
Si la brisa es el aliento, el océano es la sangre de la Tierra. Nunca descansa. Nunca duerme. Siempre está en movimiento. Porque si se detiene muere, y con él moriríamos todos. Influye en el clima y el ánimo, en las costas, en el planeta, al que hace latir al igual que hace latir nuestros corazones. Sus habitantes viven un eterno viaje que sólo termina con la muerte. Su supervivencia depende de ello y lo saben, por eso que recorren prados de hierba submarina, desiertos oceánicos, bosques de algas, y una vez llegados a su destino, regresan y vuelven a empezar. Pero siempre existen santuarios marinos, alivios del alma, remansos de paz.
.
El cálido vapor dejaba su huella en las hermosas columnas de la sala rosácea, deslizando en forma de transparente reguero salado. Inmersos en la piscina los Seres de Agua puros, sin mezcla, jugaban alegremente. Y reían salpicándose unos a otros, y persiguiéndose, y buceando para esconderse bajo el incesante oleaje formado con el movimiento de sus aletas finales parecidas a colas de pez. Por todas partes se oían risas, el caer del agua, y de cuando en cuando una ronca voz. En uno de los escalones del graderío la más anciana de las sirenas, como tantas otras tardes, mantenía una interesante conversación con una joven de encrespado pelo caoba y ojos color del océano.
.
El cálido vapor dejaba su huella en las hermosas columnas de la sala rosácea, deslizando en forma de transparente reguero salado. Inmersos en la piscina los Seres de Agua puros, sin mezcla, jugaban alegremente. Y reían salpicándose unos a otros, y persiguiéndose, y buceando para esconderse bajo el incesante oleaje formado con el movimiento de sus aletas finales parecidas a colas de pez. Por todas partes se oían risas, el caer del agua, y de cuando en cuando una ronca voz. En uno de los escalones del graderío la más anciana de las sirenas, como tantas otras tardes, mantenía una interesante conversación con una joven de encrespado pelo caoba y ojos color del océano.
.
Y ante sus palabras la adolescente musitaba dolida:
.
.
—No pudo probarse nada contra Escila.
.
.
—¿Nada nuevamente? —preguntó la exótica anciana de piel blanca, arrugada y olor a jabón.
.
.
—Así fue, como te lo digo —insistió—. El Consejo de Ancianos consideró que todo había sido un accidente. Un accidente. ¿Te lo puedes creer?
.
.
La joven estaba tan enfadada que le costaba encontrar la manera de definir lo sucedido.
.
.
—Fue aterrador —gesticuló a la vez con el rostro y las manos—. Ella tuvo la culpa de todo. Maquinó un perverso plan para destrozar la puerta de entrada a Oceania y que así unos y otros seres no pudieran volver a reunirse jamás, el planeta eternamente desequilibrado, un caos que aprovecharía para hacerse con el poder. Es malvada, cruel. No entiendo cómo no han podido probar nada contra ella. ¿Cómo creen entonces que ha sucedido algo así, por casualidad?
.
.
Tomó aire y continuó.
.
.
—Éste es un mundo lleno de gente maravillosa, ¿no teméis que acabe contagiando a los demás? ¿Que todos se vuelvan como ese monstruo? No, éste no es su sitio. Si pudiera la echaría yo misma de aquí. La expulsaría para siempre de las profundidades, como dicen que hicieron siglos atrás con las sire...
.
.
Calló. Parténope le escuchaba atenta, sin interrumpirla. Quería que la joven se desahogara expulsando la rabia y el enojo que llevaba dentro. Que los sintiera, sí, pero que luego los dejara marchar. No era bueno que se le quedaran dentro, impedían el fluir del espíritu, bloqueaban la energía, negaban la percepción de la belleza. Y hasta que terminó de hablar no le dedicó una de sus coquetas sonrisas unida al exagerado repertorio de aspavientos.
.
.
—¡Ah niña! Adoro tu ímpetu, tu juventud, la manera radical en que ves las cosas. Pero no, el planeta no es de los buenos ni de los malos, no pertenece a nadie, simplemente es. Y tan necesarios son los unos como los otros para que gire. ¿Cómo conoceríamos el amor si no existiera el odio? ¿El calor sin el frío? ¿La hermosura sin lo atroz? En el mundo terrestre hay lobos, osos, serpientes y gente que se comporta como tales, en el mundo del agua ballenas, tiburones, delfines y seres así también, y todos, todos sin excepción tienen derecho a existir, su razón de ser. No, nosotros no somos quienes para juzgar a nadie. Para eso está el universo.
.
.
La anciana movía incansable la aleta final que poseía en lugar de piernas. Los tonos verde azulados de las escamas, mezclados con plata, lanzaban destellos al aire haciendo que la cálida bruma adquiriera de cuando en cuando un tono tornasolado y dándole un mágico toque de encantamiento. Disfrutaba de esas plácidas tardes junto a Estela, la joven venida de la superficie por la que sentía un cariño especial. Y con la voz más dulce y llena de ternura que nunca, brotada de lo más profundo de su corazón, le dijo:
.
.
—Confía en que existe una justicia universal. Lo creas o no, la vida termina poniendo a cada uno en su sitio. Mi querida, mi queridísima niña, te queda mucho por aprender.
.
.
Hizo una pausa larga, meditada, tras la que continuó lentamente poco después.
.
.
—Piensa que la vida es un viaje a través del alma. Y en ese viaje de ti y sólo de ti depende el rumbo que tomes. Que crezcas por el camino. Que la travesía merezca la pena. No pierdas ni un segundo en odios ni rencores. No te estanques. No malgastes tu existencia. No sabemos cuando tiempo nos queda de estar aquí, así es que no lo desperdicies y sigue adelante.
.
.
Hizo una pausa. Y luego su voz retumbó grave en la alta sala.
.
.
—Y hablando de seguir adelante, ya han pasado dos semanas.
.
.
Fue decirlo y todos los allí presentes dejaron de jugar y se volvieron al tiempo. Se hizo el silencio. Un silencio denso, cruel.
.
.
—¿Ya? —titubeó la adolescente. Había llegado el temible momento de decidir entre quedarse en Oceania o volver a Portamaris, y al pensarlo el corazón le dolió.
.
.
Cerró los ojos unos instantes para traer a la memoria todo que le esperaba en la superficie. Luego los abrió y miró a su alrededor. El estómago le dio un vuelco. No, se sentía incapaz de decidir. ¿Cómo podría vivir el resto de su vida sin Ulises, sin el farero, sin Ronda, sin Glis, sin ese maravilloso paisaje al que tanto amaba y estaba acostumbrada desde que nació? ¿Por dónde pasearía al atardecer? ¿Qué mar lamería sus pies y qué viento enredaría su pelo transmitiéndole una increíble sensación de estar viva, de libertad? ¿Quién le cogería de la mano y le diría en un susurro al oído que siempre, siempre podría contar con él? Se le hizo un nudo en la garganta. No, ni tampoco podría vivir sin volver a ver a Dhana o a Parténope, sin bucear en ese océano inmenso cruzado por plateados haces de luz, sin tener la sensación de que era comprendida sin reservas, la posibilidad de volver a estar junto a Nhiso. Inspiró temblorosa. ¿Qué iba a ser de ella? ¿Qué?
.
.
—Entonces, ¿tengo que tomar una decisión? —musitó al fin.
.
.
La respuesta que escuchó la dejó helada.
.
.
—No, ya no tienes que tomarla, el Consejo de Ancianos ha decidido por ti.
.
.
No se oyó nada en la sala. Nada. Ni chapoteos, ni el caer del agua ni ninguna respiración. Nada. El silencio fue absoluto.
.
.
—¿Decidir por mí? —la voz de la joven se quebró—. Entonces, ¿lo que yo piense no importa?
.
.
Las lágrimas acudieron a sus ojos, y ella se las limpió con rabia.
.
.
—No me lo puedo creer. ¿Cómo han podido hacerlo? ¿Cómo se han atrevido?
.
.
La anciana cerró los ojos unos instantes, respiró hondo y los abrió.
.
.
—Han mirado en tu corazón.
.
.
En su corazón. En ese corazón que en esos momentos se contraía más y más en el pecho de la joven según escuchaba las palabras de la vieja sirena. Y cada latido nuevo era un nuevo sufrimiento que amenazaba con hacerlo estallar. La vida era injusta. Fuera cual fuera el dictamen estaba igualmente condenada.
.
.
—Estela, aquí hacemos las cosas así —dijo con ternura la anciana—. Buscamos en nuestros corazones. Y si no sabemos cómo hacerlo, o no vemos nada, los demás nos ayudan.
.
.
La explicación no convenció a la adolescente, que se revolvió rebelde.
.
.
—¿Y se puede saber qué han visto en el mío?
.
.
Se hizo nuevamente el silencio. Un silencio eterno, a ojos de la joven. Hasta que la exótica mujer habló.
.
.
—Que mereces ser Embajadora.
.
.
—¿Embajadora?
.
.
Estela se quedó perpleja. No se lo podía creer. De repente se abalanzó sobre Parténope y la abrazó con todas sus fuerzas. El corazón le palpitaba desbocado. Una enorme sonrisa estiraba su boca. Ya no tenía que decidirse por uno u otro mundo. Ya no tenía que marcharse de Oceania ni olvidarse de Portamaris y los que había dejado atrás. Pertenecería a los dos lugares. Le devolverían el Medallón Sagrado y con él la posibilidad de usarlo libremente, de volver a la costa que tanto amaba, de regresar al lado de Ulises, del farero, de Ronda, de Glis. Además de poder continuar aprendiendo junto a aquella maravillosa mujer y estar en ese increíble mundo.
.
.
Parténope se echó a reír, y con su risa volvieron a reír todos los que se bañaban en la piscina de aguas templadas, a salpicarse, a jugar, a bucear.
.
.
Estela deshizo lentamente el abrazo y volvió a su sitio. Respiró hondo.
.
.
—¿Y ahora qué sucede? —le dijo la anciana.
.
.
—No sé, estoy nerviosa. No puedo dejar de pensar en qué haré a partir de ahora.
.
.
La anciana le acarició el hombro.
.
.
—Estarás mirando, oyendo, con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra, y con las dos mitades del alma mirarás el mundo.
.
.
Hubo una pausa.
.
.
—Y también puedes hacer algo más —añadió—. ¿Por qué no lo escribes?
.
.
La sonrisa de la adolescente se convirtió en desconcierto.
.
.
—¿Escribir el qué?
.
.
—Lo que estás viviendo.
.
.
—Pero yo... —titubeó la joven indecisa, echándose el pelo hacia atrás—. No sabría cómo hacerlo. Además, a nadie le interesaría.
.
.
—Escríbelo y ahí quedará —le animó la anciana—. A ti te ayudará a conocerte. Y quizá, si alguien lo lee, le ayude a conocerse también. Y tal vez con suerte se lo pase a otra persona, y ésta a otra, y aquélla a otra más formando una cadena, una hermosa e interminable cadena de entendimiento y paz que haga que unos y otros seres se comprendan y se acepten a sí mismos, se respeten y dejen de luchar. Estela, la gran división no es lo masculino y lo femenino, como muchos creen. La gran división de la humanidad son los Seres de Tierra y los Seres de Agua. Y hasta que en cada empresa que se inicie no estén equiparados unos y otros, hasta que en cada decisión que se tome y en cada ladrillo que se ponga no participen ambos por igual, el mundo estará desequilibrado, enfermo. Como si sólo hubiera sol y nunca luna. O siempre luna y jamás sol.
.
.
—¿Y qué puedo contar? —preguntó ella.
.
.
Y entonces las palabras de la anciana se dejaron oír con suave cadencia por toda la deslumbrante, enorme sala, llenando de ilusiones cada espacio, cada rincón.
.
.
—Cuenta que todos somos Ulises, el rey de Ítaca, en busca cada uno de su propio sueño. Que navegamos en un océano de emociones a bordo de la goleta de la incertidumbre, velas de esperanza desplegadas sobre inquietantes mares de espuma. Que nos saldrán al paso cientos de rocallas contra las que nos estrellaremos o en las que nos extraviaremos creyendo que no hay salida. Huracanes de desconsuelo que nos azotarán el corazón, noche oscura del alma. Tormentas de soledad que inundarán nuestros ojos llenándolos de soledad y faltos de valor. Vendavales de melancolía. Temporales de cólera. Remolinos de tristeza. Pero que si no flaqueamos, si no desfallecemos, acabaremos ese sueño por alcanzar. Que no hay que rendirse. Que tenemos de perseverar. Y que aunque no lo creamos llegar al final no es lo más importante, sino lo que aprendamos por el camino.
.
.
Tomó aire y se ajustó el chal, que tendía a resbalarse por sus hombros desnudos.
.
.
—Porque también encontraremos alentadoras aguas calmas y transparentes, cálida brisa, doradas ensenadas de felicidad. Y cuenta, cuenta también que no estamos solos. Que en el mundo, aunque no lo veamos a simple vista, hay sirenas. Y que esas sirenas alimentan con su sensibilidad a los demás transmitiéndoles fuerzas para continuar.
.
.
Se hizo el silencio.
.
.
—No puedo decirles eso —negó Estela con la cabeza—. Ellos creen que las sirenas eran malas, unas enredadoras, que con sus cantos y sus palabras engañaban a la gente para ahogarles en el mar. Y dicen que sólo el rey Ulises pudo salvarse tras escucharlas, y fue porque estaba atado al palo mayor de pies y manos.
.
.
Parténope sonrió con tristeza.
.
.
—Querida, el rey Ulises se habría salvado igualmente aunque no hubiera estado atado. Él tenía un sueño, y lo que hicieron las sirenas fue mostrárselo para que no lo olvidara, recordarle que tenía un por qué para vivir. Sin embargo aquellos que se lanzaban al agua para alcanzar a tan extraordinarios seres no lo tenían, estaban vacíos por dentro, y convirtieron la primera cosa atractiva con la que se encontraron en su norte, en su obsesión. Así no es de extrañar que se lanzaran por la borda para seguirlas.
.
.
Calló. De fondo se oía el arrullo de las ballenas que se extendía por un océano claro e infinito. El pasar de los bancos de peces deslizándose, moviéndose al compás. El rumor del agua llena de plata y sal.
.
.
—Pero tú, tú cuenta que cada vez que una frase nos conmueve, o un cuadro, o una canción, o simplemente un gesto, una mirada o una conversación, cada vez que algo nos llega al alma y nos infunde aliento para seguir adelante, estamos escuchando sus cantos.
.
.
Se mesó el pelo haciendo que varias de las caracolas enredadas en él cayeran sobre los escalones en los que estaban sentadas.
.
.
—Esos maravillosos Seres de Agua, los que habitan en tierra firme, ignoran quienes son y de dónde proceden. Pero cuando contemplan el caer de la lluvia o una puesta de sol, cuando alzan la mirada al firmamento y observan la inmensidad cubierta de estrellas, cuando ven el resplandor de la luna llena reflejada en el mar, no pueden evitar que el tiempo se detenga y algo se sobrecoja en su interior. Y es que son gente que valoran la libertad por encima de todo, para los que el soñar no tiene límites, ni el entregarse, ni el amar. Gente que se emocionan con un abrazo cuando el abrazo es de verdad, que admiran lo vivo, lo hermoso, lo bello, que hablan con el corazón, que les conmueve ver sufrir a los demás. Son gente...
.
.
Parténope calló. Pero su voz, cargada de sabiduría, de esa sabiduría que hace latir el universo desde el principio de los tiempos, quedó en el aire y se entremezcló con el canto de las ballenas y los delfines. Y Estela, que contemplaba conmovida cómo el océano, allá en lo alto, les envolvía con su inmenso manto azul plagado de vida, plagado de esperanza y de luz, cogió una caracola del suelo, la estrechó contra su pecho y susurró con los ojos empañados en lágrimas.
.
—Gente que llora cuando escucha la voz antigua del mar.
2 comentarios:
Después de un tiempo de despiste y algo así como encierro vital voluntario, aterrizo para acompañarte en el final de tu aventura. Quizás, tras leer este capítulo, lo mejor que pueda decir es que he sentido que estaba escuchando el "Viatge a Itaca" de Lluis Llach, así, al completo.
La música que más me gusta escuchar, la que mejor me acompaña, la que me vuelve más sensible, la que más me acaricia ....
Sí, idéntico mensaje, idéntica musicalidad, idéntico el sentir que todo se puede conseguir, si uno pone de su parte. Una vez más, gracias, Paloma
Coincidimos en varias cosas, Verónica, en lo del encierro voluntario (el mío va ya por varios años, salvo alguna que otra feria y evento al que no me queda más remedio que ir, y mira que le estoy cogiendo el gustillo a eso de la soledad, pero soledad en compañía, ¿eh?, y de la buena, de la de verdad).
Otra cosa en la que coincidimos es el viaje a Itaca, el poema de Kavafis, (ése que tanto me impresionó y que reflejo en éste último capítulo).
Y luego está la versión musical de Lluis Llach. Una auténtica delicia. Por cierto, ¿conoces de él "Un pont de mar blava"? Mediterraneo puro. Mar a lo bestia. Lo pongo y me emociono, sólo te digo eso.
Ah, y también coincimos en el sentir, y en que a veces se nos pasan las semanas sin contestar. Así es la vida. Besos fuertes, y gracias a ti.
Publicar un comentario en la entrada