viernes 5 de septiembre de 2008

19 - DHANA


Se despertó gritando.
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—¡Son ellos! ¡Nos han encontrado! ¡Los Seres de Tierra nos quieren matar!
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—Tranquila, tranquila —dijo una voz a su lado mientras le agarraban de la mano.
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Dirigió hacia allí la mirada. Era Dhana. Una Dhana muy distinta a la que había conocido hasta ahora. Los ojos igualmente dorados, el pelo negro y largo rematado en la frente por un original flequillo, el tatuaje de las serpientes hasta el codo, pálida la tez. Sin embargo algo había cambiado en ella. Algo en su interior era distinto. Como si su actitud fría como el hielo se hubiera derretido transformándose en agua. Un agua transparente, acogedora, refrescante.
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—No, no son los Seres de Tierra —le explicó la muchacha intentando calmarla—. Aunque sí las acciones que sus irresponsables actos provocan. Ha habido muchos heridos entre los nuestros. Salieron a buscarnos y fueron brutalmente atacados. ¿Y tú, cómo estás?
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Estela gimió. Sentía escalofríos por algunas partes del cuerpo y por otras un infernal calor. Una locura. Su cuerpo sudaba a raudales para segundos después ponerse a tiritar. Y en su presunta agonía consiguió balbucear unas pocas palabras con coherencia.
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—¿Voy a morir?
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—No, no vas a morir. Pero sí te va a doler durante unos días.
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La joven se observó los brazos. Los tenía llenos de largas rayas en carne viva, como si hubiera recibido cientos de pequeños latigazos.
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—¿Qué eran? —masculló dolorida.
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—Medusas. Unas medusas gigantescas y voraces conocidas como Scyfomedusas, concretamente Aurelia Auritas, las más atractivas y mortales de todas. Habitan en todos los océanos del mundo, son escasas y no suelen ir en grupo, y mucho menos atacar a seres tan grandes como nosotros. Pero así ha sucedido. Y a partir de ahora tendremos que estar prevenidos, pues mucho me temo que no será la única vez.
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—Pero ¿por qué? ¿Por qué ha sucedido?
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Dhana le soltó la mano.
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—Por ignorancia —respondió con rabia—. Por la tremenda ignorancia que padecen los de allá arriba y que les hace consumir sin freno dejando a su paso un reguero de contaminación y destrucción. Eso está alterando los ritmos de la naturaleza. Eso está enloqueciendo a los animales.
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Estela volvió a recostarse. La habitación le daba vueltas.
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—¿Y cómo estás tú? —le preguntó dolorida.
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Dhana sonrió.
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—Yo bien aunque un poco más delgada debido a la Scyfomedusa. Ah, y también horrorizada por el beso que me diste, pero lo superaré. Gracias a lo que hiciste sigo con vida. Nunca lo olvidaré.
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La adolescente también sonrió, agradecida por su sentido del humor.
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—Tú también me salvaste a mí.
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—Pues entonces no lo olvidaremos ninguna de las dos. Y en cuanto al dolor, procura no rascarte o será peor. Nunca me contaste que te habían picado las aguamalas a menudo.
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Y esta vez, pese a la extraña palabra, la adolescente supo a qué se refería. Aguamalas, aguamar o pulmón marino eran lo mismo. Un animal celentéreo de los muchos que poblaban el mar, de diferentes colores, de diferentes aspectos y de diferentes tamaños y formas. Algunos llegando a pesar hasta treinta kilos y medir ocho metros de largo. Y todos ellos terriblemente hermosos. Chasqueó la lengua molesta. Había sido una estúpida, una imbécil al dejarse engañar por una bella forma. Y es que desconocía tantas cosas sobre la vida.
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—Sí, me han picado millones de veces —exageró—, pero no tan grandes como ésas. ¿Cómo lo has sabido? —admiraba la facilidad con la que su nueva amiga se movía en ese mundo tan distinto para ella.
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—Es por la reacción que te ha dado —se expresó Dhana con humildad, alejando la pedantería de días atrás—. Se puede decir que es proporcional a las veces que te han clavado sus aguijones. El veneno no se pierde, se acumula en los tejidos y ahí se queda, almacenado hasta la siguiente ocasión haciendo que el cuerpo reaccione cada vez con mayor fuerza.
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Esbozó una sonrisa.
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—Siento haberme comportado mal contigo.
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Estela le miró interrogante.
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—Ya sabes a lo que me refiero. Creí que no eras como nosotros, y es que los Seres de Tierra suelen ser muy individualistas. No comprenden que todos somos uno, que formamos parte de un mismo lugar y una es la energía que nos da la vida y nos mantiene.
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La joven puso gesto de no comprender.
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—Imagino que Parténope te habrá contado lo de la piedra y el agua comparándolas con las distintas razas, ¿verdad?
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—Sí.
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—Pues entonces lo acabarás entendiendo aunque resulte un tanto complicado. Una roca siempre será una roca pese a que se junte con otras y salvo en condiciones extremas, como cuando se transforma en lava. Sin embargo, el agua es capaz de perder su identidad fácilmente y convertirse en río o en mar. O lo que es lo mismo, ser solidarios y sentir lo que otros sienten, trabajar en equipo, perder el protagonismo por el bien de la comunidad.
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Un carraspeo a su espalda les indicó que había alguien más en la estancia. Ambas volvieron la cabeza al tiempo. De pie, junto a la entrada de la cueva que hacía las veces de dormitorio, se encontraba un muchacho moreno, de pelo rizado, con un pareo en torno a la cintura y el tatuaje de un tritón en la frente.
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—Por cierto —continuó Dhana en tono sarcástico—. ¿Cómo es que se te ocurrió usar el traje de baño a modo de látigo? Desde que te lo quitaste te han salido cientos de admiradores.
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La adolescente se sonrojó, pero no tanto como el joven llamado Thuro quien, aprovechando la indirecta alusión, exclamó:
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—Vengo a felicitarte por tu actuación. Estamos sorprendidos. Reaccionaste con ingenio y valor consiguiendo liberar a Dhana sin dañar al animal ni alterar su entorno. En Oceania no se habla de otra cosa.
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Estela se incorporó intrigada pese a estar atormentada por el tremendo dolor. ¿Es que nunca habían utilizado un tirachinas?
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Thuro pronto les dejó y ambas se quedaron nuevamente solas. Entonces Dhana le contó que los de su raza rechazaban cualquier tipo de violencia, y que en su lugar preferían crear. Fue cuando le explicó que existían emociones de difícil explicación, y la pasión era una de ellas. Pasión que podía sentirse de muchas formas. Si se trataba de una persona, te enamorabas. Si un paisaje, te emocionabas. Si un proyecto, te entusiasmabas. Y si estabas creando algo, te exaltabas. Lo llamaban inspiración, y era como conectar con una fuente de energía que hacía ver la vida de forma distinta. La realidad se transformaba consiguiendo que lo cotidiano se convirtiera en único. Era una sensación como si flotaras. Como si estuvieras sumergido en una corriente donde se fluía sin resistencia alguna, haciéndote capaz de las más insospechadas proezas.
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Eso le contó Dhana con pupilas brillantes, y Estela le entendió perfectamente. Sí, ella se había sentido alguna vez de esa manera. Y se había sentido así al meterse en el mar cuando atardecía, rodeada de olas y bruma. Cuando enterraba las manos en la arena y encontraba caracolas estando inmersa en ese mismo mar. Cuando cerraba los ojos sentada en lo alto del acantilado y se imaginaba que se convertía en espuma, en esa blanca y suave espuma que restallaba contra las rocas llevada por el viento.
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—La creatividad enriquece el alma —musitó Dhana señalándole el hermoso y delicado relieve que había en la pared y que mostraba a dos delfines jugando—. Y eso es algo que los Seres de Tierra han olvidado. Como también han olvidado que existen muchos tipos de creatividad, no sólo hacer una obra de arte, sino saber escuchar, apaciguar, cuidar, y muchas, muchas otras cosas más. La clave está en poner pasión en ello. Poner el corazón y el alma.
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Se hizo el silencio. El suave sonido del agua al caer junto con el olor a salitre le recordó a Estela las diminutas cascadas que se formaban entre las piedras de la playa, con la bajamar. Contempló la fuente nostálgica, echando de menos la superficie. ¿A qué lugar pertenecía?, se preguntó confusa. ¿Al de la superficie o a ese extraño mundo con el se sentía cada vez más identificada?
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Suspiró. Y la culpa de su confusión la tenía la inactividad, se dijo. La inactividad y esa maldita medusa gigante que le había dejado un persistente dolor de cabeza, agarrotada la espalda y el cuerpo grabado de marcas, y claro, en ese estado le era imposible ir a conversar con Parténope. Pero no había problema, musitó animándose. Acababa de descubrir que las charlas también podían ir a ella. Con una persona distinta, sí, aunque no por eso menos interesante. Sobre todo ahora que se había convertido en su amiga.
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—Sin embargo, y pese a las apariencias, la pasión realmente no viene del exterior —continuó hablando Dhana—. Está en nosotros, dentro. Y si conseguimos sentirla por el mero hecho de estar vivos disfrutaremos de cualquier instante, hasta del más sencillo, aunque a primera vista no parezca especialmente divertido.
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Miró a la adolescente con graciosa mueca.
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—Así es como intentamos vivir todos aquí.
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—Y así es como debería ser —musitó Estela pensativa—. Algo que deberíais enseñar a los de arriba.
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La respuesta no se hizo esperar.
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—Quizá un día no muy lejano podamos hacerlo —repuso su amiga orgullosa—. Mi pueblo tiene la esperanza de que llegue el momento en que los Seres de Agua y los Seres de Tierra vuelvan nuevamente a reunirse, el planeta equilibrado, en paz, y mientras llega ese momento intentamos que los Seres de Agua que habitan en tierra firme aprendan a no sentirse extraños o perdidos, a que sepan de donde proceden, a que se acepten como son.
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—Enviando caracolas —sonrió Estela acordándose de las que tenía pegadas en el muro del faro.
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—Más que caracolas mensajes ocultos en ellas, sensaciones, percepciones que les hagan despertar, llamadas al corazón. Las caracolas son sólo un medio. Sí, sería maravilloso reunirnos unos y otros tras tantos siglos y conseguir que vuelva la armonía —exclamó soñadora—. Todos aquí lo deseamos. Bueno, todos no —bajo la voz—. Menos Escila.
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Escila. Escila. Estela se sobresaltó. ¿De qué le sonaba ese nombre? Llevaba un buen rato sintiéndose tranquila, a gusto, olvidando sus males, pero ese nombre venía a cambiar las cosas. Lo había oído antes. El malestar le volvió.
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Ante su gesto de interrogación Dhana le contó que una de las antepasadas de Escila, una mujer muy hermosa, tuvo un accidente que desfiguró horriblemente su cuerpo, y desde entonces su forma de ser cambió.
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¡Escila! Los ojos de la joven se abrieron exageradamente. Lo acababa de recordar. De nuevo la leyenda de Ulises. Su padre le contó cuando era pequeña acerca de un monstruo que se dedicaba a aterrorizar a los navegantes y les empujaba a un peligroso remolino. El de las seis cabezas con largos cuellos. El de fauces tan inmensas que eran capaces de tragarse el cuerpo de un hombre de un bocado, sin masticar.
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—Y sus descendientes tampoco tuvieron buena fama —cortó Dhana sus pensamientos—. Pues siempre estuvieron envueltas en turbios incidentes que quedaban sin esclarecer.
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Estela arqueó las cejas.
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—¿Y Escila está aquí, en Oceania?
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—¿Dónde si no? Al fin y al cabo también es un Ser de Agua.
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Los hay de todo tipo y todas clases, tantos como seres habitan en el mar, le había dicho Parténope. Estela miró a Dhana fijamente. Su cuerpo era esbelto y a la vez atlético, sus ojos centelleaban dorados como el preciado metal, y la cascada de negro pelo contrastaba con la pálida piel haciéndola resplandecer. Piel de nácar, piel de luna, piel de ninfa del mar que se escondía en la cara oculta del planeta moviéndose al son de las mareas, apareciendo y desapareciendo entre las aguas como los animales marinos, enlazando océano y tierra, humanos y criaturas mágicas, realidad y mito. No tenía un tono de voz especial, pero comprendió que si sus antepasadas lo tuvieron verdaderamente debieron ser irresistibles.
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—Y con lo de incidentes sin esclarecer me refiero a situaciones oscuras de verdad —insistió Dhana inquieta haciéndole volver en sí—. Y es que en su palacio suceden cosas muy extrañas. Y ahora esa mujer va a dar una fiesta.
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La adolescente se incorporó de golpe sin importarle el dolor, el agarrotamiento muscular y los malditos latigazos en la piel.
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—¿Y por qué te preocupa eso tanto?
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—Porque la fiesta es en tu honor. Quiere conocerte.
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2 comentarios:

Verónica dijo...

Las cosas cambian cuando a uno, de verdad, le conocen. Lo difícil es llegar hasta ahí, con algunas personas, resulta casi imposible. Porque no nos dejamos, porque nos encerramos, porque nos guardamos celosamente, la mayoría de las veces, para evitar futuros daños.

Y así nos va, andamos por la vida como entes difusos, caemos mal porque nadie, en el fondo, sabe cómo somos. Luego, un día cualquiera, se produce algo, un momento especial, y, después, escuchas esa frase tan manida: "es que yo no tenía ni idea de que fueras así". Y uno sonríe. No queda otra. Y se da cuenta de que ha vuelto a pasar, ha vuelto a hacerlo.

Cuarenta años intentándolo y así sigo. Me alegro infinito de que Estela haya tardado sólo unos días en darse a conocer. Con la cosa más sencilla del mundo. Un tirachinas. Va a ser eso lo que falta en mi vida.

Un abrazo divertido, Paloma. No tomes demasiado en serio el comentario, ya sabes, de tu mano voy redescubriendo mi infancia. Y, me gusta.

Paloma dijo...

Me he reído mucho con lo del tirachinas y la comparación con tu vida, Verónica, de verdad. Ha sido una salida original y divertida, que me ha encantado. Por otra parte te diré que me suena lo que me cuentas. He pasado por situaciones parecidas, pero con la edad estoy empezando a pensar que lo que los otros piensen de mí depende a veces más de ellos que de mí misma. Te pongo un ejemplo sencillo. Tenemos a una mujer de cuarenta años rodeada de gente. Está su hija de tres años, su otra hija adolescente, su suegra, su marido, su mejor amiga, su jefe... Todos la conocen hace tiempo, y cada uno la ve de una forma muy distinta, que depende de cómo se hayan levantado ese día, de la madurez de cada persona, de las experiencias por las que hayan pasado recientemente. ¡Y es la misma mujer! No es que uno sea así o asá, es que cada cuál nos mira de una manera distinta.

Como decía Silvio Rodríguez en una de sus canciones “Yo sé que hay gente que me quiere, yo sé que hay gente que no me quiere...” Y ahora de cosa mía añado: y siempre la habrá. Por mucho que uno sonría, que sea amable y generoso, insisto, habrá gente que te querrá y gente que no te querrá, porque cada uno lo interpretará como le dé la gana. Así como si eres malo. Los malos también tienen seguidores y fans. Por eso soy cada vez más partidaria de actuar de acuerdo a tu conciencia y seguir adelante olvidándonos de cómo caemos, se pierde mucha energía que necesitamos para resolver nuestros problemas personales, para entender nuestro pasado, para aceptarnos a nosotros mismos lo que no es fácil, para mirar hacia nuestro interior y ver lo que está pasando porque seguramente habrá momentos en que ni siquiera nosotros nos caigamos bien.

De todas formas no creo que seamos de una manera u otra, sino que estamos cambiando constantemente conforme crecemos, vivimos y aprendemos de la vida. Dependiendo de a lo que nos enfrentemos. No actuaremos igual en tiempo de paz que en tiempo de guerra, recién despertados que a medio día, tras un mes de vacaciones que después que 15 horas trabajando. En este caso concreto Estela, hiciera lo que hiciera, en un principio caería siempre mal a Dhana, que estaba enfadada porque le habían apartado del tiro al arco y nombrado su guía. Y la cosa no cambió hasta que dejó de lado su rencor y se atrevió a mirarla con distintos ojos, a darle una oportunidad.

¿Que tú eres de las que les gusta esconderse bajo el caparazón, como las tortugas, y van asomando lentamente? Bienvenida seas. A mí esa reacción me da más confianza que la de las hienas, siempre “sonriendo” y por otro lado con ganas de ver dónde hincan el diente. Los que hemos tenido infancias complicadas estamos hambrientos de cariño ajeno, de reconocimiento de que somos buenas personas y nos merecemos aquel que no recibimos. Y hemos de entender que todos los que nos rodean nos pueden llegar a fallar un día, pero lo que no podemos permitirnos es fallarnos a nosotros mismos, que nuestra felicidad dependa de cómo caigamos a los demás. Con todo mi cariño...