sábado 27 de septiembre de 2008

20 - ESCILA


Todo está estrechamente unido, pues todo está formado por energía. Especialmente el agua y el firmamento, ya que al igual que uno está compuesto de infinitas gotas, el otro por infinitas estrellas. Los antiguos habitantes del Nilo creían que Sirio, astro que aparece de madrugada en los meses de calor precediendo al sol, provocaba la crecida del río. Y la llamaron Sothis. Y decían que relucía como un diamante. Y que no estaba sola. Poseía un compañero, Sirio B. Siglos más tarde, y cada cuatro años, había una raza que también celebraba ritos en su honor. Y esa era la única vez que, exceptuando a las Embajadoras, los habitantes del Reino de las Profundidades salían al exterior. Esta vez llevarían un mítico relieve consigo. Relieve que casualmente pertenecía a Escila.
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Thuro hablaba y hablaba sin parar, y continuó explicándole sobre las maravillosas obras de arte de todo tipo que guardaba la misteriosa mujer en su palacio, sin contar la piedra recién encontrada que decían que procedía del espacio y que él todavía no había podido ver pese a que acudía diariamente al edificio como restaurador. De todo eso le hablaba el muchacho, pero Estela hacía rato que había dejado de escucharle. A lo lejos venía Dhana, lo que significaba que llegaba el momento tan esperado. Estaba deseando conocer a la mujer cuya antepasada había luchado contra su mítico héroe.
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Se despidió del muchacho asegurándole que se encontrarían en la fiesta, donde podría seguir contándole más cosas, y ambas amigas se pusieron en marcha. Tras varios minutos andando por una colina llegaron a un altozano. Desde lo alto se divisaba, al otro lado de la mampara, un bosque de altísimas algas verdosas con hojas anchas y onduladas que se movían de un lado a otro según la corriente, variable en esa zona. Sobre él, a varios metros de altura, un banco de boquerones cambiaba de rumbo a la vez en un singular baile de peces y plantas acuáticas en el que el océano marcaba el compás. Un compás tan azul como el agua que les envolvía.
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A su derecha el lecho marino se sumía en una suave hondonada arenosa en cuyo centro yacían los restos de un antiguo barco hundido, rodeado de peces, que evocaba todas las leyendas habidas y por haber sobre el mar. Estaba cubierto en su mayor parte por limo, pero aún así se distinguía perfectamente el puente de mando, el camarote principal y el casco que el pasar del tiempo y la sal habían dejado en un costillar, como si se tratara de un esqueleto de ballena.
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—Si lo ve el farero se desmaya —exclamó Estela admirada.
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—Sabía que te gustaría. Si quieres mañana salimos a bucear para que lo veas de cerca.
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Estela se volvió hacia ella entusiasmada.
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—¿Habrá tesoros en su interior?
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—Te aseguro que no. La gente de Escila lo esquilma todo a fondo para quedarse con lo de valor.
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—¿Y los demás no hacéis lo mismo? —preguntó intrigada de que unos tuvieran tanto y otros tan poco—. Me refiero a querer adornar vuestras casas con objetos lujosos.
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Dhana echó a andar con ágiles movimientos que acentuaban la tela dorada con la que iba vestida, a juego con sus ojos, enrollada con gracia en torno al cuerpo.
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—Preferimos vivir con sencillez. Quizá te sorprenda nuestra actitud, pero te aseguro que a la larga es más gratificante. Entre mis amigos no hay envidias, ni rivalidades, ni comparaciones, y mucho menos temor a que te puedan robar. Todos tenemos más o menos lo mismo, por eso nuestras casas están abiertas, no necesitamos puertas para impedir que nadie pueda entrar —le respondió, y ella asintió comprendiendo que su actitud ante la vida era más sabia.
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Descendieron de colina y tomaron el camino de la derecha hasta llegar a una amplia plaza llena de grandes aberturas en la roca, ocultos palacetes en los que las entradas estaban adornadas por enormes esculturas de piedra relacionadas con el mar como tiburones ballena, narvales o jibias. Eran las viviendas de los Cabezas de Castas, donde habitaban los descendientes directos de los Seres de Agua, esos a los que los Seres de Tierra llamaban dioses marinos.
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Dhana aprovechó la ocasión para explicarle a Estela que los tatuajes que la gente llevaba, réplica de las enormes imágenes, se debía a que formaban parte de esas familias o castas.
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—Como comprobarás aquí todos llevan dibujos en sus cuerpos para distinguir de qué linaje proceden.
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—Todos excepto las Embajadoras ¿no es eso?
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—Cierto. Las Embajadoras pueden nacer dentro de cualquier familia. Son mujeres que reúnen condiciones muy concretas, entre ellas ser muy observadoras y poseer unos rasgos suaves, que no sorprendan excesivamente en el mundo de la superficie. Tras demostrar su valía se les entrega el medallón que abre la puerta del mundo exterior, donde investigan sus costumbres y modo de vida, y después regresan para mantenernos informados. Hay muy pocas personas que pueden acceder a ese puesto por lo que sus hijas, las herederas de sus genes y teóricamente de sus dones, son de gran importancia para nosotros.
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Iban caminando mientras charlaban cuando de repente Estela se detuvo impresionada. Allá donde mirara todo era belleza, de una belleza increíble que no había visto jamás, y no sólo por las cosas, sino también por la gente. A lo lejos había un montón de personas de exóticos rostros, frentes tatuadas y coloristas vestimentas. Todos se dirigían en la misma dirección, un edificio singular, el palacio de Escila, y conforme llegaban se arremolinaban junto a la escalinata de entrada. Unos, con lánguidas posturas, se arrellanaban sobre cojines o introducían las piernas en el estanque cercano. Otros, de pie, se apoyaban en columnas en las que cariátides de piedra alzaban los brazos para sostener triangulares y alargados frisos con arcanos símbolos egipcios, persas o griegos, a cual más bello.
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La escena parecía sacada de otro tiempo, de un cuadro pintado por un artista prerafaelita, con una sabia mezcla de culturas y estilos. Por una parte la simplicidad oriental, y por otra la imaginación y calidez de los pueblos mediterráneos. Como todos en Oceania el edificio se internaba en la roca, con la diferencia que éste poseía unas altas y gruesas puertas de madera ahora abiertas de par en par.
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Ambas jóvenes se adentraron en él atravesando un pórtico lleno de arcos adintelados, y desde allí accedieron a varias salas de techos interminables que se sucedían una tras otra de forma encadenada, sin pasillos.
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Aunque adornado con monumentales esculturas, el exterior le pareció a Estela sencillo comparado con la parte de dentro. Las enormes estancias estaban repletas de obras de arte procedentes de distintas épocas. Los cuadros, tapices, muebles, ánforas y otras piezas de gran calidad se acumulaban donde quiera que mirase, además de partes de monumentos u otras construcciones, como el mascarón de proa de un barco. Y presidiendo la estancia, en el centro, destacaba un precioso relieve egipcio.
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—Parece increíble que alguien tenga una colección de arte así. ¿De dónde saca todas estas maravillas?
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—Según dicen de barcos hundidos — respondió Dhana haciendo un mohín—. Aunque ya no deben quedarle muchas más naves que saquear. A todos nos gusta contemplar lo bello, no te creas, pero Escila prefiere poseerlo. Es muy ambiciosa, algo extraño siendo un Ser de Agua.
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Escila, Escila, siempre Escila. La joven miró hacia un lado y otro intrigada. ¿Dónde estaría esa misteriosa mujer?
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A la izquierda del relieve varias vitrinas guardaban objetos de tamaño reducido. Estela se inclinó sobre las acristaladas cajas.
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—Es curioso —murmuró frunciendo el ceño— ¿Y dónde dices que los encuentra?
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—Esta zona era una importante ruta comercial. Los barcos iban cargados de tesoros, y algunos terminaban naufragando debido a las peligrosas corrientes y el oleaje.
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—Ya —masculló la adolescente pensativa, sin apartar los ojos de la vitrina—. Y según tengo entendido es imposible bucear desde la ciudad sumergida hasta la costa en la que yo vivo, ¿verdad?
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—Sí, nuestros pulmones no dan para tanto, está demasiado lejos. ¿Por qué lo dices?
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—Porque estas monedas de oro —dijo en voz baja señalando unas en particular—, fueron una acuñación única realizada a principios del siglo pasado para conmemorar la coronación de no sé qué rey. El barco que las transportaba naufragó y por más que lo buscaron durante años jamás consiguieron encontrarlo. Dicen que se halla en una profunda sima que hay frente a los acantilados de Portamaris, a la que es imposible acceder. Me pregunto cómo habrán venido a parar aquí.
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Estaba contemplando atentamente las monedas cuando un grito resonó a su espalda.
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—Querida niña, me alegro tanto de verte.
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Alzó la cabeza. Una mano cuya muñeca estaba repleta de pulseras hechas de conchas se elevaba sobre el gentío, y no había duda a quién pertenecía. Era Parténope. Estela sonrió. También se alegraba de verla, especialmente porque tal vez pudiera presentarle a alguien que pudiera darle alguna pista sobre el paradero de su madre.
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—Mira a tu alrededor, pequeña, y verás a los auténticos herederos de las Castas —le dijo cuando la adolescente se acercó.
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Estaba tumbada en un reclinatorio y señalaba sin ninguna discreción a un grupo formado por tres mujeres que destacaban de entre las demás por su belleza. Poseían un voluptuoso cuerpo que apenas cubrían con delicadas telas enrolladas en torno a los hombros y cintura con estudiada dejadez. Diosas del mar, o al menos así lo hubieran creído los Seres de Tierra.
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—¿Te han presentado ya a Escila? —le preguntó después, a lo que ella misma se respondió de inmediato haciendo aspavientos—. Oh, no, no lo creo. Se te ve demasiado tranquila.
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En ese momento un muchacho se acercó y le susurró a la adolescente al oído:
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—La anfitriona te espera.
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Estela le siguió. Cruzaron la amplia sala y se introdujeron por un estrecho y largo pasillo carente de ventanas por el que les iba envolviendo la penumbra conforme avanzaban de manera que, para cuando llegaron al fondo del mismo, la oscuridad era casi total. Una puerta les impedía el paso. El muchacho la abrió, le ofreció pasar, y luego la cerró de golpe tras ella.
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La joven dio un respingo y las sienes le palpitaron furiosas. Comenzó a sudar. No sabía por qué, pero estaba nerviosa. Algo extraño pasaba. Lo presentía.
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Avanzó unos cuantos pasos despacio, con el corazón acelerado. No estaba sola. Notaba una presencia. Había alguien más en esa habitación en la que reinaba la penumbra. Alguien que no hablaba, que no se movía, pero alguien que le observaba. Y lo hacía con tanta intensidad, con tanta violencia, que sentía su mirada taladrándole el cerebro en busca de sus pensamientos, atravesándole la piel para intentar llegar a lo más hondo de su alma, hurgando en sus sentimientos y emociones.
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Quiso respirar hondo, pero no pudo. ¿A qué diablos olía allí? El aire era denso y enrarecido. Pero no sólo eso. De fondo había un hedor fuerte, agrio. Incapaz de moverse se quedó clavada en el sitio. El desasosiego era cada vez mayor. Hasta que escuchó un extraño siseo a su espalda. Y entonces, al volverse, la vio.

4 comentarios:

Verónica dijo...

¿No sería estupendo vivir en un lugar de puertas abiertas? Sin tener que preocuparse por las llaves, los miedos, los susurros nocturnos ... Que todos tuviéramos lo mismo, que nadie sintiera envidia del de al lado, que todos compartiéramos la vida sin intentar arañarnos para arrebatarnos nada ....

Sí, sería estupendo, utópico, pero, estupendo. Lo mío es mío ... Olvidarse de eso .... Estupendo.

Lamento el retraso, pero, estoy que no estoy, últimamente. No queda mucho de este estar sin estar, pero, hoy por hoy, todavía es lo que hay.

Me quedo por aquí, esperando el próximo ... creo que nos espera alguna que otra sorpresa a todos ....

Besos

Anónimo dijo...

se ha acabado el libro?

Paloma dijo...

No, anónimo, no se ha acabado el libro. Continúa y además queda lo más emocionante. Pero es que la vida a veces nos distrae con sus puñeteras cosillas. Este fin de semana pongo el siguiente capítulo, prometido.

Paloma dijo...

Verónica, las cosas se complican a veces, pero aquí estamos. Tú a un lado del ordenador y yo al otro, compartiendo sentimientos y pensamientos, y eso importa.

Sí, sería estupendo todo lo que dices, no arrebatarnos, no tirarnos a matar. Sueño con ello a menudo y hasta me invento mundos que son así. Oye, cada cuál tiene sus fantasías...