lunes 15 de diciembre de 2008

23 - Nhiso


Caminaron durante toda la noche sin parar, y cuando las primeras luces del amanecer hicieron su aparición se detuvieron. Dhana cerró los ojos, alzó el rostro y extendió las manos ligeramente a los lados con las palmas abiertas. El mar sobre sus cabezas. Los peces nadando. La claridad solar incidiendo sobre las aguas azules, con franjas plateadas.
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Estela permaneció quieta a su lado, callada, pero después no pudo evitar imitarla. Y al hacerlo descubrió, sorprendentemente, una oleada de tranquilidad recorriéndole el cuerpo. Ascendía despacio desde los dedos de los pies, como si fuera una leve corriente que fue subiendo hasta lo alto de su cabeza, donde quedó alojada proporcionándole la sensación de haberse trasladado momentáneamente a un lugar sin espacio ni tiempo, sin límites de ningún tipo, ni siquiera de cuerpo, sin identidad, como si siempre hubiera existido y siempre existiría porque formaba parte de una fuente inabarcable e interminable. Simplemente era, diluida en algo parecido a un océano. Un océano donde no había miedo, ni preocupaciones, ni prisas, sólo seguridad, seguridad y paz, proporcionándole una sensación tan inigualable que hubiera deseado permanecer así eternamente. Y ese océano estaba dentro de ella, o mejor dicho era ella, y no tenía que ir a ninguna parte ni hacer nada especial para encontrarlo. Sólo dejarse llevar. Dejarse llevar.
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Para cuando abrió los ojos nuevamente su compañera le estaba observando, sonriente. Se sonrojó.
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—Pensé que no teníais ninguna religión.
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Dhana se retiró el negro pelo de la cara y sus pupilas brillaron intensas.
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—Y no la tenemos. Pero eso no significa que no creamos en la vida y en la energía que la creó, y que se lo agradezcamos —le miró con orgullo—. Yo, como Ser de Agua, creo en la libertad, en la paz y en la igualdad, por eso, por respeto a mí misma, no acepto ninguna teoría ni pertenezco a ningún grupo que no considere a todas las personas con los mismos derechos, especialmente a las mujeres y a los hombres. Y con ello no quiero decir que seamos iguales, no, sino que no debe existir diferencia alguna y mucho menos por la condición masculina o femenina.
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Echó de nuevo a andar en silencio, con andares ágiles y seguros, como las amazonas, las piernas fuertes bajo el cómodo vestido, la mochila al hombro.
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Estela la siguió.
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—Nada debe separarnos a unos y otros —continuó—. Nada. Así como nada debe separarnos del planeta en el que vivimos. Por eso vamos descalzos, porque es la manera de sentir la fuerza que trasmite la Tierra. Cuantos más muros ponemos entre la naturaleza y nosotros, más muros existen a nuestro alrededor y en nuestro interior impidiendo conocernos a nosotros mismos, ya que nuestra propia naturaleza está entrelazada con el planeta que habitamos.
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Al cabo de un rato se detuvo, escrutó el suelo a su alrededor y se dirigió a su derecha, a pocos metros. Allí se puso de rodillas, escarbó en la tierra e hizo un hueco como de un palmo de profundidad del que sacó un agua cristalina, con aspecto dulce y fresca, purificada por el tamiz de las piedras.
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Haciendo un cuenco con la mano la fue sacando poco a poco e introduciéndola en una cantimplora que llevaba en su mochila, hecha con una tela a base de algas fuertemente entrelazas, como todo lo que usaban. Tapó el hueco, dejó todo como estaba y continuó caminando. Más allá crecían unos matojos de hierbas. Arrancó un par de ellas con cuidado de sacar la raíz entera, una raíz gruesa parecida a una patata, y las introdujo también en la mochila.
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—La naturaleza provee de lo necesario para vivir, siempre que no queramos más de lo que necesitamos. Sólo hay que estar atento y saber interpretarla. La tierra cambia de color cuando bajo ella hay bolsas con líquido, y luego está la enorme variedad de plantas existentes, en su mayoría comestibles y curativas. Todo puede aprovecharse, todo, mientras sepamos cómo hacerlo.
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—¿Y si no encuentras nada?
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—Llama al agua y el agua aparecerá. Llama a la comida y la comida aparecerá. Así funciona la vida. Pídelo. Cuando quieres algo intensamente, algo justo que no va contra el Orden Sagrado y que mereces, ese algo ocurre. El universo se encarga de ello.
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—¿Llamar con palabras?
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—Con palabras, con la mente, con el corazón, con lo que prefieras, pero sobre todo haciéndote una con lo que quieres, sintiéndolo dentro de ti, identificándote con ello.
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—Pero si tenéis suficiente para vivir, entonces, ¿por qué trabajáis? —le preguntó la adolescente colocándose a su lado.
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—Escogemos lo que nos gusta y nos enriquece como personas. Si no, no lo haríamos. Y nunca, nunca, por tener más ni acumular bienes materiales.
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—Y a ti te gusta entrenar delfines.
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—Por ahora sí.
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Estela la miró extrañada.
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—¿Cómo por ahora? ¿Es que no es para siempre?
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—Todos nacemos con muchos dones, incluso los Seres de Tierra. La diferencia es que nosotros nos dedicamos durante una época a uno, y si según vamos creciendo queremos desarrollar otro, lo hacemos.
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—¿Y es difícil entrenar animales?
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—No, siempre que les trates de igual a igual y no uses métodos humillantes ni utilices la fuerza. Yo no pretendo hacerles saber quien manda, sino intentar que comprendan que no voy a hacerles daño, que les respeto y les cuidaré en la medida de mis posibilidades, y que si aceptan ser domesticados pasarán a formar parte de nuestro grupo responsabilizándonos de ellos.
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Se volvió hacia Estela con naturalidad.
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—Y tu, ¿a qué te dedicabas allá arriba?
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—Bueno —dudó Estela—. Arriba es distinto. A nuestra edad todavía se nos considera pequeños para esas responsabilidades. Además, antes que nada hay que estudiar durante muchos años.
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—Pero ¿cómo sabes entonces si algo te gusta o no antes de haberlo probado? ¿Y qué haces si pasado ese tiempo te das cuentas de que no es lo tuyo o te interesa hacer otras cosas?
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La joven se encogió de hombros.
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—Imagino que nada. Tras tanto esfuerzo es complicado dar vuelta atrás.
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Ahora la que se encogió de hombros fue su amiga.
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—Pequeños —musitó frunciendo el ceño—. Estudiar durante muchos años. ¿Y cuando aprendéis a tener paciencia? ¿A confiar en el universo?
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Estela también lo frunció.
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—Eso me temo que tenemos que aprenderlo por nuestra cuenta, si es que alguna vez se aprende. .
Siguieron andando en silencio durante varias horas en dirección al norte, camino de las montañas, como dijera Dhana. Pero no llegaron a su destino. Cuando se adentraron en una zona en la que una ligera bruma envolvía el azulado ambiente de Oceania, un muchacho descendió por una colina y les salió al paso. Tendría unos trece años aunque su cuerpo, que mostraba en casi su totalidad al ir con un corto pareo como toda vestimenta, era fuerte y desarrollado.
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Estela se sobresaltó.
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—No te preocupes, es Nhiso. Nacimos de la misma madre —dijo su amiga.
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Pero no era su inesperada presencia lo que le inquietaba a la joven. Había algo extraño en él. Se estremeció. Nunca había sentido nada parecido antes. El corazón se le aceleró. Y de repente, como si una voz interior se lo dijera, supo que hay quienes estando en el vientre de la madre ya son distintos. Vienen al mundo con los ojos abiertos, sabiendo, como si fueran almas antiguas que hubieran vuelto a la Tierra para llevar a cabo una misión inacabada en su anterior existencia. Y eso hace que su percepción de la realidad sea diferente, que no vivan el tiempo de la misma manera que los demás y que les delate una mirada demasiado penetrante.
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Dhana corroboró la sensación.
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—Es el séptimo hijo de una séptima hija —musitó con respeto interrumpiendo su presentimiento, y luego calló dejando que el silencio le contara el resto. Silencio que le habló de que no sería la única vez que se verían, que junto a él los momentos serían terriblemente intensos y que pasaría a ser una parte importante de su vida.
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Cuando el muchacho llegó hasta donde estaban se detuvo, clavó en ellas su mirada, una mirada honda, negra, como negros eran sus ojos, y comenzó a hablar en extraño idioma. Dhana asentía con gesto serio. Luego extendió la mano. El muchacho le dio un papel lleno de símbolos, lo miró y dijo de inmediato:
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—Cambio de planes.
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Estela observaba a Nhiso absorta.
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—¿Qué ocurre? —reaccionó al fin.
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—Es Thuro —se expresó su amiga—. Ya te lo contaré más adelante. Ahora no hay tiempo. Hay que regresar. Han adelantado el rito a Sothis y eso me intriga. Nos esconderemos hasta que se haga nuevamente de noche y volveremos ocultas en la oscuridad.
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—Seguidme —exclamó el más pequeño de los hermanos.
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Siguieron al muchacho por la neblinosa ladera de la montaña hasta llegar a un grupo de rocas, lo bordearon, ascendieron por el sendero que quedaba entre dos altas peñas y encontraron escondida tras un muro y a ras del suelo una estrecha grieta. Se asomaron pero no vieron donde acababa. De su interior salían grandes nubes de vapor. Nhiso se arrodilló y se introdujo en ella aferrándose a unas muescas en la pared. Las chicas le imitaron. Enseguida empezaron todos a sudar, hacía mucho calor, aunque podían moverse holgadamente gracias a que la grieta se había hecho mucho más grande. El muchacho desapareció tras unas rocas y Dhana comenzó a desnudarse.
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—Quítate la ropa —le dijo a Estela.
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—¿Y eso por qué? —se negó ella.
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—Porque si no lo haces estarás dentro de poco empapada, y luego, al salir, terminarás pillando una pulmonía. ¿Te parece eso bastante razonamiento?
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La adolescente dudó.
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—¿Y si vuelve?
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Dhana bromeó.
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—¿Si vuelve quién? Ah, te refieres a Nhiso. No le des mayor importancia —cambió el tono de voz—. Al fin y al cabo todos nacemos desnudos, ¿no es cierto?, y si lo piensas bien no es realmente nosotros, sino algo que nos viene dado y que algún día tendremos que abandonar. Pero aún así, si quieres, puedes taparte con esto. Vaya, junto a la medusa no eras tan vergonzosa
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Le lanzó a la cara una delicada tela, insuficiente y bastante provocadora.
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—Esto no tiene nada que ver con lo que sucedió en el agua —se excusó la adolescente poniéndosela torpemente por encima—. Aquello era muy distinto.
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Dhana se desnudó del todo y, dándole la espalda, dobló sus ropas antes de introducirlas en la bolsa.
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—Sería distinto, pero te aseguro que ahora también estamos en peligro.
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Estela no contestó. El que vieran su cuerpo desnudo le importaba, claro que le importaba. Al fin y al cabo se había criado con ese condicionamiento, pero le importaba mucho más aún que vieran desnudo su interior. Nhiso acababa de regresar y le observaba fijamente, y ella sentía como si le estuviera atravesando cada poro de su piel y llegara a sus pensamientos, a sus sentimientos, a sus debilidades, causándole un inmenso pudor. El pudor de mostrarse como realmente era. De que le conocieran de verdad.
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El muchacho también iba sin ropa y no tenía ninguna intención de taparse. Sus andares seguros dejaban traslucir una insospechada madurez para su edad, y aunque poseía anchos hombros y un cuerpo bien formado, no era alto. Tenía el pelo liso y negro al igual que su hermana, pero sus ojos eran oscuros y su mirada tan profunda que incluso daba miedo. Delatando el linaje del que provenía unas serpientes se retorcían en torno a sus brazos. Sin embargo, así como en Dhana se quedaban en los codos, las suyas ascendían hasta las axilas.
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Estela bajó la mirada. Nhiso avanzó hasta sentarse a su lado. Todos permanecían en silencio. El calor les hacía sudar copiosamente. Hasta que de improviso Nhiso habló.
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—Te conozco, te he visto en sueños —le dijo.
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La joven entrelazó los brazos entorno a las rodillas y se tapó todo lo que pudo con la gasa.
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—Si es así espero que fuera con algo más de ropa —bromeó turbada, intentando salir del apuro.
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—Tenías miedo y frío —continuó el muchacho haciendo caso omiso de sus comentarios—. Buscabas un techo en el que cobijarte, pero las piedras caídas no podían darte abrigo. Estabas empapada. Olías a lluvia y a mar.
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Al oír sus palabras Estela se sobresaltó. Recordaba perfectamente la escena a la que se refería. Sucedió en la superficie, justo al llegar a las ruinas del castillo de la Piedra Santa y poco antes de introducirse en el túnel. Estaba mojada por la tormenta y por haber resbalado en el estrecho sendero de losas. No había nadie más allí. ¿Cómo diablos podía saberlo ese niño?
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El estómago se le encogió.
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—¿Y que más viste?
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Se lo preguntó en pasado, pero Nhiso le respondió en presente, en un presente dolorosamente cercano.
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—Veo en tu interior a una niña fuerte, encarando con valentía los retos de la vida, y a otra niña abrumada siempre a punto de echarse a llorar —puso con ternura la mano sobre su rodilla—. No te rindas, lo estás haciendo muy bien.
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Se hizo el silencio. La adolescente no oía nada. Nada salvo el latido de su propio corazón que palpitaba solo, como sola se había criado ella sintiéndose abandonada, incomprendida, perdida. Como todavía se seguía sintiendo a veces ahora, igual que una niña pequeña necesitada de afecto, de todo ese afecto que le faltó día tras día desde su infancia y que nadie le había dado. Y toda su vida pasó por su cabeza rápidamente, cada minuto, cada segundo de sus quince años, cada alegría, cada pena. Y se vio sufriendo, con la mirada perdida en el techo de su habitación, intentando encontrarle una salida al abismo en el que se veía sumida. Y buscando obsesionada caracolas en la playa, a las que se aferraba pues era lo único que le transmitía ternura y seguridad. Y escuchando bajo enormes mantas las leyendas de un farero amargado y más perdido aún que ella. Y paliando la brutal soledad a la que había sido sometida con un animal salvaje, encontrado en el bosque, mientras esperaba ansiosa la llegada una vez más de Ulises. Ulises. Si es que el mar se lo permitía.
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Y también se vio sentada en lo alto del acantilado frente a la inmensidad del océano sintiéndose diferente a los demás y suplicándole por encontrarle sentido a su vida. Y todo eso le había conducido hasta allí, hasta lo que estaba viviendo esos días, hasta lo que era, hasta comenzar a descubrir realmente quién era. Y entonces comprendió que, aunque a veces el camino hubiera resultado largo y penoso, había merecido la pena.
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Alzo la cabeza y miró a Nhiso con ojos vidriosos, suplicantes. Y luego los cerró y apoyó la cabeza en las rodillas. Y al hacerlo oyó el rumor del mar, aunque desde allí fuera imposible. Y el piar de las gaviotas al rozar las alas contra el agua, el romper de las olas contra las rocas, el chocar de la quilla de los barcos contra la superficie. Y también olía la sal que todo ello desprendía. Porque había salitre por todas partes. Toneladas de salitre y de caracolas que le hablaban contándole que había algo más, y de espuma flotando en el aire. Y esa espuma le daba en la cara y descendía por su mejilla en forma de amarga gota salada.
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—¿Estás bien? —le preguntó Dhana viendo una lágrima deslizarse por su rostro.
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—Estoy bien —respondió ella sin moverse. Pero no, no lo estaba. Acababa de caer en la cuenta de que no quería irse de allí, ni quedarse para siempre. ¿Qué diría cuando los del Consejo le preguntaran en cuál de los dos mundos deseaba vivir? ¿Cómo iba a ser capaz de decidirse por uno u otro? No, no quería perder a los que estaban allá arriba, ni tampoco lo que tenía ahora: una gente sincera entre la que poder crecer interiormente.
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No, negó con la cabeza sintiéndose más perdida que nunca. Cualquier decisión que tomara le haría daño, cualquier determinación le dolería. No, no quería, no, sufrió temiendo que hiciera lo que hiciera estaba igualmente condenada. ¿Por qué eran tan complicadas las cosas? ¿Por qué? ¿Por qué?
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Miró a Nhiso en busca de ayuda, y el muchacho simplemente le sonrió. Llegaba la hora de partir. Se vistieron, treparon por las muescas de la pared y salieron al exterior. Y una vez afuera de la grieta descendieron por la senda entre las peñas y se separaron, ellas caminando monte abajo y Nhiso en dirección contraria.
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No se despidió, no dijo adiós, pero según desaparecía en lontananza Estela se volvió y le miró con sentimientos encontrados. Por una parte le inspiraba miedo, pero por otra ya le echaba de menos. Como si le hubiera conocido desde siempre y necesitara volverle a ver.
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Anochecía. El mar se tiñó de un extraño colorido entre azul y rosa mezclados con destellos plateados. Los peces daban sus últimos coletazos antes de esconderse. Pronto llegaría la noche. Pronto saldrían los depredadores más temibles de los fondos oceánicos y las aguas se convertirían en un inmenso campo de batalla salpicado de pequeñas luces, en el que cualquiera tenía las mismas posibilidades de comer que de ser comido. Estela iba callada, y Dhana le preguntó qué le pasaba.
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—Pienso en mi madre y en que he perdido una magnífica oportunidad de encontrarla.
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—No digas tonterías. Tu madre no estaba en la fiesta ni tampoco lo está en Oceania. Es imposible. Ya te lo contaron los del Consejo.
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—¿Y tú me dices eso? —estalló la adolescente liberando la tensión que le acompañaba hace días—. ¿Tú? —apretó la mandíbula con fuerza—. Y también parece imposible que exista una ciudad sumergida bajo el mar y aquí me tienes, viviendo bajo millones de litros de agua salada, caminando tranquilamente por el fondo marino y recién salida de una gruta que vomita nubes de vapor. Ahí es nada. Pero aquí no acaba todo. No. Encima estoy en compañía de alguien que dice pertenecer a una raza olvidada y perdida, opuesta pero complementaria a los que viven en tierra firme y en las que se divide la humanidad desde el principio de los tiempos: los Seres de Tierra y los Seres de Agua. Sí señor, lo que oyen, todo muy lógico y natural. Absolutamente creíble. Vamos, que lo cuento en la superficie y me envían derechita al loquero.
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—Vivas donde vivas y lo admitas o no tú eres un Ser de Agua, y por mucho que lo niegues o lo rechaces siempre lo serás porque eso se lleva en el corazón y en la sangre —explicó paciente Dhana—. Y con respecto a habitar bajo el mar, lo has podido comprobar con tus propios ojos, no tiene nada de extraño. Ha sido una proeza de la naturaleza.
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—Ya, pero eso de que soy un Ser de Agua no lo supe hasta que me lo dijisteis. Y en efecto, ahora que se quienes sois y donde vivís no me queda más remedio que creerlo, pero si me lo hubieran contado hace meses me parecería una broma, jamás me lo tragaría —se revolvió Estela—. Y digo yo que, por la misma razón, es posible que exista una manera de entrar en este mundo que todavía no conozcáis, ¿no? Tal vez no la hayáis descubierto, o tal vez alguien lo sepa pero quiera mantenerlo en secreto. ¿No puede ser que mi madre hubiera sido atrapada al igual que intentan atraparnos a nosotros ahora? O si no, ¿qué crees que pretende ese monstruo llamado Escila enviando a sus esbirros en nuestra busca? ¿Invitarnos a otra fiesta?
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Dhana torció el gesto.
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—Sabes perfectamente que soy la primera en desconfiar de ella. No me gusta nada. Lleva años planeando algo pero no consigo adivinar el qué. Y con respecto a lo de tu madre, podría ser perfectamente lo que dices, pero lo que intento explicarte es que no es probable. Aún así me has convencido, he aprendido la lección, nunca más diré que algo es totalmente imposible. ¿De acuerdo?
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La adolescente se tranquilizó.
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—De acuerdo.
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Alcanzaron la llanura a media noche, dejaron atrás la meseta horadada de cuevas en la que vivía Estela y continuaron caminando por los senderos de bordes altos, parecidos a trincheras, que les llegaban a la cintura. Nadie les vio y ellas no vieron a nadie. Todo era silencio. Todo tranquilidad. Todo oscuridad bajo el inmenso océano.
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—Por cierto, Thuro decía en su carta que esta vez el ritual tiene que ver con un extraño meteorito procedente de Sirio B, y que tú sabes de qué va la cosa —susurró Dhana en voz apenas perceptible—. ¿Me lo puedes explicar?
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No, la adolescente no sabía qué explicarle porque realmente no estuvo demasiado atenta cuando el muchacho se lo contó. Un fallo enorme. Pero un pálpito le dijo que algo extraño estaba sucediendo. Algo que tenía que ver con los Seres de Tierra y los Seres de Agua. Con las palabras que le dedicara Escila el día de la fiesta pretendiendo horadar su mente y su espíritu con ambición y poder.
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Y entonces le vino a la mente el hermoso cántico que entonara Parténope. El que contaba de las caracolas que los habitantes de las profundidades enviaban a las costas, provistas de mensajes, para que aquellos que hablaban el lenguaje del alma no olvidaran quienes eran mientras contemplaban ese mar con el que tanto se identificaban. De una sabiduría ancestral perdida por la ignorancia de los hombres y el paso del tiempo. De que el planeta estaba enfermo desde que ambas razas se separaron. De que sólo su unión le devolvería el equilibrio y la paz. Y tras repetírselo echó a correr hasta lo alto del acantilado por el que accediera días atrás a Oceania dejando atrás sus miedos.

2 comentarios:

Verónica dijo...

No sé con quince años, pero, a los cuarenta, sí, puedo decirlo: no todo es posible. No importa las ganas que le pongas, lo que te esfuerces, lo vital que sea para tí, lo necesario .... No todo se puede.

Es una suerte que Estela, todavía, no lo sepa. Estela y todas las Estelas del mundo, las reales y las ficticias. A esa edad, todavía se puede creer en ello. Eso sí, en cuanto pasen unos años, se lo contamos, ¿vale? Que luego pasa lo que pasa y una se lleva unos berrinches descomunales.

Aquí me quedo, esperando la continuación ....

Paloma Puya dijo...

Aquí llega la continuación, Verónica, y la respuesta a tan paciente lectora que, pese a tener el libro (me consta pues vi con mis propios ojos cómo lo comprabas, incluso me atreví a poner unas palabras en él), sigue el viaje que es este blog y que en ocasiones tarda semanas en estar el siguiente capítulo.

No sé qué habría que decirle a Estela porque desde luego yo, con el paso de los años, descubro cada vez más que nada es como me lo contaban, nada lo que imaginaba, nada lo que por aquel entonces creía.

Y tal vez se pueda mucho más de lo que creemos, o no, sólo que no sabemos cómo llegar a ello. Quien sabe. Lo único que tengo claro es que estamos aquí, y que cada uno debe escribir su propia historia.

Gracias nuevamente por estar ahí.