—¡No! ¡No lo toques! —gritó Dhana desde dentro de la mampara metiéndose aprisa en el agua y nadando lo más rápido que podía hacia ella. Y cuando estuvo a su lado la empujó y se puso en su lugar.
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Fue en el momento preciso. Pues el globo, que había permanecido hasta ese instante quieto, se desplegó de nuevo, tomó impulso y atrapó con fuerza las piernas de quien tenía más cerca como si fuera una enorme y poderosa manta, desde donde comenzó a reptar lentamente por el resto del cuerpo.
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Dhana se debatió rabiosa intentando en vano soltarse del mortal abrazo, mientras Estela boqueaba aterrada. No sabía qué hacer. No se le ocurría nada. Entonces una fuerte opresión le atenazó el pecho. No podía respirar. Los labios comenzaron a amoratársele. Había estado demasiado tiempo en el agua. Se estaba quedando sin oxígeno.
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Al ver la difícil situación en la que se encontraban varios Seres de Agua nadaron presurosas hacia ellas, lejanas motas en una inmensidad líquida, pues era desde una de las salidas de Oceania más distantes a donde las muchachas se encontraban. Para cuando llegaran Dhana estaría totalmente engullida, y ella ahogada. Estela miró al túnel más cercano, si se daba prisa aún podría ponerse a salvo, y luego observó a su compañera a la que se supo incapaz de abandonar. No. Algo tenía que ocurrírsele. Algo.
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Piensa, piensa, se dijo nerviosa sabiendo que tenía que ayudar a Dhana, especialmente cuando ésta había arriesgado su vida para protegerla abandonando la seguridad de la ciudad sumergida.
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—Eso es —se dijo de repente para sus adentros, excitada, al comprender que hace unos instantes todavía estaba respirando con normalidad. Sus pulmones debían estar llenos de aire.
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Sin pensarlo más nadó hasta situarse a su espalda, le giró la cabeza y, abriéndole la boca con los dedos, presionó con fuerza los labios contra los suyos.
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Una bocanada de aire entró en su garganta, el suficiente como para proporcionarle unos minutos más bajo el agua. Minutos que debería usar sabiamente, pues sólo le concederían una oportunidad. Sin dudarlo se quitó el traje de baño y braceó hasta colocarse a pocos centímetros por encima del extraño ser. A base de movimientos envolventes el animal ya había atrapado a su víctima hasta el torso, pronto alcanzaría la cabeza, y entonces sería el fin: asfixiada o viva comenzaría a digerirla en el estómago. Una muerte terrible. Tenía que darse prisa. Era su única oportunidad. Asió por el extremo final el bañador, lo estiró todo lo que pudo y lo soltó.
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El material del que estaba hecho, flexible y elástico, hizo que saliera despedido propinando un fuerte latigazo al globo en todo su centro. Retorcido de dolor el inmenso globo se contrajo, liberó a su presa y huyó. Pero en su huida rozó la espalda de la joven con los muchos y diminutos tentáculos que escondía bajo sus pequeños brazos radiales.
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Una insoportable quemazón le abrasó la piel. Era como si le estuvieran clavando cientos y cientos de alfileres al tiempo. Quiso arrancárselos, quitárselos de encima, y al intentarlo todo comenzó a girar a su alrededor. El agua en la que se encontraba inmersa se volvió oscura, tan oscura que apenas distinguía sus propias manos, y su campo visual se redujo a un brillante túnel del tamaño de un guisante. Creyó que se trataba de una pesadilla. Aunque razonó que no era posible, porque tenía los ojos abiertos, y tras cerrarlos se quedó flotando boca abajo en las profundidades marinas. Pero antes de desmayarse vio cómo el mar se llenaba de infinitos puntos tornasolados.
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Ponzoñoso ejército cargado de veneno que, a modo de lluvia mortal, se precipitaba desde las alturas hacia un mundo que comenzaba a ser cada vez más el de Estela.

2 comentarios:

Verónica dijo...

De cuando en cuando pienso que es imposible no aferrarse a la cotidianidad que uno tiene, no pensar que cualquier cambio es para mal, no asustarse ante la más mínima brisa de aire desconocido. Es algo inconsciente y equivocado, lo sé, claro que lo sé, pero ... no es fácil superarlo.

Como tú bien dices, la vida no se detiene, ni por uno ni por nadie, y, con nuestro empeño de no movernos con ella, lo único que conseguimos, además de perdernos posibles maravillas, es quedarnos anclados en un pasado que ya, como mucho, existe sólo para nosotros.

Una buena reflexión, como verás, conduce a otra. Gracias ... como siempre.

Paloma dijo...

Sé bien de esas brisas que me hablas y de los sentimientos que generan. Piensa que yo hice esta reflexión con la que empieza el capítulo para mí misma, a modo de diálogo interior, para darme aliento en muchas ocasiones en las que lo necesitaba. Y es que me temo que el yo que habita en mí, y con el que me olvido tantas veces de conectar, sabe más que el que da la cara a este mundo.

Gracias a ti Verónica por entenderme, lo que no siempre es fácil, y por brindarte a compartir conmigo tus interesantes reflexiones.