
Era de noche y un joven pescador paseaba por la cubierta del barco incapaz de dormir. Él, que había vivido cientos de tempestades en alta mar sin apenas inmutarse, cientos de tormentas que a punto estuvieron de hundir el bajel, ahora se doblegaba ante la más terrible de todas, la tempestad que asolaba su corazón. Estela había desaparecido, y desde entonces sufría un terrible dolor.
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Y se torturaba a sí mismo preguntándose por qué tuvo que marcharse esa maldita mañana a un lejano viaje, por qué la dejó sola contemplando el horizonte tras decirle adiós. Recordaba perfectamente su rostro, su pelo, su olor. Y la tristeza que emanaba la joven al verle partir ese día se había transformado ahora en su tristeza. Y su pena en su pesar. Y su sufrimiento, en una terrible opresión que amenazaba con desgarrarle por dentro.
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Ya nada le importaba. Todo lo engullía un hondo vacío. Y sólo le consolaba pensar que quizá alguna vez pudiera producirse un milagro que le permitiera verla de nuevo, aunque fuera únicamente un instante, para demostrarle lo que nunca supo decirle con palabras. Pero ese momento no iba a llegar nunca. Nunca. No.
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El casco inesperadamente se estremeció y una extraña ráfaga de viento le azotó el rostro. El muchacho alzó la cabeza y escudriñó en lontananza con sus ojos gris verdosos para ver de qué se trataba, estaba de guardia.
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Pero el océano permanecía tranquilo. Navegaban desde hacía días rumbo a casa, ahora en aguas de Portamaris, la lejana, olvidada y abrupta costa de la que salió hacía apenas dos semanas huyendo de la brutal realidad. Se abrochó el cuello del abrigo. Sentía frío. Frío y soledad atenazándole el pecho, y los ojos, y la garganta. El alma le flaqueó. Podía con todo, con todo, menos pensar en perderla, como se perdía la espuma entre las olas y el costado del bajel. Y de repente, estando en la proa del barco, de noche y frente a la vasta inmensidad del mar, se echó a llorar. Se sentía como Ulises, el rey de Ítaca, perdida toda esperanza. Se rendía. Ya no quería vivir más.
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Entonces comenzó a clarear.
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Fue cuando oyó una melodía. Una melodía distante a la vez que hechizadora, inquietante, celestial, como cuentan que era el canto de las sirenas. Miró a estribor intrigado. A lo lejos, entre sombras, se divisaba una extraña y oscura masa de agua cerca del islote de la Piedra Santa alzándose como una torre sobre el mar. Y cuando esa masa acuosa y negra cayó no pudo más que sacudir la cabeza incrédulo. El corazón se le encogió. El agua se había transformado en una hermosa joven que corría entre las rocas del islote situado en mitad de la bahía, con largas piernas de adolescente, el cuerpo delgado y la rojiza melena al viento. Era ella, ella. Y Ulises al verla, al igual que el valeroso héroe de leyenda y llevado por una extraña fuerza que le brotaba del interior, gritó lleno de pasión el nombre de su amada.
2 comentarios:
¿Fin del viaje? Sí, ya sé que sabes que dispongo del libro y que podría saberlo con sólo abrirlo, pero, hice una promesa, y, las promesas deben cumplirse.
Si es así, me alegro de haberte acompañado, o, mejor dicho, de que me hayas dejado acompañarte. Ha sido todo un lujo este tú a tú, en directo.
Lucía, mi sobrina, ya ha aprendido a leer. Le quedan unos años antes de que esta inmensa historia, dedicada además, caiga entre sus manos, pero, aquí está, aguardando. Le llegará con otra historia: la mía y la tuya y la de este viaje lleno de palabras y comentarios.
Gracias por hacerme mucho más cómodo mi recorrido vital en estos últimos tiempos adversos. Algún día tal vez podamos tomarnos un café y reirnos de todo ello.
Un abrazo inmenso.
Fin del viaje no, Verónica. Quizá de éste tan singular y hermoso que hemos iniciado. Pero me da a mí que el viaje que en el que estamos embarcados no acaba nunca. O si acaba, nos queda muchísimo que aprender antes de descubrirlo.
Creencias filosóficas aparte, (me ha dado el punto, dado lo que pasa a nuestro alrededor tengo que encontrarle un sentido a ese tan trillado "¿qué hacemos aquí?"), éste viaje literario tiene continuación en otro libro ya publicado, "Los Seres de Agua", pues la historia entre Ulises y Estela no podía acabar así. Me niego. Pero por ahora no me dan las fuerzas para iniciar otro libro-blog. Me temo que trabajo demasiado. O me multiplico demasiado. No sé. El caso es que no paro y necesito centrarme en cosas más urgentes.
Pero no puedo marcharme sin decirte que ha sido un verdadero placer. Que admiro tu paciencia en no abrir el libro que ya posees. Y que tu constancia, esa que te ha hecho venir a verme durante todos estos meses, es grandiosa.
Besos fuertes, muy fuertes, y pronto te escribiré un email. Que seas feliz.
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