<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589</id><updated>2011-08-03T01:01:28.096+02:00</updated><title type='text'>La voz antigua del mar</title><subtitle type='html'>Novela</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>28</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-5800680098587372855</id><published>2009-11-17T18:59:00.004+01:00</published><updated>2009-11-17T19:10:14.364+01:00</updated><title type='text'></title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SwLmgCPqxsI/AAAAAAAAAc4/yxQD02rglII/s1600/Estela+2+portada+a+tamaÃ±o.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5405135940830807746" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 229px; CURSOR: hand; HEIGHT: 320px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SwLmgCPqxsI/AAAAAAAAAc4/yxQD02rglII/s320/Estela+2+portada+a+tama%C3%B1o.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Durante varios meses he ido publicando por capítulos esta novela en el blog. Pero como cualquier lector nuevo que llegue sin saber de qué va la cosa se va a encontrar de repente con el último capítulo, y probablemente con el despiste de leerse sin querer el final de la novela, añado este post final y recuerdo que para leer el libro sólo hay que ir pinchando en los capítulos del índice que hay en el lateral derecho. Así como añado también la portada del segundo libro y con el que continúa la historia, LOS SERES DE AGUA (para los que no lo sepáis, de la editorial Compañía Oriental de la Tinta). &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Gracias por estar ahí, al otro lado de la red, y espero que los disfrutéis.&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-5800680098587372855?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/5800680098587372855/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=5800680098587372855' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/5800680098587372855'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/5800680098587372855'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2009/11/durante-varios-meses-he-ido-publicando.html' title=''/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SwLmgCPqxsI/AAAAAAAAAc4/yxQD02rglII/s72-c/Estela+2+portada+a+tama%C3%B1o.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-1595524647306688406</id><published>2009-03-31T16:57:00.007+02:00</published><updated>2009-04-02T09:03:15.087+02:00</updated><title type='text'>EPÍLOGO</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SdIxEEvcTdI/AAAAAAAAAcA/exMP1IqBjew/s1600-h/Pesquero+retocado+prueba+copia.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5319368055939943890" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 147px; CURSOR: hand; HEIGHT: 79px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SdIxEEvcTdI/AAAAAAAAAcA/exMP1IqBjew/s400/Pesquero+retocado+prueba+copia.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Era de noche y un joven pescador paseaba por la cubierta del barco incapaz de dormir. Él, que había vivido cientos de tempestades en alta mar sin apenas inmutarse, cientos de tormentas que a punto estuvieron de hundir el bajel, ahora se doblegaba ante la más terrible de todas, la tempestad que asolaba su corazón. Estela había desaparecido, y desde entonces sufría un terrible dolor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y se torturaba a sí mismo preguntándose por qué tuvo que marcharse esa maldita mañana a un lejano viaje, por qué la dejó sola contemplando el horizonte tras decirle adiós. Recordaba perfectamente su rostro, su pelo, su olor. Y la tristeza que emanaba la joven al verle partir ese día se había transformado ahora en su tristeza. Y su pena en su pesar. Y su sufrimiento, en una terrible opresión que amenazaba con desgarrarle por dentro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Ya nada le importaba. Todo lo engullía un hondo vacío. Y sólo le consolaba pensar que quizá alguna vez pudiera producirse un milagro que le permitiera verla de nuevo, aunque fuera únicamente un instante, para demostrarle lo que nunca supo decirle con palabras. Pero ese momento no iba a llegar nunca. Nunca. No.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El casco inesperadamente se estremeció y una extraña ráfaga de viento le azotó el rostro. El muchacho alzó la cabeza y escudriñó en lontananza con sus ojos gris verdosos para ver de qué se trataba, estaba de guardia.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Pero el océano permanecía tranquilo. Navegaban desde hacía días rumbo a casa, ahora en aguas de Portamaris, la lejana, olvidada y abrupta costa de la que salió hacía apenas dos semanas huyendo de la brutal realidad. Se abrochó el cuello del abrigo. Sentía frío. Frío y soledad atenazándole el pecho, y los ojos, y la garganta. El alma le flaqueó. Podía con todo, con todo, menos pensar en perderla, como se perdía la espuma entre las olas y el costado del bajel. Y de repente, estando en la proa del barco, de noche y frente a la vasta inmensidad del mar, se echó a llorar. Se sentía como Ulises, el rey de Ítaca, perdida toda esperanza. Se rendía. Ya no quería vivir más.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Entonces comenzó a clarear.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Fue cuando oyó una melodía. Una melodía distante a la vez que hechizadora, inquietante, celestial, como cuentan que era el canto de las sirenas. Miró a estribor intrigado. A lo lejos, entre sombras, se divisaba una extraña y oscura masa de agua cerca del islote de la Piedra Santa alzándose como una torre sobre el mar. Y cuando esa masa acuosa y negra cayó no pudo más que sacudir la cabeza incrédulo. El corazón se le encogió. El agua se había transformado en una hermosa joven que corría entre las rocas del islote situado en mitad de la bahía, con largas piernas de adolescente, el cuerpo delgado y la rojiza melena al viento. Era ella, ella. Y Ulises al verla, al igual que el valeroso héroe de leyenda y llevado por una extraña fuerza que le brotaba del interior, gritó lleno de pasión el nombre de su amada.&lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-1595524647306688406?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/1595524647306688406/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=1595524647306688406' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1595524647306688406'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1595524647306688406'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2009/03/epilogo.html' title='EPÍLOGO'/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SdIxEEvcTdI/AAAAAAAAAcA/exMP1IqBjew/s72-c/Pesquero+retocado+prueba+copia.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-2842540067837646367</id><published>2009-02-25T17:02:00.005+01:00</published><updated>2009-03-08T15:53:15.232+01:00</updated><title type='text'>25 - LA RESPUESTA</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SbEcnoizwgI/AAAAAAAAAbo/cq8xTZBwqbc/s1600-h/Caracola+25.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5310056902870417922" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 89px; CURSOR: hand; HEIGHT: 125px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SbEcnoizwgI/AAAAAAAAAbo/cq8xTZBwqbc/s400/Caracola+25.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Si la brisa es el aliento, el océano es la sangre de la Tierra. Nunca descansa. Nunca duerme. Siempre está en movimiento. Porque si se detiene muere, y con él moriríamos todos. Influye en el clima y el ánimo, en las costas, en el planeta, al que hace latir al igual que hace latir nuestros corazones. Sus habitantes viven un eterno viaje que sólo termina con la muerte. Su supervivencia depende de ello y lo saben, por eso que recorren prados de hierba submarina, desiertos oceánicos, bosques de algas, y una vez llegados a su destino, regresan y vuelven a empezar. Pero siempre existen santuarios marinos, alivios del alma, remansos de paz. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El cálido vapor dejaba su huella en las hermosas columnas de la sala rosácea, deslizando en forma de transparente reguero salado. Inmersos en la piscina los Seres de Agua puros, sin mezcla, jugaban alegremente. Y reían salpicándose unos a otros, y persiguiéndose, y buceando para esconderse bajo el incesante oleaje formado con el movimiento de sus aletas finales parecidas a colas de pez. Por todas partes se oían risas, el caer del agua, y de cuando en cuando una ronca voz. En uno de los escalones del graderío la más anciana de las sirenas, como tantas otras tardes, mantenía una interesante conversación con una joven de encrespado pelo caoba y ojos color del océano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y ante sus palabras la adolescente musitaba dolida:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No pudo probarse nada contra Escila.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Nada nuevamente? —preguntó la exótica anciana de piel blanca, arrugada y olor a jabón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Así fue, como te lo digo —insistió—. El Consejo de Ancianos consideró que todo había sido un accidente. Un accidente. ¿Te lo puedes creer?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La joven estaba tan enfadada que le costaba encontrar la manera de definir lo sucedido.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Fue aterrador —gesticuló a la vez con el rostro y las manos—. Ella tuvo la culpa de todo. Maquinó un perverso plan para destrozar la puerta de entrada a Oceania y que así unos y otros seres no pudieran volver a reunirse jamás, el planeta eternamente desequilibrado, un caos que aprovecharía para hacerse con el poder. Es malvada, cruel. No entiendo cómo no han podido probar nada contra ella. ¿Cómo creen entonces que ha sucedido algo así, por casualidad?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Tomó aire y continuó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Éste es un mundo lleno de gente maravillosa, ¿no teméis que acabe contagiando a los demás? ¿Que todos se vuelvan como ese monstruo? No, éste no es su sitio. Si pudiera la echaría yo misma de aquí. La expulsaría para siempre de las profundidades, como dicen que hicieron siglos atrás con las sire...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Calló. Parténope le escuchaba atenta, sin interrumpirla. Quería que la joven se desahogara expulsando la rabia y el enojo que llevaba dentro. Que los sintiera, sí, pero que luego los dejara marchar. No era bueno que se le quedaran dentro, impedían el fluir del espíritu, bloqueaban la energía, negaban la percepción de la belleza. Y hasta que terminó de hablar no le dedicó una de sus coquetas sonrisas unida al exagerado repertorio de aspavientos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¡Ah niña! Adoro tu ímpetu, tu juventud, la manera radical en que ves las cosas. Pero no, el planeta no es de los buenos ni de los malos, no pertenece a nadie, simplemente es. Y tan necesarios son los unos como los otros para que gire. ¿Cómo conoceríamos el amor si no existiera el odio? ¿El calor sin el frío? ¿La hermosura sin lo atroz? En el mundo terrestre hay lobos, osos, serpientes y gente que se comporta como tales, en el mundo del agua ballenas, tiburones, delfines y seres así también, y todos, todos sin excepción tienen derecho a existir, su razón de ser. No, nosotros no somos quienes para juzgar a nadie. Para eso está el universo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana movía incansable la aleta final que poseía en lugar de piernas. Los tonos verde azulados de las escamas, mezclados con plata, lanzaban destellos al aire haciendo que la cálida bruma adquiriera de cuando en cuando un tono tornasolado y dándole un mágico toque de encantamiento. Disfrutaba de esas plácidas tardes junto a Estela, la joven venida de la superficie por la que sentía un cariño especial. Y con la voz más dulce y llena de ternura que nunca, brotada de lo más profundo de su corazón, le dijo:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Confía en que existe una justicia universal. Lo creas o no, la vida termina poniendo a cada uno en su sitio. Mi querida, mi queridísima niña, te queda mucho por aprender.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Hizo una pausa larga, meditada, tras la que continuó lentamente poco después.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Piensa que la vida es un viaje a través del alma. Y en ese viaje de ti y sólo de ti depende el rumbo que tomes. Que crezcas por el camino. Que la travesía merezca la pena. No pierdas ni un segundo en odios ni rencores. No te estanques. No malgastes tu existencia. No sabemos cuando tiempo nos queda de estar aquí, así es que no lo desperdicies y sigue adelante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Hizo una pausa. Y luego su voz retumbó grave en la alta sala.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y hablando de seguir adelante, ya han pasado dos semanas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Fue decirlo y todos los allí presentes dejaron de jugar y se volvieron al tiempo. Se hizo el silencio. Un silencio denso, cruel.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Ya? —titubeó la adolescente. Había llegado el temible momento de decidir entre quedarse en Oceania o volver a Portamaris, y al pensarlo el corazón le dolió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Cerró los ojos unos instantes para traer a la memoria todo que le esperaba en la superficie. Luego los abrió y miró a su alrededor. El estómago le dio un vuelco. No, se sentía incapaz de decidir. ¿Cómo podría vivir el resto de su vida sin Ulises, sin el farero, sin Ronda, sin Glis, sin ese maravilloso paisaje al que tanto amaba y estaba acostumbrada desde que nació? ¿Por dónde pasearía al atardecer? ¿Qué mar lamería sus pies y qué viento enredaría su pelo transmitiéndole una increíble sensación de estar viva, de libertad? ¿Quién le cogería de la mano y le diría en un susurro al oído que siempre, siempre podría contar con él? Se le hizo un nudo en la garganta. No, ni tampoco podría vivir sin volver a ver a Dhana o a Parténope, sin bucear en ese océano inmenso cruzado por plateados haces de luz, sin tener la sensación de que era comprendida sin reservas, la posibilidad de volver a estar junto a Nhiso. Inspiró temblorosa. ¿Qué iba a ser de ella? ¿Qué?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Entonces, ¿tengo que tomar una decisión? —musitó al fin.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La respuesta que escuchó la dejó helada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No, ya no tienes que tomarla, el Consejo de Ancianos ha decidido por ti.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;No se oyó nada en la sala. Nada. Ni chapoteos, ni el caer del agua ni ninguna respiración. Nada. El silencio fue absoluto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Decidir por mí? —la voz de la joven se quebró—. Entonces, ¿lo que yo piense no importa?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Las lágrimas acudieron a sus ojos, y ella se las limpió con rabia.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No me lo puedo creer. ¿Cómo han podido hacerlo? ¿Cómo se han atrevido?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana cerró los ojos unos instantes, respiró hondo y los abrió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Han mirado en tu corazón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;En su corazón. En ese corazón que en esos momentos se contraía más y más en el pecho de la joven según escuchaba las palabras de la vieja sirena. Y cada latido nuevo era un nuevo sufrimiento que amenazaba con hacerlo estallar. La vida era injusta. Fuera cual fuera el dictamen estaba igualmente condenada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Estela, aquí hacemos las cosas así —dijo con ternura la anciana—. Buscamos en nuestros corazones. Y si no sabemos cómo hacerlo, o no vemos nada, los demás nos ayudan.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La explicación no convenció a la adolescente, que se revolvió rebelde.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y se puede saber qué han visto en el mío?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se hizo nuevamente el silencio. Un silencio eterno, a ojos de la joven. Hasta que la exótica mujer habló.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Que mereces ser Embajadora.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Embajadora?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela se quedó perpleja. No se lo podía creer. De repente se abalanzó sobre Parténope y la abrazó con todas sus fuerzas. El corazón le palpitaba desbocado. Una enorme sonrisa estiraba su boca. Ya no tenía que decidirse por uno u otro mundo. Ya no tenía que marcharse de Oceania ni olvidarse de Portamaris y los que había dejado atrás. Pertenecería a los dos lugares. Le devolverían el Medallón Sagrado y con él la posibilidad de usarlo libremente, de volver a la costa que tanto amaba, de regresar al lado de Ulises, del farero, de Ronda, de Glis. Además de poder continuar aprendiendo junto a aquella maravillosa mujer y estar en ese increíble mundo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Parténope se echó a reír, y con su risa volvieron a reír todos los que se bañaban en la piscina de aguas templadas, a salpicarse, a jugar, a bucear.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela deshizo lentamente el abrazo y volvió a su sitio. Respiró hondo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y ahora qué sucede? —le dijo la anciana.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No sé, estoy nerviosa. No puedo dejar de pensar en qué haré a partir de ahora.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana le acarició el hombro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Estarás mirando, oyendo, con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra, y con las dos mitades del alma mirarás el mundo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Hubo una pausa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y también puedes hacer algo más —añadió—. ¿Por qué no lo escribes?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La sonrisa de la adolescente se convirtió en desconcierto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Escribir el qué?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Lo que estás viviendo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero yo... —titubeó la joven indecisa, echándose el pelo hacia atrás—. No sabría cómo hacerlo. Además, a nadie le interesaría.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Escríbelo y ahí quedará —le animó la anciana—. A ti te ayudará a conocerte. Y quizá, si alguien lo lee, le ayude a conocerse también. Y tal vez con suerte se lo pase a otra persona, y ésta a otra, y aquélla a otra más formando una cadena, una hermosa e interminable cadena de entendimiento y paz que haga que unos y otros seres se comprendan y se acepten a sí mismos, se respeten y dejen de luchar. Estela, la gran división no es lo masculino y lo femenino, como muchos creen. La gran división de la humanidad son los Seres de Tierra y los Seres de Agua. Y hasta que en cada empresa que se inicie no estén equiparados unos y otros, hasta que en cada decisión que se tome y en cada ladrillo que se ponga no participen ambos por igual, el mundo estará desequilibrado, enfermo. Como si sólo hubiera sol y nunca luna. O siempre luna y jamás sol.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y qué puedo contar? —preguntó ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y entonces las palabras de la anciana se dejaron oír con suave cadencia por toda la deslumbrante, enorme sala, llenando de ilusiones cada espacio, cada rincón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Cuenta que todos somos Ulises, el rey de Ítaca, en busca cada uno de su propio sueño. Que navegamos en un océano de emociones a bordo de la goleta de la incertidumbre, velas de esperanza desplegadas sobre inquietantes mares de espuma. Que nos saldrán al paso cientos de rocallas contra las que nos estrellaremos o en las que nos extraviaremos creyendo que no hay salida. Huracanes de desconsuelo que nos azotarán el corazón, noche oscura del alma. Tormentas de soledad que inundarán nuestros ojos llenándolos de soledad y faltos de valor. Vendavales de melancolía. Temporales de cólera. Remolinos de tristeza. Pero que si no flaqueamos, si no desfallecemos, acabaremos ese sueño por alcanzar. Que no hay que rendirse. Que tenemos de perseverar. Y que aunque no lo creamos llegar al final no es lo más importante, sino lo que aprendamos por el camino.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Tomó aire y se ajustó el chal, que tendía a resbalarse por sus hombros desnudos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Porque también encontraremos alentadoras aguas calmas y transparentes, cálida brisa, doradas ensenadas de felicidad. Y cuenta, cuenta también que no estamos solos. Que en el mundo, aunque no lo veamos a simple vista, hay sirenas. Y que esas sirenas alimentan con su sensibilidad a los demás transmitiéndoles fuerzas para continuar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se hizo el silencio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No puedo decirles eso —negó Estela con la cabeza—. Ellos creen que las sirenas eran malas, unas enredadoras, que con sus cantos y sus palabras engañaban a la gente para ahogarles en el mar. Y dicen que sólo el rey Ulises pudo salvarse tras escucharlas, y fue porque estaba atado al palo mayor de pies y manos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Parténope sonrió con tristeza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Querida, el rey Ulises se habría salvado igualmente aunque no hubiera estado atado. Él tenía un sueño, y lo que hicieron las sirenas fue mostrárselo para que no lo olvidara, recordarle que tenía un por qué para vivir. Sin embargo aquellos que se lanzaban al agua para alcanzar a tan extraordinarios seres no lo tenían, estaban vacíos por dentro, y convirtieron la primera cosa atractiva con la que se encontraron en su norte, en su obsesión. Así no es de extrañar que se lanzaran por la borda para seguirlas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Calló. De fondo se oía el arrullo de las ballenas que se extendía por un océano claro e infinito. El pasar de los bancos de peces deslizándose, moviéndose al compás. El rumor del agua llena de plata y sal.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero tú, tú cuenta que cada vez que una frase nos conmueve, o un cuadro, o una canción, o simplemente un gesto, una mirada o una conversación, cada vez que algo nos llega al alma y nos infunde aliento para seguir adelante, estamos escuchando sus cantos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se mesó el pelo haciendo que varias de las caracolas enredadas en él cayeran sobre los escalones en los que estaban sentadas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Esos maravillosos Seres de Agua, los que habitan en tierra firme, ignoran quienes son y de dónde proceden. Pero cuando contemplan el caer de la lluvia o una puesta de sol, cuando alzan la mirada al firmamento y observan la inmensidad cubierta de estrellas, cuando ven el resplandor de la luna llena reflejada en el mar, no pueden evitar que el tiempo se detenga y algo se sobrecoja en su interior. Y es que son gente que valoran la libertad por encima de todo, para los que el soñar no tiene límites, ni el entregarse, ni el amar. Gente que se emocionan con un abrazo cuando el abrazo es de verdad, que admiran lo vivo, lo hermoso, lo bello, que hablan con el corazón, que les conmueve ver sufrir a los demás. Son gente...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Parténope calló. Pero su voz, cargada de sabiduría, de esa sabiduría que hace latir el universo desde el principio de los tiempos, quedó en el aire y se entremezcló con el canto de las ballenas y los delfines. Y Estela, que contemplaba conmovida cómo el océano, allá en lo alto, les envolvía con su inmenso manto azul plagado de vida, plagado de esperanza y de luz, cogió una caracola del suelo, la estrechó contra su pecho y susurró con los ojos empañados en lágrimas. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Gente que llora cuando escucha la voz antigua del mar.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-2842540067837646367?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/2842540067837646367/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=2842540067837646367' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/2842540067837646367'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/2842540067837646367'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2009/02/25-la-respuesta.html' title='25 - LA RESPUESTA'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SbEcnoizwgI/AAAAAAAAAbo/cq8xTZBwqbc/s72-c/Caracola+25.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-222026471170627372</id><published>2009-01-16T15:46:00.003+01:00</published><updated>2009-01-16T15:58:08.419+01:00</updated><title type='text'>24 - EL RITO</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SXCfg7BnOTI/AAAAAAAAAGI/ZR86Nhp8V2Q/s1600-h/Caracola+24.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5291904950109419826" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 106px; CURSOR: hand; HEIGHT: 165px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SXCfg7BnOTI/AAAAAAAAAGI/ZR86Nhp8V2Q/s320/Caracola+24.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Subieron a la superficie aún sabiendo que nadie que no tuviera permiso podía hacerlo. Pero no les importó. No había tiempo que perder. El ritual iba a celebrarse de un momento a otro. Todos los que formaban el Consejo de Ancianos se encontraban arriba, en el islote de la Piedra Santa. Y Escila estaba con ellos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Después de que tras varias horas de viaje el vehículo movido con energía procedente de las olas les dejara en una oscura y pequeña sala, hicieron a la inversa el recorrido por el que Estela pasara días atrás. Al final se encontraron frente a un muro de obsidiana, que giraron con tan sólo la leve presión de sus manos, y salieron al exterior. Dos Tritones de piedra contemplaban con ojos fríos, sin vida, un grandioso espectáculo. Comenzaba a clarear. Y donde había miles de estrellas desvaneciéndose en un negro azulado firmamento, una de ellas cobraba fuerza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Dhana se quedó extasiada. Su mirada pasaba de mar al cielo y del cielo al mar, impresionada por la visión de un universo que desconocía. Sin embargo Estela trepó rauda a lo alto de las rocas cercanas al agua para ver lo que sucedía.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;A lo lejos, en mitad de las ruinas, unas sombras situadas en círculo permanecían de pie. Reunidos en torno a una plancha de piedra, el relieve egipcio, el cabecilla del Consejo de Ancianos realizaba una serie de gestos con las manos. Ritos arcanos acompañados de letanías. A su lado, en un altar improvisado sobre las caídas piedras, yacía un guijarro de aspecto vulgar y triste color opaco. Pero al verlo la joven sintió una extraña vibración recorrerle el cuerpo, la inquietante sensación de encontrarse frente a algo que ocultaba un poderoso secreto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Fue cuando le vinieron a la mente las palabras de Thuro que apenas escuchó y que ardieron en su cerebro abrasándoselo como abrasa una llama ardiente: que la estrella Sirio, Sothis, como le llamaban los antiguos Egipcios, ejercía una enorme influencia sobre la tierra marcando los meses del año en los que el Nilo inundaba las tierras del delta, y que tenía un compañero, Sirio B, del que habían encontrado un meteorito que los esbirros de Escila estaban estudiando.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Y entonces lo asoció, nunca supo cómo, con la idea de que los Seres de Agua podían influir en casos concretos en la naturaleza, como decían que hacía la estrella. Que según las leyendas que le contaba el farero el monstruo conocido antiguamente como Escila tenía un compañero hacia el que empujaba los barcos, el descomunal agujero que se abría en las aguas, la boca del mar. Que las monedas de oro que guardaba su descendiente en el palacio sólo se encontraban en una sima próxima a la costa, inalcanzable para los habitantes de Oceania y en una zona casualmente siempre revuelta. Que estando ese extraño ser presente, años atrás, su madre sufrió un accidente en ese mismo lugar y en parecidas condiciones que le arrojo a la playa. Y que últimamente planeaba algo, algo malvado. Y todo ello le dio la clave. Escila era capaz de invocar a los remolinos. Pero esta vez no iba a ser un remolino cualquiera. No. Sino Caribdis, el más brutal que el mundo jamás viera.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;¿Pero cómo lo iba a hacer? ¿Cómo? ¿De dónde iba a sacar la enorme fuerza necesaria?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Pese a que el corazón le latía dolorosamente en el pecho Estela consiguió agudizar la vista. Junto al Consejo de Ancianos se perfilaba una mole, una inmensa e inquietante mole que cubría su rostro con una máscara de plata y el cuerpo con una enorme túnica dorada, que le cubría por entero bajo ella se adivinaban formas capaces de helar la sangre a cualquiera. Formas de un ser mitad bestia mitad persona, a medio camino entre monstruosidad y mujer, entre demonio y diosa. Escila.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;De la túnica salía una garra que sujetaba un bastón de madera trenzada con un cristal como remate en su extremo superior. A un movimiento suyo todos los allí reunidos dirigieron a la vez la vista hacia donde indicaba el palo. Se trataba de una señal. La estrella tenía en esa época del año nacimiento helíaco, lo que significaba que precedía al sol. Ya clareaba. Iba a amanecer. La ceremonia había finalizado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Uniendo sus manos los presentes entonaron al unísono un hermoso canto de despedida, momento en que Escila hincó el bastón en el suelo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Nadie se fijó en el hecho, nadie se preocupó por su ademán. Nadie menos Estela, que vio en ello la malicia del gesto estudiado. Sabía que si las aguas subían la isla entera quedaría bajo el nivel del mar, el túnel anegado, la puerta de acceso al Reino de las Profundidades destruida para siempre, los Seres de Agua que habitaban en tierra firme incomunicados. Llevada por el horror buscó a su alrededor algo que le diera una pista. Situadas cerca de ellas descubrió a una arquera, apuntando con una flecha al cielo. Miró a Dhana inquisitiva.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Es el final de la ceremonia —negó la muchacha con la cabeza—. Intenta recordar al sol que debe salir a ofrecer un nuevo día, y si no lo hiciera, la lanzaría para despertarle. Un símbolo sin importancia.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Según lo decía el firmamento rompió en un proverbial estallido de colores. Arrebatadores tonos rosas se mezclaron salvajemente con violetas, amarillos, azules, naranjas, proyectándose sobre el mar y confiriéndole un verdoso matiz de vida. No hizo falta que actuara la arquera. Acto seguido una fina cuña incandescente comenzó a despuntar en el horizonte. El primer rayo de sol salió despedido hacia la atmósfera, cruzó el océano y llegó hasta la isla iluminando por riguroso orden las rocas, la tierra, las ruinas del castillo, hasta alcanzar la parte superior del bastón abandonado.&lt;br /&gt;El rayo atravesó limpiamente el cristal e incidió, aumentada su luminosidad, sobre el altar en el que yacía el meteorito, del que surgieron pequeñas y juguetonas centellas que revolotearon inofensivas por el aire y fueron a caer al mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Absortos en el cántico los ancianos permanecían ajenos a lo sucedido y Dhana nuevamente deslumbrada por la naturaleza. Sólo Estela miró más allá, a lo lejos, para descubrir el girar de unas oscuras aguas alimentadas por una poderosa fuerza sobrenatural. Y esas aguas se convirtieron en remolino. Remolino que fue adquiriendo desorbitada velocidad al tiempo que crecía en tamaño hasta hacerse monstruoso. Entonces, con rugido ensordecedor, se elevó entre las olas a modo de tornado líquido adquiriendo la altura de un acantilado, y sin importarle el viento ni los obstáculos avanzó sobre la isla dispuesto a engullirla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El cielo se oscureció. A un grito de alarma los allí reunidos volvieron sus miradas hacia atrás desconcertados. Pero ya era tarde, Caribdis se alzaba en todo su esplendor resurgiendo con la fuerza de antaño perdida a lo largo de generaciones y alzándose victorioso sobre el mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Orgullosa de su proeza, Escila se acercó con torpeza al bastón atravesado todavía por el rayo y se aferró a él triunfal.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;A Estela le hubiera gustado abalanzarse sobre la espantosa mujer y arrebatárselo, pero la distancia era grande y la oportunidad de conseguirlo difícil, ya que parecía ser más fuerte que ella. Se quedó quieta en el sitio, sin saber qué hacer. Hasta que una voz resonó en su cabeza: ser como el agua, el agua trabaja en equipo, pierde el protagonismo por el bien de los demás. Fue cuando se aproximó rauda a la arquera, le arrebató el arco y la flecha y se los lanzó con ágil gesto a su amiga.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¡El rayo! ¡El cristal! —gritó para hacerse oír.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Dhana los cogió al vuelo, y pese a sus escuetas palabras comprendió enseguida lo que Estela intentaba explicarle. El haz de luz que atravesaba la transparente punta del cayado ocasionaba el temporal. Al traspasar el cristal aumentaba considerablemente su potencia, y al incidir sobre el meteorito daba como resultado una tremenda fuerza que producía la aparición del tornado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Aunque lejos del objetivo la joven tensó la cuerda, respiró hondo, entrecerró los ojos apuntando al blanco como tenía por costumbre cuando practicaba el tiro al arco y, haciéndose una con la saeta, retiró los dedos con suavidad. La flecha cruzó el aire y fue directa al objetivo. Con el roce de la afilada punta el cristal se quebró en infinitos pedazos, permitiendo que el rayo que lo atravesaba siguiera libre su camino. Rota la cadena del mal, el inmenso remolino surgido del océano perdió la fuerza que lo sustentaba y se desplomó de golpe, dejando caer el agua que transportaba sobre los asistentes al ritual. Una lluvia inusual de líquido salado, algas y peces tras la que no hubo heridos, sólo miradas atónitas destacando en cuerpos empapados.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-222026471170627372?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/222026471170627372/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=222026471170627372' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/222026471170627372'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/222026471170627372'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2009/01/24-el-rito.html' title='24 - EL RITO'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SXCfg7BnOTI/AAAAAAAAAGI/ZR86Nhp8V2Q/s72-c/Caracola+24.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-8338432193645101644</id><published>2008-12-15T16:19:00.005+01:00</published><updated>2008-12-15T16:38:00.886+01:00</updated><title type='text'>23 - Nhiso</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SUZ2aAmAh1I/AAAAAAAAAac/_q98Ddklo44/s1600-h/Caracola+23.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5280037802346579794" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 170px; CURSOR: hand; HEIGHT: 144px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SUZ2aAmAh1I/AAAAAAAAAac/_q98Ddklo44/s320/Caracola+23.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Caminaron durante toda la noche sin parar, y cuando las primeras luces del amanecer hicieron su aparición se detuvieron. Dhana cerró los ojos, alzó el rostro y extendió las manos ligeramente a los lados con las palmas abiertas. El mar sobre sus cabezas. Los peces nadando. La claridad solar incidiendo sobre las aguas azules, con franjas plateadas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Estela permaneció quieta a su lado, callada, pero después no pudo evitar imitarla. Y al hacerlo descubrió, sorprendentemente, una oleada de tranquilidad recorriéndole el cuerpo. Ascendía despacio desde los dedos de los pies, como si fuera una leve corriente que fue subiendo hasta lo alto de su cabeza, donde quedó alojada proporcionándole la sensación de haberse trasladado momentáneamente a un lugar sin espacio ni tiempo, sin límites de ningún tipo, ni siquiera de cuerpo, sin identidad, como si siempre hubiera existido y siempre existiría porque formaba parte de una fuente inabarcable e interminable. Simplemente era, diluida en algo parecido a un océano. Un océano donde no había miedo, ni preocupaciones, ni prisas, sólo seguridad, seguridad y paz, proporcionándole una sensación tan inigualable que hubiera deseado permanecer así eternamente. Y ese océano estaba dentro de ella, o mejor dicho era ella, y no tenía que ir a ninguna parte ni hacer nada especial para encontrarlo. Sólo dejarse llevar. Dejarse llevar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Para cuando abrió los ojos nuevamente su compañera le estaba observando, sonriente. Se sonrojó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Pensé que no teníais ninguna religión.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Dhana se retiró el negro pelo de la cara y sus pupilas brillaron intensas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Y no la tenemos. Pero eso no significa que no creamos en la vida y en la energía que la creó, y que se lo agradezcamos —le miró con orgullo—. Yo, como Ser de Agua, creo en la libertad, en la paz y en la igualdad, por eso, por respeto a mí misma, no acepto ninguna teoría ni pertenezco a ningún grupo que no considere a todas las personas con los mismos derechos, especialmente a las mujeres y a los hombres. Y con ello no quiero decir que seamos iguales, no, sino que no debe existir diferencia alguna y mucho menos por la condición masculina o femenina.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Echó de nuevo a andar en silencio, con andares ágiles y seguros, como las amazonas, las piernas fuertes bajo el cómodo vestido, la mochila al hombro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Estela la siguió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Nada debe separarnos a unos y otros —continuó—. Nada. Así como nada debe separarnos del planeta en el que vivimos. Por eso vamos descalzos, porque es la manera de sentir la fuerza que trasmite la Tierra. Cuantos más muros ponemos entre la naturaleza y nosotros, más muros existen a nuestro alrededor y en nuestro interior impidiendo conocernos a nosotros mismos, ya que nuestra propia naturaleza está entrelazada con el planeta que habitamos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Al cabo de un rato se detuvo, escrutó el suelo a su alrededor y se dirigió a su derecha, a pocos metros. Allí se puso de rodillas, escarbó en la tierra e hizo un hueco como de un palmo de profundidad del que sacó un agua cristalina, con aspecto dulce y fresca, purificada por el tamiz de las piedras.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Haciendo un cuenco con la mano la fue sacando poco a poco e introduciéndola en una cantimplora que llevaba en su mochila, hecha con una tela a base de algas fuertemente entrelazas, como todo lo que usaban. Tapó el hueco, dejó todo como estaba y continuó caminando. Más allá crecían unos matojos de hierbas. Arrancó un par de ellas con cuidado de sacar la raíz entera, una raíz gruesa parecida a una patata, y las introdujo también en la mochila.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—La naturaleza provee de lo necesario para vivir, siempre que no queramos más de lo que necesitamos. Sólo hay que estar atento y saber interpretarla. La tierra cambia de color cuando bajo ella hay bolsas con líquido, y luego está la enorme variedad de plantas existentes, en su mayoría comestibles y curativas. Todo puede aprovecharse, todo, mientras sepamos cómo hacerlo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Y si no encuentras nada?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Llama al agua y el agua aparecerá. Llama a la comida y la comida aparecerá. Así funciona la vida. Pídelo. Cuando quieres algo intensamente, algo justo que no va contra el Orden Sagrado y que mereces, ese algo ocurre. El universo se encarga de ello.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Llamar con palabras?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Con palabras, con la mente, con el corazón, con lo que prefieras, pero sobre todo haciéndote una con lo que quieres, sintiéndolo dentro de ti, identificándote con ello.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Pero si tenéis suficiente para vivir, entonces, ¿por qué trabajáis? —le preguntó la adolescente colocándose a su lado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Escogemos lo que nos gusta y nos enriquece como personas. Si no, no lo haríamos. Y nunca, nunca, por tener más ni acumular bienes materiales.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Y a ti te gusta entrenar delfines.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Por ahora sí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Estela la miró extrañada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Cómo por ahora? ¿Es que no es para siempre?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Todos nacemos con muchos dones, incluso los Seres de Tierra. La diferencia es que nosotros nos dedicamos durante una época a uno, y si según vamos creciendo queremos desarrollar otro, lo hacemos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Y es difícil entrenar animales?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—No, siempre que les trates de igual a igual y no uses métodos humillantes ni utilices la fuerza. Yo no pretendo hacerles saber quien manda, sino intentar que comprendan que no voy a hacerles daño, que les respeto y les cuidaré en la medida de mis posibilidades, y que si aceptan ser domesticados pasarán a formar parte de nuestro grupo responsabilizándonos de ellos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Se volvió hacia Estela con naturalidad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Y tu, ¿a qué te dedicabas allá arriba?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Bueno —dudó Estela—. Arriba es distinto. A nuestra edad todavía se nos considera pequeños para esas responsabilidades. Además, antes que nada hay que estudiar durante muchos años.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Pero ¿cómo sabes entonces si algo te gusta o no antes de haberlo probado? ¿Y qué haces si pasado ese tiempo te das cuentas de que no es lo tuyo o te interesa hacer otras cosas?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La joven se encogió de hombros.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Imagino que nada. Tras tanto esfuerzo es complicado dar vuelta atrás.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Ahora la que se encogió de hombros fue su amiga.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Pequeños —musitó frunciendo el ceño—. Estudiar durante muchos años. ¿Y cuando aprendéis a tener paciencia? ¿A confiar en el universo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Estela también lo frunció.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Eso me temo que tenemos que aprenderlo por nuestra cuenta, si es que alguna vez se aprende. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Siguieron andando en silencio durante varias horas en dirección al norte, camino de las montañas, como dijera Dhana. Pero no llegaron a su destino. Cuando se adentraron en una zona en la que una ligera bruma envolvía el azulado ambiente de Oceania, un muchacho descendió por una colina y les salió al paso. Tendría unos trece años aunque su cuerpo, que mostraba en casi su totalidad al ir con un corto pareo como toda vestimenta, era fuerte y desarrollado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Estela se sobresaltó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—No te preocupes, es Nhiso. Nacimos de la misma madre —dijo su amiga.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Pero no era su inesperada presencia lo que le inquietaba a la joven. Había algo extraño en él. Se estremeció. Nunca había sentido nada parecido antes. El corazón se le aceleró. Y de repente, como si una voz interior se lo dijera, supo que hay quienes estando en el vientre de la madre ya son distintos. Vienen al mundo con los ojos abiertos, sabiendo, como si fueran almas antiguas que hubieran vuelto a la Tierra para llevar a cabo una misión inacabada en su anterior existencia. Y eso hace que su percepción de la realidad sea diferente, que no vivan el tiempo de la misma manera que los demás y que les delate una mirada demasiado penetrante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Dhana corroboró la sensación.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Es el séptimo hijo de una séptima hija —musitó con respeto interrumpiendo su presentimiento, y luego calló dejando que el silencio le contara el resto. Silencio que le habló de que no sería la única vez que se verían, que junto a él los momentos serían terriblemente intensos y que pasaría a ser una parte importante de su vida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Cuando el muchacho llegó hasta donde estaban se detuvo, clavó en ellas su mirada, una mirada honda, negra, como negros eran sus ojos, y comenzó a hablar en extraño idioma. Dhana asentía con gesto serio. Luego extendió la mano. El muchacho le dio un papel lleno de símbolos, lo miró y dijo de inmediato:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Cambio de planes.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Estela observaba a Nhiso absorta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Qué ocurre? —reaccionó al fin.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Es Thuro —se expresó su amiga—. Ya te lo contaré más adelante. Ahora no hay tiempo. Hay que regresar. Han adelantado el rito a Sothis y eso me intriga. Nos esconderemos hasta que se haga nuevamente de noche y volveremos ocultas en la oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Seguidme —exclamó el más pequeño de los hermanos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Siguieron al muchacho por la neblinosa ladera de la montaña hasta llegar a un grupo de rocas, lo bordearon, ascendieron por el sendero que quedaba entre dos altas peñas y encontraron escondida tras un muro y a ras del suelo una estrecha grieta. Se asomaron pero no vieron donde acababa. De su interior salían grandes nubes de vapor. Nhiso se arrodilló y se introdujo en ella aferrándose a unas muescas en la pared. Las chicas le imitaron. Enseguida empezaron todos a sudar, hacía mucho calor, aunque podían moverse holgadamente gracias a que la grieta se había hecho mucho más grande. El muchacho desapareció tras unas rocas y Dhana comenzó a desnudarse.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Quítate la ropa —le dijo a Estela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Y eso por qué? —se negó ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Porque si no lo haces estarás dentro de poco empapada, y luego, al salir, terminarás pillando una pulmonía. ¿Te parece eso bastante razonamiento?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La adolescente dudó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Y si vuelve?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Dhana bromeó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Si vuelve quién? Ah, te refieres a Nhiso. No le des mayor importancia —cambió el tono de voz—. Al fin y al cabo todos nacemos desnudos, ¿no es cierto?, y si lo piensas bien no es realmente nosotros, sino algo que nos viene dado y que algún día tendremos que abandonar. Pero aún así, si quieres, puedes taparte con esto. Vaya, junto a la medusa no eras tan vergonzosa&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Le lanzó a la cara una delicada tela, insuficiente y bastante provocadora.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Esto no tiene nada que ver con lo que sucedió en el agua —se excusó la adolescente poniéndosela torpemente por encima—. Aquello era muy distinto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Dhana se desnudó del todo y, dándole la espalda, dobló sus ropas antes de introducirlas en la bolsa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Sería distinto, pero te aseguro que ahora también estamos en peligro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Estela no contestó. El que vieran su cuerpo desnudo le importaba, claro que le importaba. Al fin y al cabo se había criado con ese condicionamiento, pero le importaba mucho más aún que vieran desnudo su interior. Nhiso acababa de regresar y le observaba fijamente, y ella sentía como si le estuviera atravesando cada poro de su piel y llegara a sus pensamientos, a sus sentimientos, a sus debilidades, causándole un inmenso pudor. El pudor de mostrarse como realmente era. De que le conocieran de verdad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El muchacho también iba sin ropa y no tenía ninguna intención de taparse. Sus andares seguros dejaban traslucir una insospechada madurez para su edad, y aunque poseía anchos hombros y un cuerpo bien formado, no era alto. Tenía el pelo liso y negro al igual que su hermana, pero sus ojos eran oscuros y su mirada tan profunda que incluso daba miedo. Delatando el linaje del que provenía unas serpientes se retorcían en torno a sus brazos. Sin embargo, así como en Dhana se quedaban en los codos, las suyas ascendían hasta las axilas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Estela bajó la mirada. Nhiso avanzó hasta sentarse a su lado. Todos permanecían en silencio. El calor les hacía sudar copiosamente. Hasta que de improviso Nhiso habló.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Te conozco, te he visto en sueños —le dijo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La joven entrelazó los brazos entorno a las rodillas y se tapó todo lo que pudo con la gasa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Si es así espero que fuera con algo más de ropa —bromeó turbada, intentando salir del apuro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Tenías miedo y frío —continuó el muchacho haciendo caso omiso de sus comentarios—. Buscabas un techo en el que cobijarte, pero las piedras caídas no podían darte abrigo. Estabas empapada. Olías a lluvia y a mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Al oír sus palabras Estela se sobresaltó. Recordaba perfectamente la escena a la que se refería. Sucedió en la superficie, justo al llegar a las ruinas del castillo de la Piedra Santa y poco antes de introducirse en el túnel. Estaba mojada por la tormenta y por haber resbalado en el estrecho sendero de losas. No había nadie más allí. ¿Cómo diablos podía saberlo ese niño?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;El estómago se le encogió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Y que más viste?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Se lo preguntó en pasado, pero Nhiso le respondió en presente, en un presente dolorosamente cercano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Veo en tu interior a una niña fuerte, encarando con valentía los retos de la vida, y a otra niña abrumada siempre a punto de echarse a llorar —puso con ternura la mano sobre su rodilla—. No te rindas, lo estás haciendo muy bien.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Se hizo el silencio. La adolescente no oía nada. Nada salvo el latido de su propio corazón que palpitaba solo, como sola se había criado ella sintiéndose abandonada, incomprendida, perdida. Como todavía se seguía sintiendo a veces ahora, igual que una niña pequeña necesitada de afecto, de todo ese afecto que le faltó día tras día desde su infancia y que nadie le había dado. Y toda su vida pasó por su cabeza rápidamente, cada minuto, cada segundo de sus quince años, cada alegría, cada pena. Y se vio sufriendo, con la mirada perdida en el techo de su habitación, intentando encontrarle una salida al abismo en el que se veía sumida. Y buscando obsesionada caracolas en la playa, a las que se aferraba pues era lo único que le transmitía ternura y seguridad. Y escuchando bajo enormes mantas las leyendas de un farero amargado y más perdido aún que ella. Y paliando la brutal soledad a la que había sido sometida con un animal salvaje, encontrado en el bosque, mientras esperaba ansiosa la llegada una vez más de Ulises. Ulises. Si es que el mar se lo permitía.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Y también se vio sentada en lo alto del acantilado frente a la inmensidad del océano sintiéndose diferente a los demás y suplicándole por encontrarle sentido a su vida. Y todo eso le había conducido hasta allí, hasta lo que estaba viviendo esos días, hasta lo que era, hasta comenzar a descubrir realmente quién era. Y entonces comprendió que, aunque a veces el camino hubiera resultado largo y penoso, había merecido la pena.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Alzo la cabeza y miró a Nhiso con ojos vidriosos, suplicantes. Y luego los cerró y apoyó la cabeza en las rodillas. Y al hacerlo oyó el rumor del mar, aunque desde allí fuera imposible. Y el piar de las gaviotas al rozar las alas contra el agua, el romper de las olas contra las rocas, el chocar de la quilla de los barcos contra la superficie. Y también olía la sal que todo ello desprendía. Porque había salitre por todas partes. Toneladas de salitre y de caracolas que le hablaban contándole que había algo más, y de espuma flotando en el aire. Y esa espuma le daba en la cara y descendía por su mejilla en forma de amarga gota salada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Estás bien? —le preguntó Dhana viendo una lágrima deslizarse por su rostro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Estoy bien —respondió ella sin moverse. Pero no, no lo estaba. Acababa de caer en la cuenta de que no quería irse de allí, ni quedarse para siempre. ¿Qué diría cuando los del Consejo le preguntaran en cuál de los dos mundos deseaba vivir? ¿Cómo iba a ser capaz de decidirse por uno u otro? No, no quería perder a los que estaban allá arriba, ni tampoco lo que tenía ahora: una gente sincera entre la que poder crecer interiormente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;No, negó con la cabeza sintiéndose más perdida que nunca. Cualquier decisión que tomara le haría daño, cualquier determinación le dolería. No, no quería, no, sufrió temiendo que hiciera lo que hiciera estaba igualmente condenada. ¿Por qué eran tan complicadas las cosas? ¿Por qué? ¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Miró a Nhiso en busca de ayuda, y el muchacho simplemente le sonrió. Llegaba la hora de partir. Se vistieron, treparon por las muescas de la pared y salieron al exterior. Y una vez afuera de la grieta descendieron por la senda entre las peñas y se separaron, ellas caminando monte abajo y Nhiso en dirección contraria.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;No se despidió, no dijo adiós, pero según desaparecía en lontananza Estela se volvió y le miró con sentimientos encontrados. Por una parte le inspiraba miedo, pero por otra ya le echaba de menos. Como si le hubiera conocido desde siempre y necesitara volverle a ver.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Anochecía. El mar se tiñó de un extraño colorido entre azul y rosa mezclados con destellos plateados. Los peces daban sus últimos coletazos antes de esconderse. Pronto llegaría la noche. Pronto saldrían los depredadores más temibles de los fondos oceánicos y las aguas se convertirían en un inmenso campo de batalla salpicado de pequeñas luces, en el que cualquiera tenía las mismas posibilidades de comer que de ser comido. Estela iba callada, y Dhana le preguntó qué le pasaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Pienso en mi madre y en que he perdido una magnífica oportunidad de encontrarla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—No digas tonterías. Tu madre no estaba en la fiesta ni tampoco lo está en Oceania. Es imposible. Ya te lo contaron los del Consejo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—¿Y tú me dices eso? —estalló la adolescente liberando la tensión que le acompañaba hace días—. ¿Tú? —apretó la mandíbula con fuerza—. Y también parece imposible que exista una ciudad sumergida bajo el mar y aquí me tienes, viviendo bajo millones de litros de agua salada, caminando tranquilamente por el fondo marino y recién salida de una gruta que vomita nubes de vapor. Ahí es nada. Pero aquí no acaba todo. No. Encima estoy en compañía de alguien que dice pertenecer a una raza olvidada y perdida, opuesta pero complementaria a los que viven en tierra firme y en las que se divide la humanidad desde el principio de los tiempos: los Seres de Tierra y los Seres de Agua. Sí señor, lo que oyen, todo muy lógico y natural. Absolutamente creíble. Vamos, que lo cuento en la superficie y me envían derechita al loquero.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Vivas donde vivas y lo admitas o no tú eres un Ser de Agua, y por mucho que lo niegues o lo rechaces siempre lo serás porque eso se lleva en el corazón y en la sangre —explicó paciente Dhana—. Y con respecto a habitar bajo el mar, lo has podido comprobar con tus propios ojos, no tiene nada de extraño. Ha sido una proeza de la naturaleza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Ya, pero eso de que soy un Ser de Agua no lo supe hasta que me lo dijisteis. Y en efecto, ahora que se quienes sois y donde vivís no me queda más remedio que creerlo, pero si me lo hubieran contado hace meses me parecería una broma, jamás me lo tragaría —se revolvió Estela—. Y digo yo que, por la misma razón, es posible que exista una manera de entrar en este mundo que todavía no conozcáis, ¿no? Tal vez no la hayáis descubierto, o tal vez alguien lo sepa pero quiera mantenerlo en secreto. ¿No puede ser que mi madre hubiera sido atrapada al igual que intentan atraparnos a nosotros ahora? O si no, ¿qué crees que pretende ese monstruo llamado Escila enviando a sus esbirros en nuestra busca? ¿Invitarnos a otra fiesta?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Dhana torció el gesto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Sabes perfectamente que soy la primera en desconfiar de ella. No me gusta nada. Lleva años planeando algo pero no consigo adivinar el qué. Y con respecto a lo de tu madre, podría ser perfectamente lo que dices, pero lo que intento explicarte es que no es probable. Aún así me has convencido, he aprendido la lección, nunca más diré que algo es totalmente imposible. ¿De acuerdo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La adolescente se tranquilizó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—De acuerdo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Alcanzaron la llanura a media noche, dejaron atrás la meseta horadada de cuevas en la que vivía Estela y continuaron caminando por los senderos de bordes altos, parecidos a trincheras, que les llegaban a la cintura. Nadie les vio y ellas no vieron a nadie. Todo era silencio. Todo tranquilidad. Todo oscuridad bajo el inmenso océano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;—Por cierto, Thuro decía en su carta que esta vez el ritual tiene que ver con un extraño meteorito procedente de Sirio B, y que tú sabes de qué va la cosa —susurró Dhana en voz apenas perceptible—. ¿Me lo puedes explicar?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;No, la adolescente no sabía qué explicarle porque realmente no estuvo demasiado atenta cuando el muchacho se lo contó. Un fallo enorme. Pero un pálpito le dijo que algo extraño estaba sucediendo. Algo que tenía que ver con los Seres de Tierra y los Seres de Agua. Con las palabras que le dedicara Escila el día de la fiesta pretendiendo horadar su mente y su espíritu con ambición y poder.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;Y entonces le vino a la mente el hermoso cántico que entonara Parténope. El que contaba de las caracolas que los habitantes de las profundidades enviaban a las costas, provistas de mensajes, para que aquellos que hablaban el lenguaje del alma no olvidaran quienes eran mientras contemplaban ese mar con el que tanto se identificaban. De una sabiduría ancestral perdida por la ignorancia de los hombres y el paso del tiempo. De que el planeta estaba enfermo desde que ambas razas se separaron. De que sólo su unión le devolvería el equilibrio y la paz. Y tras repetírselo echó a correr hasta lo alto del acantilado por el que accediera días atrás a Oceania dejando atrás sus miedos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-8338432193645101644?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/8338432193645101644/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=8338432193645101644' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/8338432193645101644'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/8338432193645101644'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/12/23-nhiso.html' title='23 - Nhiso'/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SUZ2aAmAh1I/AAAAAAAAAac/_q98Ddklo44/s72-c/Caracola+23.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-6511863043358955146</id><published>2008-12-01T15:57:00.002+01:00</published><updated>2008-12-01T16:02:40.194+01:00</updated><title type='text'>22 - EL MENSAJE</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/STP8awVyx4I/AAAAAAAAAZ0/u84tyKxLlWQ/s1600-h/Caracola+22.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5274837125164091266" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 150px; CURSOR: hand; HEIGHT: 124px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/STP8awVyx4I/AAAAAAAAAZ0/u84tyKxLlWQ/s200/Caracola+22.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;En mitad de la noche, noche oscura bajo el océano, alguien se encaminó sigiloso hacia uno de los estanques del Reino de las Profundidades mirando a uno y otro lado para comprobar que nadie le seguía. Y al llegar al bordillo se detuvo, alzó la cabeza y observó detenidamente las alturas. Las negras aguas que lo invadían todo al otro lado de la mampara estaban vacías. Aún así se agachó, cogió una caracola escondida tras una piedra, introdujo un extremo bajo el líquido del estanque y sopló.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;No se oyó nada, ni el más leve silbido. Pero un sonido inapreciable al oído humano se propagó rápidamente entre millones de gotas saladas y llegó al mar, a mar abierto, dónde sí hubo quien lo escuchó. La respuesta no se hizo esperar. Poco después rompía la superficie el brillante morro de un delfín listado. Una mano le ofreció una cápsula alargada de cierre hermético. El cetáceo la atrapó cuidadosamente con los dientes y, tras escuchar una voz que le decía con insistencia —Dhana, Dhana, busca a Dhana—, desapareció bajo las aguas. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Sabía perfectamente cuál era su misión. No era la primera vez que lo hacía.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-6511863043358955146?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/6511863043358955146/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=6511863043358955146' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/6511863043358955146'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/6511863043358955146'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/12/22-el-mensaje.html' title='22 - EL MENSAJE'/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/STP8awVyx4I/AAAAAAAAAZ0/u84tyKxLlWQ/s72-c/Caracola+22.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-2258670031957483471</id><published>2008-11-21T16:52:00.003+01:00</published><updated>2008-11-21T17:05:54.941+01:00</updated><title type='text'>21 - LA HUIDA</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SSbaHrDuDkI/AAAAAAAAAZs/Hdm1iKuwyPI/s1600-h/Caracola+21.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5271140239236009538" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 151px; CURSOR: hand; HEIGHT: 151px; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SSbaHrDuDkI/AAAAAAAAAZs/Hdm1iKuwyPI/s320/Caracola+21.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Las palabras de Escila resonaban en los oídos de Estela suaves pero embaucadoras inundando su mente poco a poco, como si de un persistente goteo se tratara, de ecos de ambición, de supremacía, de poder. Y era tal la fuerza de esa mujer, tal su carisma, que resultaba imposible ignorarlas o contradecirlas. El lado oscuro le atraía, le atraía, con su fascinante y vertiginoso hechizo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La joven se encontraba de vuelta en la cueva que habitaba en Oceania a modo de vivienda, tumbada en la cama, intentando conciliar el sueño con inútil resultado. Los pegajosos, sucios vocablos que le dedicara la anfitriona de la fiesta se habían colado en su cuerpo y no cesaban de repetirse y repetirse. Y al igual que los gusanos horadan la fruta fresca, pretendían horadar sus ideales, y su ser, y su alma.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y en la oscuridad de la noche, con los ojos cerrados, se removía sin parar debatiéndose entre el sueño y la vigilia en un agitado duermevela plagado de angustiosas pesadillas. No. No. No. Hasta que una mano tapó su boca con fuerza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El corazón se le aceleró y envió al cerebro señales de peligro. No se lo esperaba. Forcejeó moviendo hacia un lado y otro la cabeza con rabia, pero no sirvió de nada. Quien quiera que fuera el atacante era más fuerte que ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Shhh..., soy yo, no hagas ruido —escuchó un susurro mientras la presión en la boca se aflojaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Forzó la vista para ver algo en esa negrura, y entonces vislumbró entre sombras los inconfundibles ojos dorados de Dhana.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Es que te has vuelto loca o qué? —soltó a bocajarro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Vístete, nos vamos —exclamó tajante su amiga aunque en el mismo susurro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela quiso explicarle que no tenía ganas de excursiones, que estaba cansada. Pero Dhana no le dio opción. Cogió sus ropas, se las tiró a la cara y luego le quitó con brusco movimiento la tela que le cubría a modo de sábana.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Rápido, no hay tiempo que perder, Escila ha enviado a sus esbirros en tu busca y los del Consejo no tardarán en llegar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿En mi busca?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente no entendía qué estaba pasando, pero aún así se incorporó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Ha denunciado un grave suceso en su palacio —continuó Dhana—. Según dice han forzado una de las puertas, la del laboratorio, y varios testigos aseguran haber visto rondando cerca a alguien parecida a ti.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;— Eso es una tontería. Está claro que yo no he sido —se quejó ella intentando vestirse a oscuras al tiempo que su amiga metía algunos enseres en una mochila—. ¿Para que iba yo a querer entrar allí si ni siquiera sé dónde está ese laboratorio que dices ni qué diablos guarda en él? Tú me crees ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La muchacha se detuvo y la miró severa atravesando las densas tinieblas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Deja ya de disculparte. A mí no tienes que convencerme sino a ellos, pero no, no pienso permitirlo en estas circunstancias. Y con respecto a lo que esconden allí, no tengo ni la más remota idea.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela acabó de vestirse y tanteaba la pared para salir la primera del cuarto cuando de improviso cayó en la cuenta de algo que se le había pasado por alto. ¿Y si esa gente no mentía? ¿Y si había realmente alguien parecido a ella? Sólo existían dos personas en el mundo con características tan similares como para ser confundidas, razonó. Una lógicamente era ella misma, y la otra...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se quedó clavada en el sitio, a pocos pasos de la salida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No puedo irme.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Qué? —su compañera chocó contra su espalda.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Que me quedo —respondió Estela resuelta dándose la vuelta—. Mi madre estaba allí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se hizo un silencio cortante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Qué tontería es ésa —lo rompió Dhana con brusquedad—. Ahora la que te has vuelto loca eres tú. ¿Acaso has perdido el juicio?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero ¿por qué no puede ser cierto? —agarró Estela a su amiga por los hombros—. ¿Por qué no? ¿Eh? ¿Eh?¿Por qué? Había una multitud en la que apenas se distinguía a nadie. Gente y gente por todas partes, y mi madre podía estar perfectamente entre ellos. No, no es ninguna locura. Debo volver ahora mismo a la fiesta, si es que todavía continúa, y ya de paso aclarar lo sucedido. Si no creerán de verdad que yo lo hice.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se giró nuevamente en redondo, y ya iba a marcharse cuando una mano le retuvo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Déjate de bobadas —le soltó su amiga con brusquedad, sabiendo que no le quedaba más remedio que tratarla con dureza para que reaccionara—. Me importa poco lo que piensen. Ya sé que tú no has sido. Todos sabemos que tú no has sido. ¿Es que no ves que es una trampa? Escila quiere distraernos a todos con esta absurda pantomima y de paso retenerte unos días. Necesitan tiempo. Eso está claro. Pero lo que no comprendo es para qué. Algo trama, así es que no nos queda más remedio que desaparecer hasta que las cosas se esclarezcan.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y los del Consejo de Ancianos? —preguntó Estela preocupada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Yo respondo de ti ante ellos —dijo su amiga, y ambas salieron al exterior de la cueva, amparadas por la oscuridad de la noche, y se dirigieron hacia el norte, a las montañas. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Eran fugitivas. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-2258670031957483471?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/2258670031957483471/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=2258670031957483471' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/2258670031957483471'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/2258670031957483471'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/11/21-la-huida.html' title='21 - LA HUIDA'/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SSbaHrDuDkI/AAAAAAAAAZs/Hdm1iKuwyPI/s72-c/Caracola+21.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-1997377201749237990</id><published>2008-09-27T11:37:00.003+02:00</published><updated>2008-09-27T11:49:47.779+02:00</updated><title type='text'>20 - ESCILA</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SN4AJpFB09I/AAAAAAAAAEk/95STjihliKE/s1600-h/Caracola+20.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5250634381206344658" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 199px; CURSOR: hand; HEIGHT: 152px; TEXT-ALIGN: center" height="162" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SN4AJpFB09I/AAAAAAAAAEk/95STjihliKE/s320/Caracola+20.jpg" width="210" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Todo está estrechamente unido, pues todo está formado por energía. Especialmente el agua y el firmamento, ya que al igual que uno está compuesto de infinitas gotas, el otro por infinitas estrellas. Los antiguos habitantes del Nilo creían que Sirio, astro que aparece de madrugada en los meses de calor precediendo al sol, provocaba la crecida del río. Y la llamaron Sothis. Y decían que relucía como un diamante. Y que no estaba sola. Poseía un compañero, Sirio B. Siglos más tarde, y cada cuatro años, había una raza que también celebraba ritos en su honor. Y esa era la única vez que, exceptuando a las Embajadoras, los habitantes del Reino de las Profundidades salían al exterior. Esta vez llevarían un mítico relieve consigo. Relieve que casualmente pertenecía a Escila.&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Thuro hablaba y hablaba sin parar, y continuó explicándole sobre las maravillosas obras de arte de todo tipo que guardaba la misteriosa mujer en su palacio, sin contar la piedra recién encontrada que decían que procedía del espacio y que él todavía no había podido ver pese a que acudía diariamente al edificio como restaurador. De todo eso le hablaba el muchacho, pero Estela hacía rato que había dejado de escucharle. A lo lejos venía Dhana, lo que significaba que llegaba el momento tan esperado. Estaba deseando conocer a la mujer cuya antepasada había luchado contra su mítico héroe.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se despidió del muchacho asegurándole que se encontrarían en la fiesta, donde podría seguir contándole más cosas, y ambas amigas se pusieron en marcha. Tras varios minutos andando por una colina llegaron a un altozano. Desde lo alto se divisaba, al otro lado de la mampara, un bosque de altísimas algas verdosas con hojas anchas y onduladas que se movían de un lado a otro según la corriente, variable en esa zona. Sobre él, a varios metros de altura, un banco de boquerones cambiaba de rumbo a la vez en un singular baile de peces y plantas acuáticas en el que el océano marcaba el compás. Un compás tan azul como el agua que les envolvía.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;A su derecha el lecho marino se sumía en una suave hondonada arenosa en cuyo centro yacían los restos de un antiguo barco hundido, rodeado de peces, que evocaba todas las leyendas habidas y por haber sobre el mar. Estaba cubierto en su mayor parte por limo, pero aún así se distinguía perfectamente el puente de mando, el camarote principal y el casco que el pasar del tiempo y la sal habían dejado en un costillar, como si se tratara de un esqueleto de ballena.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Si lo ve el farero se desmaya —exclamó Estela admirada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sabía que te gustaría. Si quieres mañana salimos a bucear para que lo veas de cerca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela se volvió hacia ella entusiasmada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Habrá tesoros en su interior?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Te aseguro que no. La gente de Escila lo esquilma todo a fondo para quedarse con lo de valor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y los demás no hacéis lo mismo? —preguntó intrigada de que unos tuvieran tanto y otros tan poco—. Me refiero a querer adornar vuestras casas con objetos lujosos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dhana echó a andar con ágiles movimientos que acentuaban la tela dorada con la que iba vestida, a juego con sus ojos, enrollada con gracia en torno al cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Preferimos vivir con sencillez. Quizá te sorprenda nuestra actitud, pero te aseguro que a la larga es más gratificante. Entre mis amigos no hay envidias, ni rivalidades, ni comparaciones, y mucho menos temor a que te puedan robar. Todos tenemos más o menos lo mismo, por eso nuestras casas están abiertas, no necesitamos puertas para impedir que nadie pueda entrar —le respondió, y ella asintió comprendiendo que su actitud ante la vida era más sabia.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Descendieron de colina y tomaron el camino de la derecha hasta llegar a una amplia plaza llena de grandes aberturas en la roca, ocultos palacetes en los que las entradas estaban adornadas por enormes esculturas de piedra relacionadas con el mar como tiburones ballena, narvales o jibias. Eran las viviendas de los Cabezas de Castas, donde habitaban los descendientes directos de los Seres de Agua, esos a los que los Seres de Tierra llamaban dioses marinos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dhana aprovechó la ocasión para explicarle a Estela que los tatuajes que la gente llevaba, réplica de las enormes imágenes, se debía a que formaban parte de esas familias o castas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Como comprobarás aquí todos llevan dibujos en sus cuerpos para distinguir de qué linaje proceden.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Todos excepto las Embajadoras ¿no es eso?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Cierto. Las Embajadoras pueden nacer dentro de cualquier familia. Son mujeres que reúnen condiciones muy concretas, entre ellas ser muy observadoras y poseer unos rasgos suaves, que no sorprendan excesivamente en el mundo de la superficie. Tras demostrar su valía se les entrega el medallón que abre la puerta del mundo exterior, donde investigan sus costumbres y modo de vida, y después regresan para mantenernos informados. Hay muy pocas personas que pueden acceder a ese puesto por lo que sus hijas, las herederas de sus genes y teóricamente de sus dones, son de gran importancia para nosotros.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Iban caminando mientras charlaban cuando de repente Estela se detuvo impresionada. Allá donde mirara todo era belleza, de una belleza increíble que no había visto jamás, y no sólo por las cosas, sino también por la gente. A lo lejos había un montón de personas de exóticos rostros, frentes tatuadas y coloristas vestimentas. Todos se dirigían en la misma dirección, un edificio singular, el palacio de Escila, y conforme llegaban se arremolinaban junto a la escalinata de entrada. Unos, con lánguidas posturas, se arrellanaban sobre cojines o introducían las piernas en el estanque cercano. Otros, de pie, se apoyaban en columnas en las que cariátides de piedra alzaban los brazos para sostener triangulares y alargados frisos con arcanos símbolos egipcios, persas o griegos, a cual más bello.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La escena parecía sacada de otro tiempo, de un cuadro pintado por un artista prerafaelita, con una sabia mezcla de culturas y estilos. Por una parte la simplicidad oriental, y por otra la imaginación y calidez de los pueblos mediterráneos. Como todos en Oceania el edificio se internaba en la roca, con la diferencia que éste poseía unas altas y gruesas puertas de madera ahora abiertas de par en par.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Ambas jóvenes se adentraron en él atravesando un pórtico lleno de arcos adintelados, y desde allí accedieron a varias salas de techos interminables que se sucedían una tras otra de forma encadenada, sin pasillos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Aunque adornado con monumentales esculturas, el exterior le pareció a Estela sencillo comparado con la parte de dentro. Las enormes estancias estaban repletas de obras de arte procedentes de distintas épocas. Los cuadros, tapices, muebles, ánforas y otras piezas de gran calidad se acumulaban donde quiera que mirase, además de partes de monumentos u otras construcciones, como el mascarón de proa de un barco. Y presidiendo la estancia, en el centro, destacaba un precioso relieve egipcio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Parece increíble que alguien tenga una colección de arte así. ¿De dónde saca todas estas maravillas?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Según dicen de barcos hundidos — respondió Dhana haciendo un mohín—. Aunque ya no deben quedarle muchas más naves que saquear. A todos nos gusta contemplar lo bello, no te creas, pero Escila prefiere poseerlo. Es muy ambiciosa, algo extraño siendo un Ser de Agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Escila, Escila, siempre Escila. La joven miró hacia un lado y otro intrigada. ¿Dónde estaría esa misteriosa mujer?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;A la izquierda del relieve varias vitrinas guardaban objetos de tamaño reducido. Estela se inclinó sobre las acristaladas cajas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Es curioso —murmuró frunciendo el ceño— ¿Y dónde dices que los encuentra?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Esta zona era una importante ruta comercial. Los barcos iban cargados de tesoros, y algunos terminaban naufragando debido a las peligrosas corrientes y el oleaje.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Ya —masculló la adolescente pensativa, sin apartar los ojos de la vitrina—. Y según tengo entendido es imposible bucear desde la ciudad sumergida hasta la costa en la que yo vivo, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, nuestros pulmones no dan para tanto, está demasiado lejos. ¿Por qué lo dices?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Porque estas monedas de oro —dijo en voz baja señalando unas en particular—, fueron una acuñación única realizada a principios del siglo pasado para conmemorar la coronación de no sé qué rey. El barco que las transportaba naufragó y por más que lo buscaron durante años jamás consiguieron encontrarlo. Dicen que se halla en una profunda sima que hay frente a los acantilados de Portamaris, a la que es imposible acceder. Me pregunto cómo habrán venido a parar aquí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estaba contemplando atentamente las monedas cuando un grito resonó a su espalda.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Querida niña, me alegro tanto de verte.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Alzó la cabeza. Una mano cuya muñeca estaba repleta de pulseras hechas de conchas se elevaba sobre el gentío, y no había duda a quién pertenecía. Era Parténope. Estela sonrió. También se alegraba de verla, especialmente porque tal vez pudiera presentarle a alguien que pudiera darle alguna pista sobre el paradero de su madre.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Mira a tu alrededor, pequeña, y verás a los auténticos herederos de las Castas —le dijo cuando la adolescente se acercó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estaba tumbada en un reclinatorio y señalaba sin ninguna discreción a un grupo formado por tres mujeres que destacaban de entre las demás por su belleza. Poseían un voluptuoso cuerpo que apenas cubrían con delicadas telas enrolladas en torno a los hombros y cintura con estudiada dejadez. Diosas del mar, o al menos así lo hubieran creído los Seres de Tierra.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Te han presentado ya a Escila? —le preguntó después, a lo que ella misma se respondió de inmediato haciendo aspavientos—. Oh, no, no lo creo. Se te ve demasiado tranquila.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;En ese momento un muchacho se acercó y le susurró a la adolescente al oído:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—La anfitriona te espera.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela le siguió. Cruzaron la amplia sala y se introdujeron por un estrecho y largo pasillo carente de ventanas por el que les iba envolviendo la penumbra conforme avanzaban de manera que, para cuando llegaron al fondo del mismo, la oscuridad era casi total. Una puerta les impedía el paso. El muchacho la abrió, le ofreció pasar, y luego la cerró de golpe tras ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La joven dio un respingo y las sienes le palpitaron furiosas. Comenzó a sudar. No sabía por qué, pero estaba nerviosa. Algo extraño pasaba. Lo presentía.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Avanzó unos cuantos pasos despacio, con el corazón acelerado. No estaba sola. Notaba una presencia. Había alguien más en esa habitación en la que reinaba la penumbra. Alguien que no hablaba, que no se movía, pero alguien que le observaba. Y lo hacía con tanta intensidad, con tanta violencia, que sentía su mirada taladrándole el cerebro en busca de sus pensamientos, atravesándole la piel para intentar llegar a lo más hondo de su alma, hurgando en sus sentimientos y emociones.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Quiso respirar hondo, pero no pudo. ¿A qué diablos olía allí? El aire era denso y enrarecido. Pero no sólo eso. De fondo había un hedor fuerte, agrio. Incapaz de moverse se quedó clavada en el sitio. El desasosiego era cada vez mayor. Hasta que escuchó un extraño siseo a su espalda. Y entonces, al volverse, la vio.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-1997377201749237990?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/1997377201749237990/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=1997377201749237990' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1997377201749237990'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1997377201749237990'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/09/20-escila.html' title='20 - ESCILA'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SN4AJpFB09I/AAAAAAAAAEk/95STjihliKE/s72-c/Caracola+20.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-4693493535064371884</id><published>2008-09-05T17:38:00.006+02:00</published><updated>2008-09-12T19:46:36.990+02:00</updated><title type='text'>19 - DHANA</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SMFUNA0zx0I/AAAAAAAAARo/XX1nRy-nh2I/s1600-h/caracola+19.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5242564023772497730" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SMFUNA0zx0I/AAAAAAAAARo/XX1nRy-nh2I/s400/caracola+19.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;&lt;div&gt;Se despertó gritando.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¡Son ellos! ¡Nos han encontrado! ¡Los Seres de Tierra nos quieren matar!&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tranquila, tranquila —dijo una voz a su lado mientras le agarraban de la mano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dirigió hacia allí la mirada. Era Dhana. Una Dhana muy distinta a la que había conocido hasta ahora. Los ojos igualmente dorados, el pelo negro y largo rematado en la frente por un original flequillo, el tatuaje de las serpientes hasta el codo, pálida la tez. Sin embargo algo había cambiado en ella. Algo en su interior era distinto. Como si su actitud fría como el hielo se hubiera derretido transformándose en agua. Un agua transparente, acogedora, refrescante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No, no son los Seres de Tierra —le explicó la muchacha intentando calmarla—. Aunque sí las acciones que sus irresponsables actos provocan. Ha habido muchos heridos entre los nuestros. Salieron a buscarnos y fueron brutalmente atacados. ¿Y tú, cómo estás?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela gimió. Sentía escalofríos por algunas partes del cuerpo y por otras un infernal calor. Una locura. Su cuerpo sudaba a raudales para segundos después ponerse a tiritar. Y en su presunta agonía consiguió balbucear unas pocas palabras con coherencia.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Voy a morir?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No, no vas a morir. Pero sí te va a doler durante unos días.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La joven se observó los brazos. Los tenía llenos de largas rayas en carne viva, como si hubiera recibido cientos de pequeños latigazos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Qué eran? —masculló dolorida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Medusas. Unas medusas gigantescas y voraces conocidas como Scyfomedusas, concretamente Aurelia Auritas, las más atractivas y mortales de todas. Habitan en todos los océanos del mundo, son escasas y no suelen ir en grupo, y mucho menos atacar a seres tan grandes como nosotros. Pero así ha sucedido. Y a partir de ahora tendremos que estar prevenidos, pues mucho me temo que no será la única vez.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero ¿por qué? ¿Por qué ha sucedido?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dhana le soltó la mano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Por ignorancia —respondió con rabia—. Por la tremenda ignorancia que padecen los de allá arriba y que les hace consumir sin freno dejando a su paso un reguero de contaminación y destrucción. Eso está alterando los ritmos de la naturaleza. Eso está enloqueciendo a los animales.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela volvió a recostarse. La habitación le daba vueltas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y cómo estás tú? —le preguntó dolorida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dhana sonrió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Yo bien aunque un poco más delgada debido a la Scyfomedusa. Ah, y también horrorizada por el beso que me diste, pero lo superaré. Gracias a lo que hiciste sigo con vida. Nunca lo olvidaré.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente también sonrió, agradecida por su sentido del humor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tú también me salvaste a mí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pues entonces no lo olvidaremos ninguna de las dos. Y en cuanto al dolor, procura no rascarte o será peor. Nunca me contaste que te habían picado las aguamalas a menudo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y esta vez, pese a la extraña palabra, la adolescente supo a qué se refería. Aguamalas, aguamar o pulmón marino eran lo mismo. Un animal celentéreo de los muchos que poblaban el mar, de diferentes colores, de diferentes aspectos y de diferentes tamaños y formas. Algunos llegando a pesar hasta treinta kilos y medir ocho metros de largo. Y todos ellos terriblemente hermosos. Chasqueó la lengua molesta. Había sido una estúpida, una imbécil al dejarse engañar por una bella forma. Y es que desconocía tantas cosas sobre la vida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, me han picado millones de veces —exageró—, pero no tan grandes como ésas. ¿Cómo lo has sabido? —admiraba la facilidad con la que su nueva amiga se movía en ese mundo tan distinto para ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Es por la reacción que te ha dado —se expresó Dhana con humildad, alejando la pedantería de días atrás—. Se puede decir que es proporcional a las veces que te han clavado sus aguijones. El veneno no se pierde, se acumula en los tejidos y ahí se queda, almacenado hasta la siguiente ocasión haciendo que el cuerpo reaccione cada vez con mayor fuerza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Esbozó una sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Siento haberme comportado mal contigo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela le miró interrogante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Ya sabes a lo que me refiero. Creí que no eras como nosotros, y es que los Seres de Tierra suelen ser muy individualistas. No comprenden que todos somos uno, que formamos parte de un mismo lugar y una es la energía que nos da la vida y nos mantiene.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La joven puso gesto de no comprender.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Imagino que Parténope te habrá contado lo de la piedra y el agua comparándolas con las distintas razas, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pues entonces lo acabarás entendiendo aunque resulte un tanto complicado. Una roca siempre será una roca pese a que se junte con otras y salvo en condiciones extremas, como cuando se transforma en lava. Sin embargo, el agua es capaz de perder su identidad fácilmente y convertirse en río o en mar. O lo que es lo mismo, ser solidarios y sentir lo que otros sienten, trabajar en equipo, perder el protagonismo por el bien de la comunidad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Un carraspeo a su espalda les indicó que había alguien más en la estancia. Ambas volvieron la cabeza al tiempo. De pie, junto a la entrada de la cueva que hacía las veces de dormitorio, se encontraba un muchacho moreno, de pelo rizado, con un pareo en torno a la cintura y el tatuaje de un tritón en la frente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Por cierto —continuó Dhana en tono sarcástico—. ¿Cómo es que se te ocurrió usar el traje de baño a modo de látigo? Desde que te lo quitaste te han salido cientos de admiradores.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente se sonrojó, pero no tanto como el joven llamado Thuro quien, aprovechando la indirecta alusión, exclamó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Vengo a felicitarte por tu actuación. Estamos sorprendidos. Reaccionaste con ingenio y valor consiguiendo liberar a Dhana sin dañar al animal ni alterar su entorno. En Oceania no se habla de otra cosa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela se incorporó intrigada pese a estar atormentada por el tremendo dolor. ¿Es que nunca habían utilizado un tirachinas?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Thuro pronto les dejó y ambas se quedaron nuevamente solas. Entonces Dhana le contó que los de su raza rechazaban cualquier tipo de violencia, y que en su lugar preferían crear. Fue cuando le explicó que existían emociones de difícil explicación, y la pasión era una de ellas. Pasión que podía sentirse de muchas formas. Si se trataba de una persona, te enamorabas. Si un paisaje, te emocionabas. Si un proyecto, te entusiasmabas. Y si estabas creando algo, te exaltabas. Lo llamaban inspiración, y era como conectar con una fuente de energía que hacía ver la vida de forma distinta. La realidad se transformaba consiguiendo que lo cotidiano se convirtiera en único. Era una sensación como si flotaras. Como si estuvieras sumergido en una corriente donde se fluía sin resistencia alguna, haciéndote capaz de las más insospechadas proezas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Eso le contó Dhana con pupilas brillantes, y Estela le entendió perfectamente. Sí, ella se había sentido alguna vez de esa manera. Y se había sentido así al meterse en el mar cuando atardecía, rodeada de olas y bruma. Cuando enterraba las manos en la arena y encontraba caracolas estando inmersa en ese mismo mar. Cuando cerraba los ojos sentada en lo alto del acantilado y se imaginaba que se convertía en espuma, en esa blanca y suave espuma que restallaba contra las rocas llevada por el viento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—La creatividad enriquece el alma —musitó Dhana señalándole el hermoso y delicado relieve que había en la pared y que mostraba a dos delfines jugando—. Y eso es algo que los Seres de Tierra han olvidado. Como también han olvidado que existen muchos tipos de creatividad, no sólo hacer una obra de arte, sino saber escuchar, apaciguar, cuidar, y muchas, muchas otras cosas más. La clave está en poner pasión en ello. Poner el corazón y el alma.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se hizo el silencio. El suave sonido del agua al caer junto con el olor a salitre le recordó a Estela las diminutas cascadas que se formaban entre las piedras de la playa, con la bajamar. Contempló la fuente nostálgica, echando de menos la superficie. ¿A qué lugar pertenecía?, se preguntó confusa. ¿Al de la superficie o a ese extraño mundo con el se sentía cada vez más identificada?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Suspiró. Y la culpa de su confusión la tenía la inactividad, se dijo. La inactividad y esa maldita medusa gigante que le había dejado un persistente dolor de cabeza, agarrotada la espalda y el cuerpo grabado de marcas, y claro, en ese estado le era imposible ir a conversar con Parténope. Pero no había problema, musitó animándose. Acababa de descubrir que las charlas también podían ir a ella. Con una persona distinta, sí, aunque no por eso menos interesante. Sobre todo ahora que se había convertido en su amiga.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sin embargo, y pese a las apariencias, la pasión realmente no viene del exterior —continuó hablando Dhana—. Está en nosotros, dentro. Y si conseguimos sentirla por el mero hecho de estar vivos disfrutaremos de cualquier instante, hasta del más sencillo, aunque a primera vista no parezca especialmente divertido.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Miró a la adolescente con graciosa mueca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Así es como intentamos vivir todos aquí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y así es como debería ser —musitó Estela pensativa—. Algo que deberíais enseñar a los de arriba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La respuesta no se hizo esperar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Quizá un día no muy lejano podamos hacerlo —repuso su amiga orgullosa—. Mi pueblo tiene la esperanza de que llegue el momento en que los Seres de Agua y los Seres de Tierra vuelvan nuevamente a reunirse, el planeta equilibrado, en paz, y mientras llega ese momento intentamos que los Seres de Agua que habitan en tierra firme aprendan a no sentirse extraños o perdidos, a que sepan de donde proceden, a que se acepten como son.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Enviando caracolas —sonrió Estela acordándose de las que tenía pegadas en el muro del faro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Más que caracolas mensajes ocultos en ellas, sensaciones, percepciones que les hagan despertar, llamadas al corazón. Las caracolas son sólo un medio. Sí, sería maravilloso reunirnos unos y otros tras tantos siglos y conseguir que vuelva la armonía —exclamó soñadora—. Todos aquí lo deseamos. Bueno, todos no —bajo la voz—. Menos Escila.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Escila. Escila. Estela se sobresaltó. ¿De qué le sonaba ese nombre? Llevaba un buen rato sintiéndose tranquila, a gusto, olvidando sus males, pero ese nombre venía a cambiar las cosas. Lo había oído antes. El malestar le volvió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Ante su gesto de interrogación Dhana le contó que una de las antepasadas de Escila, una mujer muy hermosa, tuvo un accidente que desfiguró horriblemente su cuerpo, y desde entonces su forma de ser cambió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;¡Escila! Los ojos de la joven se abrieron exageradamente. Lo acababa de recordar. De nuevo la leyenda de Ulises. Su padre le contó cuando era pequeña acerca de un monstruo que se dedicaba a aterrorizar a los navegantes y les empujaba a un peligroso remolino. El de las seis cabezas con largos cuellos. El de fauces tan inmensas que eran capaces de tragarse el cuerpo de un hombre de un bocado, sin masticar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y sus descendientes tampoco tuvieron buena fama —cortó Dhana sus pensamientos—. Pues siempre estuvieron envueltas en turbios incidentes que quedaban sin esclarecer.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela arqueó las cejas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y Escila está aquí, en Oceania?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Dónde si no? Al fin y al cabo también es un Ser de Agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Los hay de todo tipo y todas clases, tantos como seres habitan en el mar, le había dicho Parténope. Estela miró a Dhana fijamente. Su cuerpo era esbelto y a la vez atlético, sus ojos centelleaban dorados como el preciado metal, y la cascada de negro pelo contrastaba con la pálida piel haciéndola resplandecer. Piel de nácar, piel de luna, piel de ninfa del mar que se escondía en la cara oculta del planeta moviéndose al son de las mareas, apareciendo y desapareciendo entre las aguas como los animales marinos, enlazando océano y tierra, humanos y criaturas mágicas, realidad y mito. No tenía un tono de voz especial, pero comprendió que si sus antepasadas lo tuvieron verdaderamente debieron ser irresistibles.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y con lo de incidentes sin esclarecer me refiero a situaciones oscuras de verdad —insistió Dhana inquieta haciéndole volver en sí—. Y es que en su palacio suceden cosas muy extrañas. Y ahora esa mujer va a dar una fiesta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente se incorporó de golpe sin importarle el dolor, el agarrotamiento muscular y los malditos latigazos en la piel.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y por qué te preocupa eso tanto?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Porque la fiesta es en tu honor. Quiere conocerte.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;lll&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-4693493535064371884?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/4693493535064371884/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=4693493535064371884' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/4693493535064371884'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/4693493535064371884'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/09/19-dhana.html' title='19 - DHANA'/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SMFUNA0zx0I/AAAAAAAAARo/XX1nRy-nh2I/s72-c/caracola+19.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-4391549397333484285</id><published>2008-08-25T12:07:00.003+02:00</published><updated>2008-08-25T12:14:39.220+02:00</updated><title type='text'>18 - EL ATAQUE</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SLKEwJAWryI/AAAAAAAAAEc/XW-gspxvmDA/s1600-h/Caracola+18.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5238395279171301154" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 241px; CURSOR: hand; HEIGHT: 153px; TEXT-ALIGN: center" height="202" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SLKEwJAWryI/AAAAAAAAAEc/XW-gspxvmDA/s320/Caracola+18.jpg" width="300" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;La vida siempre avanza y nosotros, debido a nuestra frágil condición, nos aferramos a lo que tenemos cerca pretendiendo que las cosas sigan siempre igual, que permanezcan, pues nos da seguridad. Pero es seguridad falsa. Porque la vida no se detiene y por mucho que nos agarremos, cuando menos lo esperas se revuelve poniéndolo todo patas arriba. Entonces lo conocido aunque nos desagrade nos abandona convirtiendo el viaje en incertidumbre, en una terrible desazón por lo que habrá de venir, y sintiéndonos perdidos nos amparamos en una absurda frase que dice algo así como que más vale malo conocido que bueno por conocer. Sin embargo, ¿por qué no confiar en que los cambios, pese a que parezcan en un principio amenazantes, a la larga puedan ser para mejor?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La actitud de Dhana continuó siendo fría y distante, comportándose con desapego para dejar claro que hacía su cometido de forma obligada. Pero Estela ya se había acostumbrado y lo veía como algo normal. No le molestaba. Estaba cómoda con ella. Y se decía a sí misma que al menos le instruía a la perfección, especialmente en lo que se refiere a enseñarle a dosificar su respiración bajo el agua administrando sabiamente el oxígeno para que le durara más tiempo, al igual que a controlar a voluntad las lágrimas para impedir que sus ojos se llenaran de sal cuando los abría en el mar. Hasta que un día sucedió algo inesperado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Habían quedado como todas las mañanas para salir a nadar, con la enorme diferencia de que esa vez era única, una ocasión especial, su bautismo de mar. A partir de entonces, si todo iba bien, atrás quedaría el bucear con alguien al lado que le diera constantemente instrucciones. Estela respiró hondo para calmarse. Saldría sola. Dhana le estaría observando desde el interior de la mampara y no se acercaría a ella si no era absolutamente necesario. Podría hacer lo que quisiera, sumergirse durante el tiempo que creyera oportuno sin que nadie le indicara cuando debía abandonar las aguas o hacia donde ir. Todo sería responsabilidad suya.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Pero lejos de sentirse contenta la adolescente estaba inquieta. En el aire se mascaba la sensación de que algo iba a pasar. Y sus sentidos se lo corroboraban, y su corazón, y su intuición.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Llegado el anhelado momento se puso el ajustado traje de baño, llenó de aire los pulmones tal y como le habían enseñado, e introdujo su cuerpo en el estanque. Pronto salió a mar abierto. A ese espacio tan impresionante y conmovedor de un intenso tono azul claro cruzado de arriba a abajo por haces plateados.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Los peces se le acercaron y nadaron a su alrededor olvidando que no era de su misma especie. Y ella, cerrando los ojos, se dejó mecer por la corriente y así permaneció un tiempo, abandonándose a un mundo de sensaciones plagado de contrastes y matices sin preocuparse de nada, ni siquiera del aliento limitador.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Al cabo de un rato abrió de nuevo los ojos y extendió un brazo lentamente, y después el otro, y el otro de nuevo, y el siguiente otra vez. La cabeza girándola al compás haciendo que su pelo se transformara en una larga y ondulada ola cobriza. Y así fue hasta que algo llamó su atención. Flotaba a lo lejos y era grande, muy grande, plano, extenso y casi traslúcido, como un mantel robado por el viento y caído al mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se aproximó a él despacio. Y según lo hacía el mantel se fue cerrando, tomando la forma de una esfera bordeada por infinitos brazos menudos como si fuera un pequeño sol abatido. O mejor dicho un globo, un enorme y voluptuoso globo varias veces más grande que ella y relleno de agua. No parecía que estuviera vivo, por lo que Estela, fascinada, siguió acercándose lentamente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¡No! ¡No lo toques! —gritó Dhana desde dentro de la mampara metiéndose aprisa en el agua y nadando lo más rápido que podía hacia ella. Y cuando estuvo a su lado la empujó y se puso en su lugar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Fue en el momento preciso. Pues el globo, que había permanecido hasta ese instante quieto, se desplegó de nuevo, tomó impulso y atrapó con fuerza las piernas de quien tenía más cerca como si fuera una enorme y poderosa manta, desde donde comenzó a reptar lentamente por el resto del cuerpo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dhana se debatió rabiosa intentando en vano soltarse del mortal abrazo, mientras Estela boqueaba aterrada. No sabía qué hacer. No se le ocurría nada. Entonces una fuerte opresión le atenazó el pecho. No podía respirar. Los labios comenzaron a amoratársele. Había estado demasiado tiempo en el agua. Se estaba quedando sin oxígeno.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Al ver la difícil situación en la que se encontraban varios Seres de Agua nadaron presurosas hacia ellas, lejanas motas en una inmensidad líquida, pues era desde una de las salidas de Oceania más distantes a donde las muchachas se encontraban. Para cuando llegaran Dhana estaría totalmente engullida, y ella ahogada. Estela miró al túnel más cercano, si se daba prisa aún podría ponerse a salvo, y luego observó a su compañera a la que se supo incapaz de abandonar. No. Algo tenía que ocurrírsele. Algo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Piensa, piensa, se dijo nerviosa sabiendo que tenía que ayudar a Dhana, especialmente cuando ésta había arriesgado su vida para protegerla abandonando la seguridad de la ciudad sumergida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Eso es —se dijo de repente para sus adentros, excitada, al comprender que hace unos instantes todavía estaba respirando con normalidad. Sus pulmones debían estar llenos de aire.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Sin pensarlo más nadó hasta situarse a su espalda, le giró la cabeza y, abriéndole la boca con los dedos, presionó con fuerza los labios contra los suyos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Una bocanada de aire entró en su garganta, el suficiente como para proporcionarle unos minutos más bajo el agua. Minutos que debería usar sabiamente, pues sólo le concederían una oportunidad. Sin dudarlo se quitó el traje de baño y braceó hasta colocarse a pocos centímetros por encima del extraño ser. A base de movimientos envolventes el animal ya había atrapado a su víctima hasta el torso, pronto alcanzaría la cabeza, y entonces sería el fin: asfixiada o viva comenzaría a digerirla en el estómago. Una muerte terrible. Tenía que darse prisa. Era su única oportunidad. Asió por el extremo final el bañador, lo estiró todo lo que pudo y lo soltó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El material del que estaba hecho, flexible y elástico, hizo que saliera despedido propinando un fuerte latigazo al globo en todo su centro. Retorcido de dolor el inmenso globo se contrajo, liberó a su presa y huyó. Pero en su huida rozó la espalda de la joven con los muchos y diminutos tentáculos que escondía bajo sus pequeños brazos radiales.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Una insoportable quemazón le abrasó la piel. Era como si le estuvieran clavando cientos y cientos de alfileres al tiempo. Quiso arrancárselos, quitárselos de encima, y al intentarlo todo comenzó a girar a su alrededor. El agua en la que se encontraba inmersa se volvió oscura, tan oscura que apenas distinguía sus propias manos, y su campo visual se redujo a un brillante túnel del tamaño de un guisante. Creyó que se trataba de una pesadilla. Aunque razonó que no era posible, porque tenía los ojos abiertos, y tras cerrarlos se quedó flotando boca abajo en las profundidades marinas. Pero antes de desmayarse vio cómo el mar se llenaba de infinitos puntos tornasolados. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Ponzoñoso ejército cargado de veneno que, a modo de lluvia mortal, se precipitaba desde las alturas hacia un mundo que comenzaba a ser cada vez más el de Estela.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-4391549397333484285?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/4391549397333484285/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=4391549397333484285' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/4391549397333484285'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/4391549397333484285'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/08/18-el-ataque.html' title='18 - EL ATAQUE'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SLKEwJAWryI/AAAAAAAAAEc/XW-gspxvmDA/s72-c/Caracola+18.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-4059206495099555001</id><published>2008-08-12T17:05:00.004+02:00</published><updated>2008-08-16T14:53:27.387+02:00</updated><title type='text'>17 - EL APRENDIZAJE</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SKbJ8B8acqI/AAAAAAAAAEU/QEHOVheNwdo/s1600-h/Caracola+17.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5235093650015941282" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SKbJ8B8acqI/AAAAAAAAAEU/QEHOVheNwdo/s320/Caracola+17.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Los días fueron sucediéndose uno tras otro y lo que en un principio era novedad pronto se convirtió en rutina, en una agradable y apacible rutina en la que todo era tranquilidad. Dhana aleccionaba a Estela en el arte de bucear enseñándole cómo utilizar las habilidades que sus pulmones poseían sin saberlo, es decir la capacidad de permanecer largo tiempo bajo el agua sin necesidad de respirar. Y después le acompañaba hasta la entrada del desfiladero tras el que vivía la Genuina Estirpe, los Seres de Agua auténticos, sin mezcla, donde desaparecía para dejarla largas horas junto a Parténope.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Las conversaciones con la vieja sirena eran siempre muy instructivas a la par que reveladoras, lo que hacía que a Estela le pareciera que estaba aprendiendo de nuevo a vivir. Y es que sus palabras, cargadas de sabiduría y experiencia, lograban que la joven enfocara de manera diferente los acontecimientos pasados, que su vida cobrara sentido.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Los temas variaban, pero todos resultaban igualmente interesantes. Y entre broma y broma la anciana ponía a la adolescente al corriente de la forma de vida en ese extraño mundo bajo las aguas, además de algunas de las muchas curiosidades que lo rodeaban, como que algunos habitantes de Oceania descendían de la unión de los antiguos Seres de Agua con los pescadores caídos al mar siglos atrás. Y Estela le contaba otras de la superficie, en especial esa que aseguraba que el mar estaba vivo, algo que ella también llegó a creer en alguna ocasión. Y la vieja sirena reía a grandes carcajadas que llenaban el onírico espacio de alegre sonoridad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Vivo dices? ¿El mar vivo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Volvió a reírse moviendo la aleta final.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pues claro que está vivo, querida mía —exclamó provocando el desconcierto en la joven—. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Todo lo está ya que todo posee inteligencia. Una inteligencia distinta a la que estamos acostumbrados, pero que no por eso lo deja de ser. Un niño se forma en el vientre de la madre sin que nadie lo dirija, la tierra gira siguiendo una trayectoria, las mareas se suceden rítmicamente, los minerales se cristalizan en complicadas formas, las plantas crecen. ¿Acaso no es eso poseer inteligencia? ¿Acaso no es estar vivo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La joven reaccionó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero yo me refiero a tener garras, y ojos, y cuerpo con forma de olas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y así fue como la adolescente, mientras hacía con los pies pequeños remolinos en la piscina, le contó a Parténope las advertencias de corrían de boca en boca entre los viejos pescadores de Portamaris, junto con las que le narrara su padre de niña. Y Parténope le escuchaba atenta. A veces, llevada por la pena, se ponía seria, los ojos vidriosos, el aspecto lánguido. Y otras lanzaba al aire sonoras carcajadas, como cuando le explicó la manera en que extrañas criaturas atacaban la costa camuflándose en la lluvia y la espuma, en el temporal y la tormenta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Entonces la anciana le habló de cosas que la adolescente desconocía, y que abrieron su mente y su corazón. Como que si lo material que vemos en el mundo era enorme, igualmente lo era aquello que no se veía, lo carente de materia, lo espiritual. Que los Seres de Agua creían que todo estaba compuesto por energía, y esa energía se manifestaba en un campo visible y otro invisible. El visible eran las personas, los animales, las plantas, las cosas. Y el invisible, entre otras muchas, la intención. Así por ejemplo, si alguien quería mover un brazo, siempre que no hubiera ningún problema en contra el brazo se movería. Y si tenía un deseo, ese deseo podía cumplirse por la misma razón, pues para mover un brazo bastaba con dar orden al cerebro, y para conseguir un deseo verlo en la mente, sentirlo, pedirlo, identificarse con él.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Los niños de allá arriba pasan años y años aprendiendo a andar, a comer solos, a hablar. Todas manifestaciones físicas. Pero nadie les enseña a entrar en contacto con lo no material, a conocer el poder que tienen los pensamientos —le explicó—. Ni tampoco les enseñan a centrarse en ellos mismos y buscar su personal valía en lugar de medirse constantemente con los demás. Nuestros hijos corren libres sabiéndose observados, protegidos, pero nunca juzgados. Nadie espera que sean de una manera u otra, que sigan un cauce ya marcado, sino que descubran como son en realidad y lo que pueden hacer. No existe nada tan maravilloso como explorar las posibilidades que habitan en uno mismo. Por eso les hacemos entender que la vida es suya y sólo suya, que no tienen que contentar a nadie ni demostrar nada, que han de aprender de su propia experiencia, que el conocimiento no tiene límites.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Es bonito.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Bonito y práctico pues pronto descubren una importante ley universal, que todo lo que haces sea bueno o malo vuelve a ti como si lanzaras un boomerang, ese palo que siempre regresa. Y también otra ley más, a fiarse de las sensaciones que nos transmite el cuerpo ante algo, especialmente el corazón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Asimismo la anciana le explicó que los Seres de Agua no podían transformarse pero sí transmitir intenciones a través de la naturaleza, y que los Seres de Tierra, como no podían verlo ni palparlo, terminaron por negarlo y rechazarlo. Y Estela la observaba fijamente sin perderse cada detalle, cada gesto, cada inflexión de voz. Y leía en sus ojos el pasar de los años y el poso de conocimiento que éstos le habían dejado, de tranquilidad, de paz.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—De todas formas, querida, el miedo nos hace imaginar cosas que no son. Y como ya te dije los de allá arriba tienen mucho miedo a lo desconocido y la razón, a través de la que observan todo, hace que terminen volviéndose supersticiosos o incrédulos. Tanto es así que antiguamente los Seres de Tierra creían que algunos Seres de Agua dadas sus habilidades eran sobrehumanos, y les llamaban dioses, los dioses del mar, y todo porque eran capaces de atraer a un rayito por ahí, un truenito por allá —rió, y luego se puso seria—. Pero otras les llamaban demonios.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La boca de Estela se abrió de estupor. Las olas que tiraban de ella hacia la isla de la Piedra Santa estando en la barca. Las voces. Las sombras.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Vosotros me trajisteis hasta aquí —gritó entre admirada y asustada—. Fuisteis vosotros.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Fue tu intuición la que te hizo saltar sobre los miedos y prejuicios construidos a tu alrededor a lo largo de años —dijo la anciana—, mostrándote que hay mucho más de lo que vemos, mucho más por descubrir. Eso te trajo. Quizá nosotros ayudamos un poco, no lo niego. Pero has de saber jamás haríamos daño a nadie, y que la naturaleza sigue su curso. No somos responsables de todo lo que ocurre relacionado con el mar. No te dejes arrastrar por el temor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Las palabras golpearon el cerebro de Estela al igual que golpearon contra las paredes y columnas de la sala convirtiéndose en eco. En un eco conocido, como si fueran tesoros que la joven tuviera en su corazón y la anciana los fuera desenterrando uno a uno según los iba nombrando. Y entonces comprendió que la mayor parte de lo que esconde el universo no se percibe con los cinco sentidos, que la energía de la que todo está formado tiene infinitas maneras de manifestarse, que el temor a lo desconocido nos hace alzar muros mentales que quizá nos protejan pero también nos impiden ver la realidad como es.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—La isla de la Piedra Santa no está maldita —musitó en un murmullo—. El mar está vivo por mucho que algunos lo nieguen y no como otros creen. La vida es más de lo aparenta ser. Más de lo que aparenta ser.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Así es —afirmó la peculiar anciana—. Todas esas historias con las que creciste, todas esas ideas cargadas de miedo, esos ideales que no eran los tuyos, limitaron tu mente confundiéndola y haciéndote ver lo que no era. Y ahora es cosa tuya liberarla y permitirla crecer. Aunque deberás ser precavida, sí, te lo aseguro, porque así como encontrarás sabiduría igualmente muchos peligros, gente que querrá engañarte, senderos de perdición. Y tú tendrás que aprender a diferenciar entre lo que es bueno para ti y lo que no. A no ir de inocente, pero tampoco a cerrarte ante la vida y lo maravillosa que puede llegar a ser.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela se quedó pensativa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Si yo soy un Ser de Agua, entonces ¿también puedo hacerlo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Hacer el qué?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Lanzar rayos y todas esas cosas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Parténope sacudió las manos divertida, haciendo que sus pulseras de caracolas tintinearan al tiempo que su aleta final.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Bueno, las generaciones que hemos tomado el relevo de aquellos llamados dioses del mar por los Seres de Tierra sólo actuamos en casos muy concretos, para bien y nunca en nuestro propio beneficio. No es bueno alterar el ritmo de la naturaleza. Además no es tan sencillo —chasqueó la lengua risueña—, se requiere mucha experiencia y juntarse varios para conseguir la fuerza necesaria para hacer cosas tan grandiosas. ¿Contesta eso a tu pregunta?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, claro —hizo ella una mueca—. Pero lo de generaciones relevo —repitió extrañada—. ¿No decían antiguamente que los dioses eran inmortales?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Oh, sí, y también decían muchas cosas más. Pero te aseguro que no, querida, ni hablar —negó la vieja sirena haciendo aspavientos con los brazos—. Envejecían y morían como moriremos todos algún día. Lo que pasa es que al ponerle a uno de sus hijos su nombre parecía que nunca les ocurría nada, que eran eternos. No, no permitas que nadie te impresione ni te dejes llevar por las apariencias. Por ejemplo aquí, en Oceania, te presentarán a personas cuyos nombres te sonarán de ciertas leyendas. Pero no te confundas, cariño. Sin ir más lejos ése es mi caso. Cuentan que Parténope, sin ir más lejos, fue la primera sirena de esa historia que van contando por ahí de que se nos expulsó del mar tras fallar en la misión de atrapar al rey Ulises a base de cantos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Gesticuló mientras hacía sarcásticos comentarios.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y te aseguro que nadie nos expulsó. Qué tontería. ¿Cómo íbamos a expulsarnos a nosotros mismos del único lugar en el que podíamos vivir seguros? No, no permitas que unas simples palabras te engañen, escúchalas y busca lo qué hay detrás. Las palabras esconden sentimientos, intenciones, un por qué. Además, ¿no creerás que esa soy yo, verdad querida? No. Yo no le canté ninguna melodía a ese rey curiosón, aunque ahora que lo pienso me hubiera gustado hacerlo ya que por lo visto era muy apuesto y simpático —rió presumida, y la sala entera se contagió de su alegre dialogar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Las tardes junto a Parténope se sucedían plácidas en el palacio de piedra rosa del desfiladero. Las gentes se dedicaban a conversar en el graderío o a nadar en la cálida piscina, salpicándose entre risas y llenando el ambiente de alegría. Los había de diferentes edades, hasta recién nacidos, y todos se sentían a gusto jugando en las transparentes aguas, todos mitad pez mitad humanos. Y a cada movimiento de sus aletas el entorno se llenaba de vaporosas nubes que se perdían en los altos techos, entre las columnas, confiriendo a la estancia un aire de ensueño. A veces se sumergían y tardaban largo rato en aparecer. Entonces Estela sabía que se encontraban nadando en mar abierto, pues todas las piscinas comunicaban con el exterior. De haber salido del edificio a comprobarlo los habría visto en las alturas al otro lado de la mampara, buceando entre verdes algas y corales al igual que los restantes animales acuáticos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Una de esas tardes la joven se atrevió a preguntar qué separó a ambas razas. Parténope puso cara melancólica, dio un profundo suspiro y se arrellanó abatida entre los cojines.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Mi querida niña, la vida es un misterio apasionante, breve, eso sí, y en la que a todos se nos ha dado un alma que cuidar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Movió sus manos que de tan pálidas como eran parecían de nácar, esa nácar blanca con matices irisados que poseen en su interior las caracolas más hermosas, y continuó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Los Seres de Tierra comenzaron a olvidarse de ese alma al centrarse nada más que en el dinero y la productividad. Trabajo y trabajo era lo único que les interesaba, poseer cada vez más, alejándose del espíritu que todos llevamos dentro, incluida la naturaleza. Y ahora que nombramos a la naturaleza, ¿no te has fijado en su belleza? ¿en su sabiduría? ¿en su poder? La naturaleza es la gran maestra. Ella nos enseña a respetar los ritmos de recogimiento y exteriorización, como sucede en las estaciones. A comprender que cada acción tiene su reacción. A aceptar que tras la tempestad siempre llega la calma y de nuevo la tempestad, porque la vida es cíclica. A entender que son necesarios tanto los días de oleaje como los de bonanza. A respetar la vida y el lugar que habitamos por encima de todo, ya que todo tiene su razón de ser en la cadena inteligente en la que estamos inmersos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y mientras se lo decía, Estela asentía y asentía acordándose de lo que su madre intentaba explicarle por señas cuando era niña: que hasta lo más pequeño era importante, que era una tontería compararse con otros creyendo que por ser de una determinada manera o poseer ciertos bienes, significaba estar por encima. Gran error. Las piezas más delicadas de un engranaje son las más valoradas, las flores que duran un día las más apreciadas, y aún así todas igualmente necesarias, incluso los cactus y las malas hierbas. A veces lo menos atractivo guarda en su interior secretos de gran valor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Hubo una pausa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y donde nosotros veíamos prodigiosas cualidades, los Seres de Tierra sólo agua, montañas o bosques que esquilmar en su propio beneficio, a veces incluso hasta arrasarla —continuó la anciana en un habla cargada de exótico acento—. Quieren dominarla, explotarla, cuando lo lógico sería aprender de ella. Han olvidado que está viva, que siente y transmite un prodigioso saber a quienes se detienen a escucharla. Y también han perdido el juicio. No piensan que si la destruyen, ¿dónde viviremos? ¿de qué vamos a comer? No, un Ser de Agua jamás se comportaría así. Aprovecharía los bienes que nos ofrece la naturaleza, por supuesto, pero con sensibilidad. Por cada árbol talado plantaría un nuevo árbol, por cada casa construida dejaría un territorio salvaje, por cada animal capturado ayudaría a nacer a uno más, por cada día trabajado descansaría otro día. El equilibrio, querida, se trata de mantener el equilibrio, el Círculo Perfecto, el Orden Sagrado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Su gesto se tornó desaprobador mientras agitaba su canosa cabellera como si de una cascada de plata se tratara.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Quienes se dejan atrapar por el materialismo acabarán destruyendo el mundo. Esa frenética actividad que les acomete es terrible. Siempre corriendo. Siempre con prisas. ¿Cuándo juegan? ¿Cuándo contemplan lo que les rodea por el simple placer de contemplar? ¿Cuándo encuentran tiempo para soñar? —el gesto se le cambió por otro dulce—. Soñar es una de las posibilidades más maravillosas que existen. Entrar en un mundo donde hasta lo más impensable puede ser posible. ¿Y crear? ¡Ah...! Crear algo de la nada. Algo tuyo, hecho con tu cuerpo y tu mente sin límite de belleza ni imaginación. Sin límite de dimensiones, de estética o conceptos. Como quieras. Cuando quieras. Donde quieras. Pudiendo usar todo tu talento, tu inteligencia, tu genialidad. Sumirte en la inspiración. Poner en ello el alma.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Giró el rostro hacia Estela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿No has notado la de personas allá arriba que pasan por la vida sin sentirla? ¿Que miran hacia lo alto sin ver ni las nubes? ¿Que sólo valoran el dinero? ¿Que ignoran las puestas de sol? —murmuró crispando los labios—. ¿No te has dado cuenta de la cantidad de gente que parece no tener alma?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero el dinero es necesario.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, en su justa medida, sin embargo el respirar es más importante aún y la mayoría sólo se acuerda cuando algo les impide hacerlo, en lugar de detenerse de cuando en cuando a disfrutarlo y dar las gracias por ello. Creen que tienen derecho a estar sanos, a tener aire puro, agua, a que el mar de peces y la tierra frutos, a que salga todos los días el sol. ¿Y si llega un día en que esto deja de pasar? ¿Y si el planeta termina empobreciéndose por falta de cuidados, los ríos y mares a vaciarse, la atmósfera a envenenarse? Entonces se mirarán unos a otros y se preguntarán cuando sucedió, que estaban haciendo mientras todo eso pasaba, por qué no se dieron cuenta antes. Y yo se lo puedo contestar: porque estaban mirando hacia el lado equivocado, porque valoraban lo que realmente no era importante, porque recibían sin dar, porque observaban únicamente lo que pasaba delante de sus ojos y no el mundo en general. Y entonces será tarde.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Cogió la mano de Estela, y la joven notó un ligero temblor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No, no debemos permitir que esto ocurra. Debemos hacer algo. Tienen que reaccionar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Eso musitó la vieja sirena. Y luego, inesperadamente, se deshizo en cariñosas alabanzas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Oh, querida, perdóname, parece que te lo estuviera diciendo a ti que posees con toda seguridad una exquisita sensibilidad heredada de tu madre. Es que me entusiasmo a tu lado sabiendo que tendrás que tomar una importante decisión, elegir entre el mundo que conoces o el que te ayudará a conocerte, entre aquel en el que vives o lo que realmente eres. Y espero que no te arrepientas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se hizo el silencio, y Estela aprovechó para explicarle que en realidad ella buscaba a su madre y ya de paso, si era posible, saber quién era su padre. Y al oírla la vieja sirena permaneció en un principio confusa, pero luego soltó una risotada que hizo que los que había en la sala volvieran sus cabezas al tiempo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Qué cosas tienes, querida. Imagino que te referirás a quién ha contribuido a tu existencia. Pues bien, como repuesta a eso te diré que estás aquí, y nada más tiene importancia. Somos hijos e hijas de la vida y a la vida hemos venido a vivirla, no a preguntarnos quién nos trajo. Relájate. El viaje es corto y tienes derecho a ser feliz. Deja ya de atormentarte con tus orígenes. Los lazos de sangre son importantes siempre que vayan unidos al afecto, si no, no significan nada. El caso es sentir con alguien una auténtica conexión que vaya más allá del lugar en el que naciste y de quién. Mira a tu alrededor no con los ojos del cuerpo sino con los del alma, y dime qué ves. ¿No sientes cómo la humanidad formamos una enorme y extensa familia? Si lo piensas bien todos somos hermanos y hermanas. Todos padres y madres. Todos hijos e hijas. Y lo demás son muros que erróneamente se supone que protegen cuando en realidad ahogan. Palabras y sólo palabras. Miedo. Temor. Disfruta del amor sin obligaciones ni convencionalismos. Ensancha tu corazón. Quiere de verdad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Un halo de tristeza nubló la mirada de Estela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Te ocurre algo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente frunció el ceño.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Mi vida no ha sido precisamente fácil.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Lo sé, querida, lo sé. Pero que sepas, para tu tranquilidad, que cualquier suceso es una oportunidad para crecer. Todo depende de cómo te lo tomes. Lo que has vivido tiene un sentido. Igual tú necesitabas pasar por esa experiencia que te hizo tanto daño, pero que también te sirvió para evolucionar. Piensa que todos estamos aquí para aprender, y aunque suene terrible solemos hacerlo más fácilmente a través del dolor. Aprender a tener paciencia, a confiar en la vida, a ser compasivos y comprensivos, a ser humildes, a aceptarnos y aceptar a los demás. Y el cómo lo aprendamos da lo mismo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Aceptar a los demás. Estela se acordó de aquellos del pueblo con los que nunca había congeniado, los que se metían con ella de pequeña, los que rumoreaban a sus espaldas y no le dejaban en paz.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y si tu forma de ser no coincide con la de otros? —exclamó sintiendo una punzada de dolor al recordarlo—. ¿Y si te hacen daño o te tratan mal?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No tenemos por qué llevarnos bien con todo el mundo —le sonrió amable la anciana haciendo que se desvaneciera su malestar—. Hay quienes actúan llevados por unos valores que chocan con los nuestros, y no hacen más que nuestro avanzar. Si es así deséales lo mejor y aléjate. Pero no les odies ni les guardes rencor. El odio te ata a ellos y hace que malgastes la energía que necesitas para continuar. Te lo explicaré mejor, hay gente que da energía y gente que la roba. Con aquellos que te apoyan y te acompañan en tu caminar tienes un mutuo intercambio que llena a ambas partes de la fuerza necesaria para progresar; y los que critican tu forma de ser te la restan impidiéndotelo. Es así de sencillo. ¿Lo entiendes?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela asintió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Olvídate de lo que piensen de ti y sigue adelante. El problema es que no acabamos de creernos que lo más importante de nuestra estancia en la tierra es conocernos a nosotros mismos, descubrir quienes somos realmente, encontrarnos con nuestro auténtico yo. Pero encontrarnos sin todas esas capas que nos vamos poniendo y poniendo por encima empujados por la sociedad. Ir más allá.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana suspiró, evocadora.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¡Ah!, y también amar. Amar a la vida y lo vivo en general. Porque el amor es lo que nos une al universo. Lo que nos hace ser.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Carraspeó y se dirigió a ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y siendo algo más prácticos, te diré que no tienes por qué estar con quien no te gusta, ni leer lo que no te agrada, ni pensar como los demás. Al igual que las emociones hay pensamientos que quitan energía y pensamientos que la dan. Traza el rumbo de tu vida. Si actúas en contra de tus ideales o te tragas los pensamientos de otros con los que no estás de acuerdo es igual que si ingirieras veneno, puedes acabar por enfermar. No temas decir “no” cuantas veces quieras, pero cuando pronuncies un “sí”, que sea de verdad. Lo demás es traicionarse a sí mismo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero si haces eso, a veces te quedarás solo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Puede, pero la soledad también forma parte del viaje, de crecer siempre que no la veas como algo aburrido ni terrible, sino como una oportunidad para aclararte y saber lo que quieres en realidad. Piensa que para existir no necesitas la aprobación de otros. Madurar significa tomar tus propias decisiones, eso sí, aceptando las consecuencias que vienen detrás. Y para ello ten en cuenta que cualquier cosa que hagas dejará una huella en tu alma y tu organismo. Porque todo nos afecta. Todo queda registrado. Todo construye o destruye. Por eso depende de ti que el resultado sea un hermoso edificio o la más horrorosa de las ruinas. Aunque suene extraño somos lo que comemos, lo que vemos, lo que pensamos. Si contemplas un paisaje maravilloso eres esa maravilla por unos momentos. Y si prefieres revolcarte en la rabia y la envidia, envidia y rabia serás, si en el miedo, en miedo te convertirás quedándote estancado y sin posibilidad de avanzar. Busca lo que da alegría a tu corazón. Piensa que tú y sólo tú eres responsable de tu vida y de tu alma. De tomar decisiones. De cuidarlas o no.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y cómo se cuida el alma? —le preguntó la adolescente sacando los pies del agua y recogiéndolos hacia atrás.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana no dudó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tomándote un tiempo diariamente para hacer cosas sencillas que te enriquezcan por dentro —respondió sonriendo levemente—. Aceptándote como eres. Sintiendo las cosas de verdad. Estando de acuerdo con cada acción que emprendas, incluido lo que digas o pienses. Desarrollando el amor y la compasión. Riéndote a menudo. Viviendo sin juzgar. Preguntándote de vez en cuando hacia dónde te diriges en la vida y lo que deseas realmente hacer. Y sobre todo creando, porque crear es la voz con la que se expresa el alma.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Hizo una pausa, para continuar:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y nunca, nunca, te sientas culpable. La culpabilidad es un hondo y oscuro pozo que no lleva a ninguna parte. Si crees haber hecho algo mal, arrepiéntete y aprende de ello. Todos nos equivocamos alguna vez. Todos estamos creciendo. Era lo mejor que sabías hacer en ese momento. Y si no crees haber hecho nada malo, ¿de qué te sirve sentirla? Déjala atrás, querida. Déjala atrás.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y cuando no hacemos lo que los demás quieren? —se quejó ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana reclinó a un lado la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Querida, los demás pueden tener todos planes que quieran para nosotros, pero nosotros tenemos nuestros propios planes. No, no le quites el sentido a tu vida, no permitas que te desvíen por banalidades del rumbo que conduce a tu sueño, ni te conviertas en una veleta que hasta el más ligero viento mueve a placer. Tú sigue con tu navegar y que ellos sigan el suyo. Es bueno ayudarse, tenderse la mano, pero no entorpecerse, y sobre todo cuando es por capricho. Todos tenemos un camino que recorrer, cada uno el suyo propio o no nos llevará a ninguna parte, y hemos de hacerlo con apoyo o sin apoyo de los demás.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—A mí también me gustaría encontrarlo y ser feliz —arqueó Estela las cejas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—En el camino ya estás. Todos estamos en algún camino. Y en cuanto a la felicidad, ya vendrá. Ten en cuenta que proviene de la armonía, en este caso de la armonía entre tu interior y tu exterior. Vive haciendo lo que crees y cree en lo que haces. Una forma de vivir tranquila, ordenada y sencilla, siendo honrada contigo misma, aceptando lo que llega y dejándolo marchar, te proporcionará felicidad. Y por supuesto pasando por alto lo que opinen los demás. Allá arriba te dirán que cultivar la mente es de egoístas, el espíritu, estar loco, ser aburrido o ir de trascendental, como si esto fuera un insulto, que sentir o hablar de los sentimientos, de sensibleros. Y cuando lo oigas no olvides que los Seres de Tierra son mayoría, y no dudes de tu forma de ser.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Respiró lenta, pensativa, para finalizar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y recuerda, con humildad y respeto, que son el complemento a los Seres de Agua. Llegará un día en que no tendrás la necesidad de justificarte ante nadie ni te sentirás extraña, entonces te habrás aceptado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Eso le dijo la vieja sirena, y ella asentía y asentía. Sus palabras llenaban el cálido ambiente, y la joven notaba cómo atravesaban los poros de su piel y le iban calando poco a poco hasta lo más hondo de su ser, donde parecían que siempre habían estado y la vieja sirena simplemente se las recordara. Y su corazón se empapaba de ellas, y su mente, y su alma. Al lado de esa singular mujer se veía trasladada a un universo donde las horas corrían a distinta velocidad y su vida cobraba sentido. Donde ya no se preguntaba angustiada quién era ni por qué se comportaba de manera tan extraña para los demás. Donde ya no sentía incomprendida, temerosa o sola. Su sensibilidad había dejado de ser un problema para convertirse en una virtud. Una virtud gracias a la que poco a poco se iba descubriendo a sí misma. Y eso le gustaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Sin embargo la conversación finalizaba una vez más con la llegada de Dhana quien, al igual que Cronos, el medidor del tiempo, entraba silenciosa en la sala anunciando la hora del regreso. Y como siempre sucedía la joven abandonaba el magnífico palacio de piedra rosa, excavado en la roca de Oceania, con la cabeza bullendo de preguntas sin resolver y el ardiente deseo de que pronto amaneciera para poder regresar y continuar por donde lo habían dejado. Porque el saber es inacabable, y cada pregunta encierra dentro de sí infinitas preguntas más. &lt;/div&gt;&lt;div&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-4059206495099555001?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/4059206495099555001/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=4059206495099555001' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/4059206495099555001'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/4059206495099555001'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/08/17-el-aprendizaje.html' title='17 - EL APRENDIZAJE'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SKbJ8B8acqI/AAAAAAAAAEU/QEHOVheNwdo/s72-c/Caracola+17.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-6264818779224817726</id><published>2008-08-05T17:56:00.004+02:00</published><updated>2008-08-06T16:58:25.472+02:00</updated><title type='text'>16 - PARTÉNOPE</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SJh50ByGwZI/AAAAAAAAAEM/8wZghoMn1ys/s1600-h/Caracola+16.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5231064901929582994" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 127px; CURSOR: hand; HEIGHT: 213px; TEXT-ALIGN: center" height="344" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SJh50ByGwZI/AAAAAAAAAEM/8wZghoMn1ys/s320/Caracola+16.jpg" width="216" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hay sueños de oro y plata, sueños de espuma y sal, sueños de viento y remolinos, y sueños imposibles con los que por mucho que queramos no podremos nunca soñar. Este último vivía Estela, sólo que no se trataba un sueño. Era realidad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El palacio, excavado en rosácea roca pulida con ligeras vetas blancas, parecía sacado de un fantasioso cuento como los de “Las mil y unas noches”. El vano de entrada, alto y sin puertas, se abría a una enorme sala de elevada bóveda y columnas en los laterales, todo hecho de la misma piedra. En la parte superior unos cuantos ventanales dejaban pasar la luz, una luz clara, difusa, llena de reflejos de peces y otros animales acuáticos. Y en el centro tenía una piscina rectangular que ocupaba gran parte de la sala y en la que había gente bañándose, ajenos a su presencia.&lt;br /&gt;El agua debía de estar caliente, porque de su superficie salían nubes de vapor que humedecían el ambiente convirtiéndolo en tibia bruma. Bruma que al tocar las paredes y las columnas se transformaba en pequeños regueros de agua que se deslizaban gota a gota, lentamente, y caían desde lo alto con hipnotizador sonido. "Plic" "Plic" "Plic".&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Aproxímate y déjame que te vea de cerca, querida, a mis años ya voy perdiendo vista —resonó en la sala una grave voz.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La joven entrecerró los ojos para ver de dónde procedía, y al no descubrirlo caminó despacio hasta el borde de la piscina.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Es cierto lo que dicen. Eres igualita a tu madre.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Mi madre? —lanzó Estela la pregunta sin saber a quién. Seguía sin ver a nadie más que bañistas entre la cálida bruma—. ¿Es que la conoció?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tutéame, cariño, tutéame —le dijo nuevamente la ronca voz—. Dime, ¿te apetece un bañito?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela negó con la cabeza. Y hacerlo descubrió al fondo de la sala una escalinata compuesta por siete escalones. Cuatro de ellos se internaban en la piscina, y los tres siguientes sobresalían formando una pequeña grada en la que una exótica anciana yacía tumbada de medio lado. Echada sobre mullidos cojines de pálidos colores, tenía cubierto la mayor parte de su cuerpo con delicadas gasas. Su pelo, completamente blanco, largo y ondulado, estaba adornado con pequeñas caracolas que igualmente llevaba en los brazos, engarzadas en finas pulseras.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Ven, ven y siéntate a mi lado —le invitó la mujer.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La joven se acercó bordeando la piscina, y al llegar frente a ella permaneció de pie, con rodillas temblonas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Entonces ¿es cierto que la conoció?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—El tuteo querida, no olvides el tuteo, es muy importante. Soy una anciana, pero aún me queda mucha coquetería con la que convivir. Y ahora volvamos a lo de tu madre. Conocer no es la palabra adecuada. Ambas éramos grandes amigas. Venía a menudo a visitarme. Nos encantaba charlar. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;charlar.&lt;br /&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela cerró los ojos un instante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No, no puede ser la misma persona de la que hablamos. Mi madre era muda.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Muda? —soltó una carcajada la anciana haciendo que se removieran las nubes de cálido vapor—. Qué cosas tienes, querida. Poseía un carácter dulce a la vez que divertido. Nos reíamos mucho juntas. Solía contar historias sumamente ingeniosas, con gran sentido del humor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Su tono de voz se agravó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Hasta que un mal día desapareció. Fue una tragedia. La perdimos tras el ritual que se celebra en la superficie en honor a Sothis. Se desencadenó una terrible tormenta. Al tratarse de una Embajadora supusimos que regresaría en caso de que el accidente no hubiera tenido un desenlace fatal. Y por lo que veo me alegra comprobar que no lo tuvo, pues estaba embarazada y aquí estas tú, entre nosotros, con lo que aún quedan esperanzas de que regrese, ¿no es así?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;¿Su madre contando historias? ¿Ritual en la superficie? ¿Sothis? Las palabras bailaron en la mente de Estela intentando cobrar sentido.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, efectivamente sobrevivió. Fue a parar a la costa. La recogió un farero y...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¡Oh!, ya imagino, ya. No me digas más -le interrumpió la anciana alborozada, cubriéndose con el chal que a ratos se le escurría por los hombros desnudos. Luego calló y se puso seria—. Perdona mi torpeza, querida. Dices que se quedó muda. ¿Y ahora, qué es de ella?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;A Estela le salió un hilo de voz.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Desapareció cuando yo era pequeña.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Desaparecer? —repitió la anciana en un susurro con gesto apenado—. ¿Desaparecer dices?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Alzó los ojos hacia el techo de la alta bóveda, allá donde se veían los peces pasar a través de una amplia cristalera, permaneció así unos instantes, y después volvió a mirarla con iris vidriosos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Vaya. Lo siento. No sabía nada. Perdona mi torpeza. ¿Muda? ¿Tú pequeña? Entonces no pudo contarte quién eres. ¡Oh, querida, has debido de sentirte tan sola y desamparada! ¡Tan perdida!&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente notó una oleada de calor invadirle los ojos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Siéntate, siéntate —le dijo con dulzura, como si se dirigiera a una niña pequeña, golpeando con la mano repetidas veces en las gradas—. Tenemos mucho de qué hablar tú y yo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Ella obedeció, y la mujer comenzó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Antes vivíamos todos juntos ¿sabes? Aunque yo no existía en esa época. No. Sucedió hace muchos, muchísimos siglos, y no soy tan vieja, no creas —apostilló coqueta—. Los mares rodeaban el mundo, y esos mares estaban todos unidos entre sí como también lo estaban los ríos y las aguas subterráneas. Todo se comunicaban. Todo formaba uno. Al igual que los seres que poblábamos la Tierra compartíamos comida y trabajo —Carraspeó haciendo una pausa—. Pero permíteme, querida, permíteme que comience por el principio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La exótica mujer de pelo cano y caracolas en el pelo y los brazos se arrellanó entre los cojines, hizo memoria y comenzó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—En el origen de los tiempos el universo fue creado basándose en el equilibrio. En un equilibrio de energía opuesta pero complementaria que daría continuidad a la vida gracias a un incesante movimiento: el Orden Sagrado, el Círculo Perfecto. Así fue como nació el sol y la luna, la noche y el día, el verano y el invierno. Y cuando le llegó el turno a la humanidad fueron divididos en...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Miró interrogante a Estela, quien respondió:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—En hombres y mujeres.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, en hombres y mujeres, como tú bien dices —corroboró la anciana—. Pero dentro de ellos en algo mucho más importante aún, en Seres de Tierra y Seres de Agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se hizo el silencio. Silencio en el que la adolescente se vio trasladada a su habitación del faro, años atrás, donde oyera hablar por primera vez sobre extrañas criaturas con ese mismo nombre, a esa edad de inocencia y confianza ciega en la que todavía creía en leyendas. Y recordó cómo entonces se embebía de lo que el farero le contaba sentado a los pies de la cama, su versión de los hechos. Pues bien, ahora había llegado el momento de escuchar la versión de un Ser de Agua. Y no con la misma pureza que antaño, pues eso es imposible, pero intentando poner la mente en ello, y los sentidos, y el corazón, se dispuso a escucharla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana había cogido en una mano una piedra, en la otra agua de la piscina improvisando un cuenco, y extendiéndolas se los mostraba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Míralos bien, e incluso si lo deseas puedes tocarlos. Ambos completamente distintos entre sí pero ambos igualmente necesarios. Lo uno rígido, palpable, físico, terrenal; lo otro imprevisible, amoldable, escurridizo, acuático.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Los dejó a un lado y clavó sus pupilas en Estela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Esas mismas características nos definen a los de una y otra raza, así como nos definen muchas más. Unos todo exterior, los otros volcados hacia dentro. Unos fortaleza, llenos de energía, los otros delicados, sutiles. Unos necesitados de leyes, de normas, los otros de libertad, de emociones. Unos viviendo a través de la razón, los otros del sentimiento. Unos rigiendo su vida por el sentido del deber, los otros por disfrutar de cada momento. Unos viviendo a través de la lógica, los otros de la sensibilidad. Pero ambos igualmente necesarios, como ya te dije, las dos caras de una misma moneda, los tonos altos y bajos de una canción, el mutuo complemento. El mundo sería imposible si brillara siempre la luna, si siempre fuera de día o luciera siempre el sol. Es tan necesario el científico como el poeta, el trabajo que la contemplación.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Sus exóticos ojos, casi carentes de párpados, se nublaron de tristeza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—En aquella época todos vivían unidos, compartiendo, respetando, aprendiendo, hasta que llegó el día en que los Seres de Tierra decidieron aprisionar las aguas construyendo pantanos y diques, dirigiendo el cauce de los ríos, ahogando manantiales, alzando muros tras los que se refugiaron rechazando a los que pensaban de otra manera. Fueron tiempos duros. Hubo una terrible matanza. Los pocos supervivientes que lograron escapar se escondieron, y lo hicieron en el lugar que sus atacantes más temían, el mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Alzó la voz, ronca, llena de dolor, que retumbó en la enorme sala impregnada de vapor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Quisieron someternos como sometieron a las aguas, aprisionarnos, imponernos sus autoritarias ideas. Y a los Seres de Agua, que amamos la libertad por encima de todo, no nos quedó más remedio que alejarnos. Sólo a un loco se le ocurriría separar la luz de la oscuridad, el calor del frío. Desde entonces la Tierra está en desequilibrio, enferma, y camina lentamente hacia su destrucción.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela se quedó impresionada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Qué horror —no pudo evitar exclamar. Y su reacción no se hizo esperar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, fue terrible. Pero nosotros no juzgamos, sólo observamos. Y desde nuestra posición neutral comprendemos que era lo único que podían hacer los Seres de Tierra. O mejor dicho que sabían hacer, dado el nivel de crecimiento interior en el que se encontraban en ese momento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero, ¿por qué lo hicieron?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Por ignorancia, querida. O si prefieres llámalo miedo. Miedo a lo desconocido, a lo que no veían, miedo al futuro. Pretendían controlarlo todo creyendo, gran error, que así evitarían el sufrimiento, que nada les pillaría desprevenidos. Olvidando que la vida es una sucesión de hechos en su gran mayoría imprevisibles. Su afán por dominar les llevó a explorar tierra firme clasificando cada palmo de terreno, inventando las leyes que les convenían y colocándolas por encima de las naturales, manipulando ciclos y cuerpos, queriendo domar el universo. Pero el mar les fue imposible y no lo pudieron soportar. El mar les asustó porque es ingobernable, profundo, misterioso, y arremetieron contra él y lo que más se le parecía, los Seres de Agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero en realidad ¿somos tan distintos unos de otros? —preguntó la adolescente sin saber qué pensar—. Me refiero a la forma de vivir, al día a día.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tú misma podrás comprobarlo. No tenemos religión y sin embargo poseemos una mente religiosa, pues honramos en todo momento al espíritu que hay tras cada acto y tras cada cosa. Entre nosotros no existen las normas, aunque impera el respeto como modo de vida. No formamos familias, pero cuidamos todos de todos por el mero hecho de estar vivos. Y en cuanto a la enfermedad, ellos atacan al cuerpo con sustancias devastadoras para sanar una parte de él, mientras que nosotros le decimos a la parte afectada lo importante que es en nuestro sistema, lo mucho que la necesitamos, que haremos todo lo posible para que se cure, escuchamos lo que esa enfermedad nos quiere decir, pues las enfermedades se producen por algo, lo corregimos, y luego ayudamos al organismo a que recupere su equilibrio con productos beneficiosos que activen su sistema defensivo en lugar de destrozarlo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Calló y sin embargo no se hizo el silencio. De fondo se oía el agradable chapotear de las gentes en la piscina de aguas transparentes y cálidas, las risas de los adultos y los pequeños, las gotas que de cuando en cuando caían del techo y se entremezclaban con el canto, allá afuera, de las ballenas y los delfines. Y cuando habló de nuevo parecía como si se lo estuviera diciendo a sí misma.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Nadie debe decir lo que hemos de pensar o hacer. La mente ha de estar libre, no atada, al igual que el agua, que estancada termina por empobrecerse y ensuciarse mientras que la del río, en constante movimiento, es clara y limpia. Sólo así encontraremos cada uno nuestro camino. Sólo así hallaremos la verdad. Esa verdad que está en un centro y a la que hemos de acceder cada uno por su propio sendero. No, al mar no hay que temerlo, sino respetarlo. El mar significa libertad, sentir, soñar —musitó evocadora—. Horizontes interminables, espacios carentes de límites, de autoridad y de rumbo, salvo el que uno quiera trazarse.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero, ¿y el Consejo de Ancianos? ¿No son la autoridad aquí?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Parténope volvió en sí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿El Consejo de Ancianos? Oh, no, querida, no. Ellos toman las decisiones rápidas, detalles en los que urge una determinación. Pero para lo importante, lo decisivo para la comunidad, se convocan reuniones.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y gana la mayoría, claro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No. La mayoría no tiene siempre por qué tener razón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Entonces, ¿cómo lo hacéis?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana sonrió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Ya lo irás aprendiendo, ya. Para qué dictar leyes cuando el universo tiene las suyas propias. ¿Cómo crees si no que funciona el cosmos? Y esas leyes no varían con el paso del tiempo ni se modifican según intereses, porque son eternas. No cambian dependiendo de uno u otro lado, de unas personas u otras. Siempre son las mismas, siempre. Y hablan del respeto a la vida y lo vivo. De no interferir en la naturaleza. De no hacer las cosas por el resultado sino porque sientas que así deben ser. De que a cada acción le sigue una consecuencia. De que quien da recibe. De aprender del silencio. Y en especial de algo sumamente importante, el particular propósito de cada uno, su razón de ser.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Suspiró.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Es muy curioso, los Seres de Tierra hablan mucho de leyes y leyes, pero no tienen en cuenta una de las principales: no robarle a nadie la tranquilidad, no alterar su paz personal, no interferir en la vida de los demás. Curioso, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela también suspiró al comprender todo lo que desconocía. Y la anciana, que comprendió su inquietud, continuó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero relájate, querida, y dale tiempo al tiempo. Estás aquí con objeto de elegir entre uno u otro mundo. Algo complicado a la vez que excitante, pues se trata del lugar en el que te criaste o el de tus orígenes, de lo que conoces o lo desconocido pero que forma parte de tu naturaleza, y eso es lo único que ahora debe importarte. Somos distintos una y otra raza, querida, sí, pero en definitiva todos anhelamos lo mismo, ser felices y que nos quieran, así como todos tememos lo mismo, el sufrimiento y el dolor. Lo único que nos diferencia a unos y a otros es la manera en que lo conseguimos o lo evitamos, y eso es lo que ellos nunca entendieron.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Hizo una pausa, miró al techo melancólica y luego se volvió hacia la joven.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tras la matanza quedaron algunos rezagados que no pudieron huir y que acabaron mezclándose con los moradores de tierra firme ocultando sus habilidades y su forma de ser, como si se tratara de un secreto, para pasar inadvertidos. Y esos rezagados con el tiempo tuvieron hijos, y estos a su vez hijos también, de manera que sus genes se fueron introduciendo poco a poco en la otra raza. Por eso, de cuando en cuando, entre los Seres de Tierra nace una criatura dotada de una particular manera de ver la vida, de rebeldía, de sensibilidad, de creatividad. Un espíritu indomable.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Entonces, es cierto que hay Seres de Agua allá arriba —musitó Estela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La anciana sonrió orgullosa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Hay Seres de Agua, querida. De muchos tipos y de muchas clases, tantas como seres habitan en el mar, así como también hay tantas clases de Seres de Tierra como seres vivos habitan en tierra firme. Pero de la misma forma en que estos últimos dirigen y ordenan como si el planeta fuera suyo, los Seres de Agua sobreviven sintiéndose incomprendidos, perdidos, menospreciados en muchas ocasiones por el resto de la sociedad que interpreta equivocadamente su delicadeza como debilidad, su manera de ser como rareza. Tu caso es bastante particular. Tus padres eran ambos Seres de Agua, una situación singular en la superficie, donde la mayoría de los que son como nosotros nacen en familias de Seres de Tierra, lo que causa gran desconcierto y extrañeza. Y es que los genes están allí, como ya te dije, entremezclándose cada vez más y más en la raza contraria. Lo que explica por qué en un mundo que se rige por la ambición, las prisas y el dinero, hay quienes poseen una especial sensibilidad, imaginación, amor por la belleza. Por qué causan tanto pudor los sentimientos. Por qué avergüenza ser sensible.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Parténope respiró hondo, tomo aire y musitó una letanía que lleno la sala de una hermosa sonoridad. Sonoridad que se extendió por entre las columnas rosáceas, por el alto techo acabado en cristalera por la que se veían pasar los peces nadando, por el cálido vapor ambiental.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en cada surco una frase,&lt;br /&gt;y en cada brillo un sentimiento,&lt;br /&gt;y en su sonido,&lt;br /&gt;la sabiduría perdida de los antiguos,&lt;br /&gt;el palpitar del universo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—La sabiduría perdida de los antiguos —repitió la joven extrañada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí querida, ese saber ancestral y eterno que proviene del alma —respondió la exótica mujer mirando a lo lejos-. Y cuando digo alma me refiero a lo que todos llevamos dentro, muy dentro por mucho que algunos lo nieguen o lo quieran ignorar, a la esencia, al espíritu que habita en nuestro interior y nos conecta con la fuente del universo. No se aloja en ninguna parte del cuerpo, no podemos tocarla ni tiene ubicación, está más hondo que la personalidad. Pero sin embargo es ese alma lo que realmente somos, lo que da sentido a nuestra vida, lo que nos orienta cuando no sabemos qué hacer ni qué camino tomar. Es como tener un sueño y quererlo realizar. Un sueño que nos hace crecer interiormente, querernos superar. Cuando no actuamos por culpa, ni por obligación, ni necesidad, sino porque algo nos motiva de verdad, una oleada de energía nos impulsa a seguir y seguir hacia adelante. Ésa es la mejor prueba de que estamos en el sendero del alma. Y si cierras los ojos y no te aferras a los pensamientos, si respiras hondo, a veces la podemos sentir. A veces.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se volvió hacia Estela. Su pelo cano. Sus dedos finos y largos. Su piel arrugada e intensamente pálida oliendo a jabón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Hay quien te dirá que eres muy joven para pensar en esas cosas. Pero yo te aseguro que no existe edad para empezar a buscar la verdad, para decidir lo que es realmente importante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y qué es realmente importante?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Parténope se tomó su tiempo antes de responder.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Eso tendrás que descubrirlo tú. Ante algo pregúntate si es necesario o no. Y desde luego, si puedes prescindir de ello, no es importante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Inspiró lentamente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—El cántico que antes entoné significa que nosotros, los Seres de Agua que habitamos en el mar, enviamos caracolas a los de la superficie para que no olviden quienes son. Y ellos, que aunque no lo sepan hablan el lenguaje del alma, reciben el mensaje y pese a que no lo entiendan en su corazón sienten que hay algo más. Algo más tras ese lejano, acuoso horizonte azulado que les estremece, que tanto les atrae y con el que a veces, sin saber por qué, se sienten identificados.&lt;br /&gt;Estela permaneció callada. Acababa de descubrir realmente por qué se aferraba a cientos de ejemplares con ese afán desde pequeña, por qué buscaba a todas horas por la playa un olor tan característico. Por qué le hablaban las caracolas. Y con el descubrimiento el tiempo se quedó detenido. El cosmos parado. No había prisa, no corrían los minutos. Tenía la sensación de que no venía de ninguna parte, de que no iba a ninguna parte. De que estaba en el lugar perfecto y en el instante perfecto, siendo una con el universo, sintiendo su palpitar dentro de sí. Ese saber que habita en nosotros desde el origen de los tiempos y que no habla de nombres y de fechas, sino de armonía y paz, de ser sencillamente, de hacerlo lo mejor que sabemos en cada momento, de encontrarnos con nosotros mismos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La voz de la vieja sirena le hizo volver en sí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Estás a gusto aquí, en nuestro mundo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente se lo pensó antes de contestar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No sé —dijo despacio, todavía hechizada por el mágico momento—. Llevo tan sólo horas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Es por tu compañera, ¿verdad?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Algo así.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Dale tiempo, querida, dale tiempo. Los Seres de Agua no fingimos afectos. Tardamos en abrirnos. Pero te aseguro cuando lo hacemos nos convertimos en amigos de verdad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Parténope alzó la vista hacia la entrada. Allí estaba Dhana, de pie junto a las columnas, sin atreverse a interrumpir.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pasa, pasa, muchachita, no te quedes ahí -le dijo alzando la mano y moviendo los dedos hacia adelante y hacia atrás—. Me encanta el respeto que impongo —bromeó golpeando ligeramente con el codo a Estela, y después se dirigió de nuevo a Dhana:— Tu pupila es muy interesante. He pasado un rato realmente agradable en su compañía. Incluso sorprendente, diría yo, tratándose de la primera cita. Me gustaría mantener otra charla con ella mañana.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dhana asintió con una leve inclinación de cabeza, indicó a Estela que le siguiera y retrocedió hasta la salida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Por lo que veo le has caído bien —le dijo mientras descendían los escalones que conducían a la plaza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, eso parece —musitó ella, y añadió deteniéndose intrigada—. Pero lo que no entiendo es por qué le llaman “la vieja sirena”. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y entonces, al volverse, lo comprendió. Las gasas que Parténope llevaba por encima, tapándole el cuerpo, habían resbalado a un lado dejando al descubierto lo que ni en sus más remotas fantasías hubiera imaginado jamás. Tenía cola de pez en vez de piernas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-6264818779224817726?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/6264818779224817726/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=6264818779224817726' title='7 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/6264818779224817726'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/6264818779224817726'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/08/16-partnope.html' title='16 - PARTÉNOPE'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SJh50ByGwZI/AAAAAAAAAEM/8wZghoMn1ys/s72-c/Caracola+16.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>7</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-2203288838305989893</id><published>2008-07-02T16:48:00.004+02:00</published><updated>2008-07-02T18:18:47.822+02:00</updated><title type='text'>15 - OCEANIA</title><content type='html'>&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SGuWGJgCpyI/AAAAAAAAAEE/xQ9iK9kgxCA/s1600-h/Caracola+15.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5218429625612543778" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SGuWGJgCpyI/AAAAAAAAAEE/xQ9iK9kgxCA/s320/Caracola+15.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Existen peces depredadores que persiguen a sus presas y peces carroñeros que esperan impasibles a que la comida caiga de las alturas. Pero también existe un extraño ejemplar, del tamaño de la palma de una mano, que se nutre de la fina capa de verdín que crece sobre un material más extraño todavía, succionándola con su boca plana de ventosa. Y ese ejemplar es el que mantenía libre de plantas y pequeños animales la cubierta del reino sumergido. Una descomunal, extensa e irregular mampara transparente parecida al cristal solo que burda, gruesa y rugosa, que lo mismo podía tocarse de lo cercana que se hallaba del suelo como que se perdía de vista en lo alto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Protegía un peculiar ecosistema de las aguas saladas. Ecosistema en el que no había carreteras, ni edificios, ni nada que delatara la presencia de vida inteligente. El paisaje en su interior se extendía a lo lejos formado por canales, valles, colinas, desfiladeros, montañas y altas mesetas, como cualquier otro de la superficie. Todo ello en una tonalidad color tierra que la tamizada luz convertía en zonas en dorado, salpicado de pequeños matojos verdes parecidos a juncos o algas. Y por cielo tenía un inmenso océano azulado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Las jóvenes descendieron por una rampa hasta lo que parecía ser una plaza, donde se les acercó una chica algo menor que ellas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Dhana, ¿tú por aquí? Te creía compitiendo en los Juegos Istmicos —exclamó con admiración.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tenemos una invitada entre nosotros —dijo Dhana, y después se volvió hacia Estela para darle una explicación—. Los Juegos Istmicos son una serie de pruebas deportivas que se celebran cada tres años —comentó con frialdad, y luego añadió en tono más bajo:— Es la primera vez que admiten el tiro al arco.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela percibió amargura en su voz.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Siento que te lo hayas perdido, me temo que no he llegado en el momento más oportuno —se disculpó, y como la muchacha echara a andar sin responderle insistió:— He dicho que lo siento. ¿Es que eso no significa nada aquí?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dhana se volvió hacia ella furiosa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sí, significa que si los del Consejo me mandaron llamar es porque soy la mejor para realizar este trabajo, según su criterio. Han confiado en mí y eso es un honor, así es que debería estar agradecida por haber sido elegida entre todos para ser tu guía, ¿no crees?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;No, Estela no creía nada. No tenía ni idea de qué hacia en realidad allí ni quién era toda esa gente, ni siquiera por qué se había metido en tan descabellada aventura. Y ya iba a replicar cuando varios niños corrieron hacia ella y le tiraron riendo de la túnica.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y ahora vamos a cambiarte esa horrible ropa o tendrás a toda la chiquillería detrás tuya —masculló Dhana severa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El canal por el que discurrían les condujo a una pequeña plazoleta donde, como por arte de magia, un muchacho surgió de la nada y otro de improviso desapareció. Pero al fijarse con más detenimiento la joven comprendió que no se debía a ningún hechizo. Salían y entraban de la misma roca, de la que colgaban telas de idéntico color. En el interior del muro estaban sus casas, pasando tan inadvertidas que desde una distancia prudencial sería imposible descubrirlas de lo integradas que estaban en el paisaje. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se introdujeron en una de ellas. La estancia era pequeña y de paredes redondeadas, adornadas con sencillos pero exquisitos bajorrelieves de enormes conchas. Tenía por todo mobiliario una estantería, un banco y una pequeña mesa, sacados de la misma piedra. La luz provenía de una abertura en el techo. Al fondo otra cortina escondía una habitación del mismo tamaño y con las paredes igualmente llenas de relieves, aunque al contrario que la primera poseía una cama y una pequeña fuente de la que manaba sin cesar agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela se dirigió rápidamente a ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Ni se te ocurra beberla, procede del mar —explicó Dhana escueta—. Me dijeron que estuviste enferma unos días, así es que imagino que estarás cansada. Pronto anochecerá. ¿Tienes hambre?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La joven negó con la cabeza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Está bien, vendré a por ti mañana. Te traeré ropa decente y comida—exclamó y luego, dándose la vuelta, se marchó dejándola sola.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se hizo el silencio. La roca amortiguaba cualquier ruido exterior haciendo que la tranquilidad en el dormitorio fuera absoluta salvo por el rumor del agua al caer. Estela se tumbó sobre la cama, y entonces sonrió por primera vez en días. Le recordaba al sonido del mar que solía escuchar desde su habitación en lo alto del faro, allá arriba. Inhaló en profundidad. Incluso olía a sal. A sal y a yodo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Creyó no tener sueño. Había estado durmiendo hasta llegar a ese extraño lugar. Sin embargo, en el mismo instante en que posó la cabeza sobre la almohada volvió a dormirse, pero esta vez con los ojos llenos de mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Le despertó un pálpito.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;“Hay personas que tienen una forma muy distinta de ver la vida, una sensibilidad que les hace ser capaces de sentir cosas que la mayoría no sienten, de percibir lo que los demás ni siquiera sospechan. Y es que su poder les viene de dentro, de muy adentro. Tal vez del corazón. O quizá del alma.”&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estas hermosas palabras las decía un muchacho moreno y de piel curtida mirando al mar, mientras sus ojos gris verdosos se nublaban de tristeza. Hay heridas en el cuerpo y heridas en el corazón, pero todas necesitan igualmente curarse.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se removió inquieta. Le estaban buscando. Pero ¿Ulises?, ¿también Ulises?, se dijo sintiendo su dolor. No, no podía ser, él no debería saber de su desaparición, estaba embarcado y no volvería hasta dentro de un año. Pero aún así notaba su desazón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Las lágrimas acudieron a sus ojos. Limpiándoselas alzó la mirada. Una suave claridad entraba por la pequeña ventana del techo. Ya era de día. Se incorporó llena de remordimientos. Había sido una locura precipitarse a la aventura como hizo. Lo sentía. Lo sentía muchísimo. Y aparte de sentirlo confiaba en que tanto el farero como su amigo pudieran alguna vez perdonarle. Tenían que entenderle, que comprender que no le había quedado más remedio que hacerlo, que necesitaba saber qué había sido de su madre, pues pese a que el llamado Consejo de Ancianos le dijera que no estaba allí, no había perdido la esperanza. Su corazón se lo decía. Y llevaba tanto tiempo haciéndole tanto caso que incluso empezaba a dudar si la razón no le habría abandonado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se levantó echando de menos un ligero peso en el hombro, a la altura del cuello, así como el contacto de un húmedo hocico a modo de saludo. Una punzada le atenazó la boca del estómago. ¿Dónde estaría Glis? ¿Qué habría sido de ella?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Es un animal salvaje —se respondió a sí misma para tranquilizarse—. Salvaje y listo, acostumbrado a buscarse la vida. Está bien. Está bien. Y pronto volveré a verla. Lo sé. Lo sé.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Con estos pensamientos se dirigió a la habitación principal donde alguien le había dejado ropa nueva así como una bandeja con comida de aspecto poco apetitoso.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Supuso que era el desayuno, y no se equivocaba. Lo observó con desconfianza. Se componía de un vaso lleno de un líquido verde claro y algo parecido a unas tostadas con una sustancia irreconocible encima. Dispuesta a probarlo, se sentó en el banco de piedra y dándole un bocado a lo que le recordaba a una tostada lo saboreó. No le resultó tan malo como creía, incluso le agradó, por lo que le dio otro y otro más hasta dar buena cuenta de ello, acompañándolo con la bebida. Luego escogió entre las ropas un vestido que parecía de su talla y se lo puso.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;De color gris perla y hecho con un extraño material, el vestido se ajustaba agradablemente al torso sin apretarle lo más mínimo, permitiéndole la libertad de movimientos. Llevaba tirantes en vez de mangas, y la falda era ancha y corta. Se sintió cómoda en él. Miró extrañada a todos lados, tampoco esa vez le habían dejado ningún tipo de calzado. Sin embargo se percató de que a través de la planta de los pies le llegaba un agradable cosquilleo. La arena que pisaba era uniforme, suave y templada, proporcionándole una reconfortante sensación.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Unas risas procedentes del exterior llamaron su atención. Descorrió la cortina que hacia las veces de puerta y asomó la cabeza. Afuera unos chiquillos jugaban a perseguirse.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¡Mirad, es Dhana con los delfines! —gritó uno de ellos, y todos dejaron lo que estaban haciendo y desaparecieron juntos tras unas rocas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente fue tras ellos. Despistada por la luz indirecta del ambiente alzó la mirada en busca del sol, pero no lo encontró. Había a cambio una brillante luminosidad que provenía del incidir de sus rayos en el agua, que al traspasarla quedaban convertidas en gruesos haces azul claro, amarillo pálido, plata. Haces que de cuando en cuando cruzaban nadando los peces, las mantas rayas, las ballenas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Acostumbrada a la brisa marina a la joven también le extrañó su ausencia así como el olor a sal, sin embargo agradeció la tibieza que emanaba la tierra alejando cualquier resquicio de humedad. El subsuelo era volcánico, no había duda. Un paraje situado en mitad del océano, a una distancia prudencial de la superficie y por lo integrado de las viviendas en el paisaje, completamente camuflado. El escondite perfecto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Tras buscar con la mirada a los niños los encontró junto a la burda e irregular pared transparente que mantenía alejado el mar, observando lo que sucedía al otro lado. Observó ella también. Como habían dicho allí estaba Dhana, nadando entre delfines. Eran dos, moteados, un adulto y un pequeño, y la muchacha se movía en el agua con tanta soltura como ellos, asiéndose de cuando en cuando a la aleta de alguno para dejarse arrastrar o, abrazada a otro, imitando el movimiento ondulante con el que se desplazan. Verles era todo un espectáculo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Un chico de aproximadamente su misma edad se unió al grupo. Era moreno, con el pelo rizado, y llevaba tatuado en la frente el dibujo de un tritón. Los delfines parecieron reconocerle y le acogieron con agrado. También nadaba con soltura. Era envidiable. Por lo visto todos allí lo hacían.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Sin embargo la encantadora escena se volvió repentinamente chocante a ojos de Estela. Algo extraño ocurría. Algún detalle se le había pasado por alto, pero no caía en qué podía ser. Los observó atentamente. Ambos, el muchacho y Dhana, llevaban el pelo suelto y unos ajustados bañadores tapándoles el cuerpo por entero salvo los pies, la cabeza y las manos, seguramente con objeto de protegerles del frío y permitirles permanecer más tiempo en el agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—De eso se trata —gritó para sí excitada—. Del tiempo que llevan en el agua sin necesidad de respirar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Volvió a observarlos impresionada. Nadaban sin bombonas de oxígeno a la espalda, ni tampoco aletas ni gafas. Nada les incomodaba. Nada les impedía moverse con toda naturalidad. A tono con la fauna que les rodeaba buceaban ligeros, dejándose arrastrar de cuando en cuando por las corrientes submarinas, por la fuerza de los cetáceos, por el impulso que se daban. Y los peces se arremolinaban entre ellos tratándoles de igual a igual.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Pasado un rato se hicieron señas entre ellos, se dirigieron a unas rocas y salieron a un estanque situado cerca de Estela, escondido entre algo similar a juncos, precedidos por grandes burbujas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Ha sido fantástico —reía Dhana mientras subía despacio las escaleras de piedra—. ¿Te has fijado en cómo la hembra disfrutaba al vernos nadar con su pequeño?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Llevan viniendo varios días seguidos. Si acudimos mañana seguro que nos los encontramos otra vez —repuso excitado su compañero sacudiéndose las gotas que le caían por la cara—. En verdad Dhana, eres la mejor entrenadora de delfines que conozco.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La muchacha respondió con una amplia sonrisa de felicidad. Felicidad que se esfumó al ver a Estela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Cómo lo habéis hecho? —les preguntó ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Hacer qué? —dijeron los dos a la vez.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Respirar bajo el agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El muchacho moreno de pelo rizado miró a la joven sin comprender su pregunta, y acto seguido se volvió hacia Dhana con gesto inquisitivo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tranquilo Thuro, es nueva —exclamó ésta, y añadió como toda respuesta:— No te preocupes, aprenderás a hacerlo a su debido tiempo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;A Estela le dolió su frialdad. Sin embargo el muchacho llamado Thuro se mostró amable.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Si te acercas mañana también tú podrás volver a verlos —le aseguró. Después acarició levemente el hombro de su amiga, y tras un “nos vemos” se marchó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Qué tal el desayuno, fue de tu agrado? —se volvió Dhana hacia ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pues sí —respondió la adolescente resuelta—. Muchísimas gracias por tu interés. Hacía tiempo que quería probar el zumo de algas y he de decir que está realmente delicioso. Y ahora, ¿me vas a contar de una vez por todas cómo lo hacéis?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La muchacha echó a andar por un estrecho canal parecido a una trinchera, cuyos laterales le llegaban a la altura de cintura. Y a Estela no le quedó más remedio que seguirla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No tiene ningún mérito. Nacemos con los pulmones parecidos a los que poseen otros mamíferos acuáticos como las ballenas o las orcas —le dijo—. No es que respiremos bajo el agua, no, es que aguantamos más tiempo sin necesidad de hacerlo a base de administrar sabiamente el oxígeno. Tú también aprenderás, es sólo cuestión de entrenamiento. No sufras. Yo te voy a enseñar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Que no sufra? —murmuró Estela para sus adentros caminando unos pasos tras ella, convencida que en vez de enseñarle le ahogaría.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Caminaron en silencio junto a una pared de roca que fue ganando en altura hasta alcanzar unos cincuenta metros. Aproximadamente en su mitad el muro poseía una delgada abertura, de no más que una zancada de ancho, que daba paso a un angosto desfiladero el cual serpenteaba hacia un lado y otro impidiendo ver lo que escondía en su final. Dhana se detuvo frente a él.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Cuando me cambie vendré a recogerte —le dijo de improviso.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y qué hago yo mientras tanto? —musitó ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Seguir el camino —le respondió su compañera señalando hacia el desfiladero, y después se dio media vuelta y retrocedió por donde habían venido.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente se quedó quieta, sin moverse. Hasta que al cabo de un rato, llevada por la curiosidad, terminó asomando la cabeza por la grieta, y lo que vio no le gustó nada. Le parecía la mandíbula ladeada de un gigantesco tiburón. Un tiburón hambriento que fuera a engullirla de un momento a otro. Pero aún así suspiró hondo y se introdujo en ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Caminó despacio y en silencio. Un paso tras otro, uno tras otro con la vista alzada y mirando cómo las paredes se perdían de vista en lo alto mientras en su base parecían quererla aprisionar. De color almagre rayado, estaban formadas por finas franjas superpuestas unas sobre otras componiendo ondas de piedra. Cóncavas a un lado y convexas al otro, quedaba un espacio libre entre medias, como si fuera un mar ocre que se hubiera vuelto pétreo y abierto para dejarla pasar. Su superficie mostraba cortes bruscos aunque limpios, dando la impresión que había sido separado de forma repentina y por una enorme fuerza, como un terremoto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El cañón cambiaba de colorido según avanzaba, y tras zigzaguear repetidas veces se abrió a una pequeña plazoleta también de roca, pero minuciosamente pulida y de tonalidad rosácea. Estela estaba impresionada. Por todas partes había columnas y escalinatas talladas directamente en la piedra, haciendo que el resultado fuera exótico debido al color, pero majestuoso en cuanto a la forma. Y la suma de los dos grandioso, espectacular.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;En el centro de la plaza un grupo de personas charlaban de pie, tranquilamente. Eran altos y delgados, con aspecto delicado y pálida piel, como aquellos que su madre dibujara. Una niña pequeña salió de entre ellos, se acercó a la adolescente y le tiró del vestido. Tenía el pelo blanco, los ojos de un verde casi transparente y vestía con un sencillo pareo a modo de falda.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sígueme —susurró con timidez—. Ella te está esperando.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y quién es ella? —le preguntó Estela intrigada.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Parténope —respondió la niña con vocecita infantil—. La más vieja de las sirenas.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-2203288838305989893?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/2203288838305989893/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=2203288838305989893' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/2203288838305989893'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/2203288838305989893'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/07/15-oceania.html' title='15 - OCEANIA'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SGuWGJgCpyI/AAAAAAAAAEE/xQ9iK9kgxCA/s72-c/Caracola+15.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-725504871400572733</id><published>2008-06-24T16:21:00.004+02:00</published><updated>2008-06-25T19:55:45.337+02:00</updated><title type='text'>14 - VIAJANDO A LAS PROFUNDIDADES</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SGEF8_f0uII/AAAAAAAAAQ4/WQcFlUZbiT0/s1600-h/Caracola+14.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5215456388866947202" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SGEF8_f0uII/AAAAAAAAAQ4/WQcFlUZbiT0/s320/Caracola+14.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;El arrepentimiento es una de las acciones más características del ser humano. En cuanto hacemos algo suele suceder que, acto seguido, nos entren unas irresistibles ganas de cambiarlo. Somos pura duda y tendemos a pensar qué hubiera sido de nosotros si hubiéramos elegido un camino diferente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;xxx&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Pero hay hechos que lamentablemente no tienen vuelta atrás, y ésa era la situación en la que se encontraba Estela. Hubiera dado lo que fuera por retroceder días, incluso semanas en el tiempo para que todo volviera a la normalidad, si es que podía llamarse así a la vida que vivía en su faro. Sin embargo era imposible y lo sabía. Y sabía aún más, que no tenía ni idea de dónde estaba, que no conocía la manera de cómo salir de allí, y que estaba metida en un lío.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Dos semanas, se consoló a sí misma para intentar tranquilizarse, son sólo dos semanas. Al menos eso le habían dicho. El grupo a quienes llamaban el Consejo de Ancianos se había marchado y ella se sentía en esa tétrica cueva fuera de lugar, pero la esperanza de encontrar a su madre mantenía su ánimo. Mirando a su alrededor murmuró con gesto de rechazo que si alguna vez creyó en la existencia de un paraíso bajo las aguas se había equivocado, y descubrió que estaba nuevamente sola, como lo había estado siempre a lo largo de su vida. Sola y perdida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Por eso se sorprendió cuando escuchó una voz a su lado:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Te ves ridícula. ¿No te lo parece?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se volvió y descubrió a una chica con la mano apoyada en la cadera.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Lo digo por las ropas que te han prestado. Un poco antiguas, ¿no crees? Por cierto, me llamo Dhana y me han nombrado tu guía. A partir de ahora estás bajo mi tutela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;¿Bajo su tutela? El rostro de la adolescente se llenó de rabia. Ella no necesitaba la tutela de nadie. Y mucho menos de alguien de su edad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;De casi su estatura, poseía el pelo más negro y liso que hubiera visto jamás. Le caía hasta el final de la espalda, y en la frente estaba rematado por un original flequillo. Sus ojos, rasgados y de un intenso color dorado, destacaban en el rostro pálido como el mármol resaltando sus pómulos perfectos, su graciosa nariz así como sus perfilados labios. Llevaba un vestido corto y ajustado en el torso, con aberturas laterales y sujeto con tiras a uno de los hombros, ropa tras la que se advertía un cuerpo delgado pero fuerte y flexible. También iba descalza y lucía en los antebrazos, a modo de adorno, el atrevido tatuaje de unas serpientes enroscadas. Lo cierto es que era guapa, guapa a rabiar, o al menos así se lo pareció a Estela. Aunque se comportaba también con rabiosa frialdad, como si estuviera hecha de hielo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sígueme —le dijo la muchacha dándose la vuelta y echando a andar con paso decidido—. Veré qué puedo hacer contigo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;A la joven no le gustaron ni su tono de voz ni sus palabras.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No pareces muy contenta de ser mi guía —murmuró mientras le seguía de cerca temiendo extraviarse en esa oscuridad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Por qué iba a estarlo? A nadie le gusta perderse un campeonato de tiro al arco, especialmente cuando va ganando —argumentó su compañera—. De todas formas no te preocupes, haré mi trabajo lo mejor posible.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Trabajo? —repitió la adolescente ofendida—. Puedes renunciar y librarte de mí. Sería así de fácil.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se hizo el silencio. Como si le hubiera dedicado el peor de los insultos la muchacha se detuvo en seco, se volvió y clavándole una fría mirada que atravesó la negritud respondió:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—He dado mi palabra y aquí eso es sagrado. No como de donde tú vienes.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Qué sabrás tú cómo es la gente de donde yo vengo? —clamó ella indignada deteniéndose también—. ¿Es que acaso has estado allí alguna vez?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No, nunca he estado —dijo Dhana con indiferencia—. Pero no me hace falta, para eso están las Embajadoras. Se cuelan en tu mundo, lo observan todo y luego regresan para contárnoslo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Eso dijo, y Estela calló. Así llamaron los ancianos a su madre, Embajadora. Frunció el ceño, apoyó la mano en la pared más cercana y tomó resuello. Había vivido demasiadas cosas últimamente. Demasiadas emociones. Demasiados desengaños. Demasiadas aventuras. Y por un momento creyó que no podía más. El corazón le palpitó desacompasado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Suyo es el Medallón Sagrado. Suyo el poder formar parte de los dos mundos. Suya la posibilidad de cruzar con libertad la Puerta del Mar —continuó Dhana, y como la adolescente no dijera nada añadió:— ¿Qué pasa, es que no sabías que allá arriba hay Seres de Agua?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;La joven volvió en sí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No puede ser —exclamó brusca rechazando lo absurdo de la situación al tiempo que se quitaba el pelo de la cara—. Es imposible. Los Seres de Agua no existen.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Oh, sí, sí que existen —oyó que le decían—. Delante tuya tienes a uno. Y por lo visto tú también lo eres.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Seres de Agua, ya —repitió ella con sorna no sabiendo qué pensar—. Entonces, ¿cómo es que somos de carne y hueso, como todo el mundo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Por un momento pareció que su compañera iba a sonreír, pero en su lugar hizo una mueca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Por lo que veo tienes mucho que aprender —exclamó moviendo de lado a lado la cabeza—. Tendré que llevarte a que conozcas a Parténope.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El extraño nombre llamó su atención.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y esa quién es?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—La más vieja de las sirenas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Atravesaron túneles y cavernas, más cavernas y pasadizos interminables, y al final la improvisada guía le condujo hasta una estrecha sala donde les esperaba un peculiar vehículo. Redondeado y hecho de un raro material, parecía una pequeña barca salvo porque tenía techo. Apenas cabían las dos en él, pero pese a ello se introdujeron en su interior. Dhana echó el respaldo de su asiento hacia atrás y, poco antes de cruzar los brazos sobre el pecho y estirar las piernas, accionó una palanca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Ponte cómoda, tardaremos en llegar —masculló, y ante la cara que ponía su compañera añadió:— No te preocupes, nos llevará hasta casa él solito. Se mueve impulsado por la fuerza de las olas. Ya sabes —señaló con el dedo índice hacia arriba, y luego cerró los ojos—. Así es que tranquila, ¿vale?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;No, Estela no estaba tranquila. ¿Cómo podía estarlo en una situación así? El artilugio no tenía ruedas, pero comenzó a deslizarse lentamente sobre algo parecido a un raíl hasta coger poco a poco velocidad. Pronto les envolvió la oscuridad. Tanta, que la joven no sabía si el túnel por el que iban era estrecho o ancho, si subían o bajaban, si se dirigían hacia la izquierda o la derecha. Hasta que al cabo de un rato, cansada y aburrida, imitó a su compañera y se quedó dormida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Le despertó un leve codazo en el costado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Despierta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Abrió los ojos pero siguió sin ver nada más que oscuridad a su alrededor. Gimió. Sentía todos los músculos del cuerpo agarrotados aparte de doloridos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Ya hemos llegado? —farfulló casi sin voz.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La oscuridad le respondió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Aún no, pero no quiero que te lo pierdas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Siguieron a oscuras un rato. Poco después Estela divisó un punto claro y distante a lo lejos, que fue aumentando de tamaño conforme avanzaban hasta convertirse en una enorme luz hiriente, cegadora. Habían salido del túnel. Entrecerró instintivamente los ojos, y cuando los abrió nuevamente enmudeció de asombro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estaban en lo alto de un acantilado, y sobre sus cabezas había una gigantesca e irregular mampara transparente y rugosa no mucho más alta que el lugar en el que se encontraban pero sí extensa, tan extensa que se perdía más allá de lo que alcanzaba a divisar con la mirada, abarcando montes y llanuras, colinas y valles. Separaba el territorio del mar, de un mar tremendamente azul intenso que hacía las veces de cielo. Verticales haces plateados en forma de abanico lo cruzaban, y entre ellos se movían todo tipo de animales acuáticos con tanta suavidad, que en lugar de nadar parecía que estuvieran volando.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Sin que nadie lo ordenara los bancos formados por miles de diminutos y llamativos atunes de lomo amarillo giraban como tornados compactándose, abriéndose, cerrándose, variando su rumbo al tiempo para ceder el paso a una gigantesca manta raya de lento navegar y elegante cadencia. Una familia de delfines listados se movían ágiles picoteando con su fino morro lapas adosadas a los caparazones de grandes tortugas, los calamares alargaban sus tentáculos huyendo de un grupo de hambrientos calderones, y una Yubarta también llamada ballena jorobada, la reina del baile, movía con envidiable delicadeza sus largas aletas pectorales. Y sobre todos ellos planeaba la temible sombra de un tiburón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Entonces es cierto, estamos en... —dejó inacabada la frase Estela, cautivada por la belleza que le rodeaba. Frase que su compañera remató:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Oceania, el Reino de las Profundidades.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-725504871400572733?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/725504871400572733/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=725504871400572733' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/725504871400572733'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/725504871400572733'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/06/14-viajando-las-profundidades.html' title='14 - VIAJANDO A LAS PROFUNDIDADES'/><author><name>La Compañía</name><uri>http://www.blogger.com/profile/13176569030284813289</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_icJZ6sVQ7fw/SGEF8_f0uII/AAAAAAAAAQ4/WQcFlUZbiT0/s72-c/Caracola+14.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-1592019280318261465</id><published>2008-06-16T15:49:00.004+02:00</published><updated>2008-06-20T10:36:37.238+02:00</updated><title type='text'>13 - ELLOS</title><content type='html'>&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5212477216213218370" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 243px; CURSOR: hand; HEIGHT: 132px; TEXT-ALIGN: center" height="148" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SFZwaUg0tEI/AAAAAAAAAD8/BTU2DNEqM2Q/s320/Caracola+13.jpg" width="276" border="0" /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Abrió los ojos lentamente, le pesaban, y mientras lo hacía le invadió un olor a especias igual que el de la cabaña de Ronda cuando echaba hierbas secas en la chimenea. ¿Estaba allí?, pensó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Instintivamente se llevó la mano a la cabeza, y al intentar tocarla palpó un emplasto que tenía en la frente. Se lo quitó y miró extrañada a su alrededor. No había más que oscuridad por todas partes, lo que le hizo sentirse encerrada y oprimida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Le invadió el desconcierto. Yacía tumbada sobre un jergón colocado en el suelo de una habitación grande, con paredes de roca desiguales incluso en el techo, lo que le daba aspecto de cueva. Una cueva húmeda de pedregosos muros por los que caían finos hilos de agua. A través de una débil penumbra verdosa que iluminaba algunos rincones, Estela pudo vislumbrar a una mujer agachada manipulando algo sobre piedras candentes que desprendían un intenso fulgor rojizo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Al verla despierta la mujer se acercó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Nos tenías preocupados —dijo con acento extraño entregándole un cuenco lleno de líquido—. He preparado para ti un nuevo caldo. Bébelo. Te aliviará.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Un caldo, sí, murmuró agradecida la adolescente recordando vagamente entre la niebla que ofuscaba su mente haber bebido algo hace mucho, mucho tiempo, algo que le transmitió tranquilidad y sueño. Cogió el cuenco, le dio un pequeño sorbo y tras comprobar que no quemaba se lo bebió hasta apurarlo todo. Estaba caliente y ella tenía el frío metido en el cuerpo. Le reconfortó. Al momento notó una oleada de calor recorriéndole la garganta, y desde allí se extendió hasta los músculos desentumeciéndolos y aportándoles energía. La necesitaba más que nunca. Estaba muy cansada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Llegaste a nosotros enferma, tenías fiebre y delirabas —se expresó la mujer con dificultad, como si ése no fuera su idioma habitual—. Pero por lo que veo ya estás mejor. El Consejo te espera reunido hace horas. Puedes asearte aquí y vestirte —le señaló un barreño y ropa amontonada sobre una roca. Luego se dio la vuelta y desapareció en las verdosas tinieblas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;¿El Consejo reunido? ¿Hace horas?, se preguntó Estela sorprendida incapaz de saber a qué se refería. ¿Es que nadie iba a decirle qué diablos hacía allí?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;De repente se acordó de lo sucedido en el islote mientras se desencadenaba una terrible tormenta, el crecer desmesurado de las olas, el pozo estrecho y lúgubre en el que cayó y la intensa sensación de desamparo y muerte que la acometió. Y entonces suspiró. Al menos ahora estaba viva. Un estremecimiento le recorrió la espalda. Viva y en un lugar desconocido. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El ambiente le resultaba agobiante, sí. Sin embargo, estando en ese pozo tuvo también la sensación de estar a salvo, se dijo extrañada, como en casa. Y acto seguido sacudió la cabeza sin saber qué pensar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Glis, Glis —llamó con angustia a su mascota tanteando con la mano el jergón, pero el animal no apareció. Se tocó el cuello. Tampoco estaba el medallón. Y al acordarse de ambos, y más aún, de la charla mantenida días a tras con el farero, observó todo con recelo. El corazón le palpitó furioso. ¿Dónde estaba?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Apartó a un lado la manta que le cubría y se levantó de golpe. Las piernas le flaquearon, pero eso fue lo que menos le importó. Estaba desnuda. Tampoco le habían dejado ningún calzado pese a que el suelo era rocoso y húmedo. De prisa se lavó la cara, se puso la ropa con la que se suponía debía vestirse, una burda túnica de manga larga parecida a un saco, y se dirigió envuelta en tinieblas al otro extremo de la estancia, al lugar por donde había desaparecido la mujer. No quería quedarse sola.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Pero no lo estaba. Tras cruzar un pequeño arco y dar unos cuantos pasos al frente, la oscuridad le hizo tropezar con algo duro a la altura del abdomen. Se inclinó hacia adelante llevada por el dolor. Y al entornar los ojos descubrió, sentados en una larga mesa de piedra, a un grupo de personas que la observaban fijamente en silencio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se sobresaltó. Serían unos doce o trece, hombres y mujeres, ancianos todos ellos. Tenían la tez blanca, como si nunca les hubiera dado el sol, y también facciones exóticas, el pelo largo y cano, y ropa como la suya. Gentes con las que soñó en su supuesta enfermedad, en su delirio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Al verla, el que parecía ser el cabecilla del grupo se levantó despacio y comenzó a emitir un extraño sonido gutural al tiempo que alzaba la cabeza y los brazos. Y cuando estos alcanzaron su máxima extensión, los abrió y el sonido se convirtió en palabras que repitió varias veces, unas palabras arcanas, antiguas, de difícil pronunciación que parecían olvidadas siglos atrás y renacido de nuevo en su anciana garganta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y la estancia se llenó de ecos oscuros, verdosos, como las sombras que les envolvían. Juntando las palmas una con otra el hombre las colocó en el centro del pecho, frente al esternón, y después las bajó y se sentó. Calló nuevamente, y al cabo de unos largos segundos se dirigió a ella:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Escuchamos tu súplica.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Tenía acento afectado, como la mujer que le atendiera antes, y al igual que ella hablaba de forma pausada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Mi súplica?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—La lanzaste al mar una noche estrellada. El mar nos la trajo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela les miró incrédula. Sabía perfectamente de qué día se trataba. Fue una noche en lo alto del acantilado, tras la fiesta del pueblo. Pero no, era imposible, negó con la cabeza. Estaba sola. No había nadie cerca. Nadie salvo la abuela de Ulises, que pronto se marchó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Le entraron unas terribles ganas de salir de allí corriendo. Sin embargo una inesperada fuerza le infundió valor para quedarse.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Busco a mi madre —exclamó desafiante, y las rodillas le temblaron.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Tú madre —repitieron. Ahora eran ellos los incrédulos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estalló un rumor de voces que el cabecilla ahogo con gesto tranquilizador, y luego se hizo el silencio. Silencio que la joven aprovechó para describirla. Una mujer alta y delgada, de pelo rojizo, de ojos claros. Y el aturdimiento que sentía, la confusión y el dolor, hizo que la lengua se le desatara y siguiera hablando y hablando sin parar. Y así fue como les contó que apareció una noche de tormenta en la playa tras un naufragio, que estaba embarazada, que meses más tarde nació ella, y que cuando era tan sólo una niña, una niña de siete años, desapareció de forma misteriosa dejándola sola. Sucedió en la costa, cerca de la isla llamada de la Piedra Santa. Y al decirlo su voz no tembló ni se extrañó por lo dicho, como si en el fondo de su ser siempre lo hubiera sospechado: que el farero no era su verdadero padre, que su madre estaba viva.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente calló. Permanecía de pie, en esas tinieblas verdosas, rojizas y algo más cálidas a su espalda. No movía un músculo. Apenas respiraba. Sin embargo su interior bullía de sensaciones contradictorias. Las sienes le palpitaban, la gélida humedad procedente del suelo le subía por las piernas incomodándola, el miedo le atenazaba, las dudas le corroían. Quería confiar en alguien. Pero, ¿en quién?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;De nuevo se hizo el silencio en esa verdosa oscuridad y de nuevo estalló un rumor de voces, que fue interrumpido por el cabecilla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Al igual que tú reclamas reclamamos nosotros también —dijo el anciano—. Perdimos hace tiempo a un miembro muy querido de nuestra comunidad. El infortunio se la llevó. Era una Embajadora. La esperamos, la buscamos, pero nunca regresó, hay hechos que lamentablemente no tienen vuelta atrás. Sin embargo, el Orden Sagrado hace que más pronto o más tarde lo roto se restaure y lo seco vuelva a brotar. Lo uno por lo otro. Lo otro por lo uno. Así es la ley universal.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Hizo una pausa, bajó la voz, y añadió:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Y ahora estás tú aquí, entre nosotros. El destino te ha traído.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela oía y oía hablar. El cansancio acumulado en los últimos días, entremezclado con lo extraño de su acento, hacía que le escuchara pero de manera lejana como un murmullo que no acertaba a comprender. Sin embargo las últimas palabras, y el tono en que las pronunció, no le gustaron nada. Le pareció entender que le cogían por rehén reemplazando a la persona que un día perdieron, que estaba atrapada. El corazón le palpitó furioso.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Pero inesperadamente el tono del anciano se tornó amable.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Sabemos de quién nos hablas. No hubo naufragio sino tragedia. Tu madre pertenecía a nuestro pueblo. Era uno de los nuestro. Un Ser de Agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;¿Ser de Agua? ¿Su madre un Ser de Agua? Respiró agitada. Le faltaba el aliento. Quiso reír, pero no pudo. Le parecía una broma pesada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Al igual que lo eres tú —continuó el anciano haciendo que la joven se sintiera cada vez más confundida—. Por ello, en el día de hoy te damos la bienvenida. Engendrada en nuestro mundo y llevada en el vientre de un miembro de nuestra comunidad, no hay duda que también eres de los nuestros.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La sangre le golpeó las sienes. El estómago se le encogió. Intentó calmarse, algo imposible. Todas las historias escuchadas en su infancia, las terribles palabras con las que definiera a esos seres el farero, se agolpaban en su mente llenándosela de amenazas:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;“Cuídate de ellos, cuídate. Porque son criaturas que se camuflan en el agua y la lluvia, en el viento, en la tormenta, deslizándose entre el oleaje, invadiendo con cada restallar de la olas, con la marea. Y cuando consiguen su objetivo se escurren como la niebla y el agua entre los dedos, como la espuma, como húmeda arena arrastrada por la resaca, como si fueran espíritus. No, no son como nosotros. Son salvajes e impredecibles, indomables, inesperados, fríos, y se alimentan de almas humanas. De almas humanas”.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela se miró las manos, grises en esas tinieblas. No, se equivocaban, negó con la cabeza. Ella no era un Ser de Agua. Había nacido en tierra firme. Había vivido siempre allí. Y aunque el farero no fuera su padre eso no significaba nada. No, y su madre tampoco lo era, se dijo rotunda. Aunque ahí dudó, porque en verdad no sabía nada de ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y mientras luchaba consigo misma intentando asimilar lo dicho por el anciano, éste prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Comprendemos que estés desconcertada. Por ello, el Consejo ha tomado una decisión. Aunque eres hija de una Embajadora te has criado en el exterior, lo que significa que perteneces a ambos mundos. Consideramos pues que posees el derecho a decidir en cual de los dos quieres vivir. Te quedarás con nosotros un tiempo, y cuando volvamos a reunirnos escucharemos tu respuesta. Que tu decisión sea sabia.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero yo... —replicó confusa sin dejarle acabar. Esa gente no había entendido nada. Ella no quería vivir allí en resto de su vida, sino encontrar a su madre. Miró a su alrededor con un escalofrío recorriéndole la espalda. El aire estaba enrarecido, no había más que oscuridad, negras rocas, decadencia. Eran sólo cavernas, cavernas húmedas, tenebrosas, frías. Tembló.— No. No.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Reaccionó desafiante.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y mi mascota?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No venías con ningún animal.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Y mi medallón?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—El Símbolo Sagrado no es tuyo, no te pertenece. Ha de ganarse por mérito propio así como la facultad de utilizarlo, no por haberlo encontrado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Pero yo... —insistió nuevamente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El anciano no la dejó acabar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—El destino te obsequia con una ocasión única —le dijo—. Dos semanas. Te ofrecemos que permanezcas con nosotros dos semanas. Si aceptas, conocerás una forma de vida que cambiará tu visión del mundo. Pero si lo rechazas regresarás de inmediato a aquel del que vienes y no volverás a saber de nosotros nunca más. Seremos para ti tan sólo una leyenda. Piénsalo. Tú decides.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La adolescente se miró la palma mano derecha, donde había una reciente cicatriz.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Es la línea del destino, que se ha dividido en dos, le dijo misteriosa la anciana del puerto al verla. Como también le dijo que ahí afuera había más de lo que creíamos, más de lo que indicaba la razón, que llegaría el día que tendría que tomar una terrible decisión, y que cuando sucediera se dejara guiar por el corazón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y entonces decidió. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-1592019280318261465?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/1592019280318261465/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=1592019280318261465' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1592019280318261465'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1592019280318261465'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/06/13-ellos.html' title='13 - ELLOS'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SFZwaUg0tEI/AAAAAAAAAD8/BTU2DNEqM2Q/s72-c/Caracola+13.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-5449422245238493515</id><published>2008-06-10T16:13:00.004+02:00</published><updated>2008-06-10T16:24:46.009+02:00</updated><title type='text'>12 - EL CAMINO POR SIEMPRE OCULTO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SE6NPF_N5GI/AAAAAAAAAD0/b4V85JjUDzU/s1600-h/Caracola+12.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5210257109359125602" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 190px; CURSOR: hand; HEIGHT: 98px; TEXT-ALIGN: center" height="124" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SE6NPF_N5GI/AAAAAAAAAD0/b4V85JjUDzU/s320/Caracola+12.jpg" width="285" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;Cosas extrañas suceden cuando baja la marea, cuenta el farero de una olvidada y abrupta costa. La bajamar roba el alma a los moribundos y se la lleva lejos, muy lejos, para no devolvérsela jamás.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;div&gt;Estela no iba a morir, pero se sentía igualmente mal. Un fuerte dolor le atenazaba el pecho. De pie, en la orilla de la playa, estrujaba el mítico medallón contra el corazón mientras un cántico celestial inundaba el ambiente. De repente alzó instintivamente los ojos hacia el océano presagiando que algo extraño iba a ocurrir. Y ocurrió. Las aguas comenzaron a bajar repentinamente tanto, que un estrecho sendero de losas cubiertas por algas y verdín asomó partiendo en dos el espacio acuoso entre la rocalla situada en mitad del mar y el acantilado. La isla de la Piedra Santa había quedado unida a tierra firme.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La joven retrocedió asustada ante la invitación, y diciéndose que no, que era una locura aceptarla, quiso huir a refugiarse en el faro. Pero de improviso sintió como si unos dedos invisibles se introdujeran en su boca, le robaran el aliento, y con cada retraerse de las olas se lo llevaran hacia alta mar. Y lo vio irse. Una alargada y blanquecina nube. Una tenue vaharada.&lt;br /&gt;No pudo hacer otra cosa. E ignorando que sus pies se internaban en el peligroso sendero de losas recién aparecido, y que la brisa se transformaba en viento, corrió y corrió tras él.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y corrió aún más cuando creyó vislumbrar entre las rocas de islote a una esbelta mujer de porte altivo y melena rojiza. Era Marina. Marina que le llamaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Saltó sobre charcos dando grandes zancadas, sobre resbaladizo verdín, sobre algas y remolinos. Había perdido el juicio, lo sabía. Pero ante el peligro, acechante como aleta de escualo, sólo le importó una cosa, sujetar con fuerza el medallón que pendía de su cuello en el que una bella sirena plateada envolvía su cola en torno a una media luna con una caracola entre ambas: la llave de un reino escondido. Y mientras tanto iba diciendo:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Madre, allá voy.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El retumbar de un trueno la hizo volver en sí. Se detuvo en seco con un escalofrío recorriéndole la espalda. El cielo se había oscurecido como si fuera de noche, el viento tiraba con furia de su cuerpo y al frente, a lo lejos, se alzaban las sombrías ruinas del castillo maldito. Las miró con recelo, y arrepentida intentó regresar. Pero al volver la vista atrás, sobrecogida, comprobó con sus propios ojos lo que ya intuía, el oleaje producido por la tormenta había acelerado el ascenso de las aguas convirtiendo la angosta lengua de piedra en la que se hallaba en una trampa de encrespadas olas. El camino por siempre oculto comenzaba a desdibujarse, engullida por una masa de espuma que avanzaba y avanzaba implacable hacia ella sin dejar lugar a arrepentimientos. Ya era tarde.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Presa del pánico miró nuevamente al frente intentando razonar. Se encontraba en mitad del océano, a medio camino entre la costa y la rocalla, mientras el vendaval iba en aumento y ya no había ninguna esbelta mujer llamándole, sino tierra negra, tierra negra junto con tenebrosas ruinas como única posibilidad de salvación. Y sabiéndolo echó a correr hacia adelante con la certeza de que en breves instantes el camino desaparecería bajo el mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Como era de esperar la lluvia apareció, y lo hizo en forma de densa cortina que impedía toda visibilidad. Con la muerte pisándole los talones e incapaz de ver dónde ponía los pies, la joven alzó la mano para retirar el mojado mechón que le cubría el rostro, y al parpadear tropezó y cayó sobre las resbaladizas losas de piedra.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El mar le golpeó con furia la cara y de sus arañadas rodillas brotaron regueros carmesí. Pero no fue eso lo que le asustó, al incorporarse descubrió horrorizada que sus pies se hallaban de continuo bajo el agua, y que a su alrededor los pequeños remolinos y las olas le asediaban a uno y otro lado del camino ansiando engullirla. Tenía que darse prisa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Chapoteó avanzando lo más rápido que pudo los últimos metros que le separaban del islote con el mar llegándole a los tobillos, a las rodillas, a las caderas, hasta que al fin alcanzó una roca a la que trepó. Y entonces, deteniéndose, miró jadeando a su alrededor. El remanso era pequeño y de oscura arena, más allá se encontraban las ruinas. Tomó aliento y se dirigió hacia ellas en busca de un techo en el que guarecerse, pero al no encontrarlo se dejó caer sobre una gruesa capa de musgo. Sentía frío. Sus ropas estaban completamente empapadas tanto de agua dulce como salada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Qué más da el sabor —se dijo a sí misma perdiéndose en un mundo de sensaciones.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El destello de nuevos rayos seguidos de truenos le hicieron apartarse de sus pensamientos y volver bruscamente a la dura realidad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Cuándo diablos dejará de llover? ¿Cuándo? ¿Cuándo? —gimió al comprender que estaba en serios apuros. Los dientes le castañeteaban. Necesitaba entrar en calor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Intentando paliar el frío comenzó a dar pequeños saltos, a frotarse con insistencia las piernas, los brazos, los hombros, sin conseguir resultado alguno. Aprensiva, alzó los ojos para contemplar las piedras que le rodeaban. Las sentía dotadas de una escalofriante irradiación luminosa. La energía de aquéllos que las habitaron vibraba en el aire tornándolo denso pese a que el viento las azotaba. La oscuridad iba en aumento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Apartó la vista. Y estaba sopesando las ínfimas posibilidades que tenía de salir con vida de allí, cuando creyó ver al otro lado del islote una barcaza que subía y bajaba entre las olas luchando por dirigirse a puerto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;sss&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Corrió profiriendo gritos hasta cruzar al otro lado del pedazo de tierra rocoso en el que se hallaba y, presa de excitación al creer que podía ser rescatada, al llegar al límite del islote incluso se precipitó por las resbaladizas rocas descendiendo y cometiendo la osadía de meter de nuevo los pies en el agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¡Eh, los del barco! ¡Socorro! ¡Estoy aquí! —bramó situándose sobre una plataforma que a ratos barría con fuerza el mar. Pero al apenas oírse a sí misma dada la fuerza de la tormenta, calló comprendiendo que en esas condiciones era imposible que le pudieran escuchar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Entonces se le ocurrió una idea. Un sonido agudo, como el de un silbido, se oiría con mayor facilidad. Llevándose los dedos a la boca sopló, pero no pasó nada, los nervios le estaban jugando una mala pasada. Tensó la mandíbula. Tenía que buscar rápidamente otra manera de llamar la atención. Asió el medallón que colgaba de su cuello, lo apretó con fuerza y le dedicó un susurro esperanzador: no me falles, por favor, por favor. Luego posó los labios en un borde concreto del círculo de plata, como hiciera en la playa y expulsó aire con fuerza.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y como antes ocurriera, un maravilloso sonido llenó el ambiente de sentimiento y musicalidad. Volvió a repetirlo una y otra vez, una y otra vez hasta que al no ver más que un fuerte oleaje en el horizonte la joven paró. Su esfuerzo había sido en vano. El barco había pasado de largo. Un río de aterradas lágrimas brotó de sus ojos. La tormenta iba en aumento y el nivel de las aguas no paraba de subir. Estaba atrapada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El romper de una ola contra sus piernas le recordó que debía ponerse a salvo. Se giró, y al querer retroceder sobre sus pasos contempló boquiabierta una abertura a su espalda, entre las rocas. Intrigada, apoyó las manos en los bordes y se asomó al interior jurando que no estaba antes. Se trataba de una pequeña cueva. Desde dentro dos robustos seres con el torso desnudo y retorcidas colas de pez en lugar de pies le observaban con frías miradas. Eran esculturas de piedra. Y formaban sendas columnas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Tritones, murmuró la adolescente incapaz de creer su descubrimiento, y olvidando la peligrosa situación en la que se encontraba se acercó a contemplarlas. Entre ambas había una enorme y pulida losa vertical de extraño material. Atraída por su suave textura aproximó lentamente la mano y la deslizó con delicadeza sobre su superficie. Vítrea, de gran dureza y aspecto pesado, era de color negro intenso mezclado con un ligero tono verde oscuro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Obsidiana. Es obsidiana —gritó la joven al reconocer la piedra volcánica. ¿Qué hacía allí?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Hipnotizada por el brillo azabache que desprendía se aproximó y, como si tuviera por delante todo el tiempo del mundo, la recorrió despacio con los dedos de un extremo a otro. No tenía incisión alguna ni ranuras. Sin embargo, con tan sólo la delicada presión, la pesada hoja de piedra se abrió hacia un lado dando paso a un profundo túnel que desaparecía en las entrañas de la tierra. Y al retirar la mano, la puerta retornó a su anterior posición, como si nunca hubiera sido movida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estela miró al exterior para comprobar, horrorizada, que la fuerza del viento había aumentado haciendo que el oleaje golpeara cada vez con más furia. Pero de repente descubrió, más horrorizada todavía, que las rocas de entrada a la cueva se iban cerrando poco a poco con cada embestida del mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Una repentina ola le golpeó el rostro arrebatándole lo que le quedaba de cordura. Y entonces la adolescente ignoró que era una insensatez meterse en el túnel, que quizá fuera una trampa y no condujera a ninguna parte, que también podía anegarse con la subida de las aguas. Sólo pensaba en la historia que le contó el farero sobre los niños atrapados en el islote, en la vez que se desencadenó un temible temporal que lo arrasó todo, en el gigantesco oleaje que los engulló. Y se sintió uno de ellos. Y los niños le trasmitieron su angustia al ser conscientes de la muerte que se les venía encima. Y obcecada, empujó la losa de obsidiana y echó a correr hacia las profundidades.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La confusión le hizo tropezar. Comenzó a deslizarse por una rampa mientras intentaba asirse a algún saliente que le detuviera. No había ninguno, sino una inacabable traquea negra que le engullía más y más. Hasta que por fin, tras lo que pareció una eternidad, el terreno se estabilizó y ella dejó de moverse. Fue cuando le asaltaron los más terribles pensamientos. Había caído en un pozo del que jamás saldría con vida. Nadie sabía dónde se encontraba. Nadie tenía conocimiento de que estuviera allí. Estaba claro que no lo contaría. Y mareada, cerró los ojos y se abandonó a su suerte.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Le asaltó un profundo sopor. Su consciencia se desvaneció en un mundo de oscuras imágenes. Y estando así soñó con el farero, aquel que le había criado aunque no fuera su verdadero padre. Con Ulises, nombre que le puso a su amigo de niños olvidando cómo se llamaba en realidad. Con Ronda, la peculiar anciana del puerto que le confesó el parentesco que guardaba con su padre adoptivo. Y también soñó con su madre, la misteriosa mujer que apareció un día de tormenta tendida sobre la playa sin que nadie supiera de dónde había salido.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y de tanto soñar y soñar con gentes que no eran lo que parecían Estela se preguntó, también en sueños, qué había de real en su vida, a qué podía aferrarse que no fuera secreto, imaginado o inventado, sino verdad, pues todo parecía una farsa y ella un títere que se moviera sin saber a dónde iba. Y mientras se hacía esa pregunta aparecieron a su lado unos extraños seres.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Creyó sentir cómo la alzaban entre varios, la llevaban a una estancia donde le cubrían con ropa seca y le daban de beber, mientras le tranquilizaban susurrándole que se encontraba en su verdadero hogar. Y entonces supo que eso sí era verdad, que era auténtico. Aunque desconocidos ésa era su gente, y entre ellos estaba a salvo. A salvo de la mentira que había sido hasta ahora su vida.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-5449422245238493515?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/5449422245238493515/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=5449422245238493515' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/5449422245238493515'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/5449422245238493515'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/06/12-el-camino-por-siempre-oculto.html' title='12 - EL CAMINO POR SIEMPRE OCULTO'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SE6NPF_N5GI/AAAAAAAAAD0/b4V85JjUDzU/s72-c/Caracola+12.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-6344823361539308479</id><published>2008-05-25T16:52:00.005+02:00</published><updated>2008-05-26T10:36:06.876+02:00</updated><title type='text'>11 - LA LLAMADA DEL MAR</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SDl-RxZQAuI/AAAAAAAAADk/i6DeAvHmwL4/s1600-h/Caracola+11.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5204329688185438946" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 223px; CURSOR: hand; HEIGHT: 150px; TEXT-ALIGN: center" height="165" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SDl-RxZQAuI/AAAAAAAAADk/i6DeAvHmwL4/s320/Caracola+11.jpg" width="233" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;Antaño los pueblos conocían el poder del mar. Los nórdicos creían en la existencia de un manantial costero que otorgaba sabiduría. Los japoneses en el agua de la eterna juventud. Los egipcios que el planeta se formó a partir de una crecida como las producidas por el río Nilo. Los babilónicos que el hombre nació de la mezcla entre agua dulce y agua salada. Los hindúes que el aliento de un dios pez generaba los vientos. Y los finlandeses que la Madre Agua excavó con sus pies los fondos marinos, con las manos los cabos y con las caderas las orillas. Pero todos, sin excepción, creían que una inundación estuvo a punto de acabar con la raza humana. Agua, agua por todas partes desde la creación.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Aunque sólo unos pocos hablaban del mal que padecían aquellos que dormían mecidos por las olas, que tenían como único horizonte la azulada inmensidad, que en sus noches en vela estaban acompañados por espuma y temporal. Y lo llamaron fiebre del mar. Y rumoreaban entre ellos que el mar les había hechizado, que corría en vez de sangre por sus venas, y que siempre, inevitablemente, terminaban por volver a él.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Mientras Estela se recuperaba Ulises siguió soñando y soñando, como aquel día en la playa, tras las rocas del farallón, al amparo del viento. Y le contaba a su amiga, con ojos encendidos y la ilusión en el habla, sus enormes deseos de conocer otros mares y otras costas, de correr aventuras. Y al hacerlo sus mejillas se arrebataban y su sonrisa, ésa tan cálida y maravillosa, le iluminaba la cara. Y para cuando llegó el verano su sueño se hizo realidad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La mañana se levantó brumosa. La joven fue a despedirle. Un barco pesquero le llevaría hasta alta mar, donde se embarcaría en un mercante que iba a dar la vuelta al mundo. Estaría fuera meses, tal vez un año. Un largo, larguísimo año sin verle. Demasiado tiempo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;De pie, en el muelle del puerto, la adolescente le miró desconsolada a la vez que furiosa. Desconsolada porque se iba, furiosa consigo misma. No quería que se marchara. Pero no podía decírselo. No. No tenía ningún derecho a destrozar sus sueños.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Ulises se le acercó y le dijo suavemente al oído, a modo de despedida, que le traería caracolas, que a su regreso le contaría todo lo que viera, y que con suerte podría incluso llegarle a describir lo que se siente al nadar con delfines, uno de sus animales preferidos. Pero a la adolescente todo eso le parecieron tonterías. Tonterías comparadas con lo que sentía.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Notó el cariñoso roce de un dedo en la mejilla, y poco después le vio subir al barco. Llevaba al hombro un petate blanco, grande, de marinero, un gorro pequeño y oscuro, y un grueso chaquetón azul marino. Y se perdió entre sus compañeros. Y el barco zarpó. Y ella bajó la mirada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El escuchar su nombre le obligó a levantarla de nuevo. En la popa del bajel estaba su amigo, con las manos en los bolsillos, el cuello del chaquetón subido y el gesto sonriente. Y mientras abandonaban el puerto poniendo agua de por medio, le dijo:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No me olvides. Los dos amamos el sabor del salitre y cada vez que la boca nos sepa a sal nos acordaremos el uno del otro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y Estela le devolvió la sonrisa, pero cargada de tristeza. Y de repente se le escaparon tres palabras, que le brotaron del corazón.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—No te vayas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Nunca supo si las había oído o no. Sólo vio cómo, con un mar que se ensanchaba más y más de por medio, el muchacho la miraba con gesto indefenso, desvalido. Y la joven recordó entonces la vez en que meses atrás y en una cala perdida, al abrigo de la lluvia, lamió una lágrima que resbalaba por su mejilla mezclada con agua de mar, y el beso que a cambio ella le dio. Beso de amiga. Beso de amante. Beso de amor.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Sólo se aprecian las cosas cuando se pierden, y ella lo estaba perdiendo en ese momento. A saber cuando volverían a estar juntos. A saber cuando se volverían a ver. Contempló cómo navegaba el barco, ahora una mancha en el horizonte. Y sin quitarle la vista de encima besó la yema de sus dedos, los inclinó hacia adelante, y con dulce soplo procedente de sus labios lo envió convencida de que el viento se lo haría llegar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Volvió a pasear solitaria por la playa, como antes, a recorrer con su lirona como única compañía los peñascos al pie del acantilado que la marea alta rodeaba, a bañarse en las lejanas calas, a husmear entre las rocas. Y los del pueblo, al verla, murmuraban entre sí que no era normal lo que hacía, que un día ocurriría una desgracia que tendría que lamentar. Así hasta convertirla nuevamente en el tema principal de los corrillos que hacían al atardecer, mientras remendaban las redes junto a las puertas de sus casas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—El océano es el más voluble de los seres. Como niño caprichoso, lo mismo hace bogar los barcos suavemente sobre su superficie que los envía a lo hondo de un zarpazo. Aquellos que se internan en él están en sus manos. Puede envolverles con bruma fascinadora, mostrarles transparentes fondos arenosos, increíblemente bellas barreras coralinas o hacerles navegar con bonanza sintiendo como si una mágica ola les llevara en volandas. Pero también puede invertir el rumbo de sus naves, enloquecerles de calma chicha y enfermarles de humedad. Las posibilidades son infinitas, así como infinitas son sus aguas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Eso decía el más instruido de los pescadores, aquel que había estudiado carrera y visto mundo, aunque un día le pudo la añoranza y tuvo que regresar. Y los más ancianos, los que ya no salían a faenar y se dedicaban a destripar pescado sentados en un taburete con cubos entre las piernas, mascullaban entre dientes que de niño caprichoso nada, que lo que pasaba era que allí habitaban los dioses del mar, vengativos, crueles. Y los más jóvenes se reían de unos y otros exclamando que el salitre les había podrido el cerebro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Sin embargo todos coincidían en que no se juega con la voluntad del océano. Que aunque rescates a quien se está ahogando, arrebatándole su cuerpo al abismo, el abismo encontrará más pronto o más tarde la manera de atraparle de nuevo. Y miraban a la adolescente de soslayo y murmuraban a su paso que ya había escapado de sus garras una vez. Que no lo desafiara más. Y Estela, que les oía, hacia caso omiso de sus comentarios, les ignoraba y seguía adelante con sus costumbres que tanto extrañaban a los del lugar. A todos menos a Ronda que, desde lejos y en silencio, la observaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Esa mañana, montada en bicicleta, la adolescente pedaleó sin rumbo fijo acompañada de una cálida brisa y el piar de las gaviotas. En la espalda una mochila con todo lo necesario para ir de paseo: un jersey por si tenía frío y un par de piezas de fruta. Al hombro Glis, como siempre, escondida entre su rojizo pelo. Según subía la cuesta una fina e imprevista lluvia comenzó a chispear a intervalos, cubriendo la tierra de una invisible y resbaladiza capa que poco después desaparecía ante el cálido sol. No sólo a ella se le escapan furtivas las lágrimas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La costumbre le llevó hasta la playa, donde se descalzó para meter las piernas en el agua. No tenía ganas de saltar ni de golpear las olas para ver cómo la superficie se llenaba de espuma, pero al final se obligó a hacerlo y minutos más tarde se dejaba caer exhausta junto a la orilla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaaaaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Respirando agitadamente se giró y miró el faro. Pintado a gruesas franjas blancas y verdes, algo irregular y fuera de normas, semejaba un enorme pirulí, un pirulí de nata y menta tan descomunal que parecía hecho a propósito para un gigante goloso. Allí vivía ella, en esa morada incómoda y poco espaciosa de paredes húmedas. Pero era su hogar y lo amaba. Amaba su grueso y viejo portón de madera también pintado de verde, sus estrafalarios muros redondeados, su terraza llena de focos, y sobre todo la escalera de caracol que se retorcía según ascendía hacia lo alto al igual que la espiral de algunas caracolas. Y lo amaba porque era como ella, diferente, inesperada, incomprensible a los ojos de la gente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Después observó el horizonte. Y las ruinas, cubiertas de musgo, le observaron a su vez aposentadas sobre amenazadoras rocas. La isla de la Piedra Santa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—El lugar por el que las criaturas de las profundidades acceden a tierra firme —susurró como hiciera tiempo atrás, pero esta vez con tristeza—. La Puerta del Mar.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se sentó y, abrazándose las rodillas contempló el vertiginoso pasar de las nubes al igual que habían sido vertiginosos los últimos meses. Lo gritó. Lo gritó en voz alta. Y al oírselo decir se sintió perdida. No sabía que hacer con su vida ahora que todo había pasado, ahora que Ulises no estaba, ahora que el farero había abierto en su corazón una herida imposible de cerrar. Miró a lo alto buscando una señal, y al no encontrarla clavó sus ojos en el islote recordando la hermosa y distante melodía que un día oyera. “Ven, ven con nosotros, te estamos esperando”, le decía. Pero ¿quiénes le esperaban? ¿Quiénes le pedían que fuera?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Poniéndose en pie vociferó encarándose a la rocalla:&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—¿Qué queréis de mí?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;No ocurrió nada. Todo continuó como estaba. Todo salvo el revolotear de unas gaviotas que, espantadas con sus chillidos, echaron a volar. Todo salvo unas pequeñas y grisáceas nubes, que comenzaron a formarse por el oeste.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Estiró el brazo y atrajo hacia sí su mochila. Tenía frío. Y al sacar del interior un jersey para ponérselo, con el impulso algo salió despedido. Era el medallón. El misterioso medallón que encontró una mañana en lo alto del faro y que escondió semanas más tarde en su armario para no verlo más.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;—Otra vez tú—musitó desesperada, pero comprendiendo que era imposible apartarlo de su vida se lo colgó del cuello.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;En ese mismo momento una ola bañó sus pies. Notó el agua fría recorriéndole la piel. Y junto al agua el suave contacto de la espuma. Y junto a la espuma un objeto pequeño y pulido. Bajó con frialdad la mirada. A su lado, sobre la húmeda arena, había una caracola.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;No quiso cogerla. No. Sin embargo no pudo evitar contemplarla, y lo distinto de su forma y colorido llamaron su atención. Abombada, con abundantes costillas verticales, tenía el lomo de color crema mezclado con tonos pardo y una gran mancha rojiza junto a la boca.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;El corazón le latió desbocado. Era una Harpa Costata.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Se agachó despacio y la tocó con temblorosos dedos. Y al rozarla el ejemplar le transmitió un inquietante cosquilleo que le recorrió el brazo hasta alcanzar el pecho, como antes sucedía. Y estando allí le contó de inimaginables espacios en los que nadar era como volar en un agua inmensamente azulada, de interminables laberintos de rocas y algas, de increíbles y maravillosas profundidades. Y también le contó de tantas y tantas cosas que no comprendía pero que le removían por dentro haciendo que se preguntara quién era ella y qué hacía aquí, en este mundo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Cerró los ojos, y cuando los abrió un irresistible impulso le hizo acercar la concha al medallón e insertarla en el hueco que tenía en el centro, en el que curiosamente quedó perfectamente encajada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Una gota de agua salada se deslizó por uno de los extremos del círculo de plata, en el que había una pequeña fisura, y ella no pudo resistir la tentación de arrimar los labios. Pero extrañamente esta vez, en lugar de lamerlo como tenía por costumbre, sopló.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;La columna de aire entró por el agujero, rozó la caracola y regresó a la atmósfera transformada en sonido, sonido que inundó el ambiente con una maravillosa melodía triste y fascinante al tiempo. Y la joven no pudo más que enternecerse. Jamás había escuchado nada tan conmovedor. Era el grito lastimero de quien, herido por dentro, pregonaba al viento su dolor. El lamento de un ser atrapado y perdido en un mundo que no era el suyo. El gemido que imploraba se le permitiera volver al lugar al que pertenecía. El canto de las sirenas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Alzó la mirada al cielo. Allá a lo lejos, en el firmamento, pese a que era de día se divisaba una delgada cuña luminosa tiñendo el mar con reflejos grises, la marea estaba bajando y soplaba una suave brisa embriagadora. Y luego miró incrédula el medallón. La misma fase lunar. El metal del mismo color que el adquirido por el océano. El pelo de la sirena extrañamente enredado al igual que se enredaba el suyo, hacia el oeste, como cuando sopla el Levante. El centro vacío esperando la llegada de algo que lo completara, ahora completo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Tembló. Acababa de caer en la cuenta de que el talismán era efectivamente un plano, como pensó en un principio. Pero no un plano que indicara un lugar, no, sino un momento concreto, un instante en el que todos esos fenómenos coincidían, un tiempo. Y ese tiempo acababa de llegar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Apretó el medallón con fuerza contra su pecho, e ignorando que la ligera brisa se estaba convirtiendo en viento, y que el Levante rolaba a Poniente, echó a correr hacia el acantilado llevada por un irresistible impulso.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Fue la última vez que la vieron. La tormenta que se levantó poco después duró toda la tarde y gran parte de la noche. Las olas crecieron hasta convertirse en negros muros de agua, el viento arrasó demoledor y el espesor de la lluvia impidió toda visibilidad. El farero esperó y esperó, angustiado, interminables largas horas a que regresara su hija, pero no sucedió. Y a la mañana siguiente, nada más despuntar el alba, llamó a los guardacostas e iniciaron la búsqueda. Nada, no encontraron rastro alguno de la joven. Había desaparecido. Se la había tragado el mar o quizás la tierra, quién sabe. Y así lo tuvo que aceptar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Días más tarde la estridente sirena de un barco de pesca retumbó por la bahía, pero ninguna adolescente corrió a su encuentro pedaleando con una destartalada bicicleta. Ni sintió el cálido viento jugando con su pelo al descender la cuesta, camino del puerto. Ni se sentó en el amarre, nerviosa, a esperar mientras contemplaba el ambiente sereno y el revoloteo de las gaviotas a que un joven pescador le saludara de lejos con un guiño. Esa vez, en su lugar, había un hombre mayor, alto, enjuto, con barba desaliñada y sienes canosas quien de la mano de una anciana vestida de negro, su hermana, esperaban con tristeza la llegada del bajel. En él iba Ulises. No se embarcaba en el mercante. No iba a dar la vuelta al mundo. Había decidido regresar a casa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Intuyendo que algo inesperado sucedía el muchacho saltó a tierra y se acercó a ellos sin detenerse a hacer el trabajo pendiente, sin esperar a que el capitán se despistara unos instantes, sin coger el regalo que le traía a la joven, una caracola procedente de las profundidades marinas. De la boca del farero supo la trágica noticia, Estela había desaparecido. Los guardacostas registraron la región a fondo sin hallar ningún indicio de ella. Buscaron en la playa, en las calas, en las rocas, en el mar e incluso tierra adentro, entre los pasadizos del acantilado. Nada. Nadie la había visto, ni los pescadores del puerto, ni las gentes del pueblo, ni los muchachos de su edad. No cabía ninguna esperanza de que fuera encontrada. Y así se lo hicieron saber.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y así intentó aceptarlo el muchacho, diciéndose que el destino de los hombres estaba escrito antes de nacer y que la vida nos llevaba hacia donde quería, como la corriente desagua en el océano. Pero también que el libre albedrío del que todos disponemos hace que el ir por un sendero u otro del río sea una verdadera elección por nuestra parte, pues sólo nosotros tenemos el poder de escoger entre los muchos a seguir. Y aún así, volviéndose hacia la inmensidad azulada, se torturó preguntándole una y otra vez: ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;Y su lamento se juntó con el que horas más tarde resonó por la bahía, procedente de lo alto del faro: ¡Yo os maldigo, Seres de Agua!&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-6344823361539308479?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/6344823361539308479/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=6344823361539308479' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/6344823361539308479'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/6344823361539308479'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/05/11-la-llamada-del-mar.html' title='11 - LA LLAMADA DEL MAR'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SDl-RxZQAuI/AAAAAAAAADk/i6DeAvHmwL4/s72-c/Caracola+11.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>4</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-2451942500288938590</id><published>2008-05-17T20:37:00.006+02:00</published><updated>2008-05-17T20:51:02.541+02:00</updated><title type='text'>10 - LA BÚSQUEDA</title><content type='html'>&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SC8oMFdbhiI/AAAAAAAAADc/q-rBK8j_xvQ/s1600-h/Caracola+10.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5201420282725369378" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SC8oMFdbhiI/AAAAAAAAADc/q-rBK8j_xvQ/s320/Caracola+10.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Pese a que era mediodía Estela no quería levantarse, se sentía confusa, desamparada, febril, y necesitada de protección se agarraba fuertemente a la almohada. No sabía si creer en lo que el farero le había contado la noche anterior o tomarlo como desvaríos de un loco. No sabía qué pensar. Esa extraña historia sobre el islote. Que no fuera hija suya. Lo de encontrar su lugar en esta vida. La versión sobre la desaparición de su madre.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero por lo menos podía hablar con él, se dijo, algo que en cierta manera le reconfortaba. Cogió entre sus manos el medallón hallado en el desván y comenzó a darle vueltas. Lo giró hacia un lado y otro, lo observó de frente y costado, así durante largos minutos. Hasta que de repente se levantó de la cama y se lo colgó del cuello. Había tomado una decisión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Parpadeó, el sol entraba por la ventana. Se vistió deprisa, bajó las escaleras y salió al exterior en busca del farero. Lo encontró sentado en un banco de piedra en el jardín trasero a la atalaya, revisando concienzudo su equipo de pesca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Vamos al islote —exclamó resuelta acercándose a él—. Tenemos que encontrarla.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Encontrarla?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El hombre levantó la mirada. Tenía las ojeras más pronunciadas que nunca, el rostro más avejentado que nunca, contraído por el insomnio y el dolor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Encontrar a mi madre, ya sabes, a Marina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Marina...—farfulló el hombre pensativo, como si estuviera ahondando en su cerebro en busca de un recuerdo que no lograba hallar. Y de improviso exclamó con rudeza llevado por el dolor y la desesperación:— Olvídalo. Olvida todo lo que te conté anoche. No, no puedo soportar desconocer qué ha sido de ella. La duda me está matando. No puedo seguir viviendo así. No puedo. No puedo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su voz se quebró. Le miró con ojos suplicantes y luego, bajando la mirada, exclamó en un murmullo apenas perceptible como si temiera despertar con su voz los temidos recuerdos del pasado:— Y ahora déjame solo, solo con mis fantasmas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Con tus fantasmas? —se encaró Estela desconcertada por su repentino cambio de actitud. Volvía a ser el de antes, un hombre amargado, marcado por la tragedia—. ¿Con tus fantasmas? —repitió incrédula. Y dándose media vuelta echó a correr hacia el interior del faro gritando enfurecida:— ¡Eres un cobarde! ¡Y un traidor! ¡Y un loco!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ella también había pasado por terribles experiencias y ahí estaba, intentando superarlas. No, no volvería a llamarle padre nunca más. Subió las escaleras de dos en dos, entró en su cuarto y se lanzó llorando sobre la cama. Odiaba la vida, odiaba las caracolas, odiaba las leyendas y odiaba el mar y todo lo que tuviera que ver con él. Pero sobre todo, y por encima de todo, odiaba ese maldito medallón.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cegada de rabia se lo arrancó del cuello, se incorporó con los ojos bañados en lágrimas y fue hacia la ventana. Y ya iba a tirarlo a la azulada superficie que se veía bajo la atalaya, como hiciera años atrás el farero con la caracola que buscaba, cuando un brillo le hizo parpadear. Se detuvo en seco. Era un simple reflejo del sol contra las olas. Sólo eso. Pero lo suficiente como para hacerle recapacitar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, se arrepintió abriendo la mano para contemplar la bella figura de la sirena, sus suaves formas, su cuerpo en torno a una delicada luna, el pelo enredado. Era una pena deshacerse de algo tan hermoso.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No, no iba a ser tan estúpida, resolvió, y acercándose al armario lo dejó caer entre sus ropas creyendo que el no verlo aliviaría su pesar. Pero inesperadamente una tremenda desesperación se apoderó de ella hasta el punto de sentirse agobiada entre esas circulares paredes. Necesitaba huir, necesitaba respirar aire puro, escapar. Sus piernas cobraron vida propia, y la joven se dejó arrastrar por ellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con la mente ofuscada salió del faro y corrió y corrió sin parar. Sólo notaba el viento en la cara, los rayos del sol calentándole las piernas, los brazos, la piel, el salitre escociéndole en los ojos, el olor del mar. Y al cabo de horas vagando sin rumbo volvió en sí, y entonces reconoció el rítmico entrechocar de las olas contra la quilla de los barcos, contra las proas, las velas, la tranquilidad. No sabía cómo pero había llegado al puerto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Recorrió despacio el malecón, como sonámbula, hasta encontrase frente a la entrada de una pequeña cabaña hecha de maderos traídos por el mar. La puerta estaba abierta. Entró. Parecía vacía. Y respiraba profundamente el sosegante aroma que desprendían los matojos de plantas secándose en el techo, cuando una ronca voz le hizo volver en sí.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Has vuelto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Estela no dijo nada. Tenía frío. Y al mirarse descubrió que estaba empapada de agua salada, rebozada en arena y aferrada a montones de caracolas que llevaba entre los brazos como cuando era pequeña. Unas gruesas lágrimas de dolor se deslizaron por sus mejillas. La anciana se acercó y se las limpió con sus arrugadas manos llenas de manchas dejadas por el sol.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—¿Por qué soy tan sensible? ¿Por qué? ¿Por qué? —sollozaba ella—. ¿Por qué no puedo ser como los demás?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—No te tortures. ¿Es que aún no sabes quién eres?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La adolescente le observó extrañada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Busca —le dijo en un misterioso susurro junto a su oído—, busca en las leyendas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Yo no creo en leyendas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ronda le miró compasiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Las creencias han de ser como un barco en el que navegáramos, niña, y al que debemos ser capaces de abandonar en alguna ocasión o nunca seremos libres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Pero hay tantas que yo... —se quejó ella.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Shhh... —le hizo callar con delicadeza la mujer mientras le frotaba los hombros ateridos de frío—. Es cierto que hay muchas leyendas, muchísimas, pero todas encierran una misma verdad. Somos humanos y muy, muy complejos. No tenemos fauces enormes ni garras con las que defendernos, pero contamos con un arma muy superior, la intuición. Utilízala. En ti es sumamente poderosa. No tengas miedo y confía en lo que te dicta tu interior. La sensibilidad no es un defecto, sino un don.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Un griterío procedente del exterior les interrumpió. Varios niños de diferentes edades se introdujeron en la cabaña y se arremolinaron en torno a la anciana tirándole de la falda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Eran sus nietos, los hermanos de Ulises.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;—Abuela, cuéntanos más cuentos de esos que tú sabes —le decían.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y Estela se vio reflejada en ellos, de niña, esperando deseosa a que llegara la noche para que el farero le relatara historias sobre el mar y los misteriosos seres que supuestamente lo habitaban, unas criaturas despiadadas y sin embargo, a sus ojos, terriblemente atractivas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;¿Por qué amaba realmente el océano?, se preguntó sin llegar a creer del todo que fuera por el recuerdo de su madre desaparecida. ¿Por qué tenía esa obsesión por las caracolas desde pequeña? ¿Por qué la leyenda del rey Ulises le causó tanta impresión cuando la escuchó? Todo eso se preguntó la adolescente en un instante. Y al no sabérselo responder echó a correr nuevamente con rumbo desconocido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pasadas las semanas los días comenzaron poco a poco a alargarse, la tierra a cubrirse de flores, el cielo de gaviotas y el mar con un manto celeste y calmo que invitaba a bañarse en él. Y Estela lo hubiera hecho encantada tiempo atrás, pero no entonces. Estaba como anestesiada, dormida. La vida se le escapaba y no sabía qué hacer para evitarlo. Sentada en el suelo de su habitación con las manos en torno a las rodillas, tenía la mirada posada en el techo y el corazón vacío. No sentía nada. Las caracolas ya no le hablaban, el mar no le atraía, el islote de la Piedra Santa no le llamaba.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y en su desconcierto una sensación, los cariñosos lametones que le daba Glis intentando que reaccionara. Y en su desorientación una frase: “Respira hondo, pase lo que pase en ti siempre hallarás un remanso de paz”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La encontró en un libro, antes de que cayera en ese brutal estado de aislamiento. Desde su solapa unos ojos calmos le contemplaban, aquel que lo había escrito. Alguien a quien no conocía y a quien seguramente jamás conocería. Pero alguien que con sus palabras le transmitió fuerza para continuar.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;Esa fuerza tan necesaria para seguir adelante cuando nuestro mundo se nos desmorona.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-2451942500288938590?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/2451942500288938590/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=2451942500288938590' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/2451942500288938590'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/2451942500288938590'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/05/10-la-bsqueda.html' title='10 - LA BÚSQUEDA'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SC8oMFdbhiI/AAAAAAAAADc/q-rBK8j_xvQ/s72-c/Caracola+10.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-6324040051036578459</id><published>2008-04-30T20:52:00.006+02:00</published><updated>2008-05-04T18:28:09.931+02:00</updated><title type='text'>9 - EL SECRETO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SBjBx500tHI/AAAAAAAAADU/3EbRYglXH44/s1600-h/Caracola+9.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5195115233251996786" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SBjBx500tHI/AAAAAAAAADU/3EbRYglXH44/s320/Caracola+9.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Irrumpió en el faro con el corazón latiéndole desbocado, dispuesta a encontrar respuestas. El farero estaba en la cocina, sentado a la mesa, con la mirada perdida en el vacío y la cabeza apoyada sobre una mano. En la otra, sin fuerza y como sin vida sobre el mantel, su pipa favorita, aquella que mordisqueaba sin cesar cuando no estaba trabajando en lo alto de la torre. Frente a él una botella de vino.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Necesito saber qué está pasando —exigió la adolescente agarrándose al pomo de la puerta. Apenas podía respirar de lo rápido que había llegado. Le faltaba el aliento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Su padre volvió en sí con gesto despistado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Y qué está pasando? —preguntó a su vez.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela le miró confundida, sin saber por dónde empezar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo de que la abuela de Ulises y tú sois hermanos —tomó aliento temiendo por la relación con su amigo—. Lo de la habitación cerrada en lo alto del faro. La caracola que escondes.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El farero arqueó las cejas. No se lo esperaba. Observó a su hija durante unos segundos, callado, en silencio. Hasta que algo en su interior le dijo que ya no podía seguir ocultándoselo más, que ya no era una niña, que había crecido y tenía derecho a saber la verdad. Arrastrando la silla hacia atrás, se puso lentamente en pie, se dirigió al fogón y comenzó a manipular con torpeza una vieja cafetera. Estaba nervioso. La luz de una desnuda bombilla le dio de lleno en el rostro. Tenía el gesto desencajado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Hubo una pausa. La necesaria para que el hombre pusiera en orden sus ideas. No era fácil lo que tenía que decirle.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Apareció una madrugada desmayada en la playa tras la tormenta, procedente de un naufragio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Aparecer una madrugada? —preguntó extrañada la adolescente aún junto a la puerta—. ¿Un naufragio? ¿Una tormenta? ¿De quién hablas?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El farero se volvió en redondo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—De Marina.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Marina? —los ojos de la adolescente se abrieron de par en par. ¿Marina procedente de un naufragio?—. No entiendo nada —musitó confusa. Ella estaba convencida de que sus padres eran de Portamaris.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Reaccionó con rebeldía.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Qué pasa, ¿es que ahora tampoco es cierto que fuera de aquí? —preguntó con sorna, y harta de tantos misterios exageró:— No, si ahora también resultará que no era mi madre.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Las palabras del hombre sonaron como un mazazo en la mente de Estela, llegándole hasta el corazón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Ella sí era tu madre. Soy yo el que no es tu verdadero padre. Cuando la encontré estaba embarazada. Meses después naciste tú.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se hizo el silencio. Nadie habló. Nadie dijo nada. Afuera el viento golpeaba con fuerza contra los cristales y los postigos del viejo faro, las olas contra las rocas sobre las que se asentaba el torreón. Los muros crujían.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Pero... —farfulló la adolescente acercándose a la mesa y desplomándose sobre una silla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El farero se acercó a ella y le puso la mano en el hombro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Sé que es duro enterarse así, de repente —le dijo compadeciéndola—. Déjame que te lo explique. Yo estaba solo, y ella apareció en mi vida cambiándola de tal manera que temí perderla. Pero no sucedió así. Se quedó a mi lado. Era hermosa, terriblemente hermosa y alegre, cariñosa, con una sensibilidad que le hacía ser muy especial. Lo tenía todo menos voz, lo que no fue impedimento para que nos comprendiéramos, y mucho más aún, para que nos quisiéramos. Sin embargo lo mejor fue lo que me enseñó, algo de un valor incalculable: a amar la vida y lo que eso significa, como es apreciar los pequeños momentos, disfrutar día a día con lo que nos rodea, reconocer el milagro que es estar vivos. Y cuando viniste al mundo nos convertimos en una familia, una familia dichosa, completa, feliz.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Una sombra de tristeza le cruzó el rostro, tras lo que lanzó una queja llena de amargura:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Hasta que se la llevaron.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Hasta que murió, querrás decir —le corrigió la adolescente luchando contra sí misma. Ella también quería creer que estaba viva. Su sueño allá arriba en el desván, la aureola de luz, el gesto para que la siguiera.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El hombre se sentó en la silla situada frente a la joven y la miró fijamente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No murió —dijo lacónico, las manos largas y huesudas, crispadas, la barba desaliñada, el cuerpo enjuto—. Nunca apareció su cadáver ni nada que confirmara el fatal desenlace. Fueron ellos. Ellos se la llevaron.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Ellos? —la adolescente se sobresaltó. Era la segunda vez que oía la misma palabra esa noche, pero en él sonaba a amenaza—. ¿Y quienes son ellos?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El farero no dudó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Los Seres de Agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela le contempló como quien contempla a un loco.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Los Seres de Agua no existen. No eran más que leyendas que me contabas de pequeña para que me alejara de la playa y no estuviera todo el día por ahí, vagando sola. Pero ya he crecido, ya no hace falta. Ni tampoco existe el Reino de las Profundidades, ni la Puerta del Mar, ni...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡Sí, sí que existen! —golpeó el farero bruscamente la mesa con el puño y acto seguido, tras levantarse, se dirigió a la ventana desde donde señaló hacia afuera—. Y la entrada está allí, en el islote de la Piedra Santa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La adolescente le miró con recelo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡Basta ya de mentiras! —gritó furiosa, harta de que jugaran con sus sentimientos—. ¡Quiero saber lo que ocurrió de una vez por todas!&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo entiendo hija, lo entiendo —quiso tranquilizarle su padre acercándose a ella—. Déjame que te lo cuente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡¿Qué me cuentes?! ¡¿Qué me cuentes qué?! ¡¿Otra leyenda más?!&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Que te cuente la verdad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El hombre se dirigió al fogón, cogió la cafetera que hacía rato hervía, vertió el humeante y negruzco líquido en una taza, la rodeó con ambas manos como si quisiera calentar el frío que sentía en su interior y volvió a la mesa. Allí se sentó de nuevo, dio un pequeño sorbo y comenzó a hablar con voz trémula:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Se trata de la historia de la que te hablé una vez, la del héroe llamado Ulises, el rey de Ítaca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Esa historia ya me la sé.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No, te aseguro que no. Verás. Cuando las enredadoras fueron expulsadas del océano por haber fallado en su misión de atraparle con sus cantos, éste decidió quedarse un tiempo a su lado, reclamando para ellas justicia. Incapaz de soportar los abusos gritó a los cielos que les permitieran volver, bramó, chilló, hasta que días después la superficie del mar tembló. Un tremendo rugido salió de sus entrañas y las aguas se abrieron dando paso a una gigantesca columna de humo, roca y cenizas. Había nacido una isla. Entonces el guerrero entendió que allí se hallaba la puerta que permitiría a esas mujeres regresar a su reino sumergido. Mandó construir un castillo y dejó a un grupo de entre sus hombres para que vigilaran la entrada a las profundidades e indicaran el camino a las sirenas que se hubieran perdido.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Dio un sorbo al negro, amargo líquido y continuó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Los hombres se llamaron a sí mismos sacerdotes y con el tiempo formaron un pueblo y una estirpe. Orgullosos, sólo ellos y sus descendientes varones se encargaban de proteger el acceso. Relegadas a un segundo plano las mujeres vivían en la costa engendrando hijos que cuidar hasta que, llegados a cierta edad y pasar una serie de pruebas, los elegidos eran separados de sus madres. Niños que tras acceder a la isla permanecían el resto de sus vidas alejados de la civilización, aprendiendo artes ocultas con las que defenderse de los posibles enemigos que pudieran alcanzaran la rocalla, además de otras muchas cosas más que ahora no vienen al caso.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Carraspeó intentando centrarse en lo que realmente importaba en ese momento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Hasta que un día, siglos más tarde, hubo un maremoto. Murieron todos ahogados entre gigantescas olas. Nadie se salvó. Nadie excepto los que vivían en tierra firme, unas pocas mujeres y chiquillos que terminaron desperdigándose por el resto de la comarca olvidando qué les retenía allí, a qué se dedicaban. Desde entonces la isla está vacía, abandonada. Y desde entonces el secreto del lugar exacto en el que se encuentra la Puerta del Mar y cómo se abre está perdido. Sólo ellos lo saben. Los únicos que pueden entrar y salir cuando quieren.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Otra vez ellos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Cómo puedes saber algo que el resto del mundo desconoce?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Siempre hay quien escribe lo que ha vivido, y siempre hay quien lo encuentra y lo lee por mucho tiempo que medie entre una cosa y otra. ¿Qué crees si no que he estado haciendo durante tantos años rebuscando en todos los anticuarios, librerías y mercados de viejo que existen cerca de aquí? Seguir el rastro de esa sociedad oculta como el ballenero persigue sin desfallecer a la ballena herida hasta alcanzarla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Comenzó a llover. El viento aulló furioso y la lluvia, racheada, repiqueteó con fuerza contra los cristales mientras Estela, sentada junto a la mesa de una lúgubre, triste cocina de un olvidado faro, tiritaba. La historia le parecía terriblemente cruel. Los niños arrancados de sus madres a temprana edad. Atrapados de por vida en una rocalla solitaria en mitad del mar. Rodeados para siempre de agua e incapaces de regresar. Y por un momento la joven se sintió como uno de ellos, y vivió su angustia y su dolor. El corazón se le aceleró. Notaba una fuerte opresión en el pecho. Y en su cabeza resonaba el susurro procedente del islote: “Ven, ven con nosotros, te estamos esperando”. ¿Quién la llamaba? ¿Quién?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La voz del farero le hizo volver en sí.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Pero déjame que te siga contando. La abuela de tu amigo Ulises, es decir mi hermana, y yo, soñábamos con pisar el islote cuando éramos pequeños, nos fascinaba pensar qué podía haber allí. Una mañana la bajamar descendió tanto que asomó el camino de losas por siempre oculto. No lo dudamos y nos internamos en él creyendo que lo podríamos conseguir. Fue una locura —sonrió con rudeza—, porque con la marea baja a veces suceden cosas extrañas. Recuerdo que el oleaje formado por la peligrosa tormenta que se desencadenó repentinamente poco después nos obligó a retroceder. Nos refugiamos en el acantilado. Por lo visto ya sabes lo que sucedió más tarde y cómo nos salvamos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela sintió de pronto que se ahogaba. Confusa, le preguntó lo único que tenía un poco de sentido común en esa extraña conversación:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Y para qué se iban a llevar a mi madre los Seres de Agua? —quiso encontrarle una razón lógica a la historia, algo que le confirmara que Marina no se había ahogado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No sé, no sé —gimió el farero—. Eso es algo que todavía no he conseguido descubrir. Pero te juro que lo haré. Por mi vida que lo haré.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Hubo una pausa. Y Estela, al ver lo mucho que el hombre sufría, quiso darle un respiro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Al menos sabrás decirme por qué si Ronda y tú sois hermanos no os veis nunca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Él cogió la apagada pipa, apretó las manos alrededor y musitó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Aunque es mucho mayor que yo siempre nos llevamos bien. Me crió cuando nos quedamos huérfanos. Me sacó adelante. Me educó. El problema surgió al aparecer tu madre. Dijo que era una locura que la acogiera en casa, que me traería más desdichas que alegrías, que me arrepentiría. Y cansado de sus consejos le indiqué que se alejara de mi vida, cosa que hizo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Volvió a crispar las manos en torno a la ajada pipa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Sé que no me guarda rencor, ella no es de ésas. Sólo hay entre ambos un pacto de silencio. Espera que vaya a verla y levante la prohibición, lo que no he hecho por estúpido orgullo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Echó la mano al bolsillo trasero de su pantalón, sacó de su cartera una desvaída foto en blanco y negro y se la enseñó. Era una niña de pelo castaño, melena corta, sonrisa inocente y vestido de volantes.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela palideció. La misma imagen que creyó ver en la cabaña del puerto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Entonces, ¿es cierto que la tienes? —consiguió farfullar a duras penas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Si tengo el qué?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—La caracola que busco.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿La caracola? ¿Pero por qué rayos te preocupa tanto esa caracola? Tienes cientos y cientos de ellas allá arriba, pegadas en la pared de tu cuarto —replicó el hombre. Y la adolescente calló. Ni ella misma sabía por qué estaba tan obsesionada con ese ejemplar, pero algo le decía que era la clave de todo ese misterio. La profunda mirada que le dirigió el farero poco después le hizo entender que la historia aún no había acabado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—La caracola que buscas estuvo aquí, en esta casa durante años, sobre la repisa de una estantería —confesó el atormentado farero—. No sé cómo vino a parar. Debió traerla tu madre de alguno de sus muchos paseos. Tú misma jugabas con ella cuando eras pequeña. Lo habrás olvidado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La joven apretó los puños. Por eso le parecía tan familiar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Era de color crema, con el cuerpo adornado por finas costillas y una mancha junto a la boca? —preguntó con el corazón a punto de salírsele del pecho.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Aunque no hacía calor en la habitación, por la frente del hombre comenzaron a deslizarse gotas de sudor. Se las secó con la mano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No lo recuerdo bien. Sucedió hace mucho tiempo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela contempló su afilado rostro, sus sienes canosas, los surcos hundidos en torno a sus ojos, en sus pómulos. Ya no era joven, pero aún así el imparable paso del tiempo se había cebado en él dejándole crueles huellas que transmitían sufrimiento y soledad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Déjame que vuelva a lo de tu madre —alzó el farero la mirada con una mezcla de orgullo y desconsuelo. Orgulloso de haber enamorado a esa increíble mujer, desconsolado por haberla perdido—. Como te decía fuimos felices, tremendamente felices hasta que un día sucedió. En un principio creímos que había sido un accidente, pero no hallamos rastro alguno que lo confirmara. Entonces me negué a aceptar que ya no estaba, no lo podía creer. Desesperado, cogí la caracola y la arrojé al mar desde aquí mismo, desde esta misma ventana, junto con un montón de objetos más que tenían que ver con Marina o con el océano. Fue un arrebato, entiéndelo. Quería deshacerme de todo lo que me la recordara. Incluso cerré con candado la habitación en la que pasabais las dos las tardes dibujando. Creía que con eso olvidaría el pasado y te ahorraría que sufrieras el calvario que yo padecí. No saber qué había sido de ella. Y el medallón —resopló—. El medallón lo tiré dentro del cuarto, más que nada por si servía de prueba. Pero fue una estupidez, como bien imaginarás, porque los guardacostas nunca creyeron mi teoría.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿El medallón? —repitió Estela extrañada de que nombrara algo que supuestamente nadie sabía y de lo que ella no había hablado con nadie. Ni siquiera con su amigo Ulises.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Sí, una pieza de plata con un gran agujero en el centro y un hermoso relieve alrededor. El que les entregó el dios del mar a las sirenas siglos atrás tras expulsarlas del mar para que pudieran regresar de su exilio. La llave que abre la puerta del Reino de las Profundidades. Lo encontré en la playa tras la desaparición de tu madre, justo por donde solía pasear.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La joven desfalleció. En otra ocasión hubiera pensado que lo oído era una leyenda más salida de la mente de un enfermo necesitado de encontrar una explicación a la misteriosa pérdida de su esposa. Desvaríos de un hombre atormentado por la soledad y el esfuerzo de mantener en pie un olvidado faro, que el océano junto con las tormentas le intentaban arrebatar. Mentiras y más mentiras. Pero en lugar de replicarle dio un ahogado grito, metió la mano bajo la camiseta, a la altura del cuello, cogió el amuleto encontrado en el desván y se lo enseñó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Es esto?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—El farero lo observó con atención. Y sus palabras se entrecruzaron con las de Estela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Cómo lo has encontrado?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Cómo es que...?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo siento, hija —tomó la palabra el adulto—Siento no haberte dicho antes lo de la habitación llena de recuerdos de tu madre. Siento su desaparición. Y siento tantas y tantas cosas ocurridas y que ya no tienen vuelta atrás —comenzó a sollozar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Descubrí el candado del desván quitado el otro día. Me extrañó porque siempre estaba cerrado y...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Fui yo —le cortó el farero—. Necesitaba ver de nuevo sus cosas —se excusó—. Necesitaba... Necesitaba...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No importa —dijo ella mientras le observaba con una mezcla entre compasión y desconfianza, como le hablaría a un ser querido que hubiera perdido la cabeza. Y señalando al medallón musitó—: Viéndolo así cualquiera diría que realmente puede abrir una puerta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El adulto golpeó la mesa con el puño.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡Y la abre! ¡Te juro que la abre aunque no sepa cómo! —gritó, y luego continuó algo más calmado:—Eso quisiera saber yo. Y me lo sigo preguntando hace años junto con dónde está esa puerta. Y sobre todo, la manera de llegar a ese maldito islote por otro medio que no sea esa endemoniada trampa de resbaladizas losas que aparece cuando le viene en gana. No, no puedo decírtelo pese a lo mucho que me gustaría hacerlo. Tú lo has visto. No he hecho otra cosa desde que tu madre desapareció que cumplir con mis obligaciones y rebuscar en todos los manuscritos comprados durante el poco rato que me queda libre.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se puso de pie llevado por una revelación.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Pero hija mía, escucha ahora lo que te voy a decir. Todos tenemos una misión en esta vida, y esa misión se nos muestra a lo largo de los años a través de señales. He tenido que pasar por muchas cosas para comprenderlo, para entender que tu madre llegó a mí porque era su destino y el nuestro que nos encontráramos, que nos conociéramos, que tú nacieras y crecieras en esta casa. Y ahora quiero que me prometas que si algún día llegan hasta ti señales que te indican claramente una senda, no lo dudes y síguela. Síguela pase lo que pase. &lt;span style="color:#000000;"&gt;¿Lo harás?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Tomó aire, y aún sin que Estela le contestara continuó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Mi sitio está aquí, en este viejo y olvidado faro. No sé si para salvar vidas o para guiar al que se pierda, pero he encontrado mi lugar en este mundo. Ahora te toca descubrir el tuyo. Y te repito, al hacerlo no dudes. Sea el que sea lo entenderé o al menos intentaré hacerlo. Y que sepas que para ello cuentas con toda mi confianza y apoyo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Eso dijo el hombre. Y lo hizo con tanta seguridad, con tanta fuerza e inusitada lucidez que Estela le miró asombrada. ¿Por qué le hablaba así? Su mutismo habitual había desaparecido. Si antes estuviera cabizbajo, ahora se le veía lleno de energía; si loco, ahora más cuerdo que nunca; si encerrado en sí mismo, de repente abierto, revelándole sus más íntimos pensamientos como ella siempre quiso que hiciera y jamás consiguió. Se sintió perdida. Él no solía comportarse así. ¿Qué le pasaba?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Pero yo no quiero irme de aquí, no quiero dejarte solo —se quejó sin saber qué pensar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Escucha de nuevo —insistió el hombre—. No me dejarás jamás porque siempre te llevaré dentro de mí. Otra cosa es que no estemos juntos, pero eso es distinto, nos une un cariño y unos lazos invisibles que impedirán que nos olvidemos el uno del otro. Es lo que sucede con tu madre. Noto a diario su presencia, como si nunca nos hubiera dejado. No, no estaré solo. Pase lo que pase siempre estaréis las dos conmigo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se aproximó a la joven. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Tenía tu mismo color de ojos y de pelo, tus mismos gestos, tu misma mirada. Por eso, a veces, ni te hablo ni quiero estar a tu lado, por no verla en ti —le dijo emocionado. Y la estrechó entre sus brazos abrazando no a su hija, sino a un doloroso recuerdo.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-6324040051036578459?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/6324040051036578459/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=6324040051036578459' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/6324040051036578459'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/6324040051036578459'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/04/9-el-secreto.html' title='9 - EL SECRETO'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SBjBx500tHI/AAAAAAAAADU/3EbRYglXH44/s72-c/Caracola+9.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-1732459504553619222</id><published>2008-04-15T18:47:00.008+02:00</published><updated>2008-04-16T13:21:45.140+02:00</updated><title type='text'>8 - TRAS UNA VISIÓN</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SATeJNfQxkI/AAAAAAAAADM/KY6xTqBDXFo/s1600-h/Caracola+8.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5189516920458626626" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 157px; CURSOR: hand; HEIGHT: 193px; TEXT-ALIGN: center" height="291" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SATeJNfQxkI/AAAAAAAAADM/KY6xTqBDXFo/s320/Caracola+8.jpg" width="224" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Las caracolas son el esqueleto externo de un animal marino llamado molusco. Animal que según aumenta de tamaño segrega una dura cubierta en torno a su cuerpo formando caballones, surcos, volutas y espiras, todo aquello que da a cada una su particular aspecto. Al igual que el color, adquirido poco a poco con el crecimiento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela dejó vagar la mirada por el techo de su habitación consciente de que la tarde no estaba siendo fácil. Debido a las heridas sufridas en la arriesgada aventura su padre la había obligado a permanecer en cama el resto del día, descansando, y eso era más de lo que se le podía pedir.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estaba nerviosa. Había acariciado durante horas a Glis, que parecía haberse recuperado, intentado leer, lo cual era imposible ya que no podía concentrarse en las letras del libro, y contemplado el tranquilo atardecer que se divisaba a través de la ventana del faro. Pero nada la consolaba. Nada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pese a que su cuerpo le pedía a gritos tomarse un respiro, ella no hacía más que coger el amuleto de plata entre los dedos y pasarlos incontables veces por el relieve como si lo quisiera desgastar. En alguna ocasión, vencida por el cansancio y el aburrimiento, daba algunas involuntarias cabezadas, pero era peor ya que minutos después se despertaba obsesionada con el agua. Con masas de espumosa agua salada que le envolvían impidiéndole respirar, con una raza de seres desconocida que le llamaban desde una negra rocalla rodeada de peligrosas olas, con su madre, que desde la orilla de playa le gritaba, pese a que era muda, que estaba viva. Y también se despertó obsesionada con la caracola que creyó ver estando allá en los bajíos, bajo el mar. Un ejemplar que no conocía pero que extrañamente le resultaba familiar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Entrecerró los ojos. La habitación se llenaba de sombras. Todo le daba vueltas. Mareada, creyó ver cómo las caracolas pegadas en la pared se despegaban e iniciaban un maléfico baile frente a ella alterando sus formas y colores. Se encogían, se alargaban, se retorcían sobre sí mismas adoptando monstruosas figuras grises, negras, rojas bermellón. Sintió náuseas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Incapaz de resistirlo más se levantó y se acercó para comprobar que no era cierto. Y al tenerlas cerca de sus dedos no pudo evitar acariciarlas rozando suavemente y con admiración su superficie. Eran tan hermosas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Había verdosas lapas con forma de gorro picudo, pardos berberechos plagados de surcos y costillas, blancas chirlas, anaranjadas vieiras también llamadas conchas del peregrino, azulados mejillones con toques irisados, violáceas coquinas que parecían desprender rayos de colores desde uno de sus puntas. Esas conchas había entre otras muchas. Unas sobresalían abombadas, otras triangulares, redondeadas, picudas, dentadas, o de infinitas formas más. Y también había cientos de caracolas convexas de las llamadas olivas, y margaritas, y toneles, con superficies resplandecientes en tonos arena, lilas, cremas, rojizos, plateados y dorados.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Uno de los muchos secretos que esconde el mar —susurró la joven sintiendo las extrañas vibraciones que le transmitían las caracolas, y preguntándose intrigada por el ejemplar que vio bajo el agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y entonces, como si acabara de venirle a la mente, corrió a coger su antiguo manual mientras se regañaba a sí misma. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Durante años y años lo estuvo estudiando meticulosamente, clasificando todas y cada una de las conchas que encontraba en la playa hasta aprendérselo casi de memoria. Yacía olvidado en su mesilla de noche. Hacía tiempo que dejó de usarlo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Tras revolver en el pequeño mueble lo halló y de inmediato la alegría volvió a iluminarle el rostro. Recordaba perfectamente cómo se hacía. Había que fijarse en la figura y no en el dibujo. Lo primero era clasificar a qué familia pertenecía el ejemplar, y después decidir si parecía un gorro frigio, una peonza, una pirámide, un abanico, un barril, un triángulo, un sacacorchos o un corazón. Un largo ritual que quizá pareciera pesado, pero había que decir en su favor que quedaba recompensado por la detallada información que se recibía a cambio, como era su nombre, las características más importantes, si existía o no en mucha cantidad y en qué mares podían encontrarse.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Ilusionada, volvió a meterse en la cama. Y estando allí, tumbada entre gruesas mantas, pasó una a una las páginas del manual buscando su misteriosa caracola en cada grabado, en cada descripción, anhelando con todo su ser hallar un ejemplar muy especial y terriblemente bello, tal y como lo recordaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Hasta que después de buscar y buscar durante un rato lo dejó. No se concentraba. Su padre tenía razón. Necesitaba descansar. Estaba agotada. Y reposando la cabeza sobre la almohada cerró los ojos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Fue Glis quién la encontró. Estaba jugando con el libro cuando la cola se le quedó atrapada entre las páginas. Para rescatarla empujó el manual con las patas hasta el borde de la cama. Éste cayó al suelo, y se abrió al azar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El ruido hizo que Estela se incorporara de golpe. Ahogó un grito. Ahí estaba. De la familia de las Arpas, su nombre científico era Harpa Costata. Abombada, voluptuosa y con vivo color, se le consideraba una de las conchas más atractivas y apreciadas del mundo. Así la describía el manual, y continuaba hablando de su pequeña y puntiaguda espiral situada en la parte superior, de las finas y numerosas costillas apretadas que formaban su cuerpo, de su colorido blanco crema con tonos pardos, de su boca enorme adornada con una mancha rojiza. Todo perfecto. Todo maravilloso. Sin embargo había una pega, y es que era muy rara de hallar puesto que sólo habitaba en las profundidades marinas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La adolescente suspiró. Lo tenía complicado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pero de improviso cerró de golpe el manual y se incorporó. No, no pensaba darse por vencida, y mucho menos después de lo que había pasado. Se vistió y bajó deprisa la escalera de caracol. Y cuando iba a coger su bicicleta apoyada en la entrada del interior del faro, dispuesta a buscar respuestas, ésta resbaló y se cayó al suelo en medio de un gran estruendo. La levantó intentando no hacer ruido, y ya se disponía a salir por la puerta cuando una voz proveniente de lo alto de la escalera le obligó a detenerse.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Estás bien, hija?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Sí, estoy bien —encogió los hombros y frunció el entrecejo—. Es por el golpe que me di en la cabeza. Voy dar un paseo. Creo que me vendrá bien.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se hizo el silencio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Espera, ahora bajo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Poco después apareció su padre por la misma escalera por la que había descendido ella minutos antes, el rostro serio, las facciones duras, huesudas las mejillas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Y el corte de la mano? —preguntó con inesperada dulzura mientras restregaba las suyas contra un sucio paño.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La joven se miró la palma derecha, y luego se la mostró.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Está mejor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La herida había dejado de sangrar y en su lugar quedaba una línea vertical, pálida, que comenzaba ya a cicatrizar gracias a las algas que Ulises le puso.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—De acuerdo —dijo el farero comprendiendo que era difícil retenerla—. Pero no llegues tarde.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaaaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo intentaré —exclamó la joven agradeciendo su comprensión, y salió con la bicicleta al exterior de la atalaya.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Tuvo que contentarse en un principio con pedalear despacio, simulando que efectivamente había salido a pasear sin rumbo fijo, teniendo la permanente sensación en su espalda de que era vigilada desde lo alto del faro. De cuando en cuando se detenía a recoger un ramillete de pequeñas flores que crecían junto al camino, a contemplar el maravilloso paisaje que desde allí se divisaba o a respirar el aire fresco del atardecer. Pero cuando esa incómoda sensación se desvaneció enfiló a toda prisa la cuesta que conducía al puerto, en busca de su amigo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Llegó sudando por el esfuerzo, el corazón agitado, dejó la bicicleta junto a un amarre y le buscó con la mirada. No estaba entre los pescadores que faenaban por el muelle, ni entre los que limpiaban afanosamente sus barcos de vela, ni entre aquellos que junto a un bajel cargaban y descargaban cajas sin parar. No. No estaba por ninguna parte. Y ya iba a marcharse, desesperada, cuando vio a alguien a lo lejos, de espaldas y vestida totalmente de negro, que atrajo su atención. La abuela de Ulises.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se quedó quieta. La anciana se volvió y por un momento a la joven le pareció que la observaba fijamente con ojos escrutadores, profundos, y luego le sonreía misteriosa. Y después, dándose la vuelta, echó a andar hacia el principio del malecón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela la siguió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La curandera dejó atrás un grupo de mujeres que sentadas a las puertas de sus casas remendaban redes mientras charlaban alegremente; un pequeño barco de vela fuera completamente del agua, en dique seco, que lijaba un viejo pescador; gatos y cajas vacías que yacían amontonadas en un oscuro callejón. Al final se introdujo en una cabaña, la última, la más alejada de las pocas que había en el puerto. Un pequeño cubículo hecho a base de restos de embarcaciones y toscos maderos arrojados por el mar tras la tormenta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La adolescente se detuvo en la entrada con el corazón latiéndole desbocado. ¿Quién narices le mandaba meterse en líos? Pero después, procurando calmarse, recapacitó. Era sólo una anciana. No podía hacerle daño. Y aunque algo en su interior le aseguró que los poderes de esa extraña mujer iban más allá de lo físico, entró.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La cabaña, pequeña y tosca, semejaba un cobertizo para guardar aperos de pesca, pero al traspasar el umbral descubrió que no era así. Se trataba de su vivienda, una vivienda humilde a la vez que sorprendentemente agradable. La luz del exterior se colaba entre las grietas de los maderos, de los ensamblajes, de los nudos, transformándose en suave penumbra, sin embargo el viento no entraba al estar la pared protegida por una traslúcida tela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;De una única habitación, la estancia poseía una mesa, un par de taburetes y un camastro, todos de tosca madera, además de una chimenea de ladrillo encendida en un rincón. El suelo era de tierra pisada, y del techo, bajo y con retorcidas vigas, colgaban matojos de plantas que desprendían un aromático olor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela entrecerró los párpados para ver mejor. La anciana estaba sentada en una mecedora, que movía incesantemente. La piel arrugada, el pelo cano y las manchas pardas en la piel delataban su edad. Pero sus ojos grises eran vivos y estaban dotados de una fuerza especial que parecía como si pudieran traspasar a quien miraran.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Dime niña, ¿por qué me sigues?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La joven se sonrojó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Yo... Yo... —tartamudeó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Olvida las excusas y sé sincera. Sólo quiero la verdad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y sorprendentemente Estela, pese a ser interrogada por alguien que imponía entre los del pueblo más miedo que respeto, se notó de repente tranquila, a gusto. No se sentía juzgada ni criticada. Algo en su interior le decía que esa mujer deseaba ayudarla. Algo en su corazón, que era comprendida y respetada. Tratada de igual a igual. Lo mismo debió percibir Glis, pues salió de su escondite y se colocó mansa sobre el hombro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Busco una fuente —exclamó con seguridad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Y qué tiene dentro? —inquirió la mujer con voz ronca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Una caracola. La vi en un sueño —mintió ella para no dar más explicaciones—. Necesito encontrarla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Una caracola... una caracola... —repitió la anciana pensativa mientras se columpiaba en la mecedora hacia adelante y hacia atrás—. Las cosas no suceden porque sí, niña, tienen un significado.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Hizo una larga pausa, como si el tiempo le estuviera revelando las respuestas, y dijo al fin:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Te están mandando un mensaje.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Un mensaje? ¿Quiénes?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Ellos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Ellos?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Aquellos que estuvieron y ya no están.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Un pueblo desaparecido? &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Una raza olvidada.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela abrió los ojos desmesuradamente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Olvidada? ¿Olvidada por quién? ¿Qué quieren de mí?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La anciana sonrió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Dime, ¿cómo es la caracola que buscas?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Hubo un silencio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Su nombre es Harpa Costata —respondió la joven, y como la anciana la mirara imperturbable continuó:—Es pequeña, abombada, con costillas abundantes, de color crema y una mancha granate junto a la boca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Ahora fue la abuela la que abrió los ojos desmesuradamente, unos ojos grises, escrutadores, que le observaron entre sorprendidos e incrédulos. Detuvo el movimiento e incorporándose lentamente se levantó de la mecedora, se dirigió hacia la chimenea y cogió un manojo de hierbas secas del techo que espolvoreó dentro. Luego regresó de nuevo a la mecedora, en la que se meció de nuevo rítmica, silenciosa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El fuego crepitó. Las llamas se avivaron chisporroteando y tornándose verdes, azules, doradas. Pequeños puntos rojizos flotaron entre el humo. Un grato olor a bosque inundó la habitación.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Siéntate.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La mujer le señaló uno de los taburetes y Estela se sentó. La anciana carraspeó, hizo una pausa y comenzó a hablar despacio, escogiendo lentamente las palabras:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Hace décadas un chiquillo y su hermana mayor tuvieron la osadía de internarse en el camino de losas por siempre oculto, aquel que en contadas ocasiones aparece con la bajamar. Eran atrevidos por su corta edad e ignorantes del poder de la naturaleza. No sabían de lo que es capaz. La marea baja les atrajo, y no lo supieron resistir. Querían llegar a las ruinas, pero una repentina tormenta truncó sus deseos y tuvieron que retroceder. Viéndose en peligro se refugiaron en una de las aberturas del acantilado de las gigantescas, temibles olas que les amenazaban. El mar comenzó a subir como pocas veces lo había hecho. Mientras los hermanos, obligados por las aguas, se introducían más y más en una peligrosa maraña de pasadizos de barro que las torrenteras crearon al abrirse paso a través del farallón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Volvió a mecerse despacio envuelta en olor a hierbas, en cálida penumbra, la noche cayendo, el sonido del viento afuera al pasar entre los barcos, que comenzaba a soplar con intensidad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo oculto que siga oculto y lo que permanece encubierto así debe continuar —musitó con voz apenas perceptible—. Los niños dejaron todo como estaba, no tocaron nada salvo lo que les fue dado, no interfirieron en el acantilado. En eso sí fueron sabios. Respetaron a la naturaleza y la naturaleza les respetó. Así fue cómo, al cabo de dos días, consiguieron salir a salvo de un laberinto que la más ligera brisa hubiera desplomado. Algo que nadie creía posible. Un milagro. El farallón les salvó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Un gato entró por la ventana de la cabaña, saltó sobre la anciana y, cerrando los ojos, se acurrucó en su regazo contagiado por la cálida atmósfera. Al igual que la lirona que, aposentada cómodamente junto al cuello de la adolescente, dormitaba tranquila mientras ella permanecía callada, escuchando atenta a la vez que sorprendida. Le resultaba curioso. Era la primera vez que oía a alguien hablar del mar sin supersticiones, como hacían los viejos pescadores del pueblo, ni viéndolo como algo sólo material, como la gente joven. Y con sólo esa breve conversación comprendió que Ronda era distinta. Al igual que lo era ella. Al igual que lo era Ulises.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Aquél que recibe tiene a su vez el deber de dar —continuó la mujer—. La naturaleza tiene sus leyes y ésta es una de ellas. Agradecido por seguir con vida, el pequeño hizo una promesa: de mayor se dedicaría a velar por aquellos que perdidos o accidentados en el mar necesitaran ayuda, vigilando el horizonte desde lo alto de una torre.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El gato ronroneó y la anciana se recreó en acariciarle.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Dentro de los pasadizos había una grieta que daba a un pozo de altas paredes abierto al cielo —prosiguió—. La base, también de roca, parecía dos manos unidas entre las que corría un agua dulce que, aunque resulte difícil de creer, estaba llena de objetos procedentes del mar. Para que el niño no olvidara la promesa hecha su hermana escogió uno entre ellos y se lo dio. Según la describes era la caracola que buscas. Tu Harpa Costata.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La joven se quedó perpleja, no sólo por la historia, sino porque ella no le había contado que la fuente tuviera esa forma peculiar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Pero —farfulló incrédula—, ¿cómo puede saber que fue exactamente ésa la caracola que la niña le entregó a su hermano?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La anciana detuvo el movimiento y la miró fijamente.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Porque yo misma la elegí. De todos fue la que llamó mi atención. Y ahora, con el paso de los años, de los muchos, muchos años, comprendo que no fue casualidad lo que hizo que la escogiera. Como ya te dije antes las cosas no suceden porque sí, tienen una razón, y he aquí la suya: llegar hasta ti. Tuve la caracola que buscas en mis manos, sí, pero yo sólo fui el camino para que se cumpliera su destino. Nunca, jamás, olvidaré lo distinto de su forma, ni de su tacto, ni de su colorido —los ojos de la anciana centellearon—. Era especial.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela se sobresaltó. Especial. La misma palabra con la que ella se la había descrito a Ulises, el mismo ímpetu, el mismo tono de voz. Pero no era solamente por eso por lo que estaba impresionada. Algo había dicho la anciana que...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Ah, estás aquí —sonó de improviso a su espalda cortando sus pensamientos—. Me dijeron que me andabas buscando. Por lo que veo ya conoces a Ronda, mi abuela.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Era su amigo. La adolescente se puso de pie de un salto. Fue cuando la mujer descubrió el corte en su mano derecha.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Déjame ver —dijo, y alargando el brazo cogió la palma y la examinó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Es sólo una herida —musitó Estela nerviosa, deseando irse.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Es la línea del destino —exclamó mientras la observaba—. Se ha dividido en dos, como si una parte de tu ser estuviera aquí, en Portamaris, con nosotros, y la otra... la otra...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Calló de repente, y luego, levantando la mirada, clavó en ella sus ojos:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Escucha lo que te voy a decir. Algo va a pasar. Algo que te enfrentará a un terrible dilema. Pero quiero que sepas que lo que parece a veces no es, que ahí afuera hay más de lo que creemos, más de lo que nos indica la razón, y que cuando ocurra te dejes guiar por el corazón. ¿Lo recordarás? El corazón no engaña. No engaña. No.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Repitió la negación varias veces mientras sus párpados se cerraban lentos, para luego abrirse de par en par.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Nunca te has preguntado por qué tu padre y tú no os parecéis en nada?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela retiró brusca la mano. Claro que se lo había preguntado. Cientos de veces desde que era niña y escrutara el rostro del adulto mientras éste le contaba cuentos sentado a los pies de su cama; leyendas sobre el mar y sus supuestos habitantes, sobre la imaginaria guerra que mantenían con los que poblaban tierra firme, sobre la absurda amenaza que nos cernía procedente del océano. Pero en ese momento no le importaba. Ni tampoco le importaba lo de la herida de su mano que parecía haber dividido en dos su ser, ni lo de ese algo tan misterioso que por lo visto le iba a ocurrir. No. Su cabeza no dejaba de darle vueltas y más vueltas vertiginosamente a la historia de los niños y cómo se salvaron, a la caracola escogida a modo de símbolo, a la promesa hecha por el menor. Y las palabras proferidas por la anciana resonaban en su mente una tras otra con hipnotizador sonido, y ella las repetía en voz baja como si de un acertijo se tratara: vigilar el horizonte, lo alto de una torre, la entrega a los perdidos o accidentados en el mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estaba claro que se trataba de un faro y su farero, reaccionó al fin. Sin embargo, en la olvidada costa de Portamaris sólo había un faro. Y obviamente un único farero.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Miró a la anciana con ojos desencajados, y la anciana le devolvió cálida la mirada. Una mirada que sorprendentemente iba rejuveneciendo poco a poco hasta convertirse en la de una niña. Estela le observó perpleja. El rostro de la mujer se había transformado, ya no parecía una vieja. Su pelo, antes cano, ahora era castaño, corta la melena en lugar de moño, la sonrisa inocente, la piel tersa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;No, no podía ser. La adolescente se restregó los párpados y luego volvió la cabeza atrás en busca de su amigo. Ulises estaba a su espalda, junto a la puerta abierta. El aire que entraba desde exterior había avivado el fuego del hogar haciendo que un humo grisáceo invadiera la estancia. Y luego estaban ese olor...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;¿Eran realmente las sombras lo que le estaban confundiendo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo que parece a veces no es —le repitió la mujer en un susurro apenas audible—. Deja que el corazón te guíe. El corazón, el corazón —se señaló el pecho—. No lo olvides, el corazón no miente —dijo, y de repente, de manera incomprensible, su aspecto volvió a ser el de siempre, el de una arrugada anciana.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Vámonos. Vámonos de aquí —balbuceó ella tirando de Ulises.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Cuando salieron al exterior les envolvió un mar de estrellas. El tiempo dentro de la cabaña había pasado lento y afuera rápido, como si en un lugar y en otro corrieran a ritmo distinto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Qué te ocurre? —le preguntó el pescador, preocupado al verla pálida agarrándose al burdo marco de la puerta—. ¿Es por el golpe que te diste esta mañana en la cabeza?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Por un momento pareció que Estela iba a caerse, pero él, dando un par de zancadas, la abrazó. Y la joven notó el palpitar de su pecho contra el suyo, contra sus costillas, contra su corazón. El corazón no miente, le había dicho la anciana, déjate guiar por el corazón. Y ahora mismo su corazón le estaba diciendo algo a gritos. Gritos que ella no pudo evitar repetir en alta voz:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Es mi padre —gritó separándose bruscamente del muchacho. Y ante el gesto de estupor de éste insistió:—Mi padre es quien tiene la caracola. El niño de la historia. Quien prometió ayudar a los náufragos y al que tu abuela se la entregó años atrás. ¿Es que no lo entiendes?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El muchacho la contemplaba sin reaccionar. No acertaba a comprender qué le pasaba. Apenas veía su rostro ni su pelo, sin embargo sus ojos, de un azul intenso, brillaban encendidos a la luz de las estrellas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Tengo que irme —le dijo ella, y echó a correr hacia el principio del muelle en donde había dejado su bicicleta—. Debo hablar con él.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡Espera! —le gritó Ulises confuso—. ¡Es tarde! ¡Debe de estar dormido!—. Y al no recibir respuesta añadió:— ¡Al menos déjame que te acompañe!&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pero era inútil, la joven se había perdido entre las sombras. Y no sólo en las de la oscuridad.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-1732459504553619222?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/1732459504553619222/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=1732459504553619222' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1732459504553619222'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1732459504553619222'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/04/tras-una-visin.html' title='8 - TRAS UNA VISIÓN'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/SATeJNfQxkI/AAAAAAAAADM/KY6xTqBDXFo/s72-c/Caracola+8.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-1188509927222086731</id><published>2008-04-07T18:11:00.004+02:00</published><updated>2008-04-08T11:26:44.705+02:00</updated><title type='text'>7 - EL SILENCIOSO ABRAZO DE LA MUERTE</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R_pIoJ0aRAI/AAAAAAAAADE/xj6Zj-9zGCE/s1600-h/Caracola+7.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5186537775538258946" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 183px; CURSOR: hand; HEIGHT: 147px; TEXT-ALIGN: center" height="197" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R_pIoJ0aRAI/AAAAAAAAADE/xj6Zj-9zGCE/s320/Caracola+7.jpg" width="256" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Dicen que la muerte por ahogamiento es la más dulce de todas y debía ser verdad, porque Estela no sentía nada. Invadida por un denso sopor flotaba bajo el mar como adormecida.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;No tenía miedo. No le importaba morir. En uno de los momentos más importantes de su vida sólo pensaba en el farero y en qué sería de él si era abandonado de nuevo, primero por su mujer y después por su hija. Y también pensó en su amigo Ulises, y en su mascota Glis, y en la extraña anciana del puerto, y en los hermosos y abruptos acantilados de Portamaris. Costa. Marea. Luz. Había vivido en el lugar más maravilloso del planeta y eso era lo único que contaba. Como quien guarda una foto en el bolsillo archivó en su mente la imagen congelada del salvaje paisaje, por si algún día volvía a nacer poder escoger el mismo lugar del planeta para hacerlo. Y se dejó mecer. Dunas congeladas, mar congelado, cielo congelado, gaviotas, acantilado, faro. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Lo más complicado de todo fue congelar la suave brisa marina y especialmente el olor, ese olor tan especial que durante años y años estuvo buscando por cada rincón de la playa y que al final, cosas de la vida, encontró en un desván cerrado y olvidado de la atalaya en la que vivía. Un dulce e irrepetible aroma mezcla entre algas y plantas, brisa y flores, pétalos y salitre. Pero también lo logró.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El tiempo se tornó lento, muy lento, y el rugir del temporal se transformó en suave rumor haciendo que le invadiera una placentera sensación. Los brazos se le abrieron en cruz debido a la densidad del agua salada, el mentón se le pegó al esternón y los remolinos jugaron a remover con acompasado vaivén su larga cabellera, más rojiza en esos momentos que nunca. Y cuando ya iba a exhalar por última vez, abandonándose en manos de la maldita suerte que había sido capaz de enviar una traicionera ola en el momento más inoportuno, una inesperada fuerza la atrajo hacia arriba haciéndole daño, mucho daño, seguido de una dolorosa punzada en el corazón. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se revolvió sobre sí misma. El cuero cabelludo le escocía, los pulmones le pedían clemencia y los oídos le zumbaban amenazando con estallar. Entonces supo que no había muerto. El instinto de supervivencia le hizo patalear llevada por la angustia. Y en el momento en que sus labios rozaban la superficie, una bocanada de aire fresco invadió sus bronquios aliviándoles de la opresión. Los párpados le pesaban una enormidad, pero aún así consiguió moverlos. Y al abrirlos, fue cuando le vio. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Te dije que siempre que lo necesitaras podías contar conmigo —dijo una cálida voz mientras la izaba, la depositaba en el fondo de una resistente barca de madera y la sostenía con fuerza entre sus brazos. Era Ulises, y le sonreía con la sonrisa más sincera y hermosa que hubiera visto jamás. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La adolescente intentó devolvérsela, pero en su lugar le dio un ataque de tos que le obligó a expulsar hasta la última gota de agua tragada.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Dónde estabas? —consiguió a duras penas farfullar mientras se perdía en sus evocadores ojos verdes y en su tierno abrazo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Detrás tuya, siguiéndote y sin poderte alcanzar —susurró él con dulzura. Dulzura que poco después se convirtió bruscamente en prisa:— ¡Y ahora dejémonos de explicaciones o el temporal acabará con nosotros! —gritó el muchacho soltándola y precipitándose a popa para arrancar el motor.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela alzó la cabeza.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡No entiendo de dónde diablos ha podido salir! ¡El cielo estaba despejado, tú lo viste! —replicó con angustia excusándose por haberse marchado del puerto sola y tan precipitadamente, pero el viento engulló sus palabras. Se llevó la mano a la frente, le dolía, y al separarla vio sus dedos teñidos de sangre.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡Esto se pone feo! —volvió a gritar el joven pescador—. ¡Agárrate con fuerza y no te muevas de donde estás!&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La joven obedeció sin rechistar. Las olas arremetían furiosas contra ellos llenándoles de agua y espuma, de salitre, de golpes dados por la rompiente. A duras penas Ulises consiguió enfilar la proa hacia alta mar acometiendo de frente las embestidas, lo que impedía volcar pero no empaparse, y la nave respondía elevándose y descendiendo con brusco movimiento de cresta en cresta, subiendo y bajando alternativamente, subiendo y bajando. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El viento había rolado de nuevo a Poniente. El mar ya no les atraía al islote, sino que les alejaba de él empujándoles con furia hacia las rocas; hacia los peligrosos bajíos que asomaban por sorpresa aquí y allá en el reflujo del oleaje como si fueran dientes de descomunales orcas. Y ellos huían de sus mortales fauces de la misma manera que poco después retrocedían ante un nuevo impacto. Así hasta que al fin se alejaron suficientemente de los escollos y el pescador creyó oportuno virar hacia babor para emproar hacia la cala más cercana, aquélla que se divisaba a lo lejos entre muros de revueltas aguas pero carentes de rocas. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El oleaje les acompañó en todo momento beneficiándoles esta vez al empujar la embarcación en dirección a la costa, especialmente en el último tramo. Y de esa manera llegaron pronto a tierra, donde un último golpe de mar les lanzó con brusquedad contra la arena haciendo que ambos doblaran hacia adelante los cuerpos como si de marionetas sin vida se tratara.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La lluvia les hizo volver en sí, en ese momento densa tromba de agua, y tendidos sobre la barca recobraron el aliento.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo que faltaba —murmuró Ulises preocupado tras comprobar con un rápido vistazo que su amiga estaba herida. Tenía un corte en la palma de la mano y un rasguño en la frente.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No es nada —le restó ella importancia.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El muchacho no insistió. La herida aún sangraba y había estado a punto de ahogarse, pero aún así sabía que Estela jamás se quejaría. No era su estilo. Entonces hizo algo más práctico. Cogiendo un puñado de algas que había a su lado se lo puso sobre la herida y presionó hasta cortar la hemorragia. Viejo truco de pescador. Luego saltó a la arena.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Rápido, busquemos refugio.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Las olas que les habían empujado contra la costa volvían al océano con el mismo ímpetu, arañando la orilla y dejando en su lugar piedras y restos de conchas rotas. Un nuevo golpe de mar, seco, brutal, les alertó. Entre ambos sacaron el bote del agua y lo pusieron a salvo más allá del alcance del oleaje. Una vez en lo alto de la playa Ulises soltó la barca y se dirigió hacia los salientes rocosos, un poco más arriba. Sin embargo Estela regresó junto a la orilla.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡Nrrr...! ¡Nrrr...! —puso las manos a ambos lados de la boca e hizo un extraño ruido chasqueando la lengua contra el paladar mientras escrutaba en la lejanía la encrespada superficie. Tenía los ojos vidriosos. Estaba empapada. Temblaba.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El muchacho volvió y tiró de su brazo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Vamos, tenemos que ponernos a salvo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La joven no se movió.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No. No puedo dejarla ahí. No puedo. No puedo. ¿Es que no lo entiendes? No me iré sin ella. Nrrr... Nrrr... —insistió haciendo un ruido que se perdía entre las olas, entre el vendaval y la tormenta, entre la lluvia que caía con furia dañándole la piel y haciéndole tiritar. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Ella? ¿De quién hablas?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—De Glis, cayó al agua —dijo angustiada. Por su mente corría, como si de escenas de una película a cámara rápida se tratara, cómo conoció al animal. Fue en el bosque años atrás. Tenía una pata rota. Ella se acercó despacio, temiendo asustarla, pero no huyó y se dejó hacer mansa. Y la joven se la entablilló como pudo, y la trasladó a su habitación en lo alto del faro donde permaneció junto a la lirona hasta que se curó. Días más tarde Estela la llevó de nuevo al bosque y la depositó en el suelo, en el mismo lugar en el que la había hallado. Sin embargo, para su sorpresa, a la mañana siguiente al abrir la puerta de su cuarto la vio acurrucada en el suelo del rellano, esperándola. Y si una vez tras otra la devolvió a donde pertenecía, una vez tras otra el animal repitió la misma operación. Siempre volvía. Siempre regresaba. Hasta que un día se quedó.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Olvidé decírtelo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Las palabras de Ulises le hicieron volver a la realidad cargada de lluvia y temporal. Le miró asustada, temiéndose lo peor. El joven pescador metió la mano por el cuello de la camiseta, rebuscó en su interior y sacó una masa mojada e informe.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—La encontré flotando a la deriva, poco antes de recogerte a ti.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaaaaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El corazón le dio un brinco. La cogió cuidadosamente. Estaba fría. Pero al acercársela al rostro vio salir de su hocico una débil aunque esperanzadora nube de vapor. Para intentar que entrara en calor la depositó junto a su pecho, bajo el jersey, y murmurando un emotivo —gracias— corrió hacia las rocas más altas donde había un refugio que pese a no ser una cueva les resguardaría. El suelo estaba duro, pero aún así se sentaron uno junto al otro para darse calor. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo siento —exclamó apenado el joven pescador mientras se frotaba con insistencia los brazos.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela sacó a Glis de debajo del mojado jersey y la acarició al tiempo que le echaba encima vaharadas de cálido aliento.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿A que te refieres?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—A todo lo que ha sucedido. A haberte dejado sola, allá en el puerto, y tardar tanto en regresar cuando te dije que volvería en seguida, a que tu barca esté destrozada, a que no hayas podido entrar en la gruta sumergida. Te fallé.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No me fallaste —musitó ella levantando la cabeza y mirando al frente—. No te lo vas a creer, pero por un momento tuve la sensación de estar en un túnel que terminaba en una cámara no muy amplia, en la que cabía perfectamente. Era extraño, muy extraño. Estaba oscuro y había agua a mi alrededor, aunque podía respirar. Y también había silencio, mucho silencio, y las olas me mecían suavemente. Entonces la vi. Era una caracola.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Ulises la observó incrédulo. Su amiga tenía la mirada perdida en la lluvia, una lluvia tan densa que parecía una cortina blancuzca sacudida por el viento. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Estela, el mar está lleno de caracolas.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No, no lo entiendes —se aferró a las rodillas la adolescente dejando un hueco entre éstas y el resto de su cuerpo, en el que quedó alojado el animal—. Ésta era, no sé cómo explicarlo, especial. Yo tenía los ojos cerrados, pero aún así la vi, la vi con la mente, como si la imaginara. Sé que te parecerá increíble, sin embargo te juro que era real, muy real. Unas manos me la ofrecían, unas enormes manos blancas hechas de piedra, y yo intenté cogerla, pero no pude. Las olas me lo impidieron.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Hubo una pausa. El muchacho se levantó y fue hasta un extremo del abrigo de roca donde cogió un puñado de algas resecas y pequeñas ramas depositadas sobre la arena, las amontonó frente a ellos e intentó prenderles fuego con un mechero. Algo que no resultaba fácil, pues no debían estar tan secas como parecía. Y aunque en un principio echaron mucho humo, más tarde aparecieron unas pequeñas, calientes llamaradas rojas que ardieron ante dos jóvenes callados.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Sé sincero y dime una cosa, ¿crees en los Seres de Agua? —le preguntó de repente Estela con una voz tan cargada de angustia que su amigo la observó extrañado.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Seres de Agua? —repitió el muchacho sentándose nuevamente a su lado. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Sí, una raza distinta a la nuestra que según las leyendas vive en el mar.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Te refieres a las sirenas?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela calló unos segundos.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Algo así —dijo al fin.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Las enredadoras —murmuró Ulises. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Sí, recordaba perfectamente esa historia, su amiga misma se la había contado hacía años, de pequeña. Unas criaturas terriblemente hermosas que embrujaban a quienes las escuchaban haciéndoles perder la razón y consiguiendo que las siguieran hasta el fondo de los mares. Calló. No sabía qué pensar. Luego miró fijamente a su compañera. Era guapa, muy guapa, la chica más guapa que hubiera visto jamás. Y él a su vez, eterno enamorado, tuvo la sensación de que también sería capaz de seguirla hasta las profundidades marinas, como decía la leyenda, de lanzarse en picado al abismo o de acompañarla hasta los confines del mundo con tal de poder estar siempre a su lado. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Bueno, creo que existen atractivas mujeres llenas de imaginación que arrastran a los hombres a descabelladas aventuras —dijo al final sonrojándose e improvisando un forzado tono burlón. Pero ante el gesto serio de su amiga, y sabiendo que no iba a conformarse con esa estúpida respuesta, confesó:— Y también creo, y los demás se burlarían de mí si lo supieran, que hay personas que tienen una forma distinta de ver la vida, una sensibilidad que les hace ser capaces de sentir cosas que la mayoría no sienten, de percibir lo que otros ni siquiera sospechan. Y es que su poder les viene de dentro, de muy adentro, tal vez del corazón o quizá del alma. No lo sé. Pero lo que sí tengo claro es que no son como los demás.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Le dijo todo eso sin apartar la mirada de sus pupilas y con tanta fogosidad, que a Estela le pareció no conocerle. Y al oírle hablar así la adolescente sintió unas terribles ganas de abrazarle, de besarle, de aferrarse a su pecho como una lapa. Admiraba su sensibilidad, algo que no muchos poseían.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y mientras tanto el joven pescador también la observaba intentando creerla, algo difícil. Manos de piedra, caracolas mágicas, Seres de Agua... &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Estela, ¿qué está pasando? —le preguntó con ternura. Y la adolescente bajó la cara, la escondió entre las manos y se echó a llorar. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No lo sé —dijo al cabo de un rato entre silenciosos sollozos—. Todo ha cambiado. Toda esa seguridad que sentía antes ha desaparecido. Y ahora no tengo ni idea de quién soy ni hacia donde voy, como si estuviera perdida.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Es normal —intentó tranquilizarle él—. Yo a veces también me siento así. Al fin y al cabo estamos creciendo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela alzó bruscamente la cabeza.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No, no se trata de eso. Es el pasado. Todas esas leyendas terribles y absurdas que mi padre me contaba cuando era pequeña, de repente parece como si se estuvieran haciendo realidad. Y yo..., yo..., no creo en esas cosas. Y luego está lo de mi madre. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Le miró con ojos vidriosos, azules, sinceros, el pelo rojizo, blanca la piel. Y le sonrió tímidamente. Y después le contó lo de la habitación encontrada en lo alto del faro, los recuerdos aparecidos de golpe, las sensaciones, los olvidos. Y también de los cuadernos llenos de dibujos con extrañas gentes, el manuscrito sobre la luna, su sueño y el presentimiento de que estaba viva. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El muchacho la escuchaba atento. Y cuando Estela dejó de hablar le pasó el brazo por el hombro y la atrajo suavemente hacia sí. Quería mostrarle que entendía su pena, por lo que estaba pasando, pues él había vivido algo parecido con la muerte de su padre. Pero no sabía cómo hacerlo. Nunca había consolado a una chica. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Te duele? —improvisó con dulzura rozándole delicadamente el rasguño de la frente.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La muchacha negó con el mentón.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Sabes —se expresó ella bajando la mirada y con quebrada voz—. Pienso que es una locura lo que estoy haciendo. Nada va a cambiar el pasado ni a devolverme a mi madre. Y ahora, por una absurda corazonada, estoy poniendo en peligro no sólo mi vida, sino la de todos los que quiero.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Una lágrima brotó de sus ojos, comenzó a deslizarse por la mejilla y se mezcló con agua de mar que caía de su pelo. El muchacho intentó bromear para quitarle importancia al momento.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Tienes razón, mira si estoy en peligro que me has contagiado tus infantiles manías —sonrió y, acercando su boca a la parte del rostro en que se encontraba la gota salada, la lamió—. Hum... sabe a salitre, como a mí me gusta —fingió saborearla, y encogiéndose de hombros insistió sin dejar de sonreír:— Ves, no he podido resistir la tentación. Realmente es peligroso estar a tu lado. Me temo que voy a acabar chupando las algas, como hacías cuando eras pequeña.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Y como todavía a veces hago —dijo Estela echándose a reír. Aunque después se quedó pensativa. Había sentido el apoyo que su amigo quería trasmitirle con su gesto. Estaba claro que creía en ella, que la comprendía, que la admitía tal como era, con sus debilidades y sus manías, lo que resultaba muy gratificante. Y entonces, movida por un irresistible impulso, acercó su rostro al de él y depositó un beso en sus labios. Un beso cálido, suave, lento. Fue su manera de darle las gracias por todo lo que estaba haciendo. Y después, lanzando un profundo suspiro, apoyó la cabeza sobre su hombro y cerró los ojos.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Su compañero, sin embargo, no se movió. El corazón le palpitaba desenfrenado. Miró a Estela fijamente, mudo ante la avalancha de emociones que le invadían. Y por un momento quiso decirle... Quiso expresarle... Pero incapaz de encontrar las palabras que describieran lo que sentía, optó por callarse e imitarla. Y ambos, abrazados el uno al otro, se quedaron dormidos por el esfuerzo de la aventura.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pero antes de abandonarse completamente al sueño uno de ellos susurró con voz queda.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Me gustaría saber qué preguntaste para que el espíritu de Proteo te respondiera con la imagen de una caracola...&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela no respondió. Acababa de caer en la cuenta de que ella tampoco lo sabía.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No lo sé. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;¿Y a ti quién te contó que una vez estuvo en la gruta sumergida?&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Ronda, la abuela. &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-1188509927222086731?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/1188509927222086731/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=1188509927222086731' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1188509927222086731'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1188509927222086731'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/04/7-el-silencioso-abrazo-de-la-muerte.html' title='7 - EL SILENCIOSO ABRAZO DE LA MUERTE'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R_pIoJ0aRAI/AAAAAAAAADE/xj6Zj-9zGCE/s72-c/Caracola+7.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-7406936524434627684</id><published>2008-03-30T19:15:00.012+02:00</published><updated>2008-03-30T20:31:46.972+02:00</updated><title type='text'>6 - LA DECISIÓN DEL OCÉANO</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R-_ZQ50aQ_I/AAAAAAAAAC8/JA2u2xc-qGo/s1600-h/Caracola+6.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5183600580548510706" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 211px; CURSOR: hand; HEIGHT: 134px; TEXT-ALIGN: center" height="164" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R-_ZQ50aQ_I/AAAAAAAAAC8/JA2u2xc-qGo/s320/Caracola+6.jpg" width="247" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Sumergida bajo agitadas aguas saladas Estela se debatía entre la vida y la muerte. Y estando en ese frágil umbral en el que no podía hacer nada, nada salvo esperar a que el destino decidiera qué hacer con ella, sintió que le golpeaba una oleada de vivencias como si la existencia fuera el océano y ella un barco que hubiera detenido su navegar de repente. Y en el tumulto notó cómo las olas y los vientos del pasado invadían su casco, y su velamen, y su quilla, llenándolos de antiguas soledades, de alegrías, de anhelos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Apenas tenía recuerdos de su niñez pero en todos ellos estaba el mar. Hasta donde su memoria alcanzaba la azulada inmensidad siempre había estado presente en su vida, pues en los acantilados de Portamaris, la olvidada y abrupta costa en la que nació, allá donde mirara estaba él. El mar en aquella mujer que recién salida del agua iba a su encuentro para acariciarla con ternura, en las manos que la alzaban envueltas en brisa y en las que quedaban pequeñas algas adheridas, en los salados labios que la cubrían de besos y de risas, en el dulce aroma a jazmín salpicado de salitre que desprendía la piel que le mecía, en el húmedo abrazo que le protegía mientras un acompasado palpitar le incitaba a quedarse dormida. El mar, siempre el mar. Agua clara y limpia reflejada en unos ojos que contemplaban absortos cómo los suyos se cerraban. El mar en un rostro. El mar en una sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Esos vagos recuerdos tenía Estela hasta los dos años. Después nada, el vacío, como si nada hubiera ocurrido en ese tiempo o un abismo profundo se lo hubiera tragado. La más espesa de las negruras. La oscuridad. Una oscuridad densa, compacta en su mente, imposible de atravesar.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y más tarde, a los siete años, una dolorosa punzada por dentro como si le hubieran partido en dos y llevado una parte lejos, muy lejos. Ya no había besos, ni abrazos, ni ternura, ni palpitar que le adormilara proporcionándole seguridad. Aquella que se los diera ya no estaba. Se había ido. Y por más que la buscaba entre los pescadores y las gentes del pueblo, por más que la llamaba para que regresara no aparecía. Sin embargo no lloraba, tal era su miedo y su desesperación. No sabía qué estaba pasando. No entendía nada. Y mucho menos cuando veía cómo los hombres y mujeres le miraban y no le daban ninguna explicación, sólo susurraban entre ellos que apenas notaría su ausencia, que pronto lo superaría, como si por ser una niña no necesitara saber lo ocurrido o no tuviera sentimientos. Ignorando que conocer la verdad y sentirla es lo único que cura. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y lejos de superarlo el suceso le pudo. Fue cuando llegó la soledad. Una soledad brutal como bestia hambrienta que comenzó a devorarla por dentro impidiéndole vivir. Y la niña que era dejó de jugar, de reír y hasta casi de comer y dormir. Día tras día permanecía sentada en el suelo de su cuarto abrazada a las rodillas, con la mirada perdida en el techo. Nada le llamaba la atención. Nada le atraía. La vida se le escapaba a raudales y nadie sabía qué hacer para evitarlo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Un día, con voz balbuceante y ojos desencajados, se atrevió a preguntarle a su padre:— ¿dónde está mamá?—. Y el hombre, que estaba trabajando en lo alto del faro, no sabiendo qué contestarle y llevado por la pena alzó la mano y señaló al frente, al infinito.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Creyendo que le indicaba un lugar concreto la niña corrió a asomarse a la barandilla de la torre. Pero para su sorpresa no vio más que mar por todas partes. Y al no distinguirla entre tanta roca esparcida por la costa, bajó conteniendo el aliento hasta la playa. Pronto la decepción se marcó en su rostro infantil. Allí no había nadie. Los ojos se le nublaron de dolor. Y ya iba a marcharse cuando en su lugar halló una caracola grande, brillante, retorcida. Se agachó, y al cogerla entre sus pequeñas manos creyó sentir en su interior el palpitar de un corazón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Lentamente se puso en pie y alzando la cabeza intrigada contempló de donde había salido. Fue cuando descubrió, para su sorpresa, que de allí también salía un aroma parecido al que estuvo presente en sus felices y primeros años de vida, la humedad, la brisa.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Desde ese momento no quiso separarse del mar. Todas las mañanas, en cuanto el farero se despistaba, corría descalza hasta la playa donde se dedicaba a rebuscar entre las algas dejadas en las rocas por la bajamar, a meterse en el agua ya fuera invierno o verano, a olisquear las conchas y otros objetos en busca de ese olor tan particular a flores y sal que antaño le diera tanta seguridad. Y después, cuando caía el sol, regresaba al faro temblando llorosa agotada de no encontrarlo, aferrada a cientos de caracolas que llevaba entre los brazos y rebozada de pies a cabeza en húmeda arena. Así un día tras otro.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Su padre no decía nada. En silencio la metía en la bañera, la secaba, le daba de cenar y la acostaba. Pero los del pueblo, dados a las habladurías, comenzaron a rumorear entre ellos que no era normal lo que la niña hacía, que el día menos pensado ocurriría una desgracia que tendrían que lamentar, que se comportaba como una salvaje y había que tener con ella mano dura. Sin embargo el padre, sabiendo que todo lo que necesitaba su hija era cariño, intentaba dárselo pero a su manera. Cariño que a la niña no le bastaba pues a la mañana siguiente volvía a repetir una y otra vez su extraño ritual.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Entonces el adulto, que no comprendió que era el mar lo que le había devuelto a su hija la vida, decidió salir de su habitual mutismo para narrarle historias que le previnieran contra él. Fue cuando Estela oyó hablar por primera vez de los Seres de Agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Noche tras noche mientras el embestir de las olas contra el promontorio del faro rugía con furia afuera, la habitación en la que nacían sus sueños comenzó a llenarse de leyendas marinas y relatos sobre la azulada inmensidad que los alimentaron y modelaron. Sentado a los pies de la cama el farero le contaba en un susurro cargado de advertencias sobre la encubierta y eterna lucha, desde el principio de los tiempos, entre las criaturas que vivían en el mar y los hombres, los moradores de tierra firme. Y ella, perdida entre viejas mantas y a la débil claridad de las velas encendidas cuando se iba la luz, escuchaba atenta las terribles descripciones de galernas que tragaban barcos, de temporales que azotaban sin piedad las costas anegando poblados, de inundaciones que impedían salir a faenar. Era la guerra entre los Seres de Agua y los Seres de Tierra.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Apenas moviendo las endurecidas manos curtidas por el trabajo y el salitre, apenas gesticulando pero utilizando palabras cultas que curiosamente pronunciaba con acento más propio de un pescador, el adulto le relataba cómo esos extraños seres, por cuyas venas corría una incomprensible magia que les hacía no parecer de este mundo, intentaban apoderarse de tierra firme. Y luego añadía con la mirada clavada en la niña, el largo y enjuto cuerpo ligeramente echado hacia delante, grave la voz:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Cuídate, cuídate de ellos, porque parecen de repente camuflados en el agua y la lluvia, en el viento, deslizándose por entre el oleaje y avanzando con cada restallar de las olas, y cuando consiguen su objetivo se escurren como se escurre la niebla y el agua entre los dedos, como la espuma, como húmeda arena arrastrada por la resaca, como si fueran espíritus. No, no son como nosotros, hija, te lo aseguro —negaba con voz baja, la barba desaliñada, el rostro recrudecido por el sol—. Son salvajes e impredecibles, indomables, inesperados, fríos y se alimentan de almas humanas. De almas humanas a las que arrastran hasta el abismo marino, un lugar infestado de laberintos de rocas y hondas fosas: Oceania, el Reino de las Profundidades.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Permanecía absorto unos instantes, como si él mismo hubiera estado allí, y continuaba:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Allí reina Océano como dios del mar —gruñía el hombre—. Sin embargo es su hijo Poseidón, hermano del Señor del Aire y del Averno, quien dirige los ejércitos. Conocido por su sed de sangre alza galernas y hace zozobrar los barcos sin mostrar la más mínima piedad, recorriendo sus dominios montado en un carro tirado por cien caballos marinos cuyas crines blancas y encrespadas se confunden con las olas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Eso le contaba el adulto unas noches mientras afuera rugía la tormenta y aullaba el viento. Y otras le hablaba de los monstruos marinos nacidos en los orígenes de la humanidad tanto tiempo atrás, que habían conseguido colarse en las mentes de los hombres causándoles infernales pesadillas. La Górgona Medusa, cuyo cabello estaba formado por cientos de serpientes finas como cabo de vela pero feroces como cormoranes hambrientos. Caribdis, la boca del mar, el remolino más descomunal y voraz que nunca hubiera existido y que arrastraba a las naves hasta el negro lecho marino donde eran aplastadas por toneladas de agua salada. O la temible Escila, bestia enorme de seis cabezas con largos cuellos dotadas de fauces tan impresionantes que eran capaces de tragarse a un hombre entero de un bocado, sin masticar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Y frente a ello —decía el farero elevando la voz, las pupilas brillándole exaltadas, crispadas las manos—, los humanos no podemos más que construir muros, alzar diques, llenar los barcos de amuletos y ritos. Y cuando no nos queda más remedio que surcar las aguas, encomendarnos a nuestros propios dioses.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y luego le explicaba que Portamaris significaba Puerta del Mar, nombre que los antiguos le pusieron a ese lugar en el que vivían al descubrir tal cantidad de extraños seres merodeando por la costa, que sospecharon de la existencia de una puerta que comunicaba directamente con las profundidades. Razón por la que, y ahí su voz temblaba ligeramente, había gente que desaparecía y no volvía a ser vista nunca más. Y añadía en tono severo, bajando la voz:— Ten cuidado, hija. Ten cuidado con el mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Eso le contaba su padre por las noches para que tomara conciencia del peligro que corría al vagar sola por la playa. Pero Estela, arropada entre las frías mantas que parecían enormes ante su pequeña estatura, lejos de temer al océano sentía por él una extraña atracción. Y mientras el adulto hablaba y hablaba, a ratos se evadía y se ponía a soñar con ese universo desconocido lleno de paisajes diferentes, de seres distintos, y se preguntaba cómo sería vivir bajo las aguas sin necesidad de respirar, y además en un escondido reino sumergido que dada su curiosidad le resultaba sumamente atractivo. Pero sobretodo se preguntaba cómo serían esas gentes, qué pensarían, qué sentirían. Y a menudo se repetía para sí, en un débil murmullo que sólo ella podía oír, Seres de Agua, Seres de Agua, pues le gustaba cómo sonaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Luego se dedicaba a escudriñar atentamente cada palabra del adulto, cada gesto, cada arruga e inflexión de voz. Y se perdía en el tono apagado y violáceo de sus ojeras, provocadas por la tragedia, el insomnio y las noches de vigilancia; en las canas, que le recubrían gran parte del pelo y totalmente las sienes; en sus pupilas, dolorosamente oscuras; en su descuidada barba. Y entonces descubría al ser atormentado que habitaba en él. El que se batía en solitario contra el mar que le había robado a su mujer, para defender la atalaya a modo de bastión, a modo de muralla con la que contener a un invisible enemigo que camuflado en el viento y el oleaje atacaba implacable la costa. Como si él fuera el último reducto humano sobre la faz del planeta. Y se lo imaginaba luchando contra el vendaval y la marea ya fuera de día o de noche, contra las corrientes y galernas con las pocas armas que poseía: una vieja barca de madera, un olvidado faro y un herrumbroso arpón.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y queriendo que se sincerara con ella, que le abriera su torturado corazón, Estela le pedía que no se fuera de su lado, que le contara más. Pero el adulto, esbozando una débil sonrisa, le decía que ya era muy tarde, y tras apagar la vela se marchaba dejándola sola, sola y pensativa. Eran los dos tan diferentes, tan distintos. Él de piel cetrina, las facciones duras, moreno, ojos oscuros, maneras rudas. Y ella toda claridad, iris azul intenso, pálidas mejillas, aspecto delicado, pelo rojizo. ¿A quién había salido? ¿A quién?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pasaron los meses y los años, los inviernos y las primaveras, y las historias se repetían, nunca cambiaban, siempre eran las mismas. Hasta que una lluviosa noche de otoño el adulto, en lugar de irse al terminar el relato como acostumbraba a hacer, se quedó sentado a los pies de la cama con la mirada perdida, como si llevara dentro de sí un pesado secreto que le estuviera torturando y ya no pudiera aguantar más. Y ella, que percibió su intenso dolor, le suplicó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Cuéntamelo papá. Cuéntamelo, por favor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Como si se estuviera debatiendo en una feroz lucha interna, el hombre comenzó a farfullar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Entre los Seres de Agua existen unas criaturas malignas —dijo titubeando y arrastrando las palabras, le costaba hablar—. Las más terribles de todas, las más crueles. Son hermosas, terriblemente hermosas, y con sus cantos hechizan a la gente. Las enredadoras —dijo al fin.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y poco a poco le fue relatando la batalla más memorable de todas, la más romántica y digna de mención que Estela oyera jamás. La protagonizaba uno de los mayores héroes que la raza humana diera, el rey Ulises.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Tras combatir en la guerra de Troya y salir victorioso de todas las batallas, el valiente guerrero no pensaba en otra cosa que llegar a Ítaca, el único lugar del mundo que realmente le importaba, donde le esperaba la felicidad —dijo el farero en tono apasionado—. Y para conseguirlo estaba dispuesto a jugarse la vida y a luchar contra todo lo que se interpusiera en su ruta. Y así lo tuvo que hacer, porque tras embarcarse con sus hombres y poner proa a la deseada isla los dioses del mar le obligaron a vagar errante por los océanos durante años haciéndole encallar en peligrosas costas, enfrentarse con feroces huracanes y con el terrible monstruo de varias cabeza llamado Escila que escondía tras sí un tremendo remolino. Pero uno tras otro todos fallaron en su intento. Hasta que llegaron ellas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y ellas eran los embaucadores seres que enloquecían con sus irresistibles cantos a los humanos, quienes quedaban tan impresionados por tanta belleza y maravillosas promesas, que perdían la voluntad y se lanzaban en su búsqueda al mar. Nadie las había visto nunca, o no sobrevivió para contarlo, eran una leyenda. Sin embargo allí estaban, frente a lo que quedaba de la galera de Ulises, unos cuantos maderos destrozados y la vela hecha jirones por el temporal y el oleaje. Y ante su presencia las aguas se amansaron, la tempestad amainó y salió la luna mientras ellas nadaban en su plateado reflejo hechizador.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Terriblemente hermosas a la vez que crueles, las enredadoras crearon a base de mágicos sonidos una imagen que mostrar al desesperado héroe, lo que más quería, su amor, para que se precipitara en su busca a las negras aguas. Pero no lo hizo, porque estaba atado al palo mayor de pies y manos. Y los que las vieron contaron que eran mitad mujer mitad pez, y las llamaron sirenas. Y contaron también que al no conseguir atrapar al héroe fueron expulsadas de los mares.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se hizo el silencio. La pequeña estaba tan impresionada que apenas oía el viento rugiendo con fuerza afuera, estrellando las crestas de las olas contra los postigos y los muros del viejo faro, que pese a su grosor rezumaban humedad. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Y ahora a dormir, que es muy tarde —golpeó suavemente el adulto la manta, a la altura de las rodillas de la menor.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y ya iba a marcharse cuando le retuvo un hondo silencio. La niña, que no se esperaba esa historia, había cerrado los ojos intentando asimilarla: la existencia de unas criaturas que podían mostrar imágenes; imágenes como el rostro olvidado de su madre, de quien nada recordaba. La posibilidad de conseguirlo le mareó. Ansiosa, los abrió desmesuradamente llevada por una súbita ilusión:— ¿Expulsadas de los mares? —preguntó agarrada a su pequeño tiburón de peluche con el que acostumbraba a dormir—. Entonces, ¿están aquí, entre nosotros?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;A lo que su padre, al caer en la cuenta del error que acababa de cometer, incrementar el interés en una niña que ya de por sí estaba obsesionada por todo lo relacionado con el mar, le miró con expresión terrorífica, como si una manada de orcas le estuviera desgarrando el corazón:&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No, acabaron regresando a las profundidades, hija —respondió arrepentido—. Y ahora olvídalo. Jura que lo olvidarás.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y la niña calló. Y el padre volvió a encerrarse en su habitual mutismo y no le contó historias nunca más. Nunca más... Nunca más...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y ahora ese océano al que Estela tanto había amado desde que nació, y que estuvo presente en todos y cada uno de los instantes de su existencia, la tenía atrapada, tras caer de la barca, por miles de acuosos e implacables brazos que amenazaban con ahogarla. Como si a las azuladas e inmensas aguas que habían modelado su vida, impregnándosela de viento, salitre y espuma, el destino les hubiera concedido el privilegio de tomar una terrible decisión.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La decisión de dejarla vivir o no.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-7406936524434627684?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/7406936524434627684/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=7406936524434627684' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/7406936524434627684'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/7406936524434627684'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/03/6-la-decisin-del-ocano.html' title='6 - LA DECISIÓN DEL OCÉANO'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R-_ZQ50aQ_I/AAAAAAAAAC8/JA2u2xc-qGo/s72-c/Caracola+6.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-3410391575417667427</id><published>2008-03-25T10:01:00.004+01:00</published><updated>2008-03-25T10:23:27.510+01:00</updated><title type='text'>5 - EN GARRAS DEL ABISMO</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R-i_pZ0aQ-I/AAAAAAAAAC0/6ieVTw6VJUQ/s1600-h/Caracola+5.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5181602089316008930" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R-i_pZ0aQ-I/AAAAAAAAAC0/6ieVTw6VJUQ/s200/Caracola+5.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La isla se alzaba desafiante rodeada de agua encrespada y negra que restallaba furiosa contra las amenazadoras rocas que la formaban. Islote volcánico, imperturbable, sombrío. Pero no era eso lo que inquietaba a Estela. Según se iba aproximando notaba el misterioso halo que desprendía, tan denso y pesado, que parecía como si se pudiera cortar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Procedía de las ruinas. Unas ruinas que antaño fueron una oscura fortaleza cuyo origen y finalidad estaba cargado de leyendas sobre las que nadie, ni siquiera los más ancianos del lugar, se ponían de acuerdo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Tras el paso de los siglos y el azote de los fuertes temporales que asolaban la zona, especialmente a finales del otoño y principio del invierno, quedaba en pie un arco de medio punto sostenido por pétreas columnas, la escalinata que conducía al torreón principal, solitario y carente de techo, así como una muralla que en algunas partes se sostenía y en otras caía medio desplomada. Y todo ello estaba cubierto por un espeso, húmedo manto de musgo que año tras año iba engrosando, como si la naturaleza fuera amontonando a base de capas el tiempo. Permanecían siempre vacías. Nunca eran visitadas. El picudo islote sobre las que se asentaban, unido a lo peligroso de las corrientes y los remolinos, dificultaban el atraque de embarcaciones al igual que alcanzarlo a nado. Los pocos que lo intentaron perecieron destrozados contra las rocas o ahogados en sus aguas. El lugar estaba maldito.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Sin embargo, en contadas ocasiones, coincidiendo con la bajamar y otra serie de factores más desconocidos, quedaba al descubierto un camino de losas que comunicaba los restos con tierra firme, a pie del acantilado. Estrecho y desigual el camino estaba cubierto de resbaladizo verdín y algas, de lapas, de erizos, y a ambos lados del mismo, cortado a ras hasta el lecho marino, las olas y los remolinos se peleaban de continuo por invadirlo. Eso unido a que cada pocos metros el suelo se hundía en pequeñas pero profundas pozas, que escondidas en las sombras parecían esperar ansiosas a engullir todo aquello que las pisaran, hacía que recorrerlo fuera un reto. Un reto que de cuando en cuando lanzaba el mar poniendo a prueba la fragilidad del ser humano. Y también una trampa, pues el fenómeno duraba tan poco que daba el tiempo justo para llegar al islote, quedando el que se atreviera a intentarlo, si no se daba prisa, atrapado hasta que la marea volviera a descender extremadamente de nuevo. Algo que nadie sabía cuándo sería.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela miró hacia la isla con los párpados entrecerrados. Y ahora se dirigía en esa dirección.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Sentada en el travesaño de su pequeña y frágil embarcación asía con fuerza la caña del motor. La potencia del mismo, al máximo de revoluciones en ese momento, producía una molesta vibración que hacía que la mano le temblara hasta más allá del codo. Sujetándolo con firmeza comprobó cómo la bruma matinal se iba disolviendo poco a poco, lentamente, a medida que el sol comenzaba a alzarse sobre la línea del horizonte, a su espalda. Los primeros rayos, sin fuerza en esa época del año, atravesaban de costado el cielo e incidían sobre su cabeza, el viento sobre su rostro, estirándole el pelo hacia atrás.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se pasó la mano por la frente mojada de agua y neblina. Glis, oculta bajo su jersey, asomaba a ratos el puntiagudo hocico y volvía a esconderlo presurosa. Le asustaba la velocidad. Su pequeño corazón palpitaba con rapidez, y tenía el pelaje hinchado para combatir la humedad y el frío.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Tranquila, pronto volveremos —le dijo intentando calmarla, y respiró hondo intentando calmarse también.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Al igual que el animal, estaba intranquila. O mejor dicho excitada. La aventura le parecía realmente emocionante y merecía la pena correr el riesgo. Si la historia que le contó Ulises era cierta, algo que la necesidad le empujaba ciegamente a creer, al fin podría saber muchas cosas de su vida que habían quedado sin respuesta, muchos enigmas, muchas dudas que le intrigaban sobre su infancia y su familia, sobre sí misma.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Le deslumbraron los rayos de sol al incidir sobre la superficie. Cerró los ojos un instante y aspiró aire en profundidad. Olía a salitre. A sal mezclada con agua y yodo, ese olor que llevaba siempre a su lado y que jamás podría olvidar, pues le había calado hasta lo hondo. Inclinándose hacia un lado introdujo la mano en el agua, preocupada por el baño que tendría que darse más adelante. Estaba fresca, pero lo resistiría. Después la sacó y se la llevó a la boca para chuparse los dedos. Y también estaba salada, como a ella le gustaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se concentró en el horizonte atenta a cualquier cambio de color en las aguas, a la más mínima sombra en el cielo, a la dirección de las corrientes y del viento para que nada le pillara desprevenida. Hasta que un movimiento brusco le hizo reaccionar, se acercaba al islote.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Bajó las revoluciones del motor y lo bordeó por babor, como había previsto. El mar se oscureció de repente adquiriendo una apariencia amenazadora, al igual que las ruinas. Desde ese lado mostraban un aspecto más derruido por el viento y el batir del oleaje, lo que añadido a la escasa distancia que mediaba entre ellos hacía que se vieran más imponentes todavía, abrumadoras.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela tembló ligeramente. Nunca había pisado el islote, pero no hacía falta. Notaba perfectamente la enigmática aureola que desprendía, una energía tan indescriptible que le daba horror pensar qué lo podía producir. Últimamente atraía de continuo su mirada, aún dándole la espalda. Incluso una vez creyó vislumbrar al amanecer siluetas campando entre las rocas, algo claramente imposible. Recordó la distante melodía que creyó haber oído el día anterior, hermosa, evocadora, pero al venirle a la mente también el susurro seguido, esas palabras ininteligibles arrastradas por el viento, no pudo evitar un escalofrío.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaaaaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Una ola alzó el casco de la barca más de lo debido y al caer golpeó con fuerza contra el mar. La adolescente se aferró al costado con una mano. La otra agarrando la caña del timón. Las piernas tensas y al tiempo firmes. La mirada fija en el islote, en el torreón derruido y cubierto por musgo a modo de gigantesco soldado que, tapado con una gruesa capa verde, protegiera la fortaleza de aquellos que se acercaban.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pasó a pocos metros de las ruinas y vio perfectamente cada piedra, cada fragmento, cada adoquín caído. Pero en lugar de sentir miedo, como era de esperar, tuvo una sensación muy distinta. Comenzó en el entrecejo, en forma de débiles oleadas que fueron aumentando hasta convertirse en una sola pero intensa y extrañamente grata, permaneció un instante y luego se esfumó de la misma manera en que había llegado. Sin embargo, al irse, dejó tras de sí un vacío, y entonces unas irresistibles ganas de pisar sus oscuras arenas se apoderó obsesivamente de ella. De repente deseó más que nada en este mundo estar allí, entre esos caídos muros que ahora no sólo atraían su mirada, sino su cuerpo entero.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Tenía que pisar esa negra arena como fuera, se dijo agarrándose al costado de la barca. Tenía que...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Horrorizada se forzó a sí misma a apartar la mirada de la rocalla. Había perdido la voluntad. ¿Qué le estaba pasando? ¿Qué hacía que se comportara de esa manera?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Era una estúpida, se regañó con rabia, una idiota si pensaba por un momento que podía llegar a saltar sin matarse. Y aún así, poseída por una extraña fuerza, bajó al mínimo las revoluciones del motor hasta casi detenerlo. Se removió en el asiento nerviosa. Sentía unas irrefrenables ganas de pisar las negras rocas, de lanzarse sobre las peligrosas corrientes y remolinos, de alcanzar la oscura fortaleza pese a saber perfectamente que moriría en el intento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pero esas terribles ganas se le quitaron de golpe al ver una sombra entre las mohosas piedras. El corazón le dio un brinco. La miró fijamente. Allí estaba, frente a ella, tendiéndole invitadora la mano para animarla a saltar de la barca. No tenía cara ni nombre, ni rasgo alguno que le definiera. Podía ser igualmente un hombre que una mujer. Sin embargo no era nada de eso. No tenía cuerpo. No era un ser humano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Consciente de que abandonar el bote en ese momento sería un suicidio, la joven negó con la cabeza. No. No. Entonces fue cuando volvió a escuchar de nuevo esa hermosa y distante melodía seguida del susurro que esta vez sí entendió, y que le decía en irresistible tono: “Ven, ven con nosotros, te estamos esperando”.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El vello se le erizó. Agachó la cabeza, se tapó los oídos como decían que hacían los marineros en las leyendas y se puso a silbar una canción, la primera que le vino a la mente. Y así estuvo hasta que notó un extraño balanceo en el bote seguido de un tremendo alivio en su corazón. Alzó el mentón. Las aguas se habían tornado transparentes en algunas zonas y oscuras en otras, el movimiento descendente de la marea formando corrientes y remolinos. Suspiró aliviada. El islote había quedado atrás. Se introducía en los bajíos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pero sus problemas no acabaron ahí. Inesperadamente el viento comenzó a soplar con fuerza y el cielo se oscureció. Alzó la cabeza extrañada. Donde se suponía que debía estar el sol había nubes, unas nubes espesas, negras e inesperadas que se habían formado de repente. Miró inquieta hacia la costa, y al comprobar que estaba más lejos del puerto que de las calas situadas más allá del acantilado, lejos de los bajíos, aceleró poniendo rumbo a éstas. Tenía que darse prisa. Se aproximaba una tormenta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El Levante roló a Poniente y luego a Levante nuevamente entremezclándose de cuando en cuando con fuertes ráfagas que soplaban del sureste impidiendo la navegación. La adolescente se agachó. Una ola pasó por encima de su cabeza y fue a estrellarse contra el lado de estribor. Sin soltar el timón comenzó a achicar agua con una lata vacía que encontró en el fondo del bote, y al incorporarse de nuevo vio cómo el oleaje había variado extrañamente el sentido e intentaba empujarle hacia el islote. Por un momento la barca apenas avanzó. Cuando era alzada, la hélice del motor quedaba al aire, y cuando descendía, ambos lados de la misma, incluso a proa y popa, se encontraban encajonados en una hondonada de negras aguas de varios metros de altura de la que era imposible salir.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Jadeó. El mar, encrespado, se alzaba en crestas blancas, llenas de espuma, que al cabo de unos minutos se convirtieron en muros de agua que zarandeaban sin piedad la barca. Muros de agua que a ella le parecieron zarpas, garras de extrañas criaturas salvajes provistas de dedos húmedos, pegajosos, como si el océano estuviera vivo. Y esas garras caían a plomo sobre la barca y su tripulante, golpeándoles con manotazos fríos y duros como el acero.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Un fuerte olor a sal inundó la atmósfera. El mar se abrió. Y aquí y allá se formaron remolinos que, como bocas hambrientas, intentaban devorar todo lo que había a su alcance.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El bote corcoveó y viró alocado hacia un lado y otro. Con gran esfuerzo la adolescente consiguió emproarlo hacia las rocas más cercanas. Entre ellas había un espacio algo más tranquilo, si es que podía llamarse así. Con suerte, gracias al caso casi plano, podría pasar por allí. Más allá, a pocos metros, se divisaba de forma intermitente una fina franca pardusca de tierra firme. Con la manga del jersey se secó los ojos, le escocían, e inmediatamente se cambió de costado apostándose hacia el lado de babor para equilibrar la barca, que comenzaba a escorar. La junta de los maderos había cedido abriéndose una pequeña vía de agua.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La lirona salió de su escondite para ver qué pasaba y Estela la empujó hacia dentro de nuevo, con el corazón a punto de reventarle el pecho.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Saldremos de ésta, te lo juro —le susurró aunque no estuviera convencida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y conforme se lo estaba diciendo al animal la vio. Era la roca de la que le hablara Ulises poco antes. Apenas sobresalía del mar, dado el oleaje que rompía contra ella, pero allí estaba, desafiante a la vez que invitadora, con su singular forma de estrella de cinco puntas. El tiempo quedó por un instante detenido, la barca aproximándose despacio hasta pasar a su lado, el mar extrañamente calmo en esa zona.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Por un momento Estela quiso agarrarse a un saliente. Sabía que la gruta estaba debajo, y en ella sus respuestas, su esperanza de saber sobre sí misma y lo que estaba pasando, del paradero de su madre. Necesitaba llegar allí como fuera.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Dudó un instante. Era una locura. Y se lo estaba quitando del pensamiento cuando sucedió.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;No la vio llegar. Era más grande que las demás, más negra y más oscura. Levantó la proa de la embarcación como si fuera de papel y ella una mano, una mano acuosa y cruel hecha por entero de agua y salitre. Alzó la barca sobre el mar, la volteó hacia atrás, y la estrelló con furia contra las rocas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Los frágiles maderos estallaron al chocar contra la dura piedra. Sus ocupantes cayeron al mar. Glis se perdió entre las olas llenas de espuma, que jugaron con su débil cuerpo de animal, un animal pequeño e indefenso, incapaz de hacerle daño a nadie. Y Estela, tras mantenerse unos segundos a flote, se hundió en el vértigo de las revueltas aguas sombrías.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-3410391575417667427?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/3410391575417667427/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=3410391575417667427' title='3 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/3410391575417667427'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/3410391575417667427'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/03/5-en-garras-del-abismo.html' title='5 - EN GARRAS DEL ABISMO'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R-i_pZ0aQ-I/AAAAAAAAAC0/6ieVTw6VJUQ/s72-c/Caracola+5.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>3</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-1238281069013928439</id><published>2008-03-13T13:22:00.005+01:00</published><updated>2008-03-14T09:18:42.359+01:00</updated><title type='text'>4 - LA GRUTA SUMERGIDA</title><content type='html'>&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R9kdaDx6NLI/AAAAAAAAACs/WJuPh-prQSw/s1600-h/Caracola+4.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5177201580167541938" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R9kdaDx6NLI/AAAAAAAAACs/WJuPh-prQSw/s200/Caracola+4.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Las calles del pueblo, silenciosas, vacías, oscuras, estaban iluminadas tan sólo por la débil luz de distanciadas farolas que la húmeda bruma difuminaba. En el suelo, de cantos rodados, sonaban sus pasos tímidos a la vez que presurosos, inquietos. Se dirigía a una casa blanca de una sola planta como eran todas allí por los alrededores, y cuando llegó a ella la bordeó y golpeó con los nudillos en una de las ventanas, la que daba al norte.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Permaneció a la espera. Nada. Volvió a insistir. Y a la tercera vez que lo hizo la ventana se abrió y apareció un rostro soñoliento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Quiero que me lleves —le dijo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Ulises la miró extrañado, no esperaba la visita de su amiga, y mucho menos a esas horas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Llevarte? ¿Llevarte a dónde? —murmuró confundido.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—A la cueva en la que vive un espíritu que contesta lo que le preguntas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;El muchacho la observó atento, luego giró la cabeza hacia atrás, y como si temiera despertar a alguien susurró —espera—, y desapareció en el interior de la vivienda. Al cabo de unos minutos volvió vestido y con dos mantas, le dio una a Estela y saltó por la ventana.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Sígueme.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y Estela le siguió. Y su amigo le condujo hasta un muro. Lo rodearon. Al otro lado, por la parte que daba al mar, había un banco de piedra. Se sentaron en él, se acomodaron y se taparon cada uno con su manta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Pensé que habías dejado de creer en las leyendas —exclamó el muchacho, y como Estela no dijera nada continuó:— Júrame que no se lo contarás a nadie.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Lo juro —dijo ella.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y él prosiguió:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Se trata de la gruta de Proteo, del que dicen que es uno de los Hombres del Mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y entonces el joven pescador le contó, en un agradable murmullo, que a pocas millas de allí existía una gruta bajo el mar a la que se accedía por un túnel a ras del fondo. Y que cuando bajaba la marea, debido a la extraña formación del terreno, quedaba su interior vacío con una pequeña base de agua atrapada entre piedras, como si fuera un lago. Pero no un lago normal y corriente, no, y no sólo porque fuera salino. En él se decía que descansaba, convertido en agua, aquel que tenía el don de saber lo que fue y será, es decir lo que vivimos y lo que el destino nos depara. Y que si alguien se tumbaba a su lado y le hacía una pregunta, se la contestaba.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Seguro que conoces la roca —le explicó mirándola fijamente—. Has ido muchas veces por ahí. La parte que sobresale del agua tiene una forma muy especial. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿De una sirena enredada en una luna? —le cortó ella recordando el medallón y la posibilidad de que fuera un plano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—No, de una estrella de cinco puntas —respondió él tajante—. Y está en los bajíos, a medio camino entre la costa y el islote. ¿Por qué lo preguntas?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Por nada. Así que en los bajíos. Sí, la recuerdo —asintió Estela pensativa. Escuchaba al muchacho entre incrédula y sorprendida, la mirada fija en el agua, bajo la manta las manos en torno a las rodillas, el cuerpo tapado, vaho saliendo de su nariz y su boca. Comenzaba a clarear. Las farolas se apagaban y la luz matinal, pálida y brumosa, inundaba Portamaris. Solitarias o en grupos las gaviotas surcaban el cielo batiendo sus alas blancas de puntas negras, para revolotear en torno a los barcos de pesca. El muelle se desperezaba, cobraba vida. Los pescadores hicieron su aparición. Unos, con las redes vacías, preparaban sus botes para salir a faenar, mientras otros llegaban cansados, entumecidos por la humedad y el duro trabajo de haber estado bregando toda la noche en el mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Los ojos de Ulises adquirieron un tono entre azulado y plata, tal y como era en ese momento el color del océano.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Yo no he estado —prosiguió en voz baja—. Pero quien sí lo hizo me contó que había un espacio lo suficientemente amplio como para que cupiera una persona delgada, y también que era muy peligroso. Hay que ir primero hasta el islote, ya que con la marea baja se puede encallar en el camino de losas hundido, bordearlo sorteando corrientes y remolinos, y luego llegar hasta la roca que te he dicho y que está rodeada de otras muchas más que aparecen con la bajada de las aguas. Todo eso teniendo en cuenta, por supuesto, la dirección del viento y el empuje de la resaca. Como ves el lugar es complicado. Ningún pescador, ni siquiera los más viejos que presumen de conocer la costa al dedillo, se atrevería a acercarse. Es una locura.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela no dudó.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#000000;"&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿A qué hora es la bajamar?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Ulises miró bostezando al grisáceo cielo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Dentro de una media hora, más o menos —dijo despistado, y al caer en la cuenta de la pregunta de su amiga se volvió con rapidez hacia ella:— ¿No estarás pensando en ir, verdad?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—En ir yo sola no —exclamó la joven resuelta—. En que vayamos juntos. Yo sola no puedo hacerlo.— Y como el pescador le mirara desconcertado añadió:— Dijiste que siempre que lo necesitara podía contar contigo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Ella le miró a su vez inquisitiva, y el muchacho calló y aprendió el valor que tienen las promesas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se hizo el silencio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Espérame aquí —le dijo al cabo de unos instantes, envuelto en pálida luz vespertina—. Voy a conseguir una barca. Vuelvo enseguida.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela se arrebujó en la manta dispuesta a obedecerle. Hacía frío. Sentada en el banco de piedra contempló cómo despertaba el día, el sol aún no había salido y la suave bruma lo invadía todo cubriéndolo con fina capa pegajosa, húmeda. Y estando así intentó distraerse con lo que veía, los pescadores, las aves, los peces que merodeaban en torno a los cascos de los bajeles picoteando las algas que quedaban adheridas a los mismos. Era entretenido observar el moverse de cada uno, el afanarse de cada ser por conseguir alimento.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Pero pasados los minutos comenzó a impacientarse. Su amigo seguía sin regresar. No llevaba reloj, sin embargo algo en su interior le dijo que había esperado mucho tiempo, que si no se daba prisa pronto llegaría la bajamar y entonces sería tarde y tendrían que aguardar hasta la siguiente, unas doce horas. O quizá incluso un día entero, pues estaría al caer la noche.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;No, eso sería demasiado, se dijo nerviosa. No estaba dispuesta a esperar tanto. Necesitaba saber muchas cosas, que alguien le respondiera a todas las preguntas que retumbaban sin parar en su cabeza. Observó la superficie del mar, el agua había bajado en exceso, y luego miró a lo lejos, por si veía a Ulises por alguna parte.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Nada, no había ni rastro de él.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Impaciente se levantó, dejó la manta doblada sobre el banco y se dirigió tiritando hacía el muelle. Tampoco estaba allí. Se dirigió entonces al principio del puerto, cerca del promontorio del faro, donde varios botes de madera, frágiles, pequeños y de limitado motor yacían tumbados de medio lado rodeados de parduzco lodo, el agua llegándoles apenas a las quillas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La adolescente miró por última vez hacia atrás, e incapaz de esperar más se descalzó, introdujo los pies en el barrizal y asiendo el cabo que pendía de la proa de una de las embarcaciones, aquella que le regalara su padre, de casco plano y para un solo tripulante, tiró de la cuerda hasta que el bote se meció en el agua. De un salto subió a la popa, lo que provocó que la inestable nave se balanceara, arrancó el motor y salió del puerto envuelta en bruma rumbo al negro y misterioso islote de la Piedra Santa.&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-1238281069013928439?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/1238281069013928439/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=1238281069013928439' title='5 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1238281069013928439'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/1238281069013928439'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/03/4-la-gruta-sumergida.html' title='4 - LA GRUTA SUMERGIDA'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R9kdaDx6NLI/AAAAAAAAACs/WJuPh-prQSw/s72-c/Caracola+4.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>5</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-969973182285868672</id><published>2008-03-07T09:32:00.006+01:00</published><updated>2008-03-07T10:26:50.247+01:00</updated><title type='text'>3 - LOS SERES DE AGUA</title><content type='html'>&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R9D-pSsnVqI/AAAAAAAAACk/-sWVH-UHZB4/s1600-h/Caracola+3.jpg"&gt;&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5174915957195757218" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R9D-pSsnVqI/AAAAAAAAACk/-sWVH-UHZB4/s200/Caracola+3.jpg" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Murmuran los viejos pescadores en las tabernas del pueblo cuando el vendaval arrecia, mientras ahogan sus temores en alcohol, que los silbidos fueron creados por el mismísimo diablo para atraer a los temporales. Pero olvidan añadir que también sirven para callar los aterradores pensamientos que retumban en nuestras mentes cuando el miedo nos invade. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Porque era eso lo que resonaba sin parar en la cabeza de Estela, toda una serie de constantes y enloquecedoras ideas que le obligaron a silbar la primera canción que se le ocurrió para intentar silenciarlas. Corría por la empinada y terrosa cuesta que conducía al faro tropezando con los pies descalzos contra las piedras, contra los matojos de plantas que crecían en el camino. Y cuando al fin lo alcanzó, cuando cruzó el pequeño jardín que lo rodeaba y entró, pese a que el corazón amenazara con salírsele del pecho de lo fuerte que le latía, subió los escalones de la metálica escalera de caracol de dos en dos, se introdujo en su habitación y cerró la puerta de golpe, apoyándose en la cara interior. Estaba a salvo. O al menos eso creía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La estancia, de paredes redondeadas y techo bajo, había sido siempre su refugio. Siempre. Poseía pegada en el muro su colección de conchas que recolectaba desde pequeña, lo que hacía que se sintiera allí segura, como si nada le pudiera pasar. Pero esa vez no. Esa vez aún llevaba en la piel la sensación de que unas extrañas manos tiraban de ella hacia el abismo, y en los oídos el inquietante rumor arrastrado por el viento. E intentando deshacerse de ambos se lanzó sobre la cama, pese a estar mojada, y enterró la cabeza bajo la almohada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡No! ¡No! —gritaba sintiendo un repentino y mortal odio hacia su padre—. ¡Qué me has hecho! ¡Qué me has hecho! &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Robarle ese mar que tanto amaba. Meterle el miedo en el cuerpo. No oía más que historias de extraños seres que ocultos tras las olas y las tormentas atacaban a los humanos. De despiadadas criaturas dotadas de un malvado poder que salían del agua para robar almas. De vendavales infernales que anegaban costas y hundían barcos. De monstruosas galernas. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡No! —gritó nuevamente sabiendo que ella nunca había pensado así, que esos no eran sus pensamientos. Y alzando la cabeza hacia el techo, donde se suponía que unos pisos más arriba estaba el farero trabajando en lo alto de la atalaya, vociferó:— ¡El mar también es el gran mensajero! ¡También! ¡También! &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Golpeó con rabia la almohada. Sabía que desde tiempos inmemoriables los habitantes de los pueblos costeros volvían a cada rato la mirada hacia la azulada inmensidad escudriñando cada marea, cada corriente, cada movimiento producido en su superficie, pues por allí no sólo venían las devastadoras tormentas y la mítica ola de la que se decía traía el juicio final, como él le había contado tantas y tantas veces cuando era niña. No. Por ahí también venían barcos cargados de alimentos, de buenas noticias, de héroes a los que siglos atrás, y tras combatir contra todo tipo de adversidades, vientos favorables les permitían regresar al hogar. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Al final se quedó quieta, embargada por esa angustia que sólo conocen aquellos que de pie, en cualquier puerto del mundo, observan el partir de los bajeles. Esos bajeles que abandonan el embarcadero con las bodegas vacías y la esperanza de volver llena, si es que el mar se lo permite. Bajeles que dejan atrás, en tierra firme, una estela de mujeres, de niños, de seres queridos. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Y también regresan los héroes de hoy en día —susurró pensando en su amigo Ulises y los viajes que hacía, como si quisiera alejar con sus palabras el fatal destino—. Ellos también regresan. También. También.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Glis la miró desconcertada, sin entender qué sucedía, mientras ella se iba tranquilizando poco a poco hasta sentir algo más que rabia y dolor en torno a sí. Entonces, incorporándose, se llevó la mano al bolsillo del pantalón todavía mojado, algo había en su interior que le molestaba. Y al sacarla vio el medallón que encontró horas antes. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Cruzando las piernas se sentó en la cama y lo observó con atención. Era extraño, muy extraño. Tenía el borde interior con una forma irregular, y los extremos inferior y superior un tanto achatados. Rascó su oscura superficie con la uña, y entonces sus sospechas se vieron confirmadas. Era de plata. E insistió e insistió con interés hasta que apareció ante sus ojos un hermoso relieve.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Apenas remarcado, el relieve mostraba a un lado exquisitamente modelada la figura de un ser mitad mujer mitad pez con postura forzada hacia atrás, sosteniendo entre los brazos lo invisible pues el centro estaba vacío. Llena de escamas, la cola de pez ascendía retorcida por el lado derecho envolviendo una media luna creciente, y al llegar a la parte superior tocaba su pelo, enredado de manera rara, formando una pieza que no tenía principio ni fin. Luna y sirena entrelazadas. Sirena y luna. Un amuleto con aspecto arcano, misterioso, secreto. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Lo observó pensativa. Esa figura la había visto antes, y si no igual, al menos sí parecida, el mismo trazo, el mismo contorno, la misma delicadeza de líneas. Sí, pero ¿dónde? &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;De repente los ojos se le abrieron desmesuradamente. ¡En el desván! Se levantó de un salto, como si hubiera recibido un latigazo. Tenía que subir allí inmediatamente. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La lirona, que estaba comiendo nueces al pie de la cama, apenas se inmutó cuando Estela se puso a dar vueltas y más vueltas por el cuarto planeando cómo hacerlo. Oía a su padre ir de acá para allá por todo el faro. Subiendo y bajando escaleras. Caminando de una a otra habitación. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;¿Qué diablos estaría haciendo? &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se lo imaginó ajustando frenéticamente maquinarias, limpiando focos, comprobando una y otra vez hasta la obsesión el encendido de los mismos. Todo. Repasando cientos, miles de veces cada una de sus supuestas obligaciones como si las vidas de todos los habitantes del pueblo dependieran de ello. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¡Es solamente un olvidado faro! —le hubiera gustado gritarle—. ¡Un olvidado faro de una olvidada costa! &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y así era. A los acantilados de Portamaris jamás se acercaban naves grandes. Demasiado peligroso. Había mucha profundidad en unos puntos y ninguna en otros, hondas fosas aquí y allá, fuertes corrientes, algunas hasta contrarias dependiendo de la subida o bajada de la marea, inesperados remolinos. Sólo llegaban pequeños barcos de pesca y de poco calado. Sólo botes, bajeles y chalupas llevados por gente que, al igual que el farero, se sabía la costa de memoria, cada bajío, cada roca, cada banco de arena, pues casi todos eran pescadores y llevaban viviendo allí toda su vida. Pero Estela calló sabiendo que era inútil. Él tenía su propia guerra. Una particular guerra que librar dentro de su atormentada cabeza. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Por ese motivo pasó lo que quedaba de la tarde encerrada en su cuarto, sin hacer ruido, como si no estuviera, no quería que el farero se enterara de lo sucedido y se lo tomara como una batalla más. Y al llegar la hora de cenar tampoco salió. Le robó unas cuantas nueces a la lirona, que masticó concienzudamente como hacía el animal, y con ello se conformó pese a que el estómago le rugía. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Su padre, que no la esperaba, cenó en cuanto comenzó a atardecer. Y cuando terminó subió a la azotea, a seguir trabajando. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—¿Es que no descansa nunca? —se preguntó la joven impaciente sin parar de andar, la luz apagada, la habitación llena de sombras y frío. Y luego, deteniéndose, rezó para sus adentros:— Que no se acerque al desván, por favor, por favor —había dejado el candado colocado de tal forma que parecía como si no hubiera sido tocado, pero aún así temía que descubriera que estaba abierto.&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Al cabo de lo que pareció ser una hora más o menos, ya noche cerrada, el farero descendió por la escalera metálica y se introdujo en su habitación. Pero ahora tenía que esperar a que se durmiera. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Incapaz de soportar tanta tensión la joven se metió en la cama vestida como estaba, Glis acurrucada a su lado junto a la almohada, y desde allí se entretuvo en contemplar el redondeado muro repleto de pequeños pedazos de mar, su colección de conchas. La oscuridad, mezclada con la tenue claridad lunar que entraba por la ventana, distorsionaba las formas y los colores de los ejemplares alargando las bocas y las puntas de algunas, haciendo más gruesas otras. Por un momento Estela creyó que había alguna que no conocía, pero bostezando lo rechazó diciéndose que no, que era imposible, se las sabía de memoria. Y de tanto observarlas y observarlas se le cerraron los ojos y se quedó dormida. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Le despertó un trueno. Era media noche. Se levantó, se acercó a la ventana y miró a través del cristal. El aire rebosaba electricidad. Iba a haber tormenta. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La densa bruma que flotaba sobre el mar impedía ver a lo lejos el islote de la Piedra Santa. Un rayo, afilado como arpón de ballenero, consiguió atravesarla iluminándolo momentáneamente. Y envuelto así, en blanca neblina, pareció irreal, como si fuera una inquietante goleta fantasma. Unas rojizas bolas de luz girando a gran velocidad sobre sí mismas se posaron en lo que parecían las jarcias, el mástil, las velas. Eran centellas. Los viejos lobos de mar aseguraban que se trataba de augurios, advertencias provenientes de los espectros de los marineros muertos en alta mar, y que si había una anunciaba desgracias, dos, amainaría el viento; si descendían, desastres, y si ascendían fortuna. Pero si revoloteaban sobre la cabeza de alguien presagiaban su muerte, una muerte terrible y cercana. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;No esperó a contarlas. Cogió a Glis, que todavía dormitaba en el hueco entre la sábana y la almohada, se la colocó junto a la nuca, y descalza como estaba subió despacio la escalera de caracol procurando no hacer ruido. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Llegó al último piso, húmedo, oscuro, quitó el oxidado candado y agachando la cabeza se introdujo en el trastero. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;No le dio a ningún interruptor de la luz. Ni siquiera sabía si lo había. Tras cerrar cuidadosamente la puerta a sus espaldas encendió la linterna que llevaba consigo. Pero temerosa de que pudiera ser vista desde el exterior del faro, o peor aún desde dentro, la apagó de inmediato. Y así se quedó, quieta y a oscuras. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;La quietud le duró poco. En cuanto sus ojos se acostumbraron a las tinieblas y la claridad de los rayos que de cuando en cuando se colaba por el ventanuco, se abalanzó rápidamente sobre los cuadernos que había sobre la mesa y comenzó a abrirlos nerviosa uno tras otro. Miraba una página y la pasaba con rapidez, y otra, y otra más intentando pese a las prisas y la oscuridad que no se le escapara ningún detalle. Y así fue como apareció ante sus ojos un extraño mundo. Hombres y mujeres con finas telas enrolladas en torno a la cintura a modo de pareos o sueltos vestidos que dejaban al aire brazos y hombros, adornando estos últimos con pulseras y brazaletes, llevando tatuajes en la frente con símbolos acuáticos, como un tridente, una jibia, un cachalote o un narval. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Eran altos, con largos cuerpos y facciones exóticas, lo que les daba cierta altivez. Pero sin embargo Estela vislumbró en ellos una especial delicadeza. Una vulnerabilidad que iba más allá de lo físico. La sensación de que eran etéreos. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;En una de las páginas, dibujado con gran detalle, había un singular edificio excavado en la roca. Dos grandes esculturas flanqueaban la entrada. Representaban extraños caballos con las patas delanteras alzadas y la mitad trasera transformada en gruesa cola retorcida y rematada en su extremo final por una aleta caudal, caballos marinos portando entre sus crines un cetro. Otros edificios no eran tan elevados, pero igualmente excavados en la roca, tenían también junto a su entrada figuras idénticas a los tatuajes de la gente. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;En otra página la muchedumbre seguía a un carro arrastrado por un espantoso animal, un monstruo con cuerpo de calamar provisto de siete patas que terminaban en siete diminutas cabezas, la Hidra. La joven lo reconoció de inmediato. Era uno de los muchos y temibles seres que su padre le había contado que habitaban en las profundidades marinas. Y encima de la Hidra, sentada en un trono, había alguien de aspecto más temible aún. Llevaba una larga capa que le cubría por entero y el rostro tapado con una máscara plateada. Se dirigía a un edificio adornado con dos copias gigantescas del mismo animal mitológico, igual que el que aparecía tatuado en la frente de aquellos que la acompañaban, como si formaran parte de la misma familia o clan. &lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Estela estaba impresionada. Y conforme pasaba las páginas no dejaba de repetirse Seres de Agua, Seres de Agua, pues esas eran las palabras que le venían a la mente de continuo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Miró todos los cuadernos uno tras otro. No dejó ninguno por examinar. Permanecía de pie en el centro de la pequeña y oscura estancia llena de polvo, de recuerdos, de olvidos. Hasta que encontró un libro. Era un ejemplar viejo de tapas rotas, lomo raído y hojas amarillentas parecido a los que tenía su padre. Lo cogió con manos temblorosas y al abrirlo tuvo que sentarse en el suelo mareada. Hablaba de la luna, de una luna como la que tenía su medallón. Demasiada casualidad.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Las leyendas nacieron no cuando nació el hombre, decía el libro, sino cuando éste adquirió capacidad de imaginar. Entonces los acantilados dejaron de ser simples cortados, las montañas montes y el océano mar, y se convirtieron en seres que amaban y sufrían, que odiaban, que sentían. Fue cuando la luna se convirtió en Dama Silenciosa de la Noche, Señora de las Formas Cambiantes.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Escrito con letra hecha a mano que el paso de los años había ligeramente velado, explicaba cómo sus ritmos daban la medida del tiempo y la vida desde el principio de la creación, pues de su unión con el océano nacieron las mareas, origen de la existencia que milenios más tarde se extendería por el resto del planeta. Y también contaba cómo su manto, la poderosa energía que desprendía y que se confundía con luz, alcanzaba a todo aquello que poseía fluidos, como las plantas, los animales, los hombres o incluso el viento. Y especialmente el mar. El mar.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Fase llena. Fase negra o nueva. Fase creciente o decreciente. Todas ellas influían en el cosmos y la Tierra, motivo por el que los antiguos consultaban a los astrólogos, a los oráculos, a los videntes o echaban las runas o buscaban auspicios antes de realizar una importante acción. Nadie se embarcaba con luna negra. Nadie se construía una casa, botaba un barco, o emprendía un largo viaje en fase menguante. Siempre en creciente. Siempre. Pues el éxito acompañaba a lo que pronto habría de estar lleno.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Misteriosa, la Señora de las Formas Cambiantes escondía un lado oculto protegido tras su rostro, variable conforme avanzaban las noches y los días. Por esto último a la luna se le relacionaba con aquello que alternaba las apariciones y desapariciones, como los seres acuáticos, con lo que está y no está, con lo que existe aunque no lo podamos ver. Los alquimistas decían que era de plata, y que si la mirabas fijamente en las noches en que estaba plena te llenaba de sueños la cabeza, y de fantasías, y de un poder que proporcionaba al ser humano una fuerza muy especial: la intuición. Intuición que conducía al paraíso.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Al paraíso —susurró la joven aferrando el medallón hallado en ese mismo desván, en cuyo suelo estaba sentada con un viejo libro entre las manos que era incapaz de dejar de leer y releer embebiéndose de cada letra. Y cuanto más leía más confundida estaba, y sin embargo más agitada. ¿Qué hacían ambos allí? ¿Qué tenían que ver los dos con su madre?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Abriendo la mano observó el medallón. La fase lunar, el ser acuático de pelo enredado y postura forzada hacia atrás sosteniendo entre los brazos lo invisible, en el centro, el círculo que ambas formaban entre sí, el metal del que estaba hecho. La cabeza le dio vueltas. Acababa de comprender de repente que nada en aquel objeto era casual. Que todo estaba estudiado. Todo. Como si se tratara de un plano. Pero, ¿un plano de qué?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Cerró nuevamente los dedos en torno a él y se lo acercó al corazón. Amuleto de plata, amuleto en el que aparecía un ser mitólógico envolviendo a una luna que invitaba a la aventura, y que unía el mundo terrestre con el marino, y que influía en las mareas y lo vivo, y que ocultaba un secreto al igual que lo ocultaba el mar bajo su azulado manto. Ese mundo misterioso escondido en el abismo que las leyendas que escuchara de niña aseguraban que existía. Un lugar al que sólo se podía acceder utilizando la imaginación y una fuerza especial, como el influjo de la luna. Un paraíso bajo las aguas. Oceania, el Reino de las Profundidades.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Los ojos le lagrimearon. Era tarde, muy tarde. La boca se le abría. La tormenta había cesado y una suave claridad lunar entraba por la ventana. Claridad que a Estela le pareció mágica y más poderosa de lo que nunca hubiera creído. E influenciada por lo leído musitó:&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Llévame contigo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Y al cabo de un rato de permanecer sentada en el suelo con la vista posada en el hechizador rayo lunar, le pudo el sopor y se quedó dormida. Y estando allí, acurrucada en el frío suelo del desván de un olvidado faro, cubierta tan sólo por polvo y sombras y con la única compañía de un lirón hembra, soñó con su madre. Aparecía envuelta en un halo de brillante luminosidad, le entregaba el medallón y le hacía señas para que le siguiera.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Se despertó sobresaltada. Y como si el revelador susurro de los sueños continuara hablándole aún desde la onírica lejanía, entendió que era una señal. Su madre estaba viva&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/7681375190052191589-969973182285868672?l=lavozantiguadelmar.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/feeds/969973182285868672/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=7681375190052191589&amp;postID=969973182285868672' title='9 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/969973182285868672'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/7681375190052191589/posts/default/969973182285868672'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://lavozantiguadelmar.blogspot.com/2008/03/3-los-seres-de-agua.html' title='3 - LOS SERES DE AGUA'/><author><name>Paloma Puya</name><uri>http://www.blogger.com/profile/00044316875454822354</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R9D-pSsnVqI/AAAAAAAAACk/-sWVH-UHZB4/s72-c/Caracola+3.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>9</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-7681375190052191589.post-3861356336906763722</id><published>2008-03-01T10:20:00.019+01:00</published><updated>2008-03-07T10:18:31.595+01:00</updated><title type='text'>2 - ULISES</title><content type='html'>&lt;img id="BLOGGER_PHOTO_ID_5172724067853232642" style="DISPLAY: block; MARGIN: 0px auto 10px; CURSOR: hand; TEXT-ALIGN: center" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_Z1C_TOSSDuo/R8k1IimBagI/AAAAAAAAACc/1k7Ld1QvL-M/s200/Caracola+2.jpg" border="0" /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Cuando despertó y se asomó a la ventana de su dormitorio le vio en la playa, a lo lejos, esperándola. Era temprano, hacía poco que el sol había salido y apenas calentaban sus rayos, pálidos en lo alto. Se vistió rápida, salió del faro y corrió a su encuentro.&lt;br /&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;Ulises sonrió nada más verla.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Anoche te fuiste temprano —dijo, y sus ojos centellearon entre verdes y grises mientras la miraba pícaramente de soslayo.&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;—Tenía sueño —mintió ella, y él volvió a sonreír haciendo como que la creía.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Juntos se acercaron hasta la orilla y metieron los pies descalzos en el agua. Estaba fría. Sin embargo el cielo lucía limpio, azul, sin apenas nubes. Iba a hacer buen día. Y durante un rato estuvieron así, sin saber qué decir. Pasearon tímidos y silenciosos pisando los charcos formados con la marea baja, intentaron coger lapas que al contacto con las manos se adherían a las rocas, lanzaron al agua piedras pequeñas y planas para que rebotaran en su superficie dando largos saltos de rana. Cosas que habían hecho cientos de veces antes. Pero esa vez era distinta. Ya no era lo mismo. Algo había cambiado entre ellos y los dos lo sabían. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;mm&lt;/span&gt;Sin embargo hay cosas que nunca cambian.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;mm&lt;/span&gt;—Te echo una carrera hasta el acantilado —le retó de improviso Ulises, y ambos echaron a correr empujándose y riendo como si todavía fueran niños, la brisa dándoles en la cara, el salitre en los ojos, la espuma que levantaban a su paso en la piel. Y cuando llegaron a la base del abrupto farallón, casi al tiempo, bordearon un alto peñasco y se tiraron de golpe sobre la arena al amparo del ligero viento, los dos jadeando.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—¿Te imaginas? —entrecortó la frase Ulises tumbándose boca arriba, las piernas estiradas, los brazos bajo la nuca para contemplar cómodamente el cielo—. ¿Tener un barco de vela y poder dar con él la vuelta al mundo?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;Y Estela, que le había imitado, cerró los ojos, tomó aire y permaneció así unos segundos.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvn&lt;/span&gt;—Sí, me lo imagino —los abrió sonriente. Luego se puso boca abajo y apoyando la mejilla sobre el antebrazo observó a Glis.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;A su lado, sentado en una cálida hondonada, el animal se dedicaba afanosamente a lavarse con sus diminutas manos el pelaje del vientre, blanco y suave manchado durante la carrera, las pequeñas y redondeadas orejas, el rabo peludo aunque menos que el de una ardilla. No dejaba ninguna parte de su cuerpo por limpiar. La joven le acarició el lomo a la altura del cuello, hundiendo sus dedos hasta tocarle la delicada piel. El tiempo corría apacible, sereno. Los rayos calentaban ahora con más fuerza. Y mientras, Ulises seguía soñando y soñando.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Recorrer mares lejanos —decía entusiasmado contemplando todavía en la misma postura el cielo—. Islas desiertas en las que nadie ha estado antes, costas de continentes perdidos —y como la adolescente no dijera nada se volvió hacia ella—. Y si tu quieres puedes venir conmigo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvvaaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—¿Contigo? —Estela le miró a los ojos, y se perdió en el verde grisáceo de sus iris, evocadores como el mar tranquilo, calmo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—¿No irás a quedarte aquí para siempre, verdad?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;La joven se lo pensó antes de contestar. Le miró reticente. Al menos él no quería irse costa adentro, como los otros.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—No me importaría viajar —confesó honesta— Ni tampoco conocer gente distinta, nuevos paisajes, otras culturas. Pero al final volvería. Me gusta esto. Quiero vivir aquí para siempre.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Hubo una pausa. Ulises volvió a tumbarse. La mirada al cielo. Los brazos bajo la nuca. Calentando el sol.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Eso es mucho tiempo. Por ahí afuera hay tanto que ver, tanto que no conocemos —se expresó excitado—. Todo es nuevo, distinto. Hay lugares que no tenemos ni idea de que existan. Millones de cosas por descubrir. Todo un mundo de posibilidades a nuestro alcance. Y si nos quedamos aquí nos lo perdemos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Perderlo. Ahora era la adolescente la extrañada. Observó fijamente su nariz recta, la mandíbula fuerte, ya más de adolescente que de niño. No, ella no estaba tan segura de que fuera así. Era cierto que lejos había todo un mundo que no conocían. Pero ¿y allí? ¿y en esa costa? Él mismo había cambiado. Ahí estaba la prueba. Se marchó siendo una persona y semanas más tarde volvía siendo otra. Escrutó su rostro y por un momento le pareció no conocerle de nada, como si fuera la primera vez que le veía, y eso también era emocionante. Alzándose levemente miró a su alrededor. Incluso ella misma había cambiado. De un tiempo a esta parte veía las cosas distintas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;No sólo ahí afuera había cosas por descubrir, se dijo convencida. Cuando uno cambia, cambia también todo lo que nos rodea. Si no miras con los mismos ojos no son los mismos detalles los que percibes, las mismas sensaciones las que notas. Se volvió en redondo hacia atrás. El mar tampoco era el mismo. A cada instante variaba su color, su superficie, y eso era tan sólo lo que veíamos a simple vista. Quién sabe lo que escondía bajo su azulado manto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;No, no sólo lo que había fuera de nosotros variaba, sino lo que existía dentro, y para descubrirlo no había que marcharse a ninguna parte. También se podía viajar por los senderos de la mente, de la imaginación, de los sentimientos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;Estirando la mano cogió un puñado de algas y las contempló atentamente. Y entonces descubrió, para su sorpresa, pequeñas bolitas transparentes adheridas a las verdosas láminas semejando diminutas galaxias. Y en cada galaxia un planeta, planeta hecho por entero de agua. Y dentro se movían diminutos puntos como si minúsculos seres lo habitaran.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;Se volvió hacia Ulises arqueando las cejas.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—¿A veces no te da la impresión de que las cosas son distintas a lo que parecen?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;Se hizo el silencio.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—¿Como por ejemplo? —preguntó al fin su amigo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—No sé —musitó Estela mirando el puñado de algas y luego de reojo al mar, allá donde un grupo de negras rocallas formaban un pequeño y enigmático islote—. No sé —repitió nuevamente con voz queda—. No sé.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—A mí lo que me parece es que por ahí hay todo un mundo que descubrir, y que tú podrías descubrirlo conmigo.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;El ímpetu del muchacho le hizo sonreír. Olisqueó las algas que aún tenía entre las manos en busca de una olvidada sensación perdida, tenía esa manía, y después las dejó donde estaban. Se hizo nuevamente el silencio. Las gaviotas surcaban el aire de una en una, en grupos de dos, de tres, las alas blancas estiradas, las puntas negras, planeando y chillando de cuando en cuando con chillidos lejanos. Miró a lo alto del acantilado, donde estuviera la noche anterior. El sol le cegó.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—Dime una cosa. ¿Crees que soy diferente a los demás?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;Confundiendo su significado, Ulises se sonrojó. No esperaba esa pregunta. Tardó en responder.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—Bueno —se tumbó boca abajo y titubeó sin saber qué decir—. No piensas como las otras chicas, si es a eso a lo que te refieres —musitó despacio mientras buscaba las palabras con las que expresar lo que sentía. Y al no encontrarlas la miró fijamente a los ojos:— Estela, yo...&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;Dijo lo último tan bajo que su amiga no le oyó.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—¿Y si te dijera que las caracolas me hablan? —insistió la adolescente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;El muchacho sonrió levemente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—¿Y qué te dicen?&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—No pienso contártelo —rió la joven—. Me tomarías por loca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Si me lo cuentas yo te cuento otra cosa —propuso él interesado, acercándose a ella—. Secreto por secreto.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—Secreto por secreto —repitió la adolescente para sí, y entrecerrando los ojos comenzó a dibujar lentamente en la seca y dorada arena con suave movimiento de dedo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;Pasaron los segundos. Unos segundos hipnotizadores, mágicos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Es cuando las toco —dijo con voz queda—. No sé cómo explicarlo. Noto algo así como un cosquilleo recorriéndome el cuerpo. Luego observo su forma, su color, la belleza que desprende, lo misterioso de su boca. Y entonces me parece saber de dónde vinieron, cómo se formaron, los lugares en los que estuvieron y muchas, muchas otras cosas más que no alcanzo a comprender pero que me hacen sentir que hay tanto que no sé sobre la vida. Tanto sobre qué hacemos aquí.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;v&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nvv&lt;/span&gt;Se hizo un profundo silencio. Las gaviotas graznaban sobrevolando el cielo azul, carente de nubes. Los rayos de sol calentaban cada vez con mayor intensidad. Uno junto al otro. El rumor del mar. &lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;a&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Suena divertido —dijo Ulises intentando quitarle importancia al intenso momento.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Oh, sí, te aseguro que lo es —sonrió Estela alzando nuevamente la voz—. Ahora tú. Te toca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;El muchacho improvisó una graciosa mueca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—¿Yo?&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaaaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Sí, tú. Secreto por secreto. Me lo dijiste. Cuéntamelo ya de una vez.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Se miraron mutuamente.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Es una tontería. No tiene importancia —se excusó él.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Jugueteó con unas piedras.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—Vale, está bien —continuó al fin—. Alguien me contó hace tiempo que hay una gruta cerca de aquí en la que vive un espíritu, y que si le preguntas algo te lo contesta —dijo con una sonrisa, y ambos se echaron a reír, divertidos por la disparatada historia. Pero luego callaron.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—¿Has estado allí alguna vez? —le preguntó Estela más seria que nunca.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aaa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;—No, no fastidies, no creo que pueda haber algo más aburrido que saber lo que va a pasarte. Prefiero las sorpresas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Eso dijo Ulises retando sin querer a la vida. Y así pasaron los dos un rato más, juntos, protegidos tras las rocas y con los tibios rayos caldeándoles la piel. Y cuando el sol llegó a lo alto anunciando el mediodía, Estela se levantó y se sacudió la arena. Tenía que marcharse. El muchacho la imitó. Sí, él también tenía que irse, dijo. Había quedado con su hermano para ir a pescar. Pero si quería podía ir a verles. Estarían por la zona toda la tarde. Abandonaron el soleado rincón al amparo de las altas rocas desprendidas del acantilado, y cuando lo dejaron atrás, sobre la arena quedó dibujada la silueta de una caracola.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Las olas comenzaron a borrarla lentamente, empujadas por la marea alta. Y mientras, los dos jóvenes pasearon de vuelta por la bahía, callados, despacio. Él con pantalón vaquero remangado, ella con uno corto, ajustado, y la camiseta holgada de siempre; ambos con las zapatillas en las manos, los pies descalzos en contacto con el agua fría. Y descalzos subieron también la cuesta del faro con esa grata sensación que precede al verano. Y al llegar arriba del promontorio sobre el que se asentaba la atalaya, junto a la valla de madera que daba paso al jardín y rodeados por rocas, mar y gaviotas, Ulises le dedico unas sinceras palabras.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vv&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—Espera, no te vayas todavía —le detuvo, y la seguridad anterior, allá en la playa, se volvió timidez y su ímpetu torpeza, pero la tez continuaba morena, como siempre, el pelo corto, los ojos verdes, la mandíbula fuerte, la nariz recta—. Tengo que decirte algo.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;Estela le miró atenta.&lt;br /&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—Quiero que sepas que siempre, siempre que lo necesites, puedes contar conmigo —susurró, y luego se marchó dejando tras sí una estela de hermosas promesas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;n n&lt;/span&gt;Le costó reaccionar. La joven se había quedado quieta, muy quieta junto a la vieja valla de madera. No se lo esperaba. Y cuando Ulises desapareció tras las rocas, sus labios se estiraron en una hermosa sonrisa.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;—Y tú también.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Entró rápidamente en el faro, subió corriendo los escalones hasta lo alto de la atalaya y salió al exterior.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Desde allí le vio marchar. Descendía por el estrecho y arenoso sendero que llevaba al puerto, a lo lejos, con sus andares seguros y a la vez humildes, sinceros, los hombros anchos, pisando la tierra con firmeza. Y un rato después vio cómo el punto grisáceo en el que se había transformado se perdía entre los pescadores que trabajaban junto a los barcos, entre los fardos que desembarcaban y amontonaban en el muelle, entre las gaviotas, los aparejos, las velas.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;El viento que soplaba fuerte en lo alto de la torre le enredó el pelo. Ella se lo retiró de la cara, inspiró hondo, y miró hacia el otro lado agarrándose con ambas manos a la barandilla. Desde allí se contemplaba una vista impresionante.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;El promontorio en el que se asentaba el faro, un cabo pequeño pero elevado y rocoso que se adentraba unos metros en el mar, iba a morir a una pared vertical en el que se estrellaban de continuo las olas. A su derecha estaba el puerto, pequeño, sencillo, y junto a él el pueblo de casas blancas y pocos habitantes seguidas de inalcanzables muros de piedra caliza blanca. Al otro lado una bahía coronada por doradas dunas y continuada por el abrupto acantilado, cuyos pies lo formaban peñascos desprendidos del mismo que la marea alta bañaba. Y más allá bajíos y toda una serie de pequeñas y deliciosas calas alternadas unas tras otras por más cortados y ensenadas, durante kilómetros y kilómetros de costa. Eran los acantilados de Portamaris. El lugar más maravilloso del mundo a ojos de Estela.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;Tras el faro se sucedían marismas y bosques. Y al frente, el océano. Un océano salvaje, de un azul intenso y casi siempre encrespado.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;ccc&lt;/span&gt;Se extendía limpio hasta el horizonte, exceptuando un islote en su mitad, un puñado de rocas sin importancia sino fuera por las ruinas que escondían, negras, misteriosas, inaccesibles, la isla de la Piedra Santa. Surgía del océano a modo de torre de vigilancia marina. Como si las aguas, o quienes vivieran en ellas, espiaran desde allí a tierra firme y a los que la habitaban. Faro frente a islote. Islote frente a faro. Cada uno en su bando, en su lado de la frontera. Los dos vigilantes, acechantes, atentos.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Estela la observó en silencio largo rato, y por un momento le pareció que también la isla la observaba. Ambas silenciosas, calladas, pensativas. Hasta que algo en su interior le dijo que sus destinos estaban unidos, que llegaría un día en que sus vidas se entrecruzarían, y entonces tembló, y no sólo de frío.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;aa&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;nnn&lt;/span&gt;La herrumbrosa barandilla se movió vertiginosamente bajo sus manos. La soltó de golpe, como si quemara, y se introdujo rápida en el faro.&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div&gt;&lt;span style="color:#ffffff;"&gt;vvv&lt;/span&gt;Notó calidez cuando dejó atrás el estrecho pasillo que discurría entre una enorme cristalera y la campana llena de focos y bajó al rellano. Un espacio redondeado, como todos en el interior de la atalaya, salvo porque éste al estar en la parte superior era menos amplio. Las paredes, blancas en su mayor parte, eran lisas exceptuando un pequeño y oscuro vano bajo la escalera. Un presentimiento le hizo mirar hacia allí, y lo que vio la obligó a detenerse. El estómago se le encogió. La portezuela que escondía, de aproximadamente un metro de alto por algo menos de ancho y que daba acceso a un cuartucho cerrado con oxidado candado, estaba entreabierta. Algo extraño, pues siempre que le preguntaba a su padre qué había allí, decía que trastos viejos e inservibles cubi
