viernes 16 de enero de 2009

24 - EL RITO

Subieron a la superficie aún sabiendo que nadie que no tuviera permiso podía hacerlo. Pero no les importó. No había tiempo que perder. El ritual iba a celebrarse de un momento a otro. Todos los que formaban el Consejo de Ancianos se encontraban arriba, en el islote de la Piedra Santa. Y Escila estaba con ellos.
.
Después de que tras varias horas de viaje el vehículo movido con energía procedente de las olas les dejara en una oscura y pequeña sala, hicieron a la inversa el recorrido por el que Estela pasara días atrás. Al final se encontraron frente a un muro de obsidiana, que giraron con tan sólo la leve presión de sus manos, y salieron al exterior. Dos Tritones de piedra contemplaban con ojos fríos, sin vida, un grandioso espectáculo. Comenzaba a clarear. Y donde había miles de estrellas desvaneciéndose en un negro azulado firmamento, una de ellas cobraba fuerza.
.
Dhana se quedó extasiada. Su mirada pasaba de mar al cielo y del cielo al mar, impresionada por la visión de un universo que desconocía. Sin embargo Estela trepó rauda a lo alto de las rocas cercanas al agua para ver lo que sucedía.
.
A lo lejos, en mitad de las ruinas, unas sombras situadas en círculo permanecían de pie. Reunidos en torno a una plancha de piedra, el relieve egipcio, el cabecilla del Consejo de Ancianos realizaba una serie de gestos con las manos. Ritos arcanos acompañados de letanías. A su lado, en un altar improvisado sobre las caídas piedras, yacía un guijarro de aspecto vulgar y triste color opaco. Pero al verlo la joven sintió una extraña vibración recorrerle el cuerpo, la inquietante sensación de encontrarse frente a algo que ocultaba un poderoso secreto.
.
Fue cuando le vinieron a la mente las palabras de Thuro que apenas escuchó y que ardieron en su cerebro abrasándoselo como abrasa una llama ardiente: que la estrella Sirio, Sothis, como le llamaban los antiguos Egipcios, ejercía una enorme influencia sobre la tierra marcando los meses del año en los que el Nilo inundaba las tierras del delta, y que tenía un compañero, Sirio B, del que habían encontrado un meteorito que los esbirros de Escila estaban estudiando.
.
Y entonces lo asoció, nunca supo cómo, con la idea de que los Seres de Agua podían influir en casos concretos en la naturaleza, como decían que hacía la estrella. Que según las leyendas que le contaba el farero el monstruo conocido antiguamente como Escila tenía un compañero hacia el que empujaba los barcos, el descomunal agujero que se abría en las aguas, la boca del mar. Que las monedas de oro que guardaba su descendiente en el palacio sólo se encontraban en una sima próxima a la costa, inalcanzable para los habitantes de Oceania y en una zona casualmente siempre revuelta. Que estando ese extraño ser presente, años atrás, su madre sufrió un accidente en ese mismo lugar y en parecidas condiciones que le arrojo a la playa. Y que últimamente planeaba algo, algo malvado. Y todo ello le dio la clave. Escila era capaz de invocar a los remolinos. Pero esta vez no iba a ser un remolino cualquiera. No. Sino Caribdis, el más brutal que el mundo jamás viera.
.
¿Pero cómo lo iba a hacer? ¿Cómo? ¿De dónde iba a sacar la enorme fuerza necesaria?
.
Pese a que el corazón le latía dolorosamente en el pecho Estela consiguió agudizar la vista. Junto al Consejo de Ancianos se perfilaba una mole, una inmensa e inquietante mole que cubría su rostro con una máscara de plata y el cuerpo con una enorme túnica dorada, que le cubría por entero bajo ella se adivinaban formas capaces de helar la sangre a cualquiera. Formas de un ser mitad bestia mitad persona, a medio camino entre monstruosidad y mujer, entre demonio y diosa. Escila.
.
De la túnica salía una garra que sujetaba un bastón de madera trenzada con un cristal como remate en su extremo superior. A un movimiento suyo todos los allí reunidos dirigieron a la vez la vista hacia donde indicaba el palo. Se trataba de una señal. La estrella tenía en esa época del año nacimiento helíaco, lo que significaba que precedía al sol. Ya clareaba. Iba a amanecer. La ceremonia había finalizado.
.
Uniendo sus manos los presentes entonaron al unísono un hermoso canto de despedida, momento en que Escila hincó el bastón en el suelo.
.
Nadie se fijó en el hecho, nadie se preocupó por su ademán. Nadie menos Estela, que vio en ello la malicia del gesto estudiado. Sabía que si las aguas subían la isla entera quedaría bajo el nivel del mar, el túnel anegado, la puerta de acceso al Reino de las Profundidades destruida para siempre, los Seres de Agua que habitaban en tierra firme incomunicados. Llevada por el horror buscó a su alrededor algo que le diera una pista. Situadas cerca de ellas descubrió a una arquera, apuntando con una flecha al cielo. Miró a Dhana inquisitiva.
.
—Es el final de la ceremonia —negó la muchacha con la cabeza—. Intenta recordar al sol que debe salir a ofrecer un nuevo día, y si no lo hiciera, la lanzaría para despertarle. Un símbolo sin importancia.
.
Según lo decía el firmamento rompió en un proverbial estallido de colores. Arrebatadores tonos rosas se mezclaron salvajemente con violetas, amarillos, azules, naranjas, proyectándose sobre el mar y confiriéndole un verdoso matiz de vida. No hizo falta que actuara la arquera. Acto seguido una fina cuña incandescente comenzó a despuntar en el horizonte. El primer rayo de sol salió despedido hacia la atmósfera, cruzó el océano y llegó hasta la isla iluminando por riguroso orden las rocas, la tierra, las ruinas del castillo, hasta alcanzar la parte superior del bastón abandonado.
El rayo atravesó limpiamente el cristal e incidió, aumentada su luminosidad, sobre el altar en el que yacía el meteorito, del que surgieron pequeñas y juguetonas centellas que revolotearon inofensivas por el aire y fueron a caer al mar.

Absortos en el cántico los ancianos permanecían ajenos a lo sucedido y Dhana nuevamente deslumbrada por la naturaleza. Sólo Estela miró más allá, a lo lejos, para descubrir el girar de unas oscuras aguas alimentadas por una poderosa fuerza sobrenatural. Y esas aguas se convirtieron en remolino. Remolino que fue adquiriendo desorbitada velocidad al tiempo que crecía en tamaño hasta hacerse monstruoso. Entonces, con rugido ensordecedor, se elevó entre las olas a modo de tornado líquido adquiriendo la altura de un acantilado, y sin importarle el viento ni los obstáculos avanzó sobre la isla dispuesto a engullirla.
.
El cielo se oscureció. A un grito de alarma los allí reunidos volvieron sus miradas hacia atrás desconcertados. Pero ya era tarde, Caribdis se alzaba en todo su esplendor resurgiendo con la fuerza de antaño perdida a lo largo de generaciones y alzándose victorioso sobre el mar.
.
Orgullosa de su proeza, Escila se acercó con torpeza al bastón atravesado todavía por el rayo y se aferró a él triunfal.
.
A Estela le hubiera gustado abalanzarse sobre la espantosa mujer y arrebatárselo, pero la distancia era grande y la oportunidad de conseguirlo difícil, ya que parecía ser más fuerte que ella. Se quedó quieta en el sitio, sin saber qué hacer. Hasta que una voz resonó en su cabeza: ser como el agua, el agua trabaja en equipo, pierde el protagonismo por el bien de los demás. Fue cuando se aproximó rauda a la arquera, le arrebató el arco y la flecha y se los lanzó con ágil gesto a su amiga.
.
—¡El rayo! ¡El cristal! —gritó para hacerse oír.
.
Dhana los cogió al vuelo, y pese a sus escuetas palabras comprendió enseguida lo que Estela intentaba explicarle. El haz de luz que atravesaba la transparente punta del cayado ocasionaba el temporal. Al traspasar el cristal aumentaba considerablemente su potencia, y al incidir sobre el meteorito daba como resultado una tremenda fuerza que producía la aparición del tornado.
.
Aunque lejos del objetivo la joven tensó la cuerda, respiró hondo, entrecerró los ojos apuntando al blanco como tenía por costumbre cuando practicaba el tiro al arco y, haciéndose una con la saeta, retiró los dedos con suavidad. La flecha cruzó el aire y fue directa al objetivo. Con el roce de la afilada punta el cristal se quebró en infinitos pedazos, permitiendo que el rayo que lo atravesaba siguiera libre su camino. Rota la cadena del mal, el inmenso remolino surgido del océano perdió la fuerza que lo sustentaba y se desplomó de golpe, dejando caer el agua que transportaba sobre los asistentes al ritual. Una lluvia inusual de líquido salado, algas y peces tras la que no hubo heridos, sólo miradas atónitas destacando en cuerpos empapados.

2 comentarios:

Verónica dijo...

La cadena del mal ..... ¡Cómo me gustaría a mí romperla ahora!

Permanezco por aquí, algo más ausente, pero, como siempre, enganchada a la historia. Estoy en uno de esos momentos que, si me quitas las historias, me caigo al suelo.

Menos mal que tenemos los libros ....

Paloma dijo...

No te caigas, Verónica, aguanta. Pero qué te puedo decir a ti, que eres una gran luchadora. Ya sabes lo que tienes que hacer. Siempre lo has hecho y esta vez no va a ser menos. Saldrás adelante, con historias o sin ellas.

Perdona por otra parte por la tardanza, me temo que yo sí que estoy ausente. El trabajo y el vivir me tienen atrapada. Y en cuanto al "Mal"... es una faena pero ahí tiene que estar. Sino no habría "Bien". Besos fuertes y ánimo, que llega la primavera, y las cosas con bonita luz se ven de forma diferente...